|
(IAR-Noticias)
09-May-05

Por José
Reinoso - El País Semanal
CHINA
Capital: Pekín
Gobierno: República comunista
Población: 1,294,629,555 (2004)
Silencio. Un silencio roto sólo por el zumbido de los ventiladores inunda el
segundo piso de las instalaciones del fabricante de equipos electrónicos Quan An.
La luz de los fluorescentes llena la sala. Sesenta jóvenes sentados en sillas de
plástico azul trabajan uno tras otro en las líneas de
producción. Cuando Zhang Xuewen, la directora y esposa del propietario de esta
empresa de 180 empleados, entra en el taller, prosiguen su labor sin levantar la
mirada. Sueldan cables, prueban circuitos impresos, ensamblan componentes,
calibran pantallas. Parece el aula de un colegio en pleno examen. Trabajan en
silencio porque tienen prohibido hablar. En la pared, una cámara vigila sus
movimientos.
Bienvenido a la provincia de Guangdong, testigo del inicio de las reformas
puestas en marcha por Deng Xiaoping en 1978. Bienvenido al delta del río Perla,
una de las mayores zonas fabriles del mundo. Bienvenido a la nueva patria de
multinacionales como Kodak, Honda, Nike, Siemens o Ikea en la tierra de los
dragones.
Quan An está situada en Xiacun, una población de solares polvorientos y
urbanismo rápido anclada entre los brazos del río Perla, en el sur de China.
Pertenece a la municipalidad de Jiangmen, una de las ocho que constituyen el
delta, y es un claro ejemplo de los miles de compañías locales que han surgido
en el gigante asiático en estas dos décadas de transición al capitalismo. "La
fundó mi marido en 1990 con el dinero que había ahorrado su padre trabajando en
uno de los estanques de piscicultura que poblaban la
zona. No hizo ni el bachillerato, pero tenía los conocimientos necesarios para
comenzar el negocio porque había estado empleado en algunas empresas que
producían transformadores", explica Zhang, de 32 años. Ella, hija también de
campesinos, comenzó en la cadena, donde enseñaba a los obreros lo que tenían que
hacer. Cinco años después se casó con el jefe. Hoy, Quan An exporta el 60% de la
producción a 56 países; como los cientos de cámaras de seguridad con la marca JR
Electrónica, destinadas a México, que se alinean en las estanterías.
China produce el 75% de los juguetes mundiales, el 29% de los televisores, el
24% de las lavadoras, el 20% de los teléfonos móviles, tres de cada 10
bicicletas y siete de cada 10 encendedores. Los objetos más insospechados
proceden cada vez más a menudo de sus talleres: desde vajillas y árboles de
Navidad artificiales hasta calcetines o reproductores de DVD. Y la eclosión no
ha hecho más que empezar, porque electrodomésticos y automóviles made in
China formarán parte del paisaje europeo en un futuro cercano, como ocurrió
anteriormente con los productos japoneses y los surcoreanos.
Zhang habla en una amplia sala de reuniones, de paredes de madera clara,
cortinas blancas y rosas, y cristales tallados con dibujos de aves. En la
entrada, varios peces nadan en un gran acuario. "Pero el negocio no es fácil,
cada vez hay más competidores y tenemos que adaptar continuamente el producto
para atraer a los clientes", dice con voz suave esta mujer sin
estudios, que reconoce que lo que más le gusta es "hacer las cuentas". En la
puerta de la fábrica, varios carteles piden prosperidad a los dioses. "En esta
tierra puede producirse oro", reza uno de ellos. "Por un futuro prometedor y un
negocio floreciente", se lee en otro.
Veinticinco años de reformas económicas han transformado China en una gigantesca
máquina orientada a la exportación. Por todo este país, que se tarda en cruzar
más de cinco horas en avión, han surgido zonas industriales y barrios gremiales
en los que millones de obreros trabajan al unísono jornadas interminables por 60
euros al mes. Y pocas grandes multinacionales ignoran ya este cuasi continente
de 1.300 millones de almas. No sólo por las ventajas que representa su infinita
mano de obra, sino por la pujante demanda interna de una economía que crece a
tasas impensables en otras zonas del mundo: un 9% medio anual desde hace 15
años.
Pero ¿cómo son sus fábricas?, ¿cómo es la vida de los millones de obreros que
hacen girar esta poderosa cadena productiva, a menudo en silencio, a veces
osando levantar la cabeza? Zhang asegura que el salario mensual de sus operarios
es de 800 yuanes (75 euros), por 10 u 11 horas de trabajo diarias y un día libre
al mes. Una jornada que le parece normal, porque lo es en
muchos lugares de China. Para solucionar posibles problemas técnicos, la
compañía ha contratado los servicios de dos ingenieros, a los que llama cuando
le hace falta, que cobran 930 euros mensuales.
El 60% de los obreros de esta empresa viene del interior del país, de provincias
más pobres como Henan, Sichuan y Guangxi, y sólo regresa a sus casas con ocasión
del Año Nuevo, a finales de enero. Casi todos rondan los 20 años y son mujeres,
"porque tienen más paciencia para el ensamblaje", porque son más fáciles de
manejar y, lo que quizá es más importante, según Ruby Zhu, economista de la
Cámara de Comercio de Hong Kong, porque cobran
menos. Como Yang Limei, de 18 años, una chica de pelo corto y mirada triste, de
Guangxi, que viste una camiseta roñosa del ratón Mickey. "He venido aquí porque
en mi ciudad la situación no es buena. Llevo un mes, y está bien, el trabajo es
fácil; pero todavía no sé lo que voy a cobrar", asegura, con voz y ojos bajos,
mientras corta con cuidado los extremos de un manojo de cables
amarillos del grosor de un fideo. Yang dice que le hubiera gustado seguir
estudiando, pero que no puede porque tiene dos hermanos menores y debe ganar
dinero para ayudar en casa. La renta per cápita en China en las zonas rurales,
donde viven dos tercios de la población, es de 20 euros mensuales.
En Xiacun, sólo la gente más mayor se dedica al campo: cultivan vegetales y
crían peces y gambas. Los demás, casi todos, viven de la industria. Los
empleados locales desempeñan labores de más responsabilidad en la cadena de
mando. Es el caso de Luo Lihuan, la jefa de una de las líneas de producción.
A sus 21 años, lleva ya cuatro ganándose la vida entre las paredes de este
edificio de gresite situado al fondo de un callejón. Viste una camiseta negra
Versace y se pasea como un pavo entre las trabajadoras, trasladando bandejas con
componentes electrónicos, orgullosa de ocupar un puesto de más rango por el que
ingresa 110 euros al mes. No en vano es del pueblo. Luo
conoce perfectamente todas las normas a las que están sometidos los empleados.
"No pueden hablar, para no distraerse, y si quieren ir al servicio deben tardar
menos de cinco minutos", dice.
Muchos de los asalariados de Quan An se alojan en los dormitorios que tiene la
compañía en un edificio anexo. Pagan dos euros al mes por una habitación
infestada de mosquitos en la que duermen entre seis y ocho personas,
distribuidas en literas. En uno de los cuartos se acumulan sobre una mesa un
ventilador, cuencos para comer y termos para el agua. La ventana, de cristales
rotos, da a una charca rodeada de bananeros, bambúes y basura.
En una de las literas, detrás de una cortina raída que proporciona la única
intimidad posible, reposa una televisión. Zhang la ve, aparta la mosquitera y
dice con tono reprobatorio: "Esto está prohibido, hay un cuarto para ver la
tele. Además, a las once de la noche todo el mundo tiene que estar durmiendo y
no se puede hacer ruido". Al caer la tarde, antes de volver de nuevo a la cadena
de montaje a las siete, los empleados salen al patio para cenar. En cuclillas,
se acercan el bol metálico a la boca mientras empujan el arroz con los palillos.
Las calles de Xiacun son un reflejo de los cambios que se han producido en esta
región en los últimos años. Edificios tradicionales se mezclan con obras
recientes. Al borde de un canal, un templete acoge en la penumbra una estatuilla
de Hua Tuo, un doctor de medicina tradicional muy venerado en China que vivió
hace 1.800 años, durante la dinastía Han. "Muchos obreros
y empresarios vienen a quemar papeles, en los que han escrito sus dolencias,
para pedirle salud", explica una anciana de colmillos de plata. Colgados en las
paredes negras por el humo del incienso, varios cuadros rojos con letras doradas
agradecen a Hua Tuo sus favores. Fuera, alguien ha atornillado un cartel
metálico que promueve la política de hijo único: "El control de
natalidad depende de nosotros, y beneficiará a las generaciones futuras".
China ha atraído casi medio billón de dólares de inversión extranjera desde que
comenzó a internacionalizar su economía, y continúa deslumbrando a directivos de
todo el mundo. Y Guangdong ha sido una de las principales beneficiadas, ya que
fue en esta provincia donde los dirigentes comunistas comenzaron a sacar el país
del letargo y pusieron en marcha tres de las
primeras zonas económicas especiales creadas para experimentar con la llamada
economía socialista de mercado. La vecina Hong Kong trasladó en los años ochenta
gran parte de su producción al continente y se convirtió en uno de los
principales motores del desarrollo de esta área. Actualmente hay más de 53.000
empresas de la ex colonia británica en el delta del río Perla, en el que viven
48 millones de personas sobre una población de 80 millones en todo Guangdong, a
los que se suman otros 20 millones de inmigrantes.
Se trata de la región más dinámica de esta gran fábrica del mundo llamada China.
Aquí se manufactura todo tipo de artículos, desde coches hasta ordenadores,
pasando por ropa, juguetes, químicos, alimentos, televisores, zapatos, relojes,
cerámica, acero o fármacos. El delta mueve un tercio del comercio de China
continental.
Hasta 1985 era un territorio surcado por grandes ríos y dominado por granjas y
pequeñas poblaciones rurales y pesqueras. Ahora los ríos siguen ahí, pero el
paisaje ha sufrido una completa mutación debido a la explosión empresarial y el
desarrollo de las infraestructuras. Puentes colgantes de hormigón, bajo los que
navegan las barcazas, cruzan los brazos de agua,
algunos de varios cientos de metros de ancho. Las torres de alta tensión trepan
las colinas intentando calmar la bulimia energética de los miles de talleres que
a menudo funcionan hasta medianoche. Y los campos de cultivo encogen día a día,
acosados por la demanda de suelo industrial. Ahogadas entre las autopistas
subsisten algunas extensiones de plataneros, campos de arroz, plantaciones de
caña de azúcar y granjas de patos. Pero hasta las montañas sufren tajos, como si
fueran flanes cortados por un cuchillo, para dejar paso al progreso. Un progreso
anárquico, que ha convertido la región en un mar de ciudades fábrica, ciudades
dormitorio. Ciudades construidas para trabajar, no para vivir.
Una de éstas, quizá aquella en que la fiebre productiva ha llegado a mayor
extremo, es Dongguan. Aquí residen del orden de siete millones de personas, de
las cuales cinco millones son inmigrantes, la inmensa mayoría mujeres. En las
calles, la actividad es frenética, y el tráfico, caótico. Torres acristaladas se
mezclan con pequeñas tiendas que ofrecen todo tipo de repuestos mecánicos. En
los bordes de las carreteras se amasan los edificios de tres o cuatro pisos de
las fábricas con los de los dormitorios de los trabajadores, reconocibles por
los pantalones y las camisas de colores de los uniformes que cuelgan en los
balcones cual ejército de espantapájaros. Los inmigrantes caminan por los
arcenes de las autopistas arrastrando maletas, cargando fardos con la ropa de la
cama como si fueran refugiados.
Dongguan es el reino de la informática. En su término municipal hay más de
14.000 empresas de 40 países, la mayoría de las cuales se dedica a este sector.
Otras son textiles o del calzado. La economía privada representa el 80% del
total de la ciudad.
Un tercio de la actividad de este paraíso de la manufactura corresponde a
empresas de Taiwan, a quien Pekín considera parte inseparable de una única
China, que debe ser recuperada aunque sea por la fuerza. KYE Systems es una de
estas empresas taiwanesas. Se instaló en Houji (Dongguan) en 1995, donde tiene
tres plantas y unos 2.000 empleados. Junto a la entrada de la factoría ondea una
bandera, la bandera china. KYE fabrica teclados de ordenador, cámaras web y
otros periféricos. El año pasado vendió 30 millones de ratones. Iguales a los
muchos que han pasado por las manos de Xiao Wei, una chica de 19 años de la
provincia norteña de Shanxi, que como tantos millones de campesinos ha llegado a
esta provincia en busca de un jornal con el que ayudar a su familia. "Pero sólo
me pagan 600 yuanes [55 euros]. Pensaba que iba a ganar más", dice, descontenta,
camino del comedor. Xiao Wei viste una blusa verde y pantalones vaqueros. Cuando
los trabajadores de Dongguan salen a la calle, la población adquiere el aire del
patio de una escuela, lleno de chicas casi adolescentes, de pantalones ceñidos,
que se pasean agarradas del brazo.
La mayoría de los inmigrantes que trabajan en Guangdong cobra un salario similar
a Xiao Wei, del cual una cuarta parte corresponde a horas extras. Para ello
deben realizar largas jornadas en condiciones a menudo insalubres, según han
denunciado organizaciones de defensa de los derechos de los trabajadores como
China Labour Bulletin (CLB), sita en Hong Kong, o la
británica Cafod. Y suelen descansar sólo uno o dos días al mes. El problema,
según estas asociaciones, es que, aunque existen leyes que fijan el número
máximo de horas y los salarios mínimos, a menudo éstas no son respetadas. Y los
obreros, a los que a veces se adeudan meses de sueldo, se ven obligados a
callar, a ver cómo les imponen penalizaciones económicas por haber pasado más de
cinco minutos en el servicio o haber hablado durante el trabajo, y a
echar horas y horas para incrementar sus magras pagas y no perder lo ganado.
En China están prohibidos los sindicatos independientes. "¿Sindicatos, qué es
eso?", dice Luo Lihuan, la jefa de línea con caminar de pavo de Quan An. Aunque
hay empresas donde las condiciones son razonables, la mayoría, según CLB,
incumple las normativas y no cotiza al sistema de pensiones ni proporciona
seguro médico. "Algunos obreros trabajan 12, 14 e incluso 20 horas al día.
Especialmente en la industria de la confección, porque a veces hay pedidos
urgentes", reconoce Chen, un consultor que conoce bien la zona. "El valor
añadido de China, actualmente, está en la mano de obra. Es barata, obedece y
trabaja", dice un directivo extranjero que lleva varios años en el país. Obedece
y trabaja, hasta que estalla el conflicto. En China se producen frecuentes
protestas -aunque pocas trascienden- provocadas por los bajos salarios y las
condiciones de trabajo. Como la que llevaron a cabo hace unos meses en Dongguan
un millar de trabajadores del fabricante de zapatos taiwanés Stella, que produce
para reconocidas marcas como Timberland y Clark. Algunos de los cabecillas, que
rondan los 20 años, han sido condenados a varios años de cárcel. Según su
abogado, para que sirvan de ejemplo y demuestra a los inversores de que sus
intereses están garantizados en China.
"La gente no sabe cómo defenderse. Si intentan quejarse ante las autoridades
laborales pueden tardar dos o tres años en resolver la disputa", dice Chan, un
empresario de la provincia. Quienes organizan las manifestaciones, tachadas de
ilegales por el Gobierno, son acusados a menudo, según CLB, de "querer subvertir
el poder del Estado".
"Nadie protesta. Si no te gusta el trabajo, coges y te vas. Es lo que he hecho
yo", dice Li Xia, una joven de 19 años que ha dejado su puesto en la fábrica de
zapatos Jing Mei, en Zhongshan, tras menos de un año. "Las condiciones eran muy
duras. De siete de la mañana a once o doce de la noche. A veces, 16 horas
diarias, seis o siete días a la semana, para ganar 600 o
700 yuanes [55 o 65 euros]. A mucha gente no le gusta su situación, pero nadie
dice nada".
Li cuenta su historia en la explanada de la antigua estación de tren de
Guangzhou, capital de Guangdong. A su alrededor, cientos de inmigrantes,
sentados junto a sus sacos de rafia, contemplan magnetizados las imágenes de la
nueva China que desfilan en una pantalla. Sobre la fachada, grandes caracteres
rojos de neón airean sobre la plaza los eslóganes oficiales: "Une la nación",
"Haz florecer China". Media docena de coches de policía repartidos por el
pavimento rompen la noche con sus giróscopos rojos y azules.
La decisión de Li no es única. Las pobres condiciones de empleo están provocando
falta de trabajadores en algunas industrias, sobre todo de mujeres de 18 a 25
años y en los periodos de pico de demanda, según aseguran empresarios y
responsables gubernamentales. Especialmente cuando Pekín está animando a las
empresas a instalarse en el interior del país. Esto convence a algunos
campesinos de que es mejor hacer florecer China cerca de sus familias, aunque
sea con salarios menores aún. Para la mayoría, no obstante, la única solución es
aguantar. "Si renuncian a sus puestos y regresan a casa no van a ganar más de
100 yuanes [9,3 euros] al mes", dice Zhang, la directora de Quan An. Se estima
que hay 110 millones de campesinos emigrantes trabajando en las ciudades de toda
China.
Según los expertos, en este país, en el que dos tercios de la población viven
todavía en las zonas rurales, en el que la tierra cultivable es escasa y el paro
alto, la mano de obra seguirá abundando durante décadas, aunque algunos
economistas vaticinan que los salarios tendrán que subir para responder a las
demandas de los obreros.
El proceso de transición económica -de un ritmo y una amplitud sin precedentes-
ha permitido a los dirigentes sacar a 250 millones de ciudadanos de la pobreza
en los últimos 20 años, situar la renta per cápita del país en cerca de 1.000
dólares anuales y crear una emergente clase media que, según algunos expertos,
ascenderá a 200 millones de personas para 2020.
La explosión de inversiones nacionales y extranjeras ha servido de válvula de
escape no sólo para los desempleados del campo, sino para los millones de
despedidos de las compañías estatales en reestructuración en el vuelo al
capitalismo. Pero al mismo tiempo ha provocado desigualdades sociales que han
llegado a un nivel alarmante, según reconoce el propio Gobierno.
"Hay muchos extranjeros a los que no les gusta oír que China es la fábrica del
mundo, pero nosotros damos la bienvenida a quien quiera instalarse aquí.
Es trabajo para los campesinos que vienen a las ciudades", dice Li Yaping,
director de una firma de captación de inversiones del Gobierno de Guangzhou.
Algunos economistas chinos insisten en que este país no es "la fábrica del
mundo", sino uno de los talleres de este mundo globalizado. Por un lado, porque
el grueso de las exportaciones corresponde a productos intensivos en mano de
obra, y por otro, porque, según dicen, la producción china representa sólo el 5%
del total mundial, frente al 20% de Estados Unidos o
el 15% de Japón. Muchos de los artículos con el tampón made in China contienen
un gran número de componentes importados. Un ordenador local, por ejemplo, lleva
probablemente en su interior un procesador Intel, un sistema operativo Windows
(de Microsoft) y una pantalla de cristal líquido fabricada en Japón o Corea del
Sur. El Imperio del Centro tiene aún mucho camino que recorrer para pasar de ser
una potencia productiva basada en la cantidad a una basada en la calidad. Pekín
es capaz de enviar un astronauta al espacio, pero sus empresas carecen de
tecnologías claves en muchos sectores, como el automovilístico.
Pero cada vez más compañías, impulsadas por el Gobierno, están incrementando las
actividades de investigación, creando sus propias marcas y abriéndose al
exterior no sólo para vender, sino para invertir, como han hecho el fabricante
de televisores TCL o el de ordenadores Lenovo. Entre otras causas porque, según
los expertos, un modelo basado totalmente en negocios de bajo valor añadido y
bajo margen es insostenible.
Así lo cree Tan Qiongtan, directora de ventas de Gaoya Electronics, una sociedad
de 700 empleados que fabrica reproductores de CD y DVD. "Con la entrada de China
en la OMC, cada vez más empresas están internacionalizándose, y esta competencia
es buena para nosotros", asegura. "El problema es que hay fabricantes chinos que
rompen los precios y venden por debajo de coste para ganar cuota. Esto envía una
señal errónea a los clientes, distorsiona el mercado y nos obliga a reducir los
márgenes", dice esta mujer de 26 años, de la provincia de Hunan, que gana 370
euros al mes.
Gaoya, que vende los lectores de DVD a 30 dólares bajo la marca Best (el mejor),
exporta el cien por cien de la producción, aunque está explorando el mercado
nacional. La compañía se encuentra en un barrio industrial de Changan, también
en Dongguan. En el segundo piso, 200 trabajadores ensamblan los equipos, que se
desplazan sobre una cinta de un puesto de trabajo a otro. Tan Qiongtan trabaja
en Gaoya desde hace dos años y medio, y, como casi todos los empleados, vive
allí. Las habitaciones para la dirección, en un edificio aparte, son de una o
dos personas, mientras las de los operarios, en otro inmueble diferente, son de
ocho. Pagan por comida y cama 7,5 euros al mes. "A las once y media se apaga la
luz y todos tienen que estar durmiendo. Los vigilantes se encargan de que no
haya ruido. Nosotros no tenemos hora", dice. Sobre la fachada del edificio de
los trabajadores, cuatro frases advierten: "Sé civilizado. Sé educado. Sé
limpio. Sé moral".
Los analistas afirman que los bajos costes van a permitir a China incrementar su
cuota de mercado en la mayor parte de los sectores manufactureros, en detrimento
de otros países emergentes, en especial México y Brasil, y sobre todo de los
industrializados, donde los precios son mucho más altos. La cuota mundial de las
exportaciones chinas ha pasado del 1,2% en 1982 al 5,2% en 2002. Se ha impuesto
así como el cuarto exportador después de Estados Unidos, Alemania y Japón.
Aunque en algunos años, auguran, India podría arrebatarle el lugar como destino
preferente de las inversiones foráneas.
La construcción de la gran fábrica china se ha producido en menos de dos
décadas, liderada por dirigentes y empresarios que en su juventud vivieron los
tiempos de enardecimiento de la doctrina maoísta y de apoyo -Libro Rojo en mano-
a la Revolución Cultural (1966-1976) lanzada por Mao Zedong. Ahora se pasean en
automóviles Audi y Mercedes. China es hoy una extraña combinación de modernas
factorías y talleres propios de la Inglaterra industrial del siglo XIX, de
camiones cargados de maquinaria y motos cargadas de gallinas, de naves obligadas
a detener la producción por falta de electricidad e instalaciones que funcionan
sin descanso para dar salida a los pedidos. Un gigantesco taller en el que se
alternan la vorágine capitalista con los locales en cuyas paredes cuelga,
anacrónico, el retrato de Mao. Al hacerse la noche, las fábricas surgen como
barcos mercantes junto a las autopistas de Guangdong. Las vallas publicitarias
anunciando todo tipo de productos brillan en la oscuridad. Tras los cristales
azules de los talleres, los fluorescentes guardan sus secretos en medio de un
paisaje vacío de cemento y ladrillo, azulejo y
asfalto. Y las camisas y los uniformes de los obreros cuelgan inertes en los
balcones.
|