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(IAR-Noticias)
10-May-05
Por
Robert Fisk - La Jornada

A
dos años de la "misión cumplida", cualquier estatura moral que Estados Unidos
pudo haber reivindicado al concluir la invasión a Irak, ésta se malgastó hace
mucho ante las torturas, abusos y muertes en Abu Ghraib. Que el símbolo de la
brutalidad de Saddam Hussein haya sido convertido, por los enemigos del ex
dictador, en símbolo de su propia brutalidad es un epitafio de singular ironía
para toda la aventura iraquí. Ya todos estamos contaminados con las imágenes de
crueldad durante los interrogatorios, empleadas por guardias y comandantes de la
prisión.
Pero esto no sólo se limita a Abu Ghraib. Existen claros y comprobados vínculos
entre los abusos en Abu Ghraib y la crueldad en la prisión estadunidense de
Bagram, en Afganistán, así como en Guantánamo. Curiosamente, la general Janis
Karpinski, única oficial de alto rango que enfrentará cargos por Abu Ghraib, me
confesó un año antes, cuando visité la prisión, que ella había trabajado en
Guantánamo, pero me aseguró que en Abu Ghraib no tenía permitido estar presente
en los interrogatorios, lo cual me pareció muy extraño.
Ya se ha acumulado gran cantidad de evidencia inculpatoria hacia el sistema que
los estadunidenses han creado para maltratar y torturar prisioneros. Entrevisté
a un palestino que me dio evidencia contundente de violaciones anales usando
palos de madera perpetradas en Bagram por estadunidenses, y no por personal
afgano.
Muchas historias han salido de Guantánamo: la humillación sexual de prisioneros
musulmanes, quienes son encadenados a sus asientos en los que defecan y orinan,
el uso de pornografía para hacer que los musulmanes se sientan impuros, las
soldados que usan poca ropa para hacer interrogadores (y que en al menos un
caso, fingen embarrar la cara de un prisionero con flujo menstrual). Cada vez
hay más pruebas de que todo esto ha ocurrido.
He hablado durante horas con iraquíes que me han descrito con toda sinceridad
las aterradoras palizas que les propinaron interrogadores militares y civiles,
no sólo en Abu Ghraib, sino en bases estadunidenses en todo Irak. En un
campamento estadunidense en las afueras de Fallujah, los prisioneros son
golpeados con botellas de agua de plástico llenas, hasta que éstas se rompen y
cortan la piel. En la prisión de Abu Ghraib se ha usado perros para asustar y
herir a los reclusos.
¿Cómo se enraizó esta cultura inmunda en la "guerra contra el terror" de Estados
Unidos? ¿Cómo se origina la injusticia institucionalizada que hemos visto en
todo el mundo, las viles "entregas" de prisioneros en que desde Estados Unidos
los presos son trasladados a países donde pueden ser rostizados, electrocutados
o, como sucede en Uzbekistán, fritos vivos en grasa?
Como escribió Bob Herbert en el diario The New York Times, lo que parecía
inconcebible cuando salieron a la luz las primeras fotografías de Abu Ghraib, es
ahora rutina que es típica desde que se "permeó a las operaciones de la
administración del presidente George W. Bush".
La organización Amnistía Internacional, en escalofriante documento de 200
páginas publicado en octubre pasado, rastreó los memorandos del secretario de
Defensa, Donald Rumsfeld, que se adoptaron dentro de los sistemas de
interrogación, así como una autorización de practicar tortura, redactada de
forma escurridiza.
Por ejemplo, en agosto de 2002, a sólo unos meses de que Bush declaró la "misión
cumplida", el Pentágono afirmó que "con el fin de respetar la autoridad
constitucional del presidente para comandar una campaña militar (la ley
estadunidense que prohíbe la tortura) debe considerarse inaplicable durante
interrogatorios llevados a cabo en atención a la autoridad del comandante en
jefe". ¿Significa esto que se le dio permiso a Bush de torturar?
En 2004, un reporte del Pentágono usa una redacción diseñada para permitir a los
interrogadores usar la crueldad sin correr el riesgo de enfrentar futuras
acciones judiciales: "aun si funcionario sabe que un dolor severo será el
resultado de sus acciones, si causar daño no es el objetivo, no existe el
requisito específico de la intención (para ser culpable de ejercer la tortura),
aun si el que interroga admite no haber actuado de buena fe".
El hombre que institucionalizó directamente los crueles interrogatorios en Abu
Ghraib fue el mayor general Geoffrey Miller, quien era comandante en Guantánamo
hasta que fue enviado a Abu Ghraib con orden de "aumentar la eficiencia en las
operaciones de confinamiento".
A esto siguió un incremento en el uso doloroso de esposas y la desnudez forzada
de los prisioneros. En un reporte de Miller que siguió a su visita a Abu Ghraib
en 2003, el mayor general habla de la necesidad de una fuerza en el penal que
"implante las condiciones para la interrogación y explotación exitosa de los
reclusos".
Según la general Karpinski, Miller afirmó que los prisioneros "son como perros,
y si se les permite sentirse algo más que perros, se ha perdido el control sobre
ellos".
Este legado presente en todas las prisiones del territorio iraquí es un símbolo
vergonzoso no sólo de nuestra crueldad sino de nuestro fracaso al crear las
circunstancias en las que el nuevo Irak deberá tomar forma. Se pueden celebrar
elecciones y crear un gobierno, pero cuando la permite que esta podredumbre
militar se extienda, todo el sentido de la democracia se voltea. El "nuevo" Irak
aprenderá de estos centros de interrogación cómo deben ser tratados los
prisioneros, inevitablemente los "nuevos" iraquíes se apropiarán de Abu Ghraib y
le devolverán el estatus que tenía durante el régimen de Saddam, y todo el
propósito de la invasión (o al menos lo que nos dice la versión oficial) se
habrá perdido.
La insurgencia es cada vez más inescrupulosa e imposible de controlar; es obvia
lo vacío de la estúpida bravata del presidente Bush. Pareciera que la verdadera
misión era institucionalizar la crueldad en los ejércitos occidentales,
manchándonos para siempre con la depravación de Abu Ghraib, Guantánamo y Bagram,
sin mencionar las prisiones secretas que ni siquiera se permite a la Cruz Roja
visitar y en las que quién sabe qué vilezas se estén cometiendo en estos
momentos.
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