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(IAR-Noticias)
02-May-05
Por
Arleen Rodríguez Derivet* -
Cuba Debate
En el último año
de la penúltima década del siglo XX, al caer el muro de Berlín, en
casi todos los diarios del mundo, en casi todas las radios y
televisoras del planeta, se dijo que por fin la tensa y angustiosa
Guerra Fría había terminado.
La única verdad de
aquella colosal mentira fue que casi todos se la creyeron, sin
sospechar que la noticia trataba, precisamente, sobre el tiro de
gracia de una de las partes -la peor- en aquella conflagración
mundial. Muchos de los cuerpos que saltaron gozosos en la
celebración de la caída del muro, nunca llegarían a tener idea de la
gran estafa de que eran objeto por parte del superpoder mundial.
Otros lo descubrirían después,
cuando ya era demasiado tarde.
Los sobrevivientes
de aquella mentira de destrucción masiva, los que ni la
creímos ni la aceptamos como destino fatal, pasamos a enfrentar
desde entonces una nueva versión del mismo proyecto, sólo que en una
escalada más agresiva y despiadada: la del terrorismo mediático.
Desde Cuba, que
resistió y enfrentó eso que podríamos llamar la Guerra Fría-Post
Guerra Fría, primero en soledad y más recientemente junto a
naciones hermanas como Venezuela y otras del Tercer Mundo, que
comienzan a declararse inconformes con el injusto y desequilibrado
funcionamiento de los organismos internacionales, me aventuro a
definir la nueva etapa de la vieja guerra.
¿Por qué
terrorismo?
No se trata de un
término tomado del el uso y abuso de la palabra que soporta el mundo
desde el 11 de septiembre de 2001. Es el único que cabe para definir
una estrategia que ataca a la población civil en busca de objetivos
políticos.
Mentir es un
crimen en cualquier caso y debería considerarse un genocidio cuando
los objetos y sujetos de la mentira son grupos humanos, poblaciones
enteras, la comunidad internacional misma, que estaría en
condiciones de apoyar o cuando menos aceptar calladamente acciones
de destrucción de otros grupos, poblaciones, comunidades, bajo el
efecto de manipulaciones y tergiversaciones de la realidad. Y no es
una especulación, es la cruda realidad de nuestro día a día
universal.
Pocos se
atreverían a negar hoy la verdad terrible y vergonzosa de que, de no
mediar la complicidad de los medios masivos de comunicación de
Estados Unidos con el gobierno de George W. Bush, la invasión a Irak
hubiera resultado inviable, como han reconocido algunos de los
medios y periodistas mas serios dentro de los propios Estados Unidos
o la Gran Bretaña.
En “Weapon of mass
deception”, un agudo documental sobre el tema, del periodista David
Schechter, que se ha estrenado esta primavera en Inglaterra, Eric
Alterman, crítico de medios de comunicación de la revista Nation,
reconoce que "el hecho de que los medios hayan permitido al gobierno
de Bush manipular la verdad tan groseramente y sin pudor en las
vísperas de la invasión, fue lo que la hizo posible".
Y, ¿por qué habría
medios y periodistas dispuestos en tal grado a apoyar un proyecto
genocida que en apenas dos años acumula más de 100 mil víctimas
civiles,
1 500 soldados muertos y otros dolorosos “daños colaterales”?
La primera
sinrazón estaría en un hecho que hace ya tiempo hacen notar con
alarma los más reconocidos analistas: la pertenencia de los medios
de mayor alcance y proyección a grupos industriales que controlan el
poder económico en connivencia con el poder político.
Ignacio Ramonet,
director de Le Monde Diplomatique y experto en el tema, afirma en un
análisis reciente sobre la crisis de la gran prensa escrita, por
ejemplo, que “la parcialidad, la falta de objetividad, la mentira,
las manipulaciones o simplemente las imposturas, no cesan de
aumentar. Sabemos que no ha existido ninguna época dorada de la
información, pero actualmente esas derivas han alcanzado incluso a
los diarios de calidad”.
La precariedad del
oficio periodístico, cada vez más sometido a las reglas del mercado
y a la consecuente banalización, no se puede separar y nadie lo
intenta ya, de la insultante concentración de medios en manos de
unos pocos grupos industriales que son los mismos que ponen y quitan
leyes y ponen y quitan presidentes, ya no solo y como ha ocurrido
históricamente en las llamadas republicas bananeras, sino incluso en
países considerados líderes de la democracia occidental.
El modo
francamente obsceno como se comporta esta práctica desde todo punto
antidemocrática, al mismo tiempo que se clama por la democracia y la
libertad de expresión y prensa, tiene su expresión mas visible en
los llamados “periodistas incrustados” en las tropas invasoras de
Irak y la menos visible en una auténtica corruptela que practican
sin rubor las autoridades norteamericanas sobre medios y
organizaciones no gubernamentales financiadas generosamente por
agencias federales, supuestamente concebidas para la promoción del
desarrollo en otras naciones, como la USAID o la NED.
Sólo en la guerra
sucia contra Cuba, se han gastado los dineros del contribuyente
norteamericano en partidas millonarias tan elevadas que, según
analistas del propio stablishment, superan algunas de las llamadas
ayudas al desarrollo de los países latinoamericanos en los últimos
cuarenta años.
Un análisis
elemental de la canalización y destino de esos fondos permite
identificar el oscuro origen de los capitales de cubano-americanos,
tan mentirosamente promovidos en el mundo como prueba del
“emprendimiento” de una parte de esa comunidad.
El calificativo
de “mafia” que en Cuba damos a los “líderes” de la Fundación
Nacional Cubano Americana y los grupos que ellos amparan,
originalmente amamantados por la CIA y hoy por toda la
administración, no es gratuito ni parte de una predisposición
política. Viene del conocimiento profundo de las verdades detrás del
que ha llegado a ser un muy poderoso lobby en la guerra total contra
Cuba, único país en el mundo para el cual se han aprobado varias
leyes en otro –nada menos que en el imperio – con el fin de derrocar
a su gobierno y asesinar a sus dirigentes.
Las importantes
revelaciones de Eva Gollinger en “El código Chávez”, libro denuncia
que es suceso editorial en Cuba y Venezuela, aunque no se haya dicho
nada sobre él en los centros “exportadores de democracia”, han
venido a confirmar lo que hace varios años sostienen con igual
escasa difusión muchos autores y analistas cubanos: el jugoso
negocio que mueve las campañas mediáticas promovidas por el
gobierno norteamericano como fuerzas de avanzada y ablandamiento de
la moral colectiva para garantizarse la excusa de cada
intervención, directa o indirecta en los destinos de otro país.
El terrorismo
mediático tiene entre sus antecedentes directos, capítulos tan
escandalosos como la siniestra Operación Peter Pan, que
separó a más de 14 000 niños cubanos de sus familias durante toda
la década del 60 del pasado siglo y entre los más recientes es el
golpe de estado contra el mandatario venezolano Hugo Chávez, una
real operación transnacional que tuvo como artífices fundamentales a
los grupos oligárquicos dueños y señores de los principales canales
de televisión, radio y prensa escrita de Venezuela.
Lo peor de todo es
que de ambos sucesos no puede hablarse todavía en pasado. La
mentira sobre la supuesta pérdida de la Patria Potestad en los
procesos revolucionarios –columna vertebral de la Operación Peter
Pan- se está relanzando como una novedad en los medios
venezolanos, mientras que la promoción de golpes y magnicidios sigue
a la orden del día en la agenda de los neoconservadores apoderados
de la administración norteamericana, quienes ya no esconden sus
pretensiones como sus antepasados de otras épocas. El secuestro y
deportación de Jean Bertrand Aristide con la bendición de la gran
prensa internacional prueba, además, que los norteamericanos no
están solos en ese proyecto imperial.
EL PELIGRO NO
HA PASADO
En el último año,
la administración de George W. Bush aprobó un paquete de medidas que
ha elevado el bloqueo de más de cuatro décadas a su máxima expresión
al dirigirse abiertamente contra las posibilidades de reunificación
y apoyo entre las familias cubanas radicadas a ambos lados del
estrecho de la Florida.
Simultáneamente,
se incrementaron los fondos destinados a comprar a terceros
dispuestos a construir y desarrollar las campañas anticubanas,
misión en la cual se han destacado de forma relevante organizaciones
como Reporteros sin Fronteras o Human Rigth Watch y se incrementó
enfáticamente el presupuesto destinado a comprar mercenarios dentro
del país.
Para las fuerzas
de ultraderecha, aliadas naturales de la mafia de origen cubano
asentada en la Florida y mas allá, la llamada era Bush es la tercera
oportunidad –antes fueron la de Reagan y la de Bush padre- que “no
pueden dejar pasar” para decretar el fin de estos incómodos
sobrevivientes de la Primera Guerra Fría.
Los hechos están a
la vista en el lenguaje y las acciones de la actual administración
norteamericana, la más peligrosas de toda la historia contemporánea
como se ve y prueba en los acontecimientos que tienen lugar cada
día. No obstante, es común encontrar en el mundo e incluso de visita
en Cuba, a muchas personas que honestamente creen que “el peligro ha
pasado” y que el bloqueo terminó porque hay norteamericanos
vendiendo alimentos a Cuba.
Se haría
interminable un desmentido al respecto. Pero una aclaración es
indispensable: junto a las medidas criminales de reforzamiento del
bloqueo, en los últimos dos años, Cuba ha sido incluida
deliberadamente en todas las listas negras que Estados Unidos
elabora desde su inmoral y autoconcedido gobierno global: desde la
de “países al margen del sistema democrático”, que auspician o
apoyan el terrorismo, hasta la de los que violan masiva y
flagrantemente los derechos humanos, pasando por las acusaciones más
infames de tráfico de drogas, turismo sexual o capacidad de
producción de armas biológicas y guerra informática. Mientras más
colosal la mentira, más dinero se destina a amplificarla. Sobra
decir que habitualmente los desmentidos cubanos son onerosamente
silenciados.
Si todo esto se
relaciona con el cambio de términos del discurso inaugural del
segundo mandato de Bush, que pasó de la guerra contra el terrorismo
a la guerra contra las “tiranías”, llegaríamos a lo que los
sicólogos llaman completar el set. La lista secreta en la
que también estaríamos incluidos seguramente es la de la “próxima
invasión”.
Y si nos quedara
alguna duda, bastaría con revisar el llamado Plan de Transición
hacia una Cuba Libre, más conocido entre nosotros como Plan Bush. En
sus más de 400 páginas se lee claramente que para Cuba se ha
decretado el mismo programa que para Irak. Y el guión se va
cumpliendo rigurosamente por la parte norteamericana, especialmente
en la fase de ablandamiento a puro golpe de terrorismo mediático.
En este mismo
instante, caen bombas de profundidad en la opinión publica mundial,
como parte de la campaña para promover una condena a Cuba en la
Comisión de Derechos Humanos de Ginebra, la misma donde no se ha
logrado que prospere la necesaria y urgente condena a los
escandalosos abusos contra la dignidad humana que practica EU en
nombre de su guerra contra el terrorismo, secuestrando, encarcelando
y torturando a personas de cualquier nacionalidad, sin pruebas y sin
garantías, desde Abu Grahib hasta la Base Naval que mantiene
ilegalmente en territorio cubano.
Como bien han
advertido mas de mil 500 prestigiosos intelectuales del mundo
entero, la de Ginebra es una maniobra mediática que busca amparar
una posible agresión a Cuba. Todo el que sigue y estudia los
acontecimientos que van teniendo lugar cada día, advierte que el
peligro no solo no ha pasado sino que es más peligroso, ya valga la
redundancia ante la gravedad de la amenaza.
La pregunta es
cómo responde Cuba. Como hace 46 años, cuando comenzó a vérselas con
la Primera Guerra Fría y como hace 15 años,cuando siguió viéndoselas
con esta post Guerra Fría que es el terrorismo mediático en la era
de la Globalización.
La novedad es el
modo en que se arma esa resistencia, lo que en Cuba definimos como
Batalla de Ideas, capitulo intenso y muy hermoso de una guerra que
libramos a pensamiento. Ella es exactamente lo que estamos viviendo,
un arsenal de ideas que exponer, aunque quizás demasiado
trascendentes para intentar apretarlas en una sola exposición.
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