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(IAR-Noticias)
13-May-05
Por Mario Roberto
Morales - A fuego Lento
Después
del desastre nacional causado por el riosmontismo portillista y el
“izquierdoderechismo” de los ex guerrilleros y ex comunistas que se vendieron a
la voluntad de su enemigo, el proyecto oligárquico de país -truncado cuando el
viejo PAN perdió las elecciones ante Ríos Montt y su testaferro Portillo- ha
vuelto a la carga con el gobierno de Berger.
Este proyecto consiste en realizar el interés
oligárquico de privatizar lo que queda de los activos del Estado y de invertir
fondos privados en obras públicas, reduciendo el poder económico estatal en aras
del control absoluto de los servicios públicos por parte de la iniciativa
privada.
Al ponerse al servicio de este proyecto estratégico –que navega con la bandera
de la “corrección política”— Eduardo Stein, Frank La Rue y Rigoberta Menchú, así
como sus conspicuos colaboradores, han pasado a formar parte de la nefasta
legión de “izquierdoderechistas” que, ahora divididos en riosmontistas y
oligarquizantes, siguen cumpliendo la innoble tarea de “legitimar” ante la
comunidad internacional y sus agencias de cooperación externa a los gobiernos
elitistas de Guatemala, los cuales insisten en continuar ejerciendo su
incapacidad de trabajar por un interés nacional en el que se procure empleo para
todos y, por el contrario, persisten en instaurar regímenes sectorialistas que
sólo benefician al grupo social más privilegiado para que algún día la riqueza
fluya hacia las masas “por goteo”.
Los
señalamientos de corrupción que la izquierda oligarquizante sigue haciéndole a
la izquierda riosmontista es, pues, vana y de suyo reversible, pues a la vista
está que la actual izquierda en el gobierno no es otra cosa que “lo mismo pero
más barato”.
Al otorgarle a esta nueva izquierda oficial el control del espacio publicitario
de la vicepresidencia (Stein), la bandera de los derechos humanos oficialistas
(La Rue) y la llave para mantener abierto el chorro de la cooperación
internacional hacia el gobierno (Menchú), la oligarquía está borrando la
contradicción que había entre cooperación internacional e interés oligárquico,
al extremo de que quienes viven de estos financiamientos y todavía acarician
sueños libertarios, se encuentran doloridos por los cambios que ha habido en la
línea de las erogaciones, las cuales evitan financiar proyectos que puedan tener
consecuencias concretas de desarrollo en las comunidades recipiendarias y
prefieren implementar inocuos talleres culturalistas relativos a las
identidades, el respeto a las diferencias y el uso “políticamente correcto” del
lenguaje.
Sin duda existe ya una fluida convergencia entre el interés oligárquico de largo
plazo para el país y el interés globalizador del que la cooperación
internacional es punta de lanza con su miríada de oenegés, las cuales cumplen a
cabalidad la función de mantener fragmentadas y dispersas a la sociedad civil y
a la sociedad política mediante el fomento de su lucha desleal por los
financiamientos; todo, con el fin de impedir que de ellas brote un proyecto de
país basado en un interés nacional interclasista e interétnico, opuesto a la
sectorializada visión exclusivista de la oligarquía y a la demagogia
“políticamente correcta” de las izquierdas que llaman “realismo político” a su
agudo y desembozado sentido de la oportunidad.
Es por ello comprensible que la nueva izquierda oficial encubra con la espesa
retórica oenegista de los derechos humanos y la victimización indigenista, su
fraudulenta práctica política a favor de la dominación oligárquica y en contra
de un interés nacional en el que todos tengamos algo en lo cual creer y por lo
cual luchar.
Las investigaciones de las
organizaciones de prensa arrojaron
que más de 20 diferentes
agencias federales emplearon fondos públicos para
producir programas televisivos orientados
a promocionar las políticas de la administración Bush en
distintos sectores sociales, incluidos los tradicionalmente opositores al
oficialismo imperante en la Casa Blanca.
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