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(IAR-Noticias)
27-May-05
Por
Bryon MacWilliams y Michael Meyer - Newsweek
En
Uzbekistán, las cosas están tranquilas, por ahora. Pero la violencia que sacudió
a la ciudad oriental de Andijan está reverberando en otras regiones. En la
capital de Tashkent, el presidente autócrata de Uzbekistán, Islam Karimov,
espera que sus tácticas de mano dura lo mantengan en el poder. A Moscú (por no
mencionar a los líderes de lugares como Belarús) le preocupa el surgimiento de
otra revolución post soviética, que siga las huellas de Georgia y Ucrania. Los
líderes occidentales están divididos. Sólo pueden condenar la represión que
ejerce un dictador. Sin embargo, temen lo que podría reemplazarlo.
Ha pasado más de una semana desde la mañana sangrienta del viernes 13 de mayo, y
aún no se sabe exactamente qué fue lo que pasó. La noche anterior, dice Andrei
Babitsky, reportero de Radio Liberty que estuvo en el lugar de los hechos, entre
70 y 100 manifestantes radicales habían atacado la cárcel local y liberado a 23
prisioneros políticos. Temprano por la mañana, los ciudadanos de Andijan
salieron a manifestarse —10,000 personas, según varios informes.
Pero cuando la muchedumbre ocupó los
edificios oficiales, las fuerzas de seguridad gubernamentales dispararon contra
ellos con ametralladoras montadas en carros blindados. Varios francotiradores
dispararon desde las azoteas mientras un helicóptero vigilaba desde el aire.
Karimov negó haber ordenado una matanza, y afirmó que sólo 169 personas murieron
en el incidente, incluyendo a 32 policías especiales.
Pero
los grupos internacionales de derechos humanos hablan de 400 a 750 muertos,
incluyendo a mujeres y niños. Testigos oculares declararon a los observadores
del Instituto de Informes sobre la Guerra y la Paz (IWPR, en inglés), una ONG
internacional de desarrollo de los medios de comunicación con sede en Londres,
cómo los soldados fueron de cuerpo en cuerpo en la plaza mayor de la ciudad,
ejecutando a los heridos. Incluso horas después, los visitantes de la escena
describieron un cuadro espantoso de sangre y partes de cuerpos esparcidas por la
plaza y las calles aledañas. Según IWPR, un patólogo de la ciudad contó 500
cuerpos en la Escuela Número 15 de la ciudad antigua, vigilada por soldados
armados.
Cualquiera que sea la verdad, los tiros disparados en Andijan están haciendo eco
a lo largo de Asia Central y más allá. De Washington a Bruselas y Moscú —por no
mencionar a los vecinos Kirgizstán, Tayikistán y Kazajastán— los gobiernos
esperan a ver si los disturbios se expanden o no. “Si esto es lo que pensamos,
es decir, que tuvo lugar una masacre, entonces es el principio del fin” para
Karimov, dice Zeyno Baran, director de programas de seguridad del Centro Nixon
en Washington.
Él espera que la violencia aumente en
las próximas semanas. Lo mismo opina Leonid Ivashov, un general ruso jubilado y
vicepresidente de la Academia Rusa para los Problemas Geopolíticos en Moscú.
“Ésta fue una verdadera rebelión armada”, dice. Añade que quienes la planearon
contaban con una respuesta violenta por parte del gobierno, sugiriendo que la
impopularidad del Presidente, sobre todo entre los jóvenes, le hará difícil
atrincherarse como hizo el gobierno chino tras los sucesos de la Plaza de
Tiananmen en 1989. “Karimov no tiene más opción que intentar corregir los males
sociales”, dice Ivashov. “Es imposible corregir la situación utilizando soldados
y policías”.
¿Verá el Presidente las cosas de esa manera? Según los expertos, es más probable
que opte por la brutalidad. El hombre fuerte uzbeko está apoyado por una de las
maquinarias de seguridad de Estado más eficazmente represivas de la región. A
diferencia de Georgia, Ucrania o Kirgizstán, no existe una oposición organizada
en Uzbekistán. Las elecciones están arregladas, y no hay prensa libre. La radio
extranjera es bloqueada, los teléfonos intervenidos, los disidentes perseguidos
y todos los viejos y sucios trucos de persuasión política de la KGB, las cortes
ilegales y la tortura, entran en juego regularmente, según Craig Murray, ex
embajador británico en Tashkent, quien afirma que hay 10,000 prisioneros
políticos y religiosos en Uzbekistán. Él mismo fue relevado de sus deberes por
sus jefes en Londres el año pasado, luego de afirmar públicamente que dos
prisioneros habían sido hervidos hasta que murieron en octubre de 2002.
En Uzbekistán, las cosas están
tranquilas, por ahora. Pero la violencia que sacudió a la ciudad oriental de
Andijan está reverberando en otras regiones. En la capital de Tashkent, el
presidente autócrata de Uzbekistán, Islam Karimov, espera que sus tácticas de
mano dura lo mantengan en el poder. A Moscú (por no mencionar a los líderes de
lugares como Belarús) le preocupa el surgimiento de otra revolución post
soviética, que siga las huellas de Georgia y Ucrania. Los líderes occidentales
están divididos. Sólo pueden condenar la represión que ejerce un dictador. Sin
embargo, temen lo que podría reemplazarlo.
Ha pasado más de una semana desde la mañana sangrienta del viernes 13 de mayo, y
aún no se sabe exactamente qué fue lo que pasó. La noche anterior, dice Andrei
Babitsky, reportero de Radio Liberty que estuvo en el lugar de los hechos, entre
70 y 100 manifestantes radicales habían atacado la cárcel local y liberado a 23
prisioneros políticos. Temprano por la mañana, los ciudadanos de Andijan
salieron a manifestarse —10,000 personas, según varios informes.
Pero cuando la muchedumbre ocupó los
edificios oficiales, las fuerzas de seguridad gubernamentales dispararon contra
ellos con ametralladoras montadas en carros blindados. Varios francotiradores
dispararon desde las azoteas mientras un helicóptero vigilaba desde el aire.
Karimov negó haber ordenado una matanza, y afirmó que sólo 169 personas murieron
en el incidente, incluyendo a 32 policías especiales. Pero los grupos
internacionales de derechos humanos hablan de 400 a 750 muertos, incluyendo a
mujeres y niños. Testigos oculares declararon a los observadores del Instituto
de Informes sobre la Guerra y la Paz (IWPR, en inglés), una ONG internacional de
desarrollo de los medios de comunicación con sede en Londres, cómo los soldados
fueron de cuerpo en cuerpo en la plaza mayor de la ciudad, ejecutando a los
heridos. Incluso horas después, los visitantes de la escena describieron un
cuadro espantoso de sangre y partes de cuerpos esparcidas por la plaza y las
calles aledañas. Según IWPR, un patólogo de la ciudad contó 500 cuerpos en la
Escuela Número 15 de la ciudad antigua, vigilada por soldados armados.
Cualquiera que sea la verdad, los tiros disparados en Andijan están haciendo eco
a lo largo de Asia Central y más allá. De Washington a Bruselas y Moscú —por no
mencionar a los vecinos Kirgizstán, Tayikistán y Kazajastán— los gobiernos
esperan a ver si los disturbios se expanden o no. “Si esto es lo que pensamos,
es decir, que tuvo lugar una masacre, entonces es el principio del fin” para
Karimov, dice Zeyno Baran, director de programas de seguridad del Centro Nixon
en Washington.
Él espera que la violencia aumente en
las próximas semanas. Lo mismo opina Leonid Ivashov, un general ruso jubilado y
vicepresidente de la Academia Rusa para los Problemas Geopolíticos en Moscú.
“Ésta fue una verdadera rebelión armada”, dice. Añade que quienes la planearon
contaban con una respuesta violenta por parte del gobierno, sugiriendo que la
impopularidad del Presidente, sobre todo entre los jóvenes, le hará difícil
atrincherarse como hizo el gobierno chino tras los sucesos de la Plaza de
Tiananmen en 1989. “Karimov no tiene más opción que intentar corregir los males
sociales”, dice Ivashov. “Es imposible corregir la situación utilizando soldados
y policías”.
¿Verá el Presidente las cosas de esa manera? Según los expertos, es más probable
que opte por la brutalidad. El hombre fuerte uzbeko está apoyado por una de las
maquinarias de seguridad de Estado más eficazmente represivas de la región. A
diferencia de Georgia, Ucrania o Kirgizstán, no existe una oposición organizada
en Uzbekistán. Las elecciones están arregladas, y no hay prensa libre.
La radio extranjera es bloqueada, los
teléfonos intervenidos, los disidentes perseguidos y todos los viejos y sucios
trucos de persuasión política de la KGB, las cortes ilegales y la tortura,
entran en juego regularmente, según Craig Murray, ex embajador británico en
Tashkent, quien afirma que hay 10,000 prisioneros políticos y religiosos en
Uzbekistán. Él mismo fue relevado de sus deberes por sus jefes en Londres el año
pasado, luego de afirmar públicamente que dos prisioneros habían sido hervidos
hasta que murieron en octubre de 2002.
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