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(IAR-Noticias)
09-May-05
Por
Osvaldo Bayer
Vuelvo
a pisar tierra santafesina, mi querida provincia, esas pampas anchas trabajadas,
ese Paraná donde se ve el cielo, esos recuerdos de cabalgatas de sol a sol.
Llego a Villa Constitución. Me llevan a ver las ruinas de Cilsa, la fábrica que
producía los mejores textiles del país. No se puede creer el espectáculo.
Ruinas, como el Berlín del ’45. Ruinas de una fábrica llena de obreras en
permanente producción. Un orgullo para todos. En ruinas. La Argentina que nos
dejaron los ’90. La de los sobresueldos suculentos en los bolsillos de los
aprovechados funcionarios. Se robó todo, se destruyó todo. Ahí está, en el
suelo, el trabajo. Cercanos se oyen los gritos, las risas y los llantos de niños
de villas miseria. Todo en medio de un paisaje verde, rico de árboles, de
plantas, del río que se asoma por todos lados. Pero las ruinas. Un arco desnudo
sostiene todavía el nombre de Cilsa.
Pero, ¿qué pasó? La
explicación es corta. El dueño se mudó. Se llevó parte de las máquinas. Hasta
que una vez aparecieron grúas que destruyeron todo. Todo. Paredes, techos,
ventanas, y se llevaron las máquinas restantes y después se robaron todos los
hierros de la construcción. Así de simple. ¿Y quién fue? “Gente interesada”, es
la respuesta. Alguien insinúa: estuvo metida la policía. Y ahora vienen los
pobres de las villas y se llevan ladrillos, cascotes. Todo ha quedado
abandonado. Pero el ser humano no se rinde ante los destructores en provecho
propio. Jóvenes estudiantes y viejos luchadores de esa Villa Constitución que
tiene tanto para contar de sus luchas obreras se han unido. Quieren hacer de ese
enorme paisaje natural, manchado por las ruinas y la hipocresía social, un
parque ecológico con todos los ejemplares de los árboles y las plantas
autóctonas. Así volverán los animales silvestres que habitaron en otros siglos.
Piensan también levantar en medio del idilio una casa de la cultura, con
biblioteca y cursos, como hacían los obreros de todas partes del mundo cuando
llegaron hace más de un siglo y crearon la Sociedad de Oficios varios con un
salón para debatir, una biblioteca y un conjunto filodramático para solaz de la
gente. Y a esto, la gente joven de alma de Villa Constitución quiere agregar
lugares para el deporte: fútbol y tenis para la juventud y bochas para los
viejos. Para que vengan también los chicos y los viejos de las villas miseria
que hacen un cordón a ese paraíso.
Un riñón ecológico para
Villa Constitución, que puede convertirse en el corazón solidario de la ciudad.
Ese conjunto de jóvenes constituyentes nos convocó a gente de toda la República
a ver eso y dar la mano para que todo sea posible. Representantes estudiantiles,
de sindicatos de la lucha, docentes, de partidos políticos que sueñan todavía,
libertarios que siempre aparecen a pesar de los siglos. Se habla del egoísmo de
la destrucción y del desprecio del sistema por la gente. Pero también se habla
de los árboles, como futuro. De esa especie indestructible, pura nobleza, que
atrae lluvias y mariposas, pájaros con trinos. “Destruyeron el trabajo –dice un
estudiante con cara de algo de Moreno y otro poco de Castelli–, pero nosotros le
vamos a plantar árboles.”
Pienso en las conversaciones
de Alexander von Humboldt con los pueblos originarios en su viaje americano. Con
admiración recordaba el sabio el cuidado de la naturaleza de esos seres y el
dolor de ellos ante el avance de la conquista española, a cañonazos, con
esclavitud y la cruz y la espada.
Una enorme casa de la cultura rodeada de verde eterno se merece esa Villa
Constitución humillada por las ruinas de la que fue la fábrica de los mejores
productos textiles del país.
De Villa Constitución seguimos el recorrido santafesino. Esta vez al norte.
A Reconquista. Allí queremos asistir al homenaje a Gastón Gori, fallecido hace
poco tiempo, y autor de esa investigación profunda que fue La Forestal y que
lleva el subtítulo de “La tragedia del quebracho colorado”. Exactamente el mismo
ejemplo de lo que pasó en Villa Constitución. En toda esa zona cercana a
Reconquista dominó la empresa inglesa que explotó el quebracho y, después de
hacer ganancias fabulosas y explotar en forma indigna a los hacheros, se marchó
cuando ya no quedaban ni las raíces de ese árbol tan noble, de madera dura como
el hierro. Quedó la tierra envilecida, las ruinas de las fábricas de tanino, los
obreros sin trabajo y los pueblos en extrema soledad. Ni siquiera los ingleses
les pagaron la indemnización justa que establecía la ley, sólo una parte de
ella. Gastón Gori fue el primer investigador histórico en la Argentina que hizo
un profundo libro donde detalla esa explotación de la naturaleza, de los seres
humanos y principalmente la masacre que hará la policía privada de la empresa
extranjera y el Ejército argentino. Es patética la connivencia del gobernador
radical Mosca con la empresa británica. El mirará impávido, sin reaccionar, el
castigo, las torturas y la muerte de los sufridos hacheros. Gori describe luego
la miseria y desolación que dejó el latifundio inglés en la región. Veamos sólo
un pueblo, llamado La Sarnosita. “La Sarnosita es sólo un nombre. Y vendrán
después decenas de kilómetros hasta completar cien de trayecto en la soledad,
poblados minúsculos, estaciones ferroviarias decaídas, algún rancherío donde se
cobijan la pobreza o la miseria de la gente nativa, enclavado el caserío chato y
ralo en latifundios ex La Forestal, en esas herencias de soledad de las tierras
apenas holladas por el viajero, por el hachero o por el que cuida ganado,
sufrido de garrapatas o de cachapés (...) Después viene la penosa decadencia de
Colmena, donde no ha quedado de La Forestal otra cosa que la memoria de
miserias, baldío y el rancherío disperso, sin nada que recuerde el champagne con
que allí se obsequiaba a funcionarios públicos, sin que queden vestigios de
edificios que existieron y que demolió el interés movido por intenciones ajenas
a la prosperidad de ese viejo reducto de trabajadores forestales.” Y así sigue
el texto, recorriendo el espanto. Este capítulo de la explotación del trabajador
y de la tierra argentina por especuladores capitalistas debería aprenderse en
nuestras escuelas. Y el sacrificio obrero que sólo luchó por más dignidad.
Hay que tener en cuenta el
sacrificio de esos hacheros para derribar los quebrachos duros como piedra y
acero. Y picados por toda clase de bichos de esas regiones. Además, la
solidaridad que hubo entre ellos y cómo jugaron su vida y su libertad. Más
todavía: las torturas y palizas a que fueron sometidos antes de ser asesinados
por los uniformados. No, todo el mundo se calló la boca: las legislaturas y
parlamentos, el gobernador Mosca y sus ministros, el presidente Yrigoyen. Ni el
Ejército ni la Unión Cívica Radical pidieron jamás disculpas por esta
experiencia tan triste de nuestra historia. En el libro de Gori está el
testimonio del sindicalista libertario Borda, quien señala que la policía pagada
por los ingleses estaba integrada “por el bandidaje de toda laya” que
contrabandeaba alcohol, tabaco y armas desde Brasil y Paraguay. Describe el
asesinato del obrero anarquista Francisco Coronel, y la ayuda solidaria de todas
las sociedades de oficios varios integradas en la FORA anarquista de Buenos
Aires.
Cilsa en Villa Constitución y sus antecedentes de La Forestal del norte de
la misma provincia santafesina dejaron ruinas. Las ruinas de un sistema que
sigue dominando el mundo. Un mundo de hambre, miserias y balas. Transformemos
las ruinas en árboles para que las nuevas generaciones tengan belleza y alegría.
Y –como expresaba el diario La Protesta, donde se denunciaba los crímenes de La
Forestal– “trabajo para todos a través de la solidaridad y la paz eterna”.
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