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(IAR-Noticias)
02-Jun-05
Por
Saúl Landau* -
Progreso Semanal
"Y ¿qué le parece la reciente correría económica de
China por Latinoamérica?”, pregunté a una estudiante
universitaria.“¿Eh?”, replicó ella.“Leí algo de eso”, dijo otra, “pero
no recuerdo los detalles”. “¿Por qué no?”, dijo una tercera. “Hacen todo
lo que compro en Wal-Mart. ¿Por qué no van a invertir en otros lugares?”
Se encogió de hombros, indiferente ante la noticia. Es cierto que
Washington ha advertido a China en contra de cualquier medida acerca de
Taiwán, pero apenas ha reaccionado a sus iniciativas económicas en todo
el mundo.
Hace un siglo los estudiantes pudieran haber sabido tan poco como la
muestra nada científica de hoy, pero los planificadores de políticas
tenían ante sí a una China débil y dividida que parecía ser la respuesta
a los futuros problemas comerciales y económicos del país. Ansiosos
expertos imploraron al Presidente McKinley que actuara porque “el
mercado chino es nuestro por derecho”, dijo un miembro del Club
Republicano Riverside de Nueva York al Secretario de Estado William Hay.
Esta fuente de fuerza barata de trabajo y vasto mercado potencial en el
Este supuestamente también solucionaría el problema de la depresión
periódica que, en 1893, sacudió la estructura económica del país y
motivó a la elite a pensar en cómo la expansión hacia el Este
solucionaría ese asunto.
“Bajo el estímulo de un mercado doméstico que se constriñe y una
oportunidad de mercado que se amplía en una China que despierta”,
escribió el historiador Thomas McCormick, “el liderazgo de Estados
Unidos ha hecho un esfuerzo consciente, decidido e integrado para
solucionar la crisis económica interna promoviendo el interés nacional
en el exterior”. Lo hizo “usando el arma más potente de Estados Unidos,
la supremacía económica, para comenzar la conquista de puertas abiertas
del mercado chino” (Mercado Chino, 1967, pág. 19).
Es más, en 1898 el Presidente McKinley “tomó las Filipinas” (no sólo por
orden de Dios), porque servían de base ideal de despegue para futuras
incursiones a China. EEUU mantuvo allí su base naval durante 100 años,
hasta que la tecnología ya no requirió estaciones de reaprovisionamiento
de combustible. “El Asia oriental es el premio que todas las naciones
codician”, escribió Brooks Adams, nieto de John Quincy Adams.
En el 2005 el débil y vulnerable “premio” que los europeos en
competencia se habían repartido por sus aspiraciones imperiales a fines
del siglo 19 y principios del 20 cubre ahora todos los continentes con
sus productos –y su capital. Mientras que la etiqueta “made in China” se
ha vuelto ubicua en las tiendas por departamentos de EEUU y en las alas
de los aviones comerciales, los inversionistas chinos también han
comprado cientos de miles de millones en papel norteamericano. Quizás
por entonces algún planificador chino de amplia visión pensó que Estados
Unidos sería el “premio” de China. Es más, a principios de marzo un
funcionario de la embajada de EEUU dijo confidencialmente a un hombre de
negocios de visita allí que él consideraba que los lideres chinos veían
a Estados Unidos como una potencia decadente cuya época ya había pasado
y que se verá forzada a compartir el poder mundial con otras naciones
poderosas, incluyendo a China. Para demostrar cómo ha cambiado en las
últimas dos décadas la posición estratégica de China, el diplomático
explicó que China no sólo capturó el mercado norteamericano de consumo,
sino que ha invadido la tradicional esfera latinoamericana de Estados
Unidos.
Se refirió a dos visitas de alto nivel. En noviembre de 2004, el
presidente chino Hu Jintao firmó 39 acuerdos comerciales con cinco
naciones latinoamericanas. Las inversiones chinas solamente en Argentina
totalizaron unos $20 mil millones de dólares. Luego hizo también un
viaje de inversión al Caribe.
En enero y febrero, el vicepresidente chino Zeng Qinghong prosiguió las
vivistas de su superior con su propia delegación de funcionarios y de
altos ejecutivos de negocios. Durante estas dos agresivas visitas en
busca de inversión en áreas estratégicas, China incursionó en terreno
potencialmente contencioso cuando firmó un acuerdo con el presidente
venezolano Hugo Chávez en relación con la exploración futra de petróleo
y gas de Venezuela. Zeng también ofreció a Venezuela una línea de
crédito de $700 millones para la construcción de nuevas viviendas a fin
de ayudar a reducir la pobreza venezolana, ignorando el lloriqueo
norteamericano acerca del “autoritarismo” de Chávez.
Chávez, que ha ganado tres elecciones libres e imparciales en los
últimos seis años se queda con la etiqueta de “autoritario”, mientras
que sus opositores pro EEUU que realizaron un golpe militar en el 2002
merecen la distinción de “demócratas”. Este etiquetado confunde a
aquellos que continúan pensando con lógica.
Pero el mayor insulto de Beijing al orgullo de Washington llegó con el
anuncio de que daría créditos a Cuba. En la era de la globalización,
Cuba sigue siendo la excepción a todas las reglas. La política de la
Administración Bush para Latinoamérica apunta a la “contención” de
Chávez o el “castigo” a Fidel Castro, quien tiene el Récord Mundial
Guinnes de “Más Años de Desobediencia”. Fuentes en Cuba insisten en que
a pesar de más de cuarenta y seis años de castigo, Fidel aún no ha
dejado de comer un día o perdido una oportunidad conyugal.
Como China oficialmente no ha anexado lenguaje político a sus políticas
económicas, el Washington oficial ignoró –o negó– la significación de la
estrategia de China para Latinoamérica. Es más, como observó Andrés
Oppenheimer enThe Miami Herald, “el Presidente Hu Jintao pasó más tiempo
en Latinoamérica el pasado año que el Presidente Bush”. (20 de febrero
de 2005.) “Y el vicepresidente de China, Zeng Qinghong, pasó más tiempo
en la región el mes pasado que su homólogo norteamericano, el
Vicepresidente Cheney, en los últimos cuatro años”.
Mientras Bush y Cheney pedían al Congreso que aumentara la deuda de EEUU
con sus $81 mil millones adicionales para mantener las fuerzas en
Afganistán e Irak, China ofrecía más de $50 mil millones en inversiones
y créditos a países dentro del ámbito tradicional de la Doctrina Monroe.
Esa suma sobrepasa la muy publicitada de Kennedy por $20 mil millones
para una década en la Alianza para el Progreso de los años de 1960.
La promoción de tipos específicos de comercio con Latinoamérica ayudará
a satisfacer las crecientes demandas de energía de China. En 2007,
estimó la CIA, China importará 50 por ciento del petróleo. China también
necesita recursos primarios y alimentos a medida que alcanza el lugar
número dos en las economías del mundo.
Cuando en la Latinoamérica hambrienta de capitales aparecieron los
líderes chinos con miles de millones en sus maletas, se demostró que
ellos habían pensado en el futuro de su país aún mientras los
funcionarios imperiales de EEUU trivializan la crisis para justificar la
perforación en Alaska en busca de petróleo o muestran preocupación por
la vida humana futura alimentando forzosamente en la Florida a una mujer
con muerte cerebral.
A medida que crece la dependencia de EEUU del petróleo extranjero y el
precio del crudo permanece en más de $50 dólares, los chinos pudieran
situarse en una posición de vender algo de esa sustancia viscosa a
Estados Unidos. Mucho antes de que la perforación en Alaska llegue a
provocar un descenso en los precios del crudo, las nuevas inversiones de
China han encontrado petróleo, gas y minerales, señales de que los
chinos buscan metas estratégicas y de mercado, en vez de simples
designios de ganancias.
China ya opera dos campos petrolíferos venezolanos y, después de firmar
un acuerdo en enero en Caracas, también comenzará a desarrollar otros
campos –aparentemente en descenso– en el oriente de Venezuela. China
también ha acordado comprar 120 000 barriles de petróleo al mes y
construir una instalación adicional para producir combustible.
Funcionarios venezolanos anunciaron que esperan que el comercio con
China llegue a $3 mil millones en 2004, más del doble que en 2004. Y
–prepárense, odiadores de Castro en la Administración Bush– una enorme
compañía petrolera china comenzará a explorar en campos potenciales de
petróleo frente a las costas cubanas.
¿Por qué los líderes chinos se decidieron por fines del 2004 y
principios del 2005 para hacer su viaje relámpago por varias naciones
latinoamericanas? Primero, pueden haber notado que los gobiernos
latinoamericanos ya no se apresuran a firmar el Área de Libre Comercio
de las Américas patrocinado por EEUU, como si hicieron con el ALCAN en
los 90. Debido a que el modelo de mercado libre/comercio libre no
funcionó como se había predicho –en Argentina provocó la bancarrota– los
gobiernos que cuestionan el modelo económico de Washington ahora están
en el poder en Uruguay, Argentina, Brasil, Venezuela y Cuba; Bolivia y
Ecuador pudieran ser los siguientes. Es más, si el populista y radical
alcalde de Ciudad México, Andrés Manuel López Obrador, logra el triunfo
en las elecciones presidenciales mexicanas del 2006 –actualmente es el
candidato que va al frente en las encuestas–, puede que estén condenados
todos los acuerdos comerciales patrocinados por EEUU.
Segundo, los expertos en petróleo no esperan que la oferta se vaya por
encima de la demanda en el futuro cercano. Así que, dado el clima, el
acceso de China a fuentes de petróleo y gas en el patio trasero de EEUU
ha puesto nerviosos a los bushistas, los cuales siguen preocupados con
Irak, Afganistán, Corea del Norte e Irán y su compromiso religioso de
cambiar la seguridad social, ejecutar a asesinos menores de edad,
detener el aborto legal y rescatar a los descerebrados. ¿Será difícil
para los bushistas ver el gran cuadro estratégico del mundo mientras se
movilizan alrededor de los valores familiares y los asuntos religiosos?
Durante más de un siglo los planificadores de la política norteamericana
han producido planes maravillosos para el imperio informal. Al igual que
la estrella de China brilló en los ojos de los intelectuales de la
política a fines del siglo 19, un grupo a fines del siglo 20, formado
por neoconservadores judíos y Soldados de Dios antisemitas decidieron
reestructurar el Medio Oriente en nombre de Dios, Israel y el mercado
libre. Un grupo usó el concepto de promover la libertad, el otro de
promover el Éxtasis.
Sin embargo, este tipo de pensamiento trascendente basado en lo etéreo a
menudo se queda corto en detalles –como ha demostrado la invasión de
Irak. Ni los neoconservadores ni sus extraños cohabitantes cristianos
han mostrado mucha preocupación acerca de los más de 100 000 civiles
iraquíes que han muerto en la invasión de EEUU posteriormente a marzo de
2003. Pero los 1 600 soldados norteamericanos y británicos que también
han perecido provocan serias consecuencias políticas. Irak fue
destruido. Las ganancias del petróleo iraquí que el Subsecretario de
Defensa Paul Wolfowitz (ahora futuro presidente del Banco Mundial) dijo
que iban a pagar por toda la invasión no se han materializado. Nadie en
la Administración Bush pareció muy preocupado por la destrucción de un
país o por su calculada devastación del derecho internacional y de la
ONU.
Irónicamente, los planificadores de EEUU desecharon con ligereza el
mismo concepto de ley y orden que habían impuesto al mundo sesenta años
antes. La invasión de Bush a Irak ha anulado las leyes de Nuremberg que
prohibieron la guerra agresiva o preventiva y, al ignorar al Consejo de
Seguridad de Naciones Unidas, la importante función de la ONU: el
derecho exclusivo a hacer la guerra.
Los neoconservadores y sus homólogos cristianos querían que los líderes
de EEUU tomaran nuevamente el mando ilimitado, como sucedió en 1945.
Ignoraron por inconsecuentes los grandes cambios que han ocurrido
durantes las últimas seis décadas. En aquellos embriagantes días de
posguerra, Estados Unidos poseía el 55% de la capacidad manufacturera
del mundo, una economía en crecimiento indetenible y un monopolio de las
armas atómicas. La guerra desastrosa había dejado secas a las otras
naciones imperiales. La Unión Soviética no parecía ser una amenaza.
Victoriosos en el campo de batalla, los soviéticos también estaban
profundamente heridos: más de cincuenta millones de muertos y heridos,
200 ciudades destruidas, sin alimentos, sin botas para los soldados.
Los planificadores norteamericanos también pensaban que el corrupto
régimen títere de Chiang Kai Shek podría resistir a los ejércitos rojos
de Mao Ze Dong que avanzaban. En octubre de 1949 Chiang había perdido su
capacidad para atraer hasta el apoyo de los deshonestos. ¡Buena
planificación!
Washington dijo a sus aliados cooperantes –incluyendo a los recién
conquistados Alemania y Japón– que podían prosperar como buenos socios
comerciales (aunque menores) y como fuentes y lugares de inversión, pero
no hasta el punto de convertirse en rivales. Para las naciones que
emergían del dominio colonial, EEUU no tenía planes realistas. Pero los
heridos soviéticos siguieron predicando la “revolución”, una palabra que
obtuvo resonancia en los países que llegaron a ser conocidos como el
“Tercer Mundo”. Y los movimientos en esas naciones emergentes amenazaban
con perturbar el nuevo orden que los líderes norteamericanos habían dado
al mundo.
El problema con sus planes derivaba de su incapacidad para predecir el
dinamismo del anticolonialismo del Tercer Mundo. En vez de apoyar la
descolonización, Estados Unidos desempeñó un papel ambiguo, apoyando la
idea pero no la práctica de “naciones libres”. Por ejemplo, al no
reconocer a la República de Viet Nam dirigida por Ho Chi Minh –que
declaró su independencia en agosto de 1945–, Washington ayudó a Francia
a recuperar su antigua colonia.
Sin embargo, la revolución más importante ocurrió en China. En 1948 los
comunistas chinos dirigieron a su pueblo y derrocaron al colonialismo
occidental, sacando a Estados Unidos del mismo lugar en el que los
planificadores del siglo 19 habían puesto sus esperanzas para el futuro.
Actualmente parece ser que China ve su futuro en el mercado de EEUU y en
su esfuerzo anteriormente exclusiva de Latinoamérica. Hace treinta y
cinco años China no estaba “reconocida” por Estados Unidos ni por la
mayoría de sus gobiernos lacayos en Latinoamérica. En 1975 el comercio
chino con la región era de $200 millones de dólares; en 2004 de más de
$40 mil millones. China se ha convertido en uno de los más importantes
participantes en la era de la globalización, la cual los líderes de EEUU
promovieron sin pensar que China pudiera aprovechar la oportunidad para
entrar en las esferas anteriormente sacrosantas de EEUU –como
Latinoamérica.
Mientras los líderes gubernamentales se retuercen silenciosamente las
manos por su frustración debido a la penetración de capital de China en
“nuestro patio trasero”, algunos periodistas hablaron directamente
acerca del significado de la invasión de la inversión china a los
clientes de EE.UU. China está “alimentando alianzas con muchos países en
desarrollo para solidificar su posición en la Organización Mundial del
Comercio, flexionar sus músculos en el escenario mundial y actuar como
contrapeso del poder de EEUU”, opinó Gary Marx (Chicago Tribune, 20 de
diciembre de 2004).
David Jessop, director del Consejo Caribeño (Week in Europe, 6 de
febrero) dijo que las maniobras chinas en Latinoamérica “sugieren la
emergencia de un orden global en el cual los países del Sur comienzan a
forjar alianzas basadas en una percepción muy diferente del mundo”.
“Beijing está tratando de arrojar una lanza económica al corazón de la
Doctrina Monroe”, comentó Anthony Gancarski (FrontPageMagazine.com, 20
de enero de 2005). Alertó que “no hacer nada acerca de ese hecho será
interpretado como una señal de la pérdida de disposición de EEUU –y de
vulnerabilidad”.
Ciertamente China ha tenido éxito en obligar a Estados Unidos a una
política de Puertas Abiertas, similar a la ideada en 1898 por el
Secretario de Estado Hay. Los líderes de China ahora dicen
implícitamente a Washington lo que el Secretario de Estado (en
funciones) Edwin Uhl escribió al ministro de EE.UU. en China en 1895:
“Este país espera ventajas iguales y liberales de comercio…”
Ahora China espera que Estados Unidos ofrezca “ventajas iguales y
liberales de comercio”, incluso con gobiernos que Washington ha colocado
en su lista negra oficial. El Senador Richard Lugar (republicano por
Indiana), presidente del Comité Senatorial de Relaciones Exteriores, se
preocupaba por las contradicciones que surgieron debido a los nuevos
acuerdos de Venezuela con China. Al igual que otros prudentes y
verdaderamente conservadores republicanos, Lugar se pregunta si la
agresiva retórica y acciones antichavista de Bush pudieran hacer que
Venezuela tome represalias y corte el suministro de petróleo a EEUU.
Después de todo, China puede comprar la diferencia.
“Durante años y años el hemisferio ha tenido poca prioridad para EEUU”,
dijo un ayudante de Lugar, “y los chinos se están aprovechando. Se están
aprovechando del hecho de que no nos preocupamos como debiéramos por
Latinoamérica”. (The New York Times, 1 de marzo de 2005.) Igualmente,
China ha minimizado la política de Washington de impedir la llegada de
recursos a Cuba. Los líderes chinos prometieron grandes créditos de
inversiones en el níquel cubano.
De esta forma Beijing se amiga con los enemigos de EEUU, Chávez y
Castro, a medida que el prestigio de EEUU disminuye en su propio “patio
trasero”. Ha usado la estratagema de “puertas abiertas” en contra de
Estados Unidos en Latinoamérica, al igual que EEUU la usó en contra de
Europa para llegar a los recursos y fuerza de trabajo chinos. ¡Oigan!
¿La globalización no quiere decir que todo vale en el juego del
comercio?
*Saul Landau es profesor de la Universidad Cal Poly Pomona y miembro del
Instituto para Estudios de Política
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