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(IAR-Noticias)
19-May-05
Por
Jorge Asís, desde Argentina
"Bolivia
se nos muere".
Compungido, uno de los últimos baluartes, Víctor Paz Estensoro, de esta manera
casi suplicante, exageraba su actitud reclamatoria, casi veinte años atrás, y
sin percibir, acaso, que se trataba de un visionario.
En realidad, con el riesgo creciente de su balcanización político-cultural,
Bolivia persiste en la amenaza, ciertamente indeseable, de convertirse en la
Yugoeslavia del continente americano.
Por lo tanto, la mera sugerencia relativa a la plausible desaparición
institucional de Bolivia, en general representó una especie de mensaje
unificador. Como un llamado a la solidaridad de los indiferentes vecinos, que
sólo podían ofrecer las mezquindades de su impotencia.
Entonces la rutina del conflicto apelaba, hasta el cansancio reclamatorio, a que
los grandes vecinos, Brasil y Argentina, agilizaran sus ingenios diplomáticos de
cooperación, a los efectos de impedir el estallido de la fragmentos que
sucumbían, entre la modernidad ilusoria del capitalismo y las alucinaciones
revolucionarias de los desplazados.
En la última crisis agobiante, entre
la plenitud del desenfreno y los cascotazos, y con el marco severo de sesenta
cadáveres, debieron desplazarse, hacia La Paz, Marco Aurelio García, el
principal asesor externo de Lula, y nuestro irreconocido Alberto Sguiglia, un
poeta de ramos generales, conchabado por aquellos días en la cancillería, y que
fuera despedido inmediatamente por Vulgarcito, con el cuento de emplearlo en la
atenuada Bolivia de Santiago del Estero.
Bolivia. Trátase del país artificial que contiene los mayores pretextos
novelescos del subcontinente del realismo mágico.
Bolivia sobrevive en un estado permanente de asombro y de congoja.
Desde aquel presidente del diecinueve, Melgarejo, que amenazó con pegarse un
tiro si no apoyaban su gestión.
O aquel dramático Villarroel, que terminó su poderío ahorcado en la plaza
principal, al mejor estilo contemporáneo del intendente de Ilave (pueblerío del
Perú).
Hasta al reciente alboroto por el modernismo de Sánchez de Losada, que fue
expulsado de la presidencia por los manifestantes, una especie de piqueteros de
El Alto, en las proximidades de La Paz.
Cambian solamente, en Bolivia, los sujetos temáticos. Aunque se mantiene la
cotidianeidad de escándalo. Y la misma certeza de inviabilidad que legitima
aquel temor especulativo de Paz Estensoro.
No fue por arbitrario, entonces, que Simón Bolívar -aquel esgrimista que supo
ganarle la interna continental a San Martín- se resistía a la idea de que
Bolivia, para colmo su próximo referente lingüístico, fuera declarada nación
independiente.
Sin embargo, mucho antes del Bolívar que sería tan mal usufructuado, hasta la
banalidad, por Chávez. Incluso varios siglos antes que los almaceneros españoles
impusieran la jactancia histórica del descubrimiento, y la impertinencia de la
colonización, en lo que aún hoy es Bolivia, sus pueblos registraban múltiples
historias de acercamientos y desencuentros.
Con generosidad, solían producir tantas matanzas legendarias como arrebatos
celebratorios de sabidurías extranaturales.
En las tierras mágicas del Inti y la Pachamama, de aymaras y de quichuas que
mantienen, aunque levemente modificadas por la tecnología, los códigos de sus
culturas ancestrales, se consolidan los riesgosos brotes de etnicismo.
Trátase de un sentimiento de simultánea rebeldía, de asunción de identidades que
enternecen a los universitarios desarrollados.
Se estimula entonces desde la rebeldía étnica y financista de Venezuela.
Atraviesa la conflictividad abierta del Ecuador. Pasa por las desigualdades
atroces del Perú, para acelerar muy pronto las trizas del tejido boliviano. Y
como en una canción de Tejada Gómez, hasta amenaza con agudizar, en la primera
de cambio, el impersonal etnicismo argentino, por otra parte bastante
desarrollado y distribuido, sustancialmente, entre los pulmones de barbarie de
los grandes centros urbanos.
Asistimos, en Bolivia, en cambio, a un etnicismo radicalizado.
Y con una capacidad de movilización extraordinaria, el indigenismo se dispone a
reivindicar la ligereza de sus posiciones casi revolucionarias.
Justamente donde subyacen las reservas estratégicas vitales para varias décadas,
riquezas potenciales que se convierten, en Bolivia, paradójicamente, en las
bases explícitas de su condena como modelo viable de sociedad.
Por lo tanto, Bolivia, como estado, es una aventura fascinante. Un desafío para
la imaginación de cualquier historiador.
Habrá entonces que disfrutarlo intelectualmente antes que Bolivia estalle en
pedazos, en autonomías fuertemente independentistas que impregnarán, con sus
fragmentos, las frágiles fronteras de sus vecinos.
Especialmente su vecino del sur, la Argentina, que padece, inexplicablemente, la
fragilidad de una cierta irresponsable imprevisión de décadas.
Mesa y la modificación de los mapas
Hoy, la soledad política del presidente Mesa representa la más exacta versión de
la desolación de su país.
Con la promulgación inexorable del detonante de la Ley de Hidrocarburos, todos
los sectores confrontacionales de la sociedad sólo se unifican para
desmoronarlo.
Mesa representa entonces la imagen misma de la inviabilidad, del desconcierto
institucional.
El pobre Mesa intentó, al fin y al cabo, armonizar la demencia nacionalizadora,
reivindicativa y revolucionaria, con las sutilezas irresponsables de un
empresariado liberal que se proponía disfrutar de su incierto "clima de
negocios". Como si se tratara de Chile, por decir un país viable.
Por lo pronto, mientras brotan las aspiraciones independentistas de Santa Cruz
de la Sierra, para beneplácito del Brasil, los inversores fosforescentes van a
huir, aunque en el fondo nunca estuvieron. Téngase en cuenta que toman la ley
como confiscatoria.
Y los hombres duros, los aymaras de El Alto, podrán cantar triunfantes en las
"movilizaciones populares". E impedir que los "despojen los imperialistas de las
riquezas" que no pueden usufructuar. Mientras tanto, prosiguen con la abnegada
fulminación de los gobiernos burgueses, creyéndose en las vísperas de un
justiciero "gobierno indigenista y popular", que podría acelerar la modificación
de los mapas.
Carlos Mesa -como Felipe Solá-, logró hacer una fuerza de su debilidad.
Supo aprovechar el "golpe popular" contra Sánchez de Losada, ya condenado
eternamente a las plagas. Por neoliberal.
Y con su positiva estampa de intelectual sin partido, Mesa alcanzó además, al
mejor estilo Kirchner, a distribuir algunos caramelos de madera. A los efectos
de entretener, con su dulzura artificial, a la población que vive en estado de
asamblea.
Como un mago mediático, solidificó entonces los fragmentos que confrontaban, en
principio, con el viejo recurso unificador de la salida al mar.
Pelearse con Chile, total, era barato. Fomentaba el nacionalismo y hasta era
útil para seducirlo al imprevisible Chávez. Ocurría que el locutor tenía
influencias excesivas en su oposición de izquierda.
No obstante, la reivindicación del mar, se le gastó, como recurso, pronto.
Copió entonces la vieja fórmula de Melgarejo para amenazar, si ya no con la
lluvias de sus sesos en el escritorio, con renunciar. Mientras no podía resolver
nada, Mesa podía ganar, al menos, un poco de tiempo. Posiblemente pueda
aguardarse de Mesa algún último recurso salvador. Aunque, si es por los países
vecinos, tendrá que entender que no prospera precisamente el optimismo.
Incluso, podría anticiparse que las embajadas de los países limítrofes, en
constante intercambio informativo, mantienen las listas preparadas de sus
naturales. Para evacuarlos, en todo caso, en la primera de cambio, si los viejos
temores de Paz Estensoro exhiben su fantástica vigencia, para convertir a
Bolivia en la Yugoeslavia del sur.
En Argentina, por ejemplo, residen un millón y medio de bolivianos.
Trátase, acaso, de una las comunidades más ejemplarmente laboriosas.
Se estima que un agravamiento del conflicto podría, ampliamente, duplicarlos.
continuará
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