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(IAR-Noticias)
30-May-05
Anna Politkovskaya es una de las periodistas rusas que más galardones han
recibido y que más preocupaciones causan. Al Gobierno de Vladimir Putin, por sus
continuas denuncias sobre la corrupción del país y la guerra en Chechenia –“es
un genocidio”, asegura–, y a sus más próximos, porque temen por su vida.
Politkovskaya formó parte del equipo que negoció con los guerrilleros chechenos
que tomaron el teatro Dubrovka de Moscú en 2002. Cuando el 1 de septiembre de
2004 los chechenos asaltaron la escuela de Beslán, la periodista fue envenenada
por los servicios secretos en su vuelo hacia Osetia del Nort
Entrevista realizada por Nuria Varela
Anna Politkovskaya recuerda que cuando los fascistas ocuparon Dinamarca, se
ordenó a todos los judíos que se cosieran una estrella amarilla en la ropa, para
identificarlos. La periodista explica que los daneses se apresuraron a coserse
también estrellas amarillas, movidos por dos razones: proteger a los judíos y
evitar convertirse en fascistas ellos mismos. Su rey fue de los primeros.
Politkovskaya hace esta referencia a la historia en su último libro, La Rusia de
Putin (Ediciones Debate), para contraponerla con la situación actual en Rusia:
“Cuando las autoridades acosan a nuestros vecinos chechenos, no nos
solidarizamos con ellos. Lamentablemente, lo que hacemos es justo lo contrario.
¿En quiénes nos hemos convertido los rusos?”.
—En sus textos compara a menudo a chechenos y judíos. ¿Se trata de un nuevo
Holocausto?
—El pueblo checheno es un pueblo marginado. Un joven director de cine me lo
describió con precisión: el checheno es una persona que tiene que preocuparse 24
horas al día por no morir. No sé si lo podemos llamar Holocausto, pero lo
recuerda. Nuestra sociedad está desarrollándose como una sociedad racista. Antes
afectaba a los chechenos, ahora es contra todos los caucasianos.
—El presidente Putin que usted describe no se parece a la imagen que Europa
tiene de él.
—La situación actual en Rusia tiene que preocupar a Occidente porque es
peligrosa: puede llevar al establecimiento de un nuevo régimen totalitario. Sin
embargo, a Occidente parece que le gusta equivocarse. Muchos me lo explicaron
así: más vale lo malo conocido. La última persona que me ha comentado esto ha
sido la ministra de Asuntos Exteriores de Suecia.
—¿Es peor la política de Putin que el régimen de la antigua URSS?
—Sí. El régimen nunca ocultó cómo era. Sin embargo, Putin, de cara a Europa, va
diciendo que es un presidente democrático para el consumo externo, y para el
interno lo que se queda es el recorte de las libertades y de la democracia. Una
doble moral. No hay ninguna duda de que el comunismo fue algo terrible para
Rusia, pero lo que tenemos ahora es todavía peor.
—Una de sus críticas va dirigida contra la nueva ley antiterrorista, ley que se
reproduce en muchos países occidentales.
—Sí, Estados Unidos, Inglaterra... han decidido defenderse con este tipo de
leyes. Pero en Rusia, bajo la fachada de esta ley, se cometen muchas injusticias
que no tienen nada que ver con el terrorismo. Por ejemplo, la supresión del
sufragio directo en las regiones por el cual se designan los gobernadores. La
imposibilidad de elegir a diputados independientes en el Parlamento. Ahora,
todos tienen que ser miembros de un partido. ¿Qué tiene que ver esto con la
lucha contra el terrorismo? En esta ley ni siquiera se menciona a las víctimas.
—¿Qué efecto han tenido en esa política antiterrorista los atentados de Nueva
York y Madrid?
—Putin los ha aprovechado propagandísticamente. Respecto al 11 de septiembre en
Nueva York se dijo que la Administración rusa ya les había advertido de que
ellos estaban combatiendo en Chechenia prácticamente contra los mismos y
Occidente no quería creer lo peligrosos que eran. La idea principal es que ahora
tenemos un enemigo común y que Rusia lleva la delantera en esta lucha. Bush
aceptó esta versión como cierta. El 11 de marzo en Madrid fue algo distinto.
Putin dijo que en España se había dado un mal ejemplo al mundo por haber
sucumbido a las exigencias de los terroristas: tras los atentados comenzaron las
protestas en masa y luego se celebraron las elecciones y cambió el Gobierno.
—Para Putin eso fue una debilidad.
—Sí. Él consideró que las elecciones deberían haberse pospuesto porque había
demasiada carga emocional. En Rusia se habló mucho de que el poder cedió ante
las protestas en la calle.
—Ante la falta de democracia y la gran corrupción que describe en Rusia, ¿cómo
explica que no exista un movimiento contrario a Putin?
—Es cierto. Sólo a raíz de la Revolución Naranja en Ucrania, en diciembre, hace
apenas tres meses, comenzó a formarse un movimiento democrático anti Putin.
—¿Ucrania ha contagiado a Rusia?
—Sí, seguro. Sin duda ha sido un ejemplo de mucha influencia.
—¿La pérdida del miedo que se ha vivido en Ucrania podría vivirse en Rusia?
—Ahora no. En Rusia la situación es algo más dura. En parte, debido a la guerra
y a que cualquiera puede ser procesado con la excusa de haber apoyado el
terrorismo.
—En su último libro describe el ejército ruso como una institución empobrecida,
endogámica y corrupta: “El personal que mantiene el escudo nuclear de una
superpotencia mundial come por caridad”. ¿Teme un desastre nuclear?
—Sí, sobre todo por la corrupción. El ejército es la peor pesadilla de Rusia.
Todos los demás somos rehenes de esta corrupción. Europa debería estar también
preocupada: si los terroristas intentan volar una central nuclear, sólo tienen
que pagar a los que están al mando y les ayudarán a llevar el explosivo hasta la
puerta.
—Parece que todo el caldo de cultivo de la actual situación se coció durante la
caída de la URSS.
—Sí, pero ya ha pasado mucho tiempo y se hubiese podido neutralizar. Sin
embargo, lo que se hizo fue propiciarlo: empezó el saqueo de las propiedades del
Estado y el poder participó y lo apoyó. Pero yo estoy convencida de que la URSS
tenía que desaparecer. Era un Estado siniestro al que no podemos volver.
—¿Por qué entonces es tan contraria a Putin?
—Porque cada vez que habla, Putin dice lo bueno que sería recuperar las
realidades soviéticas. Y las únicas personas que se sintieron bien en la URSS
fueron los funcionarios del KGB.
—¿Es un Gobierno que protege a la mafia?
—Digamos que Putin gobierna para sus amigos dentro de la mafia. Para que sus
amigos se conviertan en los nuevos ricos, para que obtengan mejores precios,
para que puedan asegurar sus propiedades... Solamente hay un camino para
asegurar estos derechos de propiedad: recortar las libertades democráticas, para
que nadie pueda investigar, para que todo el mundo sepa su lugar y para que
nadie pueda expresar ninguna opinión libremente. Los nuevos ricos se están
apropiando de los bienes, de las riquezas del Estado, y Putin lo que hace es
garantizar este proceso.
—Parece resignada ante las situaciones que denuncia.
—Todo lo contrario. Cuando me resigne, dejaré toda actividad periodística. Pero
soy realista, comprendo lo difícil que va a ser destruir esta cúpula corrompida
de poder. Putin no es una persona, podríamos hablar de un Putin colectivo.
—¿Cómo puede seguir escribiendo? ¿No tiene miedo?
—Desde luego que tengo miedo. Sólo un necio no tendría miedo. Pero yo he vivido
una guerra. Los que hemos pasado por la guerra nos diferenciamos de los demás
porque nuestro nivel de miedo es mucho menor.
—Si su libro se publica en Rusia, ¿podrá vivir allí?
—No estoy segura de que se pueda publicar, pero en cualquier caso he decidido
permanecer en Rusia hasta agotar la última posibilidad. Ya he tomado la
decisión. Es algo que tiene que ver con los principios. Demasiada gente,
demasiados intelectuales, periodistas, escritores se han ido y eso afecta mucho
al movimiento democrático. Aguantaré mientras pueda.
—¿Qué significa mientras pueda?
—Mientras pueda publicar algo; cuando pierda la posibilidad de publicar
artículos, buscaré otras alternativas. Tampoco descarto, si gano dinero con este
libro, retirarme del periodismo, irme al campo a escribir y a esperar mejores
tiempos. Todo dependerá de mis hijos. Si esta presión les afecta, lo dejaré.
—¿Han recibido algún tipo de amenaza?
—Sí, sí que han sido amenazados. A mi hijo, que tiene 26 años, le intentaron
juzgar por apoyar a los terroristas después de los acontecimientos del teatro de
Dubrovka porque, cumpliendo mi petición, él ayudó en la negociación. Hubo varios
intentos de encarcelarlo. Luchamos y logramos evitarlo.
—¿Y su hija?
—No participa en política, es música y muy aficionada a la crítica, que es un
periodismo apolítico. Pero cuando se presentó en una editorial pública para
colaborar, le dijeron que no era posible, con su apellido, trabajar en una
editorial pública.
—¿Volvería a negociar en un secuestro?
—En el caso de que pueda ayudar a alguien, por supuesto. Es el precio de muchas
vidas. Llega un momento en que no piensas en otra cosa, sólo en ayudar a la
gente que, sin comerlo ni beberlo, se ve en una situación de vida o muerte. Yo
aún me siento culpable ante los familiares de quienes fallecieron en el teatro
porque al final no pudimos hacer nada. Sentía que no lo había denunciado lo
suficiente o que no había sabido encontrar las palabras adecuadas para convencer
de que esa guerra no podía seguir así.
—¿Sigue viajando a Chechenia?
—Menos que antes por mi salud. Me han quedado secuelas del envenenamiento. Los
médicos me dijeron que las consecuencias pueden durar aproximadamente un año.
Tengo que seguir una dieta, tomar pastillas y un régimen de vida sin grandes
sobrecargas porque el sistema inmunológico está resentido. Pero, al menos, puedo
contarlo. ¡Murió tanta gente en Beslán!
—¿Cambió algo la política en Rusia tras ese atentado?
—Lo de Beslán fue una tragedia bíblica, pero no cambió nada. La tragedia
impresionó al mundo, pero los líderes occidentales coincidieron en que su amigo
Vladimir estaba haciendo las cosas bien. Viendo como todo Occidente apoya a su
amigo Vladimir, esperamos otro atentado cualquier día, en cualquier momento.
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