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(IAR-Noticias)
26-May-05
Por Claudio Uriarte -
Página 12
¿Puede haber un golpe de Estado en Bolivia? ¿O todo lo vivido
desde el fin sangriento del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada no ha sido
más que una serie de microgolpes civiles?
La distinción es importante,
porque si la salida forzada del presidente Carlos Mesa es una posibilidad,
no necesariamente debería ocurrir con tanques y masacre, ni una intervención
políticamente decisoria de las fuerzas armadas en Bolivia tendría que tener
por único objeto la salida de Mesa, y hasta podría llegar a prescindir de
este objetivo.
“En el diccionario de las fuerzas armadas no existe la palabra golpe”,
declaró hace unos días su comandante, el vicealmirante Luis Aranda. Puede
ser, pero porque el golpe ya no es lo que era. Con anterioridad, otro
militar, el general César López, comandante del Ejército, había
circunscripto con más precisión el radio de la atención militar: “Siento que
el país está en el camino de la desintegración”, había dicho (originando
todas las especulaciones de golpe).
Pero en este caso, la posibilidad de
desintegración nacional no es pura retórica cuartelera, sino que nace del
separatismo claramente expresado por Santa Cruz y Tarija, los dos
departamentos (provincias) que tienen el grueso de la riqueza petrolera y gasífera de Bolivia y que quieren descargarse del fardo del Occidente pobre
del país.
Por eso, es posible imaginar una intervención militar encubierta
(respaldando alguna clase de intervención política, por ejemplo) que se
limite a esos focos de conflicto y excluya sacar a Mesa; por eso, actores
políticos tan antagónicos como Evo Morales y Jaime Solares coinciden con las FF.AA. en la necesidad de evitar “la desintegración nacional”.
Lo que vuelve resbaladizo el empleo de la palabra “golpe” es la esfumada
legitimidad de las instituciones políticas, en que el actual presidente es
un hombre sin partido ni parlamentarios que ascendió a su actual puesto
gracias a dar la espalda a la represión lanzada por su ex jefe, Sánchez de
Lozada, y en que el actor que a menudo es la bisagra decisoria de la vida
política del país, Evo Morales del Movimiento al Socialismo, parece cambiar
de posición todos los días (uno a favor de la Ley de Hidrocarburos aprobada,
otro a favor de la nacionalización total, otro con foco en la Asamblea
Constituyente, etc.).
Para peor, el Congreso en funciones refleja sólo las
condiciones –largamente extintas– en que fue elegido el último gobierno de
Sánchez de Lozada. Una sucesión estrictamente constitucional de Mesa ahora
puede no reflejar el verdadero cuadro político del país de hoy.
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