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(IAR-Noticias)
10-Jun-05
Por Enrique Dussel A.* - La
Jornada

Carl Schmitt, para criticar el vaciamiento de la política en la concepción
liberal, toma como ejemplo el "estado de excepción". Como para los liberales lo
político se circunscribe a la protección de los derechos individuales y de la
propiedad privada, desde una comprensión un tanto legalista de la esfera
pública, que establece un "estado de derecho" en una democracia formal, en
cuanto debe recurrirse a las leyes y los jueces para negociar cualquier solución
a los conflictos, el pensador germano propone la dificultad que presenta el
"estado de excepción" para la posición liberal.
Es decir, en el "estado de excepción"
deja de tener vigencia el sistema del derecho desde una Voluntad que decreta su
puesta entre paréntesis, para que el investido de tal poder tome las decisiones
necesarias. La autoridad o Voluntad que puede efectuar este cese momentáneo del
"estado de derecho" es anterior, ontológicamente, al mismo cuerpo del derecho y
al "estado de derecho".
çEsa Voluntad, por último, es la de
un líder, que se refiere a la Voluntad de un pueblo que puede expresar su
consentimiento por un acto de aclamación. Dejando de lado la ventaja de mostrar
el momento anterior al sistema del derecho, y la desventaja de caer en un
irracionalismo en cuanto a la fundamentación de tal Voluntad que queda fuera de
toda institucionalidad democrática, querríamos indicar que el ejemplo de Schmitt
nos permite continuar su reflexión hacia un horizonte más fundamental.
Giorgio Agamben muestra en Estado de excepción (2001) que en derecho romano se
denominaba auctoritas a la función política que podía dejar a la potestas (poder
institucionalizado) sin efecto. El nombrado por esa autoridad era el dictator,
función política que sustituía el ejercicio de todos los poderes instituidos,
pero que cumplida su función de emergencia renunciaba para dejar que las
instituciones legales retomaran su función legítima. Con el tiempo esa función
de la autoridad la cumplió el emperador (por ello Augusto era el actor -de donde
viene agere, el que obra con autoridad- y otorga el poder).
En América Latina observamos que cierta autoridad puede poner en cuestión al
mismo Poder Ejecutivo, que es el que puede decretar el "estado de excepción".
Fernando de la Rúa declaró en 2001 el "estado de excepción" para controlar las
manifestaciones populares que invadieron Buenos Aires y casi toda la República.
En vez de respetar dicho "estado de excepción", las multitudes descontentas se
lanzaron en oleadas a las calles y obligaron a dejar sin efecto el "estado de
excepción".
Es más, destituyeron al presidente.
Bajo la aclamación del "¡Que se vayan todos!", obligaron a elegir nuevo
presidente. Lo mismo aconteció en Ecuador y Bolivia. El mismo pueblo invistió
del poder en Caracas a Hugo Chávez, cuando prácticamente había renunciado ante
el golpe de Estado que lo tenía prisionero.
Estas rebeliones populares, cuyos
antecedentes se encuentran en Castilla antes de la conquista, frecuentes en la
época colonial y posteriormente en América Latina, y en el que consistió el
proceso emancipatorio en torno de 1810, de "cabildos abiertos" de criollos
contra los virreyes y otras autoridades españolas, nos hablan de un hecho
político mayor que puede hacernos descubrir un aspecto muy actual de la
política. Por debajo, y como un momento más fundamental de la Voluntad que puede
declarar el "estado de excepción", se encuentra otra Voluntad más originaria.
Llamaré -como anterior y por debajo del "estado de excepción"- "estado de
rebelión" la presencia real pública, y como última instancia del Poder político,
de la Voluntad de un pueblo aunada por un consenso democrático que constituye la
potentia.
La potentia es el Poder mismo de la
comunidad política o pueblo, desde abajo, que crea instituciones que en
heterogénea estructura de funciones ejerce delegadamente ese poder primero del
pueblo, y que constituye a la sociedad civil y al Estado (la potestas, que es la
institucionalización de los que mandan). En el "estado de rebelión" la comunidad
política o pueblo recuerda a las instituciones políticas (que pueden
fetichizarse, burocratizarse, alejarse de los representados, atribuirse
soberanía, autoridad) que la potentia (o poder originario del pueblo) funda a la
potestas (ejercicio delegado del poder, entre otras instituciones al mismo
Estado), y que si no cumplen su mandato (es decir, "mandar obedeciendo" a la
potentia), porque pretenden dominar al mismo pueblo como autoridad (es decir,
"que mandan mandando" como potestas fetichizada), deben ser destituidos: "deben
irse". (Eso expresa en realidad, como exclamación retórica excesiva: "¡Qué se
vayan todos!")
El 24 de abril pasado la comunidad política o el pueblo salió a las calles de la
ciudad de México y en otros lugares del país para expresar al Estado ("los que
mandan mandando" que para nada "obedecen" -"obedecer" viene de "escuchar al que
se tiene delante": ob-audire- a su pueblo, que no "escuchan el clamor de los de
abajo", que "no leen los diarios": ¡autismo del poder autoritario!) que
simplemente "se presentaba", que "mostraba su rostro" en silencio.
Era un "estado de presencia" (que
podía augurar un "estado de rebelión" si se terminaba la paciencia). Los que
ejercen delegadamente el poder escucharon esta vez la voz callada, que rugía
murmurante como el magma antes de la explosión del volcán. En Argentina,
Bolivia, Ecuador, Venezuela muchos no escucharon ese murmullo atronador que
expresa que el poder político lo construye desde abajo el pueblo en una larga
escuela de sufrimiento. El poder del pueblo (la potentia, diría Spinoza) funda
el poder ejercido por delegación institucional (la potestas).
C. Schmitt y G. Agamben quieren superar el vaciamiento político liberal
recordándonos la Voluntad como "decisión" del que tiene autoridad -pero se
refieren al Führer o a la auctoritas del Senado-; es todavía la potestas como
institución delegada. Esa autoridad hay que situarla, así como la soberanía y el
poder originario, en el pueblo, más abajo, en un lugar ontológico primero. El
"estado de rebelión" es un ejemplo concreto, cada vez más frecuente como
maduración del pueblo latinoamericano ante el latrocinio de las políticas
neoliberales privatizadoras en curso, que responde a la pregunta: ¿dónde se
encuentra la última instancia de la política?
Los políticos están sólo habituados a las negociaciones de los conflictos en la
cúpula burocrática del Estado, sus instituciones, los partidos (la potestas).
Sólo usan la propaganda de la mediocracia como instrumento con la pretensión de
manipular al pueblo. No saben que es necesario regenerar el poder político en la
fuente de la potentia del pueblo: "la gente". "¡Están colgados de la brocha!"
(de las instituciones que ejercen el poder delegadamente). Para expresar
realmente la Voluntad de un pueblo unido en el consenso democrático, de
participación simétrica por razones (y no por violencias de todo tipo), es
necesario conectarse a ese poder desde abajo que se expresa en el "estado de
rebelión", por cierto poco frecuente, pero que nos recuerda el orden de las
prioridades en política.
* Filósofo
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