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(IAR-Noticias)
17-Jun-05
Por
Jorge Altamira - Prensa Obrera
Parece
que hubiera sido ayer cuando numerosos dirigentes de la
izquierda de Argentina fueron a bailar samba frente a la
embajada brasileña para festejar la victoria electoral de
Lula. Que Lula hubiera armado un binomio presidencial con
un capitalista textil, financista de las sectas
evangélicas y connotado derechista fue juzgado, no
solamente en las orillas del Plata, como la expresión más
elevada de una construcción política inteligente. Cuando
Lula se hizo cargo del gobierno y entregó los principales
ministerios a banqueros, latifundistas e industriales, a
la izquierda argentina (que se une) no se le movió un
pelo. Lula y sus asesores del PT habían encontrado el
camino del éxito para los izquierdistas y los progresistas
y reabierto el camino que parecía haberse clausurado con
el pasaje de la burocracia soviética al capitalismo. Que
los sectarios rechazasen a Lula... ¡peor para los
sectarios! Lula había llegado al gobierno, había llegado ‘lá’,
adonde lo había querido poner la consigna ‘Lula-lá’.
Apenas dos años más tarde la experiencia brasileña del
frente de izquierda-centro, de frente amplio, de más
unidad, de realismo y audacia, se hunde en el fango. La
tentativa vecina no terminará derrotada por haberse
atrevido a asaltar el Palacio de Invierno sino entre las
rejas. La caída del ignominioso e infame muro de Berlín,
arquitectura como pocas del stalinismo y sus partidos,
parece, en comparación, un acontecimiento heroico.
La experiencia izquierdo-centrista de Brasil no se hunde
por un grave accidente de ruta sino por su propia
política. Los dirigentes del PT llegaron hace tiempo a la
conclusión de que no podrían gobernar solos, pero se
olvidaron que solamente podrían encontrar aliados entre
los ladrones. Porque, efectivamente, la política brasileña
es una red de mafias, como la argentina. La política de
alianzas se convirtió de este modo en un poquito más que
la entrega completa al FMI y a los banqueros, o en la
complicidad con las bandas armadas de terratenientes que
asesinan a campesinos sin tierras. Se convirtió en un
tráfico de influencias, más conocido como cometas. Los
aliados tenían un precio; primero se repartieron empresas
estatales y reparticiones públicas, luego hubo que
repartir dinero. Todos los dedos acusadores apuntan al
jefe máximo del PT, José Dirceu, la eminencia gris de
Lula, la mano negra que hizo expulsar a los diputados que
se negaron a votar una privatización de la previsión
social, el Santibáñez de la Alianza do Brasil. Cuando la
platea esperaba una gran disputa principista en el PT, la
estantería se vino abajo por la corrupción en gran escala.
Obviamente que hay algo más, que los cables no transmiten.
Ocurre que la economía brasileña dejó de crecer apenas un
año después de que se anunciara su despegue. La burguesía
industrial, nuevamente, como ocurriera con otros
gobiernos, ya no se siente representada adecuadamente. El
real, la moneda brasileña, ha subido mucho, penalizando a
los exportadores. La tasa de interés que fija el Banco
Central es del 20%, la corriente, en el comercio, oscila
en el 150-200 por ciento anual. La deuda externa
brasileña, para colmo, es ajustable, en algunos bonos al
índice de precios, en otros al dólar, en otros a la tasa
de interés. Brasil camina por la cornisa de la bancarrota.
No debe sorprender, entonces, que pululen las
conspiraciones contra la moneda, la política económica,
los ministros y el gobierno. Detrás de la cascada de
escándalos por desfalco se parapeta la conspiración
política. También opera el imperialismo yanqui, que quiere
meter a Brasil en el Alca, un planteo que goza del apoyo
de una parte importante de la burguesía nacional, lo mismo
que ocurre en Argentina con los Techint.
Toda esta caracterización corresponde a un gobierno, no de
la derecha sino de la izquierda. De la izquierda que
acumula, que construye poder, que todos los días se une un
poco más, que pacta con los adversarios o enemigos del
derecho al aborto y los propone como cabeza de lista, o
con burócratas sindicales o con socialistas defensores del
pago de la deuda externa y socios de Ibarra.
Algunos de los izquierdistas rioplatenses justificaron su
apoyo a Lula (y a Tabaré) con el curioso argumento de que
serviría para que las masas hicieran su experiencia y
rompieran con el reformismo. El punto, ahora, es si esos
izquierdistas, no las masas, advertirán lo que está
ocurriendo con las barbas del vecino. Si advierten que la
experiencia izquierdo-centrista-clerical-patronal se está
hundiendo en la ignominia y construyen con el Partido
Obrero y el conjunto de la izquierda que lucha un Frente
ciento por ciento de izquierda.
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