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(IAR-Noticias)
30-May-05
Por
Gabriel García Márquez - Pacificar
A fines de marzo, cuando confirmé a la
Universidad de Princeton que iría a hacer un taller de literatura desde el
25 de abril, le pedí por teléfono a Bill Richardson que me gestionara una
visita privada con el presidente Clinton para hablarle de la situación
colombiana.
Richardson me pidió que lo
llamara una semana antes de mi viaje para darme una respuesta. Días
después fui a La Habana en busca de algunos datos que me faltaban para
escribir un artículo de prensa sobre la visita del Papa, y en mis
conversaciones con Fidel Castro le mencioné la posibilidad de
entrevistarme con el presidente Clinton. De allí surgió la idea de que
Fidel le mandara un mensaje confidencial sobre un siniestro plan
terrorista que Cuba acababa de descubrir, y que podía afectar no sólo
a ambos países sino a muchos otros.
Él mismo decidió que no fuera una carta personal suya, para no poner a
Clinton en el compromiso de contestarle, y prefirió una síntesis
escrita de nuestra conversación sobre el complot y sobre otros temas
de interés común. Al margen del texto, me sugirió dos preguntas no
escritas que yo podría plantear a Clinton si las circunstancias fueran
propicias.
Aquella noche tomé conciencia de que mi viaje a Washington había
sufrido un giro imprevisto e importante, y no podía seguir tratándolo
como una simple visita personal. Así que no sólo le confirmé a
Richardson la fecha de mi llegada, sino que le anuncié por teléfono
que llevaba un mensaje urgente para el presidente Clinton. Por respeto
al sigilo acordado no le dije por teléfono de quién era —aunque él
debió suponerlo— ni le dejé sentir que la demora de la entrega podía
ser causa de grandes catástrofes y muertes de inocentes. Su respuesta
no llegó durante mi semana en Princeton, y esto me hizo pensar que
también la Casa Blanca estaba valorando el hecho de que el motivo de
mi primera solicitud había cambiado. Llegué inclusive a pensar que la
audiencia no sería acordada.
Tan pronto como llegué a Washington el viernes primero de mayo, un
asistente de Richardson me informó por teléfono que el Presidente no
podía recibirme porque estaría en California hasta el miércoles seis,
y yo tenía previsto viajar a México un día antes. Me proponían, en
cambio, que me reuniera con el director del Consejo Nacional de
Seguridad de la Presidencia, Sam Berger, quien podía recibirme el
mensaje en nombre del Presidente.
Mi sospecha maligna fue que se estaban interponiendo condiciones para
que el mensaje llegara a los servicios de seguridad pero no a las
manos del Presidente. Berger había estado presente en una audiencia
que me concedió Clinton en la oficina Oval de la Casa Blanca, en
setiembre de 1997, y sus escasas intervenciones sobre la situación de
Cuba no fueron contrarias a las del Presidente, pero tampoco puedo
decir que las compartiera sin reservas. Así que no me sentí autorizado
para aceptar por mi cuenta y riesgo la alternativa de que Berger me
recibiera en vez del Presidente, sobre todo tratándose de un mensaje
tan delicado, y que además no era mío. Mi opinión personal era que
sólo debía entregarse a Clinton en su mano.
Lo único que se me ocurrió por lo pronto fue informar a la oficina de
Richardson que si el cambio de interlocutor se debía sólo a la
ausencia del Presidente, yo podía prolongar mi estancia en Washington
hasta que él regresara. Me contestaron que se lo harían saber. Poco
después encontré en mi hotel una nota telefónica del embajador James
Dobbins, Director para Asuntos Interamericanos del Consejo de
Seguridad Nacional (NSC) pero me pareció mejor no darla por recibida
mientras se tramitaba mi propuesta de esperar el regreso del
Presidente.
No tenía prisa. Había escrito más de veinte páginas servibles de mis
memorias en el campus idílico de Princeton, y el ritmo no había
decaído en la alcoba impersonal del hotel de Washington, donde llegué
a escribir hasta diez horas diarias. Sin embargo, aunque no me lo
confesara, la verdadera razón del encierro era la custodia del mensaje
guardado en la caja de seguridad. En el aeropuerto de México había
perdido un abrigo por estar pendiente al mismo tiempo de la
computadora portátil, el maletín donde llevaba los borradores y los
disquetes del libro en curso, y el original sin copia del mensaje. La
sola idea de perderlo me causó un escalofrío de pánico, no tanto por
la pérdida misma como por lo fácil que habría sido identificar su
origen y su destino. De modo que me dediqué a cuidarlo mientras
escribía, comía y recibía visitas en el cuarto del hotel, cuya caja de
seguridad no me merecía ninguna confianza, porque no se cerraba por
combinación sino con una llave que parecía comprada en la ferretería
de la esquina. La llevé siempre en el bolsillo, y después de cada
salida inevitable comprobaba que el papel seguía en su lugar y en el
sobre sellado. Lo había leído tanto, que casi lo había aprendido de
memoria para sentirme más seguro si tuviera que sustentar alguno de
los temas en el momento de entregarlo.
Siempre di por hecho además que mis conversaciones telefónicas de
aquellos días ?como las de mis interlocutores— estaban intervenidas.
Pero me mantuvo tranquilo la conciencia de estar en una misisn
irreprochable, que convenía tanto a Cuba como a los Estados Unidos. Mi
otro problema serio era que no tenía con quién ventilar mis dudas sin
violar la reserva. El representante diplomático de Cuba en Washington,
Femando Remírez se puso por entero a mi servicio para mantener
abiertos los canales con La Habana. Pero las comunicaciones
confidenciales son tan lentas y azarosas desde Washington —y en
especial para un caso de tanto cuidado—, que las nuestras sólo se
resolvieron con un emisario especial. La respuesta fue una amable
solicitud de que esperara en Washington cuanto fuera necesario para
cumplir la diligencia, tal como yo lo había resuelto, y me
encarecieron que fuera muy cuidadoso para que Sam Berger no se
sintiera desairado por no aceptarlo como interlocutor. El remate
sonriente del mensaje no necesitaba firma para saber de quién era:
'Deseamos que escribas mucho'.
Por una casualidad afortunada, el ex presidente César Gaviria había
organizado para la noche del lunes una cena privada con Thomas ‘Mack’
McLarty, quien acababa de renunciar a su cargo de consejero del
presidente Clinton para América Latina, pero continuaba siendo su
amigo más antiguo y cercano. Nos habíamos conocido el año anterior, y
la familia Gaviria planeó la cena desde entonces con una finalidad
doble: conversar con McLarty sobre la indescifrable situación de
Colombia y complacer a su esposa en sus deseos de aclarar conmigo
algunas inquietudes que tenía sobre mis libros.
La ocasión parecía providencial. Gaviria es un gran amigo, un
consejero inteligente, original e informado como nadie de la realidad
de América Latina, y un observador alerta y comprensivo de la realidad
cubana. Llegué a su casa una hora antes de la acordada, y sin tiempo
de consultarlo con nadie me tomé la libertad de revelarle lo esencial
de mi misión para que me diera nuevas luces.
Gaviria me dio la verdadera medida del problema y me puso sus piezas
en orden. Me enseñó que las precauciones de los asesores de Clinton
eran apenas normales, por los riesgos políticos y de seguridad que
implica para un Presidente de los Estados Unidos recibir en sus manos
y por un conducto irregular una información tan delicada. No tuvo que
explicármelo, pues recordé al instante un precedente ejemplar: en
nuestra cena de Marta’s Vineyard, durante la crisis por la emigración
masiva de 1994, el Presidente Clinton me autorizó para que le hablara
de ése y de otros temas calientes de Cuba, pero antes me advirtió que
él no podía decir ni una palabra. Nunca olvidaré la concentración con
que me escuchó, y los esfuerzos titánicos que debió hacer para no
replicarme en algunos temas explosivos.
Gaviria me alertó también en el sentido de que Berger es un
funcionario eficiente y serio que debía tomarse muy en cuenta en las
relaciones con el Presidente. Me hizo ver además que el solo hecho de
comisionarlo para atenderme era una deferencia especial de alto nivel,
pues solicitudes privadas como la mía solían dar vueltas durante años
por las oficinas periféricas de la Casa Blanca, o se las transferían a
funcionarios menores de la CIA o del Departamento de Estado. Gaviria,
en todo caso, parecía seguro de que el texto entregado a Berger
llegaría a manos del Presidente, y eso era lo esencial. Por último,
como yo lo soñaba, me anunció que al final de la cena me dejaría a
solas con McLarty para que me abriera el camino directo con el
Presidente.
La noche fue grata y fructífera, solo con nosotros y la familia
Gaviria. McLarty es un hombre del sur, como Clinton, y ambos son de un
trato tan fácil e inmediato como el de la gente del Caribe. En la cena
se rompieron los hielos desde el principio, sobre todo en relación con
la política de los Estados Unidos para América Latina, y en especial
con el narcotráfico y los procesos de paz. ‘Mack’ estaba tan informado
que conocía hasta las minucias de la entrevista que me concedió el
Presidente Clinton en setiembre pasado, en la cual se trató a fondo el
derribo de las avionetas en Cuba, y se mencionó la idea de que el Papa
fuera mediador de los Estados Unidos durante su visita a Cuba.
La posición general de McLarty en las relaciones con Colombia —y por
la cual parece dispuesto a trabajar— es que las políticas de los
Estados Unidos requieren un cambio radical. Nos dijo que el gobierno
estaba dispuesto a hacer contacto con cualquier presidente que fuera
elegido para ayudar a fondo en la paz. Pero ni él, ni otros
funcionarios con que hablé más tarde, tienen claro cuáles serían los
cambios. El diálogo fue tan franco y fluido, que cuando Gaviria y su
familia nos dejaron solos en el comedor, McLarty y yo parecíamos
viejos amigos.
Sin ninguna reticencia le revelé el contenido del mensaje para su
presidente y no disimuló su sobresalto por el plan terrorista, aun sin
conocer los detalles atroces. No estaba informado de mi solicitud de
ver al presidente, pero prometió hablar con él tan pronto como éste
regresara de California. Animado por la facilidad del diálogo, me
atreví a proponerle que me acompañara en la entrevista con el
presidente, y ojalá sin ningún otro funcionario, para que pudiéramos
hablar sin reservas. La única pregunta que me hizo sobre eso —y nunca
supe por qué— fue si Richardson conocía el contenido del mensaje, y le
contesté que no. Entonces dio la charla por terminada con la promesa
de que hablaría con el presidente.
El martes temprano informé a La Habana por el conducto ya habitual
sobre los puntos básicos de la cena, y me permití una pregunta
oportuna: si el presidente decidía al final no recibirme y le
encomendaba la tarea a McLarty y a Berger ¿a cuál de los dos debía
entregarle el mensaje? La respuesta pareció inclinarse a favor de
McLarty, pero con el cuidado de no desairar a Berger.
Aquel día almorcé en el restaurante Provence con la señora McLarty,
pues nuestra conversación literaria no había sido posible durante la
cena de Gaviria. Sin embargo, las preguntas que ella llevaba anotadas
se agotaron pronto, y sólo quedó su curiosidad por Cuba. Le aclaré
todas las que pude y creo que quedó más tranquila. A los postres, sin
que se lo pidiera, llamó por teléfono a su esposo desde la mesa, y
éste me hizo saber que aún no había visto al presidente pero esperaba
darme alguna noticia en el curso del día.
Antes de dos horas, en efecto, un asistente suyo me informó a través
de la oficina de César Gaviria que el encuentro sería mañana en la
Casa Blanca, con McLarty y tres altos funcionarios del Consejo
Nacional de Seguridad. Pensé que si uno de ellos hubiera sido Sam
Berger lo habrían dicho con su nombre, y ahora mi sentimiento fue el
contrario: me alarmó que no estuviera. ¿Hasta qué punto pudo haber
sido por un descuido mío en alguna llamada intervenida? Ahora no
importaba: puesto que McLarty había arreglado el asunto con el
presidente, éste debía estar ya al corriente del mensaje. Así que mi
decisión de no esperar más fue inmediata e inconsulta: acudiría a la
cita para entregar el mensaje a McLarty. Tan seguro estaba, que
reservé lugar en un vuelo directo para México a las cinco y media de
la tarde del día siguiente. En esas estaba cuando recibí de La Habana
la respuesta a mi última consulta con la autorización más
comprometedora que me han dado en la vida: 'Confiamos en tu talento.'
La cita fue a las 11.15 del miércoles 6 de mayo en las oficinas de
McLarty en la Casa Blanca. Me recibieron los tres funcionarios
anunciados del Consejo de Seguridad Nacional (NSC): Richard Clarke,
director principal de asuntos multilaterales y asesor del presidente
en todos los temas de política internacional, y especialmente en la
lucha contra el terrorismo y los narcóticos; James Dobbins, director
principal de NSC para asuntos interamericanos con rango de embajador,
y asesor del presidente para América Latina y el Caribe, y Jeff
Delaurentis, director de asuntos interamericanos del NSC y asesor
especializado en el tema de Cuba. En ningún momento surgió una
coyuntura para preguntar por qué no estaba Berger. Los tres
funcionarios fueron de trato amable y una gran corrección profesional.
No llevaba notas personales, pero conocía el mensaje al dedillo, y en
la agenda electrónica había anotado lo único que temía olvidar: las
dos peguntas fuera de texto. ‘Mack’ estaba terminando una junta en
otra oficina. Mientras llegaba, Dobbins me dio una visión panorámica
más bien pesimista de la situación de Colombia. Sus datos eran los
mismos de McLarty en la cena del lunes, pero los manejaba con más
familiaridad. Yo le había dicho a Clinton el año anterior que la
política antidroga de los Estados Unidos era un agravante funesto de
la violencia histórica de Colombia. Por eso me llamó la atención que
este grupo de NSC —sin referirse a mi frase, por supuesto— parecía de
acuerdo en que debía cambiarse. Fueron muy cuidadosos en no dar
juicios sobre el gobierno ni los candidatos actuales, pero no dejaron
dudas de que la situación les parecía catastrófica y de futuro
incierto. No me alegré por los propósitos de enmienda, pues varios
observadores de nuestra política en Washington me los habían comentado
con alarma. 'Ahora que quieren ayudar de verdad son más peligrosos que
nunca —me dijo uno de ellos— porque quieren meterse en todo.'
McLarty, con un traje cortado sobre medida y sus buenas maneras, entró
con la premura de alguien que hubiera interrumpido un asunto capital
para ocuparse de nosotros. Sin embargo, impuso a la reunión un tono
reposado, útil y de buen humor. Desde la noche de la cena me agradó
que hablara mirando siempre a los ojos. Así fue en la reunión. Después
de un abrazo cálido se sentó frente a mí, apoyó las manos en sus
rodillas, y abrió la charla con una frase de cajón tan bien dicha que
pareció verdad: 'Estamos a su disposición'.
Quise establecer de entrada que iba a hablar por derecho propio sin
más méritos ni mandato que mi condición de escritor, y en especial
sobre un caso tan abrasivo y comprometedor como Cuba. De modo que
empecé con una precisión que no me pareció superflua para las
grabadoras ocultas: 'Esta no es una visita oficial'.
Todos aprobaron con la cabeza y su solemnidad imprevista me
sorprendió. Entonces conté de un modo simple y en un estilo de
narración doméstica, cuándo, cómo y por qué había sido la conversación
con Fidel Castro que dio origen a las notas informales que debía
entregar al presidente Clinton. Se las di a McLarty en el sobre
cerrado, y le pedí el favor de que las leyera para poder comentarlas.
Era la traducción inglesa de siete temas numerados en seis cuartillas
a doble espacio: complot terrorista, complacencia relativa por las
medidas anunciadas el 20 de marzo para reanudar vuelos a Cuba desde
los Estados Unidos, viaje de Richardson a La Habana en enero de 1998,
rechazo argumentado de Cuba a la ayuda humanitaria, reconocimiento por
el informe favorable del Pentágono sobre la situación militar de Cuba,
beneplácito por la solución de la crisis de Iraq y gratitud por los
comentarios que hizo Clinton ante Mandela y Kofi Annan en relación con
Cuba.
McLarty no lo leyó para todos en voz alta como yo esperaba, y como sin
duda habría hecho si lo hubiera conocido de antemano. Lo leyó sólo
para él, al parecer con el método de lectura rápida que puso de moda
el presidente Kennedy, pero los cambios de las emociones se reflejaban
en su rostro como destellos en el agua. Yo lo había leído tantas veces
que casi pude deducir a qué puntos del documento correspondía cada uno
de sus cambios de ánimo.
El primer punto, sobre el complot terrorista, le arrancó un gruñido:
'Es terrible'. Más adelante reprimió una risa traviesa, y exclamó sin
interrumpir la lectura: 'Tenemos enemigos comunes'. Creo que lo dijo a
propósito del punto cuarto, donde se describe la conspiración de un
grupo de senadores para sabotear la aprobación de los proyectos
Torres-Rangel y Dodd, y se agradecen los esfuerzos de Clinton para
salvarlo.
Al terminar la lectura, le pasó el papel a Dobbin, y éste a Clarke,
quienes lo leyeron mientras ‘Mack’ exaltaba la personalidad de
Mortimer Zuckerman, dueño de la revista US News and World Report, que
había viajado a La Habana en febrero pasado. Hizo el comentario por
una mención que acababa de leer en el punto sexto del documento, pero
no contestó la pregunta implícita de si Zuckerman había informado a
Clinton de las dos conversaciones de doce horas que sostuvo con Fidel
Castro.
El punto que ocupó casi todo el tiempo útil después de la lectura fue
el del plan terrorista que impresionó a todos. Les conté que había
volado a México después de conocerlo en La Habana y tuve que
sobreponerme al terror de que estallara la bomba. El momento me
pareció oportuno para colocar la primera pregunta personal que me
había sugerido Fidel: ¿No sería posible que el FBI hiciera contacto
con sus homólogos cubanos para una lucha común contra el terrorismo?
Antes de que reaccionaran, les agregué una línea de mi cosecha: 'Estoy
seguro de que encontrarían una respuesta positiva y pronta por parte
de las autoridades cubanas'.
Me sorprendieron la inmediatez y la energía de la reacción de los
cuatro. Clarke, que parecía ser el más cercano al tema, dijo que la
idea era muy buena, pero me advirtió que el FBI no se ocupaba de
asuntos que fueran publicados en los periódicos mientras estuvieran en
investigación. ¿Estarían los cubanos dispuestos a mantener el caso en
secreto? Ansioso por colocar la segunda pregunta le di una respuesta
para distender el ambiente:
'Nada les gusta más a los cubanos que guardar un secreto'.
A falta de un motivo apropiado para la segunda pregunta, la resolví
como una afirmación mía: la colaboración en materia de seguridad
podría abrir paso a un clima propicio para que se autorizaran de nuevo
los viajes de norteamericanos a Cuba. La astucia salió mal, porque
Dobbin se confundió, y dijo que eso quedaría resuelto cuando se
implantaran las medidas anunciadas el 20 de marzo.
Aclarado el equívoco, hablé de la presión a que me encuentro sometido
por los muchos norteamericanos de toda clase que me buscan para que
los ayude a hacer en Cuba contactos de negocios o de placer. Entre
ellos mencioné a Donald Newhouse, editor de varias publicaciones
periódicas y presidente de la Associated Press (AP), quien me ofreció
una cena estupenda en su mansión campestre de New Jersey al terminar
mi taller en la Universidad de Princeton. Su sueño actual es ir a Cuba
para tratar con Fidel en persona la instalación de una oficina
permanente de la AP en La Habana, semejante a la que tiene la CNN.
No puedo asegurarlo, pero me parece que en la animada conversación de
la Casa Blanca quedó claro que no tenían, o no conocen o no quisieron
revelar ningún propósito inmediato de reanudar los viajes de
norteamericanos a Cuba. Lo que sí debo destacar es que en ningún
momento se habló de reformas democráticas, ni de elecciones libres o
derechos humanos, ni de ninguno de los latiguillos políticos con que
los norteamericanos pretenden condicionar cualquier proyecto de
colaboración con Cuba. Al contrario, mi apreciación más nítida de este
viaje es la certidumbre de que la reconciliación está empezando a
decantarse como algo irreversible en el inconsciente colectivo.
Clarke nos llamó al orden cuando la conversación empezó a derivar, y
me precisó ?tal vez como un mensaje— que ellos dar?an los pasos
inmediatos para un plan conjunto de Cuba y los Estados Unidos contra
el terrorismo. Al final de una larga anotación en su libreta, Dobbins
concluyó que se comunicarían con su embajada en Cuba para encaminar el
proyecto. Yo hice un comentario irónico sobre el rango que le daba a
la Oficina de Intereses en La Habana, y Dobbins me replicó con buen
humor: 'Lo que tenemos allá no es una embajada pero es mucho más
grande que una embajada'. Todos rieron no sin cierta malicia de
complicidad. No se discutieron más puntos, pues en verdad no era del
caso, pero confío en que los hayan analizado después entre ellos.
La reunión, contado el retraso de ‘Mack’, duró cincuenta minutos.
‘Mack’ la dio por terminada con una frase ritual: 'Sé que usted tiene
una agenda muy apretada antes de volver a México y también nosotros
tenemos muchas cosas por delante'. Enseguida hizo un párrafo breve y
ceñido que pareció una respuesta formal a nuestra gestión. Sería
temerario intentar una cita literal, pero el sentido y el tono de sus
palabras era expresar su gratitud por la gran importancia del mensaje,
digno de toda la atención de su gobierno, y del cual se ocuparían de
urgencia. Y a manera de final feliz, mirándome a los ojos, me coronó
con un laurel personal: 'Su misión era en efecto de la mayor
importancia, y usted la ha cumplido muy bien'. Ni el pudor que me
sobra ni la modestia que no tengo me han permitido abandonar esa frase
a la gloria efímera de los micrófonos ocultos en los floreros.
Salí de la Casa Blanca con la impresión cierta de que el esfuerzo y
las incertidumbres de los días pasados habían valido la pena. La
contrariedad de no haber entregado el mensaje al presidente en su
propia mano me parecía compensada por lo que fue un cónclave más
informal y operativo cuyos buenos resultados no se harían esperar.
Además, conociendo las afinidades de Clinton y ‘Mack’, y la índole de
su amistad desde la escuela primaria, estaba seguro de que el
documento llegaría tarde o temprano a las manos del presidente en el
ámbito cómplice de una sobremesa. Al término de la reunión, también la
Presidencia de la República se hizo presente con un gesto gallardo: a
la salida de la oficina, un ujier me entregó un sobre con las fotos de
mi visita anterior tomadas seis meses antes en la Oficina Oval. De
modo que mi única frustración en el camino del hotel era no haber
descubierto y gozado hasta entonces el milagro de los cerezos en flor
de aquella primavera espléndida.
Apenas tuve tiempo de hacer la maleta y alcanzar el avión de las cinco
de la tarde. El que me había llevado de México catorce días antes tuvo
que regresar a su base con una turbina averiada, y esperamos cuatro
horas en el aeropuerto hasta que hubo otro avión disponible. El que
tomé de regreso a México, después de la reunión en la Casa Blanca, se
retrasó en Washington una hora y media mientras reparaban el radar con
los pasajeros a bordo. Antes de aterrizar en México, cinco horas
después, tuvo que sobrevolar la ciudad casi dos horas por causa de una
pista fuera de servicio. Desde que empecé a volar hace cincuenta y dos
años, nunca me había sucedido nada semejante. Pero no podía ser de
otro modo, para una aventura pacífica que ha de tener un sitio de
privilegio en mis memorias.
Mayo 13 de 1998. Fuente
original: Cuba Debate
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