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(IAR-Noticias)
16-May-05
Por Gerardo Reyes - El Nuevo Herald
Vestidos con uniformes militares, tres compañeros en pie de guerra contra el
recién entronizado régimen de Fidel Castro, hacían fila frente a un avión
estacionado en el aeropuerto de Opa-Locka, al noroeste de Miami.
Era la primavera de 1961. El técnico químico Luis Posada Carriles, el ex agente
de la inteligencia cubana (G-2) Ricardo Morales Navarrete y el pediatra Orlando
Bosch, esperaban ansiosamente abordar el avión que los llevaría a Guatemala para
unirse allí a las brigadas de desembarco de Playa Girón.
Ninguno llegó a ese destino.
A pocos metros de la escalera de la aeronave, Morales fue retirado por dos
militares norteamericanos en un incidente que desató una ola de chismes en el
exilio respecto a si era un infiltrado del gobierno de Cuba.
Posada y Bosch lograron embarcarse, pero cuando el avión aterrizó en los
campamentos de Guatemala, el grueso de combatientes de la Brigada 2506 ya tenían
el agua a la cintura en las costas cubanas.
Ese viaje frustrado parece haber marcado la suerte de los tres compañeros. Desde
entonces su vida de combatientes quedó condenada a hacer cola juntos en la
historia para nunca llegar a cumplir su misión.
Pusieron explosivos, atacaron embarcaciones cubanas, lanzaron petardos contra
sedes diplomáticas comunistas y centros culturales; eliminaron y llevaron a la
cárcel a decenas de guerrilleros comunistas en América Latina y Africa. Pero la
escala definitiva que era la caída de Castro y su gobierno, fue cancelada por
toda clase de reveses, desde fallas garrafales, como la invasión a Cuba, hasta
la falta de unos milímetros en la mira de un revólver para matar al gobernante
cubano en la Cumbre Iberoamericana de Cartagena de 1994.
Hoy los une Miami. Los restos de Morales están en una tumba de un cementerio de
la ciudad; Bosch disfruta de una vejez apacible pintando paisajes bucólicos y
Posada merodea intranquilo pidiéndole asilo político a un gobierno que ha
declarado una guerra sin cuartel a todo tipo de terrorismo.
Quizás el presidente George W. Bush alguna vez oyó hablar de Posada. Su padre,
el ex presidente George Herbert Walker, fue director de la Agencia Central de
Inteligencia (CIA) entre 1976 y 1977 y en esa posición fue informado de las
actividades de los combatientes anticastristas que no ahorraban explosivos ni
armas para atacar cualquier instalación cubana o simpatizantes de Castro.
Basándose en entrevistas, documentos desclasificados, papeles judiciales, las
memorias de Posada y una confesión insólita de Morales en un hotel de Brickell
Avenue, El Nuevo Herald trató de construir la bitácora de la voladura del avión
de Cubana de Aviación el 6 de octubre de 1976, una historia que puso otra vez en
la misma fila inconclusa a estos tres personajes.
En medio de las discrepancias de los testimonios y la confusa distribución de
las culpas, hay sólo un común denominador muy claro de estos años de guerra: el
gobierno de Estados Unidos sabía casi todo lo que estos cubanos planeaban,
conocía sus viajes, sus intenciones y sus acciones terroristas, y lo sabía de
primera mano gracias a que la mayoría de ellos eran empleados de la CIA.
Tanto Posada como Morales y Orlando García Vásquez, eslabón olvidado de la
voladura del avión, en algún momento de sus vidas de combatientes anticastristas
trabajaron para la CIA y reportaron sus acciones. García también fue comisionado
de la policía política (DISIP) de Venezuela a mediados de los años 70. Esto
podría explicar su tranquilidad y en ciertos casos una actitud de impunidad
autorizada que rayaba en la provocación.
''¿No se arrepiente usted de la voladura del avión de Cubana?'', preguntó el
periodista Chao Hermidas a Morales en una entrevista para la televisión
venezolana grabada en un hotel de Miami en 1982.
''No'', respondió Morales, quien vivía con plena libertad en Miami.
''¿A pesar de los 73 muertos?'', insistió el reportero.
``Como si hubiera habido 273, no me arrepiento de ninguno de ellos, si tuviera
que volver a hacerlo lo haría, es el compromiso histórico frente a lo que
nosotros hemos sufrido, nuestra lucha de 20 años en todas partes del mundo''.
Minutos antes Morales había admitido que en esa época trabajaba para la CIA y
había reclutado como agente de ese organismo a García, por su cercanía personal
con el presidente Carlos Andrés Pérez.
Morales, alias El Mono, y quien entonces era un informante de la policía del
Condado de Dade en casos de narcotráfico, repitió bajo juramento la misma
confesión en abril de ese año en vísperas de un juicio de trasiego de cocaína.
''El Monkey lo contó con orgullo'', comentó esta semana a El Nuevo Herald
Douglas Williams, abogado defensor de uno de los encausados, que interrogó a
Morales. ``Llegaba a rendir declaración high [bajo los efectos de la cocaína] y
cuando se le acababa el efecto, se ponía muy alterado y los policías tenían que
darle Valium''.
Morales murió en diciembre de ese mismo año durante una balacera en un bar de
Key Biscayne. Tenía 42 años.
La tragedia del avión de Cubana, en la que murieron todos sus 73 ocupantes, 57
de ellos cubanos, 11 guyaneses y cinco norcoreanos, ha salido a relucir de nuevo
a raíz de la solicitud de asilo de Posada y los reclamos altisonantes de Castro
para que sea enviado a la isla a fin de ser juzgado.
A mediados de los años 70, Miami era un polvorín de pasiones políticas mezcladas
con dinamita pura. Frustrados con el fracaso de la invasión de Bahía Cochinos,
los exiliados radicales asumieron por su cuenta y riesgo la lucha armada contra
el régimen de Cuba y el comunismo internacional.
Al sur, en Chile, contaban con un gran aliado en esa causa: el general Augusto
Pinochet y su Proyecto Cóndor, concebido para matar o desaparecer comunistas en
la región.
Las noticias de las incursiones de los cubanos explotaban por todos los
rincones.
En enero de 1976, las autoridades informaron que en los últimos 18 meses habían
explotado más de 100 bombas en el área de Miami. En abril, Emilio Milián, un
comentarista radial que criticaba el terrorismo, perdió su dos piernas al
explotar una bomba en su carro.
Lo que Morales llamó alguna vez ''el gran sueño del exilio combatiente'' se
cumplió a principios de 1976 cuando cinco grupos armados se unieron bajo la
Coordinación de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU).
Fuentes del FBI informaron a este organismo, de acuerdo con un reporte del 16 de
agosto de 1978, que la cumbre ocurrió en junio de ese año en República
Dominicana y que allí participaron, entre otros líderes, Bosch, quien era
prófugo de la justicia de Estados Unidos por haber disparado una bazuca contra
un barco polaco desde el viaducto McArthur, en 1968.
Paradójicamente, Bosch había sido condenado por ese atentado basado en un
testimonio de Morales en una corte de Miami.
De la reunión en Bonao, República Dominicana, salió la idea de explotar el avión
de Cubana de Aviación, agregó Morales en su confesión.
Los planes de esa cumbre eran conocidos por García y el presidente Pérez, de
Venezuela, de acuerdo con Morales. El Nuevo Herald envió una carta a García,
quien vive en Miami, con un cuestionario sobre este tema, pero aún no ha sido
respondido. El ex presidente Pérez ha negado reiteradamente la acusación.
``Yo acuso a Orlando García Vásquez de ser cómplice de nosotros, yo acuso a la
política de permiso que nosotros logramos obtener del presidente Carlos Andrés
Pérez para llevar a cabo nuestro operativo en el Caribe a cambio de ejecutar
operativos en contra de Guyana que le fueron propuestos a la directiva del CORU
a través de García Vásquez''.
Morales sotuvo que CORU se había comprometido a desestabilizar el gobierno de
Guyana, pero no indicó qué motivos tenía Venezuela para hacerlo.
El 6 de octubre a la 1:45 p.m. el piloto del vuelo CU 455 de Cubana de Aviación
que acababa de despegar del aeropuerto de Barbados, reportó una explosión en el
avión.
Los pescadores de las costas de Barbados vieron cómo la aeronave se iba a pique
dejando una estela de humo negro. El avión, un DC-8 alquilado a Canadian
Airlines por el gobierno cubano, se hundió 500 metros en el fondo del mar.
Al momento de la tragedia, Posada estaba en Venezuela. Se consideraba un
próspero empresario del sector privado de la inteligencia. Era socio de la
empresa Investigaciones Comerciales e Industriales Compañía Anónima (CICA), que
compartía con el abogado Joaquín Chafardet quien hoy es su defensor en
Venezuela.
Posada había llegado a Venezuela en septiembre de 1969, pocos meses después de
ser desvinculado de la CIA, según relata en su libro Los Caminos del Guerrero.
El combatiente antiscastrista había ingresado a la CIA, de acuerdo con reportes
de esa entidad, en abril de 1965. Fue invitado a trabajar en la Dirección
General de Policía (DIGEPOL) por Erasto Fernández, un hombre de confianza del
entrante gobierno de Rafael Caldera. Fernández contrató a Posada para tecnificar
los servicios de inteligencia en la lucha contra la insurgencia armada que
crecía en el país con el apoyo de Cuba.
En su calidad de comisario jefe de la división general de seguridad con la
responsabilidad directa sobre las divisiones de armas y explosivos de la DIGIPOL,
Posada participó en varias operaciones de arresto de guerrilleros de Bandera
Roja y Punto 0.
''Al término de mi gestión, las fuerzas armadas de la izquierda quedaron
totalmente desmanteladas'', escribió Posada.
Entre los guerrileros ''pacificados'', Posada cita a Alí Rodríguez Araque, líder
del Frente Armado de Liberación Nacional y hoy ministro de Relaciones Exteriores
de Venezuela.
Bosch también estaba en Caracas el día de la explosión del avión de Cubana.
Había viajado el 8 de septiembre a Venezuela tras un accidentado paso por
República Dominicana y Nicaragua. De acuerdo con un reporte del FBI basado en
una fuente de confianza, Bosch recibió en Chile un pasaporte falso con la ayuda
del ex presidente de Costa Rica, José Pepe Figueres Ferrar.
Con ese pasaporte viajó a Costa Rica, pero allí fue arrestado. Las autoridades
lo liberaron con la condición de que abandonara el país, para lo cual se le
expidió un pasaporte falso bajo el nombre de Luis Paniagua.
Bajo esa identidad aterrizó en el aeropuerto de Maiquetía, Venezuela, en donde
lo esperaban su dos compañeros de fila: el festivo Mono Morales, quien había
logrado un cargo en la contrainteligencia de la DISIP, y Posada, quien le
ofreció toda su colaboración.
Esa noche, recordó Morales, Bosch durmió en su apartamento del edificio Anauco
Hilton.
El hombre a quien él había acusado en Miami de terrorismo, pasó la noche en una
habitación contigua.
''Para mí fue como hablar con un fantasma del pasado'', recordó Morales.
Faltaba solamente el último encuentro de los tres. Ocurrió una semana después de
la explosión del avión de Cubana. Tras el atentado, Morales fue comisionado por
García para arrestar a Bosch y a Posada. Sin embargo, Morales se ufanaría años
después de haber participado en la acción, exonerando a ambos.
El reportero de El Nuevo Herald Wilfredo Cancio contribuyó con este reportaje.
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