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(IAR-Noticias)
23-May-05
Por Jürgen Schuldt - Actualidad
Económica
Es la pregunta del millón. Y no somos precisamente los economistas los que mejor
pronosticaremos el desenlace futuro de esta lamentable cuestión, aunque
acostumbremos consolarnos abrazados a los meteorólogos para compartir nuestros
sucesivos fiascos como futurólogos. Disculparán, por tanto, el atrevimiento por
intentar dar una respuesta económica muy tentativa a la interrogante planteada,
que por lo demás es fundamentalmente política.
Sobre todo desde el año 1998, EEUU ha vivido jovialmente, gastando bastante más
allá de sus posibilidades. Tanto los agentes económicos del sector público, como
los particulares, han aumentado sus gastos de consumo y de inversión a ritmos
estridentes , sin preocuparse por su cobertura interna: El ahorro privado
doméstico ha descendido a un mísero 0,8% del Producto Interno Bruto (PIB) y el
déficit fiscal se ha elevado al 3,6% de un PIB que llegó a algo más de 11.700
miles de millones de dólares en 2004 (¡casi un tercio del PIB mundial!). A lo
que se añade el estrambótico déficit externo (la diferencia entre exportaciones
e importaciones de bienes y servicios) que alcanzó los 606.000 millones (5,2%
del PIB).
Quienes financiaron estos carnavales tropicales en plazas norteñas
-comportamiento que tanto han cuestionado siempre a quienes somos tildados de
'países bananeros'- fueron básicamente los bancos centrales de las principales
economías del resto del mundo, particularmente los de los asiáticos, con lo que
la fiesta pudo extenderse y, para sorpresa de todos, sigue festejándose
despreocupadamente en EEUU, sustentada precisamente en la ingesta glotona de ese
milagroso apoyo. Para este año se estima que el déficit externo ascenderá a 6,2%
y el fiscal al 3,8% del PIB.
Como es evidente, esa juerga no puede continuar, por más pastillas de éxtasis
financiero que le otorguen benevolente u obligadamente a EEUU y que nos permiten
observar la aparentemente sólida expansión de la economía mundial, complaciente
e ingenuamente. Recordando que "no hay lonche gratis", ese célebre dictum de
Milton Friedman, todos tienen que terminar pagando la factura, tarde o temprano,
por las buenas o por las malas. De modo que, hoy en día, a nivel mundial la
cuestión primordial radica en auscultar las características que adoptaría el
inevitable ajuste que nos espera: cómo se dará, cuándo se dará y quiénes serán
los que sufragarán la cuenta, recordando que los inversionistas privados hace
buen tiempo ya venían retirándose cutelosamente de esa involuntaria colecta
global pro-EEUU.
De una parte, existen tres opciones radicales, que sumirían al mundo en una gran
recesión, por lo que es poco probable que se adopte alguna de ellas y
seguramente más que por razones propiamente económicas, por intereses
geoestratégicos y/o políticos de los grandes poderes mundiales, aunque tampoco
pueden descartarse de plano. Todos sabemos que si EEUU estornuda al mundo le da
gripe, pero si tiene gripe a los demás nos internan con pulmonía. ¿Y qué sería
de nosotros ahora que el imperio está a un paso de la pulmonía?
La primera posibilidad consistiría en un superajuste dentro de unos pocos meses.
Este pronóstico deriva principalmente de la denominada 'teoría del ciclo
político de la economía', de acuerdo a la cual aproximadamente un año antes de
las elecciones presidenciales los gobiernos llevan a cabo -asumiendo electores
miopes- una gran farra económica adoptando políticas monetarias y/o fiscales
expansivas y que después, al inicio o reinicio de cada gobierno y bien asentado
éste, se adoptan medidas en retro, frenando la economía para ajustar las cuentas
fiscales y externas. El costo político de corto plazo es elevado, aunque todo se
perdona en la 'luna de miel', pero tal proceder rinde sus frutos, ya que varios
años después -una vez cuadradas las cuentas- les permitiría volver a ganar el
voto mayoritario de la población repitiendo la carnavalesca acrobacia expansiva.
Este ajuste violento no sería preocupante si se tratara de una o varias
economías pequeñas, pero no cuando nos referimos EEUU, en cuyo caso el
desbarajuste de tasas de interés, la volatilidad de los tipos de cambio, los
conflictos comerciales y la consiguiente recesión que desataría este "aterrizaje
forzoso", remecería al planeta entero, que de por sí está muy revuelto por los
conflictos candentes -reales o fantasmales- que Bush afronta en varias partes
del orbe, algunos gatillados por el susodicho.
Otra vía extrema, de consecuencias similares a la anterior, consistiría en una
mudanza abrupta de los activos privados y de las reservas de los bancos
centrales, de dólares a las divisas consideradas 'sólidas' (yenes, euros,
francos suizos). Rememorando que EEUU requiere que le financien anualmente unos
700.000 millones de dólares para cubrir su déficit externo, esta estrategia
llevaría a una devaluación tal del dólar que resonaría en todos los rincones de
nuestra 'aldea global', afectando no solo a los que más dólares hayan atesorado
(que ya ahora están perdiendo cientos de millones anuales por el stock de verdes
acumulados) y a los lleguen tarde a la compra de las monedas más apreciadas.
Estas consecuencias las tienen bien en cuenta los gobiernos y los gobernadores
de lo bancos emisores (a pesar de estar hartos de tener que sostener el
creciente déficit externo norteamericano), por lo que no se atreverán a jugar
con este tipo de fuego que además terminaría como un bumerang gigantesco, puesto
que desataría una guerra comercial de dimensiones, equivalente al caos que
generaron las devaluaciones competitivas de los años treinta del siglo pasado.
Una tercera posibilidad consistiría en seguir insistiendo, como se ha venido
haciendo 'diplomáticamente' desde septiembre de 2003 y con 'mano dura' desde la
semana pasada como consecuencia de la reunión del G-7, y conseguir por fin -en
función a las presiones e intereses conspicuos de EEUU y Europa- que China
revalúe el yuan en, digamos, un 15 o 20%. El año pasado EEUU tuvo un déficit
comercial con el gigante asiático de 162.000 millones de dólares, por lo que ya
han estado adoptando medidas y vienen germinando propuestas para establecer
cuotas y, más específicamente, apuntarle un 27,5% de arancel a las confecciones
chinas, entre otras medidas 'compensatorias', a no ser que "dejen flotar el yuan
libremente". Esto último es políticamente poco probable desde la perspectiva
china, ya que implicaría una pérdida de alrededor del 7% de su PBI, a la vez que
caería el superávit externo del gigante asiático, con lo que paradójicamente
dificultaría -por no decir, impediría- financiar precisamente la brecha externa
de EEUU, con lo que subirán estrepitosamente las tasas de interés en los EEUU.
China vería reducido su crecimiento en algo menos de dos puntos porcentuales
(del 8,5% que venía alcanzando desde hace ya buen tiempo), así como las
economías que han venido dependiendo de las exportaciones a ese mercado cuasi-infinito,
incluidos nosotros; aunque ellos se compensaría en parte para nosotros, ya que
permitiría expandir nuestras exportaciones a los mercados que viene copando
China. Evidentemente, si el yuan permanece en sus congeladas 8.30 unidades por
dólar desde hace 10 años, la inflación en China será inminente. Si bien a la
larga, esta opción revaluatoria será inevitable, ante la acumulación gigantesca
de divisas por parte de China y las represalias a que dará lugar por parte de
los países del G-7 la negativa a revaluar el yuan. De no liberarse el yuan en
unos pocos meses, por otra parte, nos amenazarán guerras comerciales desastrosas
en los años que vienen.
De todo lo anterior, que el derrotero más probable, a mi entender, consistirá en
seguir por la ruta de las compras de los bancos centrales, pero a ritmos
bastante menores, como ya lo están haciendo algunos bancos centrales y países,
específicamente los exportadores de petróleo del medio oriente, adquiriendo más
activos denominados en yenes y euros que en dólares, con lo que se obligaría
tersa pero convincentemente a EEUU a recortar gradualmente sus gastos y a
ordenar responsablemente su casa. Obviamente, la devaluación del dólar
continuará a ritmos incesantes, pero sin terremotos globales de por medio. Todo
ello nos recuerda, una vez más, que los mercados globales siguen siendo
"administrados", dado que las opciones geoestratégicas y políticas de las
grandes potencias mundiales juegan un papel más importante que las supuestamente
libres fuerzas de la oferta y la demanda, que finalmente solo actúan en el largo
plazo, "para cuando todos estemos muertos" (como diría Keynes).
Una última variante, la más sensata y acorde con los cánones legales
internacionales, aunque puramente teórica (por no decir, ingenua), en vista de
las configuraciones de poder a escala mundial, consistiría en celebrar un
acuerdo entre las grandes potencias, en que al G-7 (EEUU+Alemania+Francia+Gran
Bretaña+Japón+Canadá+Italia) se le añadiría la participación de Brasil, China,
India, Rusia y Sudáfrica, cuando menos. El objetivo de la concertación sería
lograr un ajuste global, en que nuestros países no tengan que pagar la cuenta de
los EEUU. En esa reunión se buscaría el auspicio del FMI, puesto que finalmente,
¡es esa su función principal desde que fue creado en 1944!, aunque la verdad
-por todos conocida- es que no cumple con sus responsabilidades, ni con los
países subdesarrollados, ni mucho menos con los altamente desarrollados. La
mencionada 'conferencia', que de por sí contribuiría a tranquilizar 'los
mercados', se ocuparía -como pretexto- de la tan necesaria 'nueva arquitectura
financiera internacional' (y que, como otras tantas, tampoco alcanzaría
resultado alguno), pero fundamentalmente para exigirle -y esto es lo esencial- a
los EEUU que elimine el drástico recorte tributario de la anterior
administración de Bus (y que solo benefició a los más ricos), que disminuya
gradual pero contundentemente los gastos públicos (no solo de armamento, que el
año pasado contribuyó al incremento del PIB con la escalofriante cifra de
550.000 millones, equivalentes al 25% del gasto e inversión pública y al 4,7%
del PIB), que aumenten sus tasas de interés a ritmos algo superiores a las alzas
recientes, que se adopten medidas para aumentar el ahorro doméstico y para
evitar la especulación interna para bajar los precios de ciertos activos
riesgosos (especialmente en el mercado de inmuebles, de los bonos de alto
rendimiento, de la deuda soberana de los mercados emergentes, de las acciones),
etc. En contrapartida, los europeos y japoneses se comprometerían a no elevar el
precio del crédito al mismo ritmo que los estadounidenses y reducirían
paulatinamente sus cuotas y barreras arancelarias, mientras los chinos revalúan
lenta pero sostenidamente su divisa.
Ello permitiría combinar equilibradamente algunas de las propuestas terroríficas
anteriores, con lo que se aseguraría una tasa de crecimiento económico mundial
algo menos optimista que la pronosticada para este y los próximos años (que
ahora el FMI estima en 4,3% para este año y en 4,4% para el próximo, frente al
5,1% del año pasado) por los organismos multilaterales (pero no tan baja como la
que se materializaría como consecuencia de alguna de las opciones precedentes),
tipos de cambio regulados, más estables y coordinados, tasas de interés no tan
elevadas y, consecuentemente, una distribución más equitativa de los costos del
super-ajuste. Sin duda, este es el mal menor, ya que no implica mayores
turbulencias a escala mundial.
Para terminar, por lo desmemoriados que acostumbramos ser y la manera como nos
manipulan políticamente, no está demás recordar -una vez más- que la causa
última de los desequilibrios y la responsabilidad principal del ajuste radica en
EEUU, no en China o en Japón o en la UE o en los países petroleros (aunque estos
ya vienen aumentando su producción), a quienes se les quiere hacer pagar
desproporcionadamente -incluyéndonos a nosotros, por supuesto- la cuenta de
quien ha gozado irresponsablemente de un festín pantagruélico durante tantos
años.
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