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ARGENTINA  

Saturday, 21 de May de 2005

 

Riesgos de fragmentación:
Bolivia, ¿la Yugoslavia del sur?

 
 

(IAR-Noticias)  19-May-05

Por Jorge Asís, desde Argentina

"Bolivia se nos muere".
Compungido, uno de los últimos baluartes, Víctor Paz Estensoro, de esta manera casi suplicante, exageraba su actitud reclamatoria, casi veinte años atrás, y sin percibir, acaso, que se trataba de un visionario.
En realidad, con el riesgo creciente de su balcanización político-cultural, Bolivia persiste en la amenaza, ciertamente indeseable, de convertirse en la Yugoeslavia del continente americano.

Por lo tanto, la mera sugerencia relativa a la plausible desaparición institucional de Bolivia, en general representó una especie de mensaje unificador. Como un llamado a la solidaridad de los indiferentes vecinos, que sólo podían ofrecer las mezquindades de su impotencia.

Entonces la rutina del conflicto apelaba, hasta el cansancio reclamatorio, a que los grandes vecinos, Brasil y Argentina, agilizaran sus ingenios diplomáticos de cooperación, a los efectos de impedir el estallido de la fragmentos que sucumbían, entre la modernidad ilusoria del capitalismo y las alucinaciones revolucionarias de los desplazados.

En la última crisis agobiante, entre la plenitud del desenfreno y los cascotazos, y con el marco severo de sesenta cadáveres, debieron desplazarse, hacia La Paz, Marco Aurelio García, el principal asesor externo de Lula, y nuestro irreconocido Alberto Sguiglia, un poeta de ramos generales, conchabado por aquellos días en la cancillería, y que fuera despedido inmediatamente por Vulgarcito, con el cuento de emplearlo en la atenuada Bolivia de Santiago del Estero.

Bolivia. Trátase del país artificial que contiene los mayores pretextos novelescos del subcontinente del realismo mágico.
Bolivia sobrevive en un estado permanente de asombro y de congoja.
Desde aquel presidente del diecinueve, Melgarejo, que amenazó con pegarse un tiro si no apoyaban su gestión.
O aquel dramático Villarroel, que terminó su poderío ahorcado en la plaza principal, al mejor estilo contemporáneo del intendente de Ilave (pueblerío del Perú).
Hasta al reciente alboroto por el modernismo de Sánchez de Losada, que fue expulsado de la presidencia por los manifestantes, una especie de piqueteros de El Alto, en las proximidades de La Paz.

Cambian solamente, en Bolivia, los sujetos temáticos. Aunque se mantiene la cotidianeidad de escándalo. Y la misma certeza de inviabilidad que legitima aquel temor especulativo de Paz Estensoro.

No fue por arbitrario, entonces, que Simón Bolívar -aquel esgrimista que supo ganarle la interna continental a San Martín- se resistía a la idea de que Bolivia, para colmo su próximo referente lingüístico, fuera declarada nación independiente.

Sin embargo, mucho antes del Bolívar que sería tan mal usufructuado, hasta la banalidad, por Chávez. Incluso varios siglos antes que los almaceneros españoles impusieran la jactancia histórica del descubrimiento, y la impertinencia de la colonización, en lo que aún hoy es Bolivia, sus pueblos registraban múltiples historias de acercamientos y desencuentros.
Con generosidad, solían producir tantas matanzas legendarias como arrebatos celebratorios de sabidurías extranaturales.
En las tierras mágicas del Inti y la Pachamama, de aymaras y de quichuas que mantienen, aunque levemente modificadas por la tecnología, los códigos de sus culturas ancestrales, se consolidan los riesgosos brotes de etnicismo.
Trátase de un sentimiento de simultánea rebeldía, de asunción de identidades que enternecen a los universitarios desarrollados.
Se estimula entonces desde la rebeldía étnica y financista de Venezuela. Atraviesa la conflictividad abierta del Ecuador. Pasa por las desigualdades atroces del Perú, para acelerar muy pronto las trizas del tejido boliviano. Y como en una canción de Tejada Gómez, hasta amenaza con agudizar, en la primera de cambio, el impersonal etnicismo argentino, por otra parte bastante desarrollado y distribuido, sustancialmente, entre los pulmones de barbarie de los grandes centros urbanos.

Asistimos, en Bolivia, en cambio, a un etnicismo radicalizado.
Y con una capacidad de movilización extraordinaria, el indigenismo se dispone a reivindicar la ligereza de sus posiciones casi revolucionarias.
Justamente donde subyacen las reservas estratégicas vitales para varias décadas, riquezas potenciales que se convierten, en Bolivia, paradójicamente, en las bases explícitas de su condena como modelo viable de sociedad.

Por lo tanto, Bolivia, como estado, es una aventura fascinante. Un desafío para la imaginación de cualquier historiador.
Habrá entonces que disfrutarlo intelectualmente antes que Bolivia estalle en pedazos, en autonomías fuertemente independentistas que impregnarán, con sus fragmentos, las frágiles fronteras de sus vecinos.
Especialmente su vecino del sur, la Argentina, que padece, inexplicablemente, la fragilidad de una cierta irresponsable imprevisión de décadas.


Mesa y la modificación de los mapas

Hoy, la soledad política del presidente Mesa representa la más exacta versión de la desolación de su país.
Con la promulgación inexorable del detonante de la Ley de Hidrocarburos, todos los sectores confrontacionales de la sociedad sólo se unifican para desmoronarlo.
Mesa representa entonces la imagen misma de la inviabilidad, del desconcierto institucional.
El pobre Mesa intentó, al fin y al cabo, armonizar la demencia nacionalizadora, reivindicativa y revolucionaria, con las sutilezas irresponsables de un empresariado liberal que se proponía disfrutar de su incierto "clima de negocios". Como si se tratara de Chile, por decir un país viable.

Por lo pronto, mientras brotan las aspiraciones independentistas de Santa Cruz de la Sierra, para beneplácito del Brasil, los inversores fosforescentes van a huir, aunque en el fondo nunca estuvieron. Téngase en cuenta que toman la ley como confiscatoria.
Y los hombres duros, los aymaras de El Alto, podrán cantar triunfantes en las "movilizaciones populares". E impedir que los "despojen los imperialistas de las riquezas" que no pueden usufructuar. Mientras tanto, prosiguen con la abnegada fulminación de los gobiernos burgueses, creyéndose en las vísperas de un justiciero "gobierno indigenista y popular", que podría acelerar la modificación de los mapas.

Carlos Mesa -como Felipe Solá-, logró hacer una fuerza de su debilidad.
Supo aprovechar el "golpe popular" contra Sánchez de Losada, ya condenado eternamente a las plagas. Por neoliberal.
Y con su positiva estampa de intelectual sin partido, Mesa alcanzó además, al mejor estilo Kirchner, a distribuir algunos caramelos de madera. A los efectos de entretener, con su dulzura artificial, a la población que vive en estado de asamblea.
Como un mago mediático, solidificó entonces los fragmentos que confrontaban, en principio, con el viejo recurso unificador de la salida al mar.
Pelearse con Chile, total, era barato. Fomentaba el nacionalismo y hasta era útil para seducirlo al imprevisible Chávez. Ocurría que el locutor tenía influencias excesivas en su oposición de izquierda.
No obstante, la reivindicación del mar, se le gastó, como recurso, pronto.
Copió entonces la vieja fórmula de Melgarejo para amenazar, si ya no con la lluvias de sus sesos en el escritorio, con renunciar. Mientras no podía resolver nada, Mesa podía ganar, al menos, un poco de tiempo. Posiblemente pueda aguardarse de Mesa algún último recurso salvador. Aunque, si es por los países vecinos, tendrá que entender que no prospera precisamente el optimismo.
Incluso, podría anticiparse que las embajadas de los países limítrofes, en constante intercambio informativo, mantienen las listas preparadas de sus naturales. Para evacuarlos, en todo caso, en la primera de cambio, si los viejos temores de Paz Estensoro exhiben su fantástica vigencia, para convertir a Bolivia en la Yugoeslavia del sur.
En Argentina, por ejemplo, residen un millón y medio de bolivianos.
Trátase, acaso, de una las comunidades más ejemplarmente laboriosas.
Se estima que un agravamiento del conflicto podría, ampliamente, duplicarlos.

continuará

 

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