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(IAR-Noticias)
30-May-05
EEUU
Por Max J. Castro -
Progreso Semanal
Con la escalada de la carnicería en Irak y las expresiones de odio a la política
norteamericana haciendo erupción por todo el Medio Oriente, la administración Bush ha realizado un duro esfuerzo por presentar a Afganistán como su gran
éxito.
Desafortunadamente las últimas noticias de Afganistán –manifestaciones en contra
de EEUU, escándalo de abusos a prisioneros, constantes bajas norteamericanas–
son muy parecidas a los titulares de Bagdad. Con una diferencia: bajo el
gobierno instalado por EEUU después del Talibán, una vez más Afganistán se ha
convertido en un paraíso del cultivo de la amapola, fuente de hasta el 90 por
ciento del suministro de heroína en el mundo.
La administración necesita más que nunca una victoria en Afganistán. La
retractación del artículo de Newsweek acerca de la profanación del Corán
en Guantánamo no impidió la propagación de la indignación musulmana. Eso es en
parte porque la retractación fue percibida en el Medio Oriente como resultado de
presiones por parte de la administración y porque otras fuentes, incluyendo a la
Cruz Roja, también han reportado casos similares en la base de EEUU. Pero la
razón principal para la ira musulmana es que la guerra en Afganistán e Irak, los
abusos en Guantánamo y Abu Ghraib y una serie interminable de otras
indignaciones e irritaciones (a última de ellas las humillantes fotos de Saddam
Hussein en ropa interior) han logrado convencer a la amplia mayoría del pueblo
en el mundo musulmán y en el árabe que Estados Unidos está realizando una guerra
contra su religión, su cultura y su pueblo. Esa convicción lleva a la región a
creer lo peor de las intenciones y acciones de EEUU.
Lejos de ganarse los corazones y las mentes, las políticas y actitudes de EEUU
refuerzan constantemente las percepciones musulmanas. A veces los líderes
norteamericanos parecen esmerarse para dejar bien en claro la injusticia de la
política norteamericana en el Medio Oriente. Esto es lo que sucedió la pasada
semana, según un despacho de la AP, en el Foro Económico Mundial del Medio
Oriente: “Aunque altos funcionarios israelíes y palestinos discutieron asuntos
de seguridad el sábado en un foro del Medio Oriente, un senador norteamericano
aconsejó a los líderes árabes que atendieran a las injusticias en sus países y
les recordó que la política norteamericana es la seguridad para Israel en primer
lugar y justicia para los palestinos ‘si fuera posible’.”
No puede haber una declaración más desnuda o certera de la política
norteamericana. El artículo de AP no informa cómo reaccionaron los líderes
árabes ante una advertencia tan humillante –aunque sincera.
Lo que está claro es que la política brinda terreno fértil para el anti-norteamericanismo
de todo tipo y hace de las campañas de relaciones públicas y de las visitas de
buena voluntad de Primeras Damas meros ejercicios fútiles.
Si la política de EEUU con relación al conflicto israelo-palestino es una llaga
abierta desde hace mucho en el mundo musulmán, las múltiples guerras de la
administración Bush –la “guerra al terrorismo”, la ocupación de Irak y el
conflicto en Afganistán– han creado nuevas fuentes de indignación. En estos
conflictos, las fuerzas norteamericanas se enfrentan directamente en una lucha
violenta a los árabes y otros musulmanes. En el mejor de los casos, lo más
probable es que tales guerras incrementan el resentimiento musulmán hacia
Estados Unidos. Pero la administración Bush empeoró la reacción al preparar el
camino para el abuso generalizado cuando unilateralmente decidió ignorar las
reglas de la guerra inscritas en la Convenció n de Ginebra.
Los informes acerca de abusos a los prisioneros, torturas y otras violaciones de
los derechos humanos que han aparecido en la prensa casi a diario, más que una
aberración son el resultado predecible de esa fatal decisión. Porque el mensaje
enviado al burlar la Convención de Ginebra –y el mensaje implícito en todo el
tono y actitud de esta administración– era el siguiente: “Contra los malos vale
todo –y todos ellos son malos”.
Por tanto, no son sorprendentes las recientes revelaciones contenidas en una
serie de artículos del reportero Tim Golden, publicados en The New York Times,
acerca de golpizas y asesinatos en Afganistán por parte de interrogadores
norteamericanos. Sin embargo, no pudo haber llegado en peor momento para la
administración Bush. La noticia salió justamente cuando Bush se estaba
preparando para recibir al presidente afgano Hamid Karzai y echó a perder
totalmente la fábula de relaciones públicas de la administración. En vísperas de
la visita, y a fin de mantener un barniz de independencia, el Presidente Karzai
se vio obligado a expresar sorpresa ante el abuso y exigir castigo para los
perpetradores, así como la custodia de prisioneros afganos y mayor control sobre
las tropas norteamericanas. Ese fue el fin de la fiesta amorosa.
El Presidente Bush dijo que no. Al reunirse con Karzai en Washington, Bush
inmediatamente rechazó la posición del líder afgano en lo tocante al control
sobre las fuerzas de EEUU. Tampoco es probable que Bush acceda a las otras
demandas de Karzai. EEUU quiere controlar las operaciones de inteligencia tanto
en Irak como en Afganistán, y eso requiere el acceso a los prisioneros. Puede
que EEUU trate de ayudar a Karzai a salvar la cara por medio de la ficción de
transferir formalmente la custodia de los prisioneros, pero ese truco no es
probable que engañe a alguien o evite nuevos abusos. Y a juzgar por el reciente
historial de EEUU en cuanto a castigar a los perpetradores, cualquier castigo
será ligero y caerá sobre los hombros del personal de menor rango. Una y otra
vez, ya sea que implique la muerte de un oficial italiano de inteligencia, el
asesinato de insurgentes iraquíes heridos o la muerte a golpes de prisioneros
afganos, EEUU juzga a sus propios soldados y decide que casi no tienen culpa.
Mientras más alta es la autoridad y mayor es la responsabilidad, hay más
impunidad. Pero la impunidad también se filtra hacia abajo. La reacción inicial
de los investigadores militares después de la muerte a golpes de dos afganos por
personal norteamericano que reportó The New York Times, fue el de cerrar
la investigación.
Está más claro que nunca por qué la administración Bush tenía que rechazar el
Tribunal Penal Internacional. Desde sacarle la lengua al Consejo de Seguridad de
la ONU con la invasión a Irak, hasta la deliberada eliminación de la ley en
Guantánamo y otras partes, la administración ha estado enviando al mundo un
mensaje coherente: “No obedecemos las reglas, las hacemos según nuestra
conveniencia. Y si a ustedes no les gusta, aquí va John Bolton para que les diga
en su cara adónde se pueden ir”.
Por eso a nadie debe sorprender que aquellos en lo más bajo de la escala de
responsabilidad en Guantánamo, Abu Ghraib y el centro de detención en Bagram,
Afganistán, usaron la misma lógica brutal al tratar con prisioneros impotentes.
La práctica del abuso y el desprecio por las leyes y los derechos de otros
proviene de arriba. En casa y en el extranjero, por medio de las leyes Terri
Schiavo, opciones nucleares y guerras preventivas, el régimen que controla ahora
la Casa Blanca y el Congreso parece decidido a crear un mundo de una sola
potencia y un país de un solo partido. Pero la resistencia, tanto interna como
internacional, también está creciendo. Puede que la arrogancia de la
administración Bush no tenga límite, pero su poder para imponer su voluntar por
medio de la fuerza y la intimidación sí lo tiene.
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