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(IAR-Noticias)
17-Jun-05
Por
Mario Roberto Morales -
A fuego lento
Los
neoliberales reducen la libertad humana al “intercambio
voluntario y mutuamente beneficioso de bienes y
servicios”, acto sublime al cual llaman “mercado”.
Mediante el ejercicio del mercado, el ser humano –dicen—
ejerce su libertad porque escoge opciones de consumo. De
aquí que quienes propugnan por la “libertad de mercado”
merezcan el título de “libertarios”, y quienes se oponen a
esa “libertad”, que no es otra que la abolición de los
controles estatales a las libertinas transacciones de la
“iniciativa privada”, sean unos “socialistas”; es decir,
unos individuos que rehúsan ser libres y prefieren ser
parte del montón, ya que carecen del arrojo, la audacia y
la abnegación de esos demiurgos de la creación de empleo y
de riqueza llamados comúnmente empresarios, por lo que
buscan proteccionismos estatales en los que guarecer su
innata cobardía y vocación de esclavos. Quien no esté de
acuerdo con este punto de vista puede llegar a ser, más
que un “socialista”, un desfasado “comunista”.
Por el contrario, el siempre agudísimo Cioran dice que:
“Es libre aquel que ha discernido la inanidad de todos los
puntos de vista, y liberado quien ha sacado las
consecuencias”.
En otras palabras, para Cioran la libertad de pensamiento
brota de la experiencia conciente de que todos los puntos
de vista son ideológicos, es decir, adecuados a intereses
particulares o grupales, y que lejos de ofrecerse como
tales, se plantean en calidad de verdades universales de
conveniencia humana generalizada. Aquí reside el problema.
Si el punto de vista en cuestión se planteara como tal, es
decir, como un punto de vista grupal, interesado y
particular (como el marxismo se plantea a sí mismo en
calidad de concepción del mundo, método de análisis e
ideología proletarios), la universalidad posible del punto
de vista se vería encarnada en el desempeño social y
político del grupo para cuya particularidad fue
construido. Pero la “universalidad” per se que se arroga
el pensamiento neoliberal, lo nulifica y relega a mero
pretexto formalista “teórico” de una ideología empresarial
que no representa a todo el empresariado.
Quizás la parte más interesante del aforismo de Cioran sea
la que se refiere a la persona liberada, más que a la
libre; porque si bien la toma de conciencia sobre la
vacuidad de todos los puntos de vista nos hace libres
porque es verdadera, solamente al haber experimentado las
consecuencias de asumir esta vacuidad como si de hecho
tuviera contenidos concretos, el ser humano puede saberse
liberado de las ataduras de la ideología. Mucho ojo: los
neoliberales rehúsan llamar ideología a sus vericuetos
“teóricos” y prefieren llamarlos “sentido común” (modestos
que son). Pero no es lo mismo luchar por librarse de las
cadenas de la ideología que pretender que las ideologías
acaban con el advenimiento de una “verdad final” llamada
capitalismo corporativo. Las ideologías, como universos
simbólicos que expresan deseos, cumplen funciones
políticas concretas, eso lo sabemos todos. De lo que se
trataría es de verlas como lo que son: como mecanismos de
movilización, y no como verdades inamovibles ni como
nociones esencialmente falsas y por ello despreciables.
Al igual que los izquierdistas nostálgicos del
estalinismo, los ultraderechistas neoliberales continúan
siendo prisioneros de su punto de vista y, por ello, ambos
de complementan en sus sórdidas y desveladas diatribas de
“guerra fría”. Los primeros siguen creyendo que la
historia es una fatalidad cabalística de la que el
socialismo brotará por arte de magia, y los otros andan
por ahí pregonando su condición de seres libres y
libertarios porque pagan planillas y hacen negocios de
manera libertina. Lo que salta a la vista es que a ambos
les falta mucho para convertirse en seres liberados.
Liberados de su punto de vista, de su fatalidad histórica,
de su “sentido común”, de su ideología, de su inmensa
mentira.
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