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(IAR-Noticias)
13-May-05
Por Jorge Asís, desde
Argentina
Lejos
de ser el fundamental, pero la hipocresía bien administrada es un atributo
irreemplazable para las sutilezas de la política internacional.
Sin embargo, después de todo es gratificante verlos sonreír, a los tres
presidentes, para la fotografía.
Al anfitrión, por ejemplo, Lula. A su enojoso y reclamatorio vecino, el
imprevisible Kirchner, con su actitud prepotente de derrotado. Y al
exasperantemente conflictivo Chávez, el único del terceto que nada tenía para
perder, y que se disponía a disfrutar de una cumbre especial, a su medida.
Entonces puede vérselos como distendidos, a los tres, en la Granja do Torto.
Unificados en el sublime artificio de Petrosur, donde tampoco nada tiene para
perder el presidente de Venezuela, que siempre queda parado.
Y con una fuerte pose de estadistas populares.
Se disponen a ensayar la diplomacia del churrasco.
Compartirán un asado que es, en apariencia, la principal actividad que el
presidente argentino mantendrá en su tan elaborado desplazamiento hacia
Brasilia.
Lula

La sonrisa del festivo anfitrión sirve para
simular, en principio, el fracaso anunciado de la primera Cumbre entre la
América Latina y los Países Árabes.
Trátase del máximo acontecimiento diplomático organizado por Itamarati. Una
lástima que incite a evocar nuevamente aquella frase genial de Macedonio
Fernández:
"En la fiesta, había tantos ausentes que, si faltaba otro más, no tenía sitio".
La presuntuosa cumbre, al final, naufragará en una de las tantas asambleas
desiguales. Se convertirá en una llanura de proclamas y expresiones de deseos.
Al quinto discurso ya cuesta atender el próximo.
De manera que el anfitrión, junto a algunos colegas presidentes de los países de
la Sudamérica que aspira naturalmente a liderar, tiende, magnánimo, un puente de
civilización hacia los mandos notablemente intermedios de los países árabes.
Trátase entonces de una interlocución tan positiva como inequitable.
Téngase en cuenta que, en aquellos parajes por donde comenzó la civilización,
aún pesa, para ser exactos, el sentido de las jerarquías, que tiene su propio
lenguaje.
Y donde el poder, en general, no se comparte. Por más abnegados discursos que se
pronuncien en reuniones multilaterales, en general en los países del llamado
mundo árabe distan de celebrar el arte del consenso. Por lo tanto, si en la
plaza no se sienta la máxima autoridad, aquel que lo suplante, así se trate del
canciller, es un atildado señor perfectamente principesco, pero políticamente un
cuatro de copas.
De manera que la inversión de Brasil, con sus esfuerzos organizativos y los
nueve mil soldados para protegerlos, es ostentosamente inútil.
Por lo tanto, para proyectarse como gran líder mundial, si Brasil quiere hacer
pata ancha en el planeta, no debiera arriesgarse en la animación de cumbres
irrepresentativas, que precisamente no le ocasionan prestigios.
Sólo el presidente de Argelia, Bouteflicka, un hombre de breve estatura y fuerte
inteligencia, registra algún peso propio en la balanza del mundo árabe actual.
Sin embargo, el argelino asiste, sobre todo, por su condición de presidente
temporal de la Liga Árabe. Si faltaba él correspondía, en todo caso, apagar la
luz.
También se encuentra presente en Brasilia la máxima autoridad de la zona más
maltratadas por la pólvora. El Irak. Con sus viejas historias, Talabani, el
líder del Kurdistán iraquí, podría amenizar los dos días de encuentros y
auriculares, con resultados infinitamente más optimistas que la montonera de
declaraciones voluntaristas sobre futuros intercambios económicos y culturales
que el próximo miércoles comenzarán a olvidarse.
Talabani, él kurdo sólo, podría desasnar informativamente a las cancillerías
latinoamericanas contándoles acerca de los motivos de tantas formidables
ausencias. Podría aparte ilustrarlos sobre las precauciones de Turquía, sobre
los deslizamientos nucleares del Irán, sobre la imposibilidad de terminar esa
guerra incomprensible que condujo a los Estados Unidos al peor de los
laberintos, entre el desprestigio humanitario y la pulverización de su
credibilidad.
Además se encuentra, en Brasilia, el representante del pueblo del sufrimiento
que, por viejo, se contempla con agobiada indiferencia. El presidente Abu Mazzen,
de Palestina.
Acaso sean las presencias, entonces, las que pueden explicar los cinismos de
tantas ausencias. Porque habrá que aceptar que no fue necesaria la presión de
Condolezza Rice para devaluar el nivel de la representación política del
arabismo. En general se trata de los propios hombres fuertes de los grandes
países árabes los que no quieren, ni de lejos, comprometer con sus presencias,
ningún documento declaratorio, que Israel -o sea, los Estados Unidos-, pueda
juzgar como hostil para sus intereses.
Y sobre todo emitido en su zona de influencia, que el Brasil pretende disputar.
¿Cómo pudo haberse equivocado tanto Itamaraty?
El canciller Amorim intentará responder la pregunta, y no tendrá otra
alternativa porque en Brasil se exige más rigor a sus cancilleres que en la
Argentina.
Porque, sin la máxima representación de Egipto, de Siria, de Arabia Saudita, de
Jordania, Marruecos o El Líbano, hablar de cumbre suena, por lo menos, a triste
ironía.
Kirchner
Milagrosamente no se equivocó en decidir volverse antes. Fue, tal vez, de los
pocos aciertos de sus giras como estadista. Los auriculares, definitivamente, no
están hechos para él. No entiende un pomo del mundo árabe, ni le interesa un
pepino la fórmula del "puente de civilizaciones", retórica con que los
estrategas de Itamarati pretenden diferenciarse de la pugna de civilizaciones de
Huntington, y la frívola alianza de civilizaciones de Zapatero.
Al fin y al cabo, tanta ansiedad preparatoria para una reunión bilateral con
Lula, tantos artículos de Cardoso y de Granovsky, para que el periplo derivara
en las puerilidades de un churrasco trilateral. Con el agregado del único que se
podía divertir, Chávez.
Sin embargo, no sería del todo desatinado aconsejarle al presidente Kirchner que
no trate, en adelante, a sus connacionales, como idiotas. Debe comprender que se
le acabó la impunidad conceptual. Que en adelante podrá toparse con alguien que
le señale, por ejemplo, que los agigantados problemas del Estado argentino con
el Estado de Brasil no se arreglan con una fotografía precaria y un asado. Y
acompañados, para colmo, por el hilarante locutor, Chávez.
El Chávez al que Vulgarcito se propone contener.
Puede admitirse, al extremo, que Kirchner suponga, en su incultura inagotable,
que el argentino puede ser un idiota.
Después de todo con semejante creencia no le fue nada mal. Caso contrario, que
sean consultados los santacruceños, a los que supo subestimar durante diez años,
sin rendir, aún, sus misteriosas cuentas.
Sin embargo no resultaría tampoco conveniente que Kirchner tomara como un gil,
por ejemplo, a Bush.
O al propio Chávez.
Porque los improvisados que transitoriamente gobiernan el país tan maltratado,
no tienen derecho a tanta arrogante ingenuidad. A permitir que trascienda, a
través de los diarios mayoritariamente adictos, y obstinadamente acríticos, su
estrategia de contenedores, de intermedios.
Francamente: ¿A quién puede contener Kirchner?
Si verdaderamente piensa, en sus raptos de asociación libre, que puede legitimar
las vacilaciones, las ambigüedades de su carencia de estrategia política, con el
cuento de una guiñada, divaga. Con el imaginario de una intermediación ante Bush,
para contener a Chávez o a Castro. Es de una adolescencia estructuralmente
enternecedora.
Aparte, para colmo, en todo caso llega tarde para la contención.
Porque es exactamente el rol que cumple Lula. Por encargo. Y sin contarlo.
De todos modos, por una vez, Kirchner acertó. Tuvo razón de anticiparse y
regresar al único sitio de la tierra donde, aún, se lo tiene en cuenta.
Es el presidente, a pesar de todo, de la Argentina. Y la cumbrecita brasileña no
estaba para su nivel. Bastaba ampliamente con ponerle los auriculares a Juan
Pablo Lohlé.
Lo que de ningún modo puede aceptarse es que agravien con un argumento infantil.
Que anuncien el regreso porque se cumplieron las expectativas.
Después de tanto alboroto de tinta y de palabras, no pueden ser tan módicas las
expectativas. Merecía más que una copa de vino brasileño (ideal para tomar con
soda), un churrasco, y una fotografía risueña con Lula y el locutor
irresponsable, Chávez. Al bolivariano que pretende, ilusoriamente, contener.
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