- ¿Quieres más gusanos, querido?
- No, mejor pásame un poco de huevos
de hormiga.
- Mami, ¿ya puedo comer dulce de
lombrices?
- Sí, pero primero termina la sopa de
mosquitas.
Esta inmundicia no es exageración, ni
futurismo pesimista, ni ciencia ficción. Es una posibilidad real. Biólogos
mexicanos están estudiando formas de revivir el consumo de insectos entre la
población más pobre. Aseguran que es una “fuente proteínica” y una actividad
productiva “benéfica para el medio ambiente”.
Con retorcidas explicaciones
histórico-culturales, estos investigadores al servicio de un sistema injusto
buscan incorporar los insectos a algunos alimentos, preparando tortillas de
harina (sustituto del pan) enriquecidas con larvas, hotdogs de chapulines
(saltamontes o langostas de campo) y dulces de lombriz. Los proyectos buscan,
además, que los agricultores se dediquen a la producción, comercialización y
distribución de varias “exquisiteces”, como los huevos de hormiga (conocidos
como escamoles) y los gusanos de maguey o ágave (una planta espinosa muy común
en el país).
En el fondo, también se busca
convencer a las familias de los campesinos para que consuman las especies con
menor valor comercial.
“En México, el consumo de insectos se
remonta al periodo prehispánico; se fue perdiendo con la conquista y actualmente
las poblaciones rurales conservan un poco esta costumbre”, afirma Gabriela
Jiménez Casas, bióloga de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien
ofrece conferencias y demostraciones a los niños mexicanos para convencerlos de
que los insectos son “ricos y nutritivos”.
La bióloga insiste que algunos
insectos, añadidos a salsas o ensaladas, pueden proporcionar las proteínas
necesarias para muchos niños pobres. Argumenta que una larva de mosca puede
contener el doble de proteínas que la carne de vaca, con mucha menos grasa,
aunque reconoce que no tienen un aspecto muy apetitoso.
Esta
tortuosa explicación, revestida con un precario barniz histórico-antropológico,
no resiste el menor análisis. La carne humana contiene proteínas; sin embargo,
en la actualidad se condena a ciertas etnias antiguas de África o del Amazonas
que, por razones culturales, practican el canibalismo. También en África, el
Matto Grosso y las selvas de América Central, los campesinos e indígenas comen
mono, provocando alaridos de indignación entre ecologistas y protectores de
animales.
Los chinos comen todo lo que vuela por
el aire, se arrasta por la tierra o nada en el mar: perros, gatos, cucarachas,
golondrinas, serpientes, arañas, lo que sea. Nada es desdeñable para el
estómago, porque seguramente esos animales contienen proteínas. Pero convengamos
que China es un país dramáticamente sobrepoblado y sin demasiada tradición
agrícola-ganadera.
El biólogo Juan García, del Instituto
Politécnico Nacional de México, es partidario del engaño. Propone esconder los
insectos mezclándolos en la harina para las tortillas o cubriéndolos con
alimentos apetecibles como chocolate o caramelo.
García, una especie de estafador con
título de científico, ya ha producido langostas cubiertas de chocolate,
gelatinas de lombriz o gusanos cubiertos de caramelo transparente. Asegura que a
los niños les encantan estos bichos en el caramelo. Cuenta que los pequeños
empiezan a chuparlo para ver si los insectos son de plástico. Cuando llegan,
dicen: “¡Son reales!”, y lo siguen comiendo, explica con absoluto descaro.
Según Idolina Velázquez, catedrática
de administración de empresas, la clave está en hacer que los insectos se
reincorporen a la cadena alimenticia, de modo que ocupen su lugar natural en el
medio rural, ayudando a reducir el uso de pesticidas y los cultivos modificados
genéticamente.
Los gusanos, disponibles sólo en
ciertas temporadas del año, pueden ser cultivados mediante la producción de
larvas in-vitro. Una mayor oferta mejoraría el mercado para estas orugas blancas
y rojas, que tienen una gran aceptación en los mejores restaurantes del país,
fritas y vendidas hasta por 40 dólares la docena.
Si estos “especialistas” tienen éxito,
seguramente pronto tratarán de extender las “recetas” a otros gobiernos, para
ser aplicadas en villas miserias argentinas, favelas brasileras, cantegriles
uruguayos y bohíos caribeños, eso que los organismos económicos denominan con el
cínico eufemismo de “asentamientos precarios”.
Aparentemente, estos “científicos” no
hacen el menor esfuerzo por entender por qué, en un continente pleno de riquezas
alimenticias, los pobres no tienen acceso a carne, huevos, legumbres y frutas.
Si lo hicieran, quizá entenderían que en el origen del mal se encuentra este
Nuevo Orden económico que supimos conseguir o no logramos evitar.
Por apologistas de la inmundicia,
habría que condenarlos de por vida a la dieta alimenticia que proponen para los
demás. Que coman larvas de mosca, que contienen el doble de proteínas que la
carne y, además, mucha menos grasa. Como decían en el Lejano Oeste: que prueben
su propia medicina.