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(IAR-Noticias)
20-Jun-05
Por
Beatriz Sarlo* - Clarín
Si usted
quiere enterarse de los motivos por los cuales Chabán pudo salir en
libertad condicional, por favor no mire televisión. Lea diarios sobre
papel o en Internet. También si quiere enterarse de por qué los franceses
rechazaron la Constitución de la Unión Europea, un suceso de importancia
sólo evidente para algunos diarios o los canales internacionales de
noticias que, por supuesto, no se ocupan de Cromañón ni de Chabán. En
consecuencia, si quiere ahorrar tiempo y concentrarse sólo en un medio,
vaya a los diarios. Uno y otro acontecimiento son de dimensión poco
comparable, pero ambos requieren cierta complejidad de razonamiento que
parece negada a la TV argentina, si se exceptúan dos o tres programas
periodísticos dirigidos, casi sin excepción, por gente que pertenece a la
prensa escrita y que se ha formado en ella pero a quienes la televisión
impone su cerrado localismo. No quiero decir con esto que los diarios
argentinos son invariablemente buenos; comparados con sus equivalentes de
otros países, no son los mejores. Sólo señalo que lo escrito (se lea sobre
papel o en Internet) tiene menos facilidad para convertirse en un discurso
brutal, maniqueo, simplificador, seguidista de los sentimientos con los
que especula para competir por la audiencia. Aunque al principio causó el
pánico de quienes probablemente no habían navegado nunca, Internet
representa una esperanza de sobrevida de lo escrito y hoy tiene un
potencial periodístico incomparable: casi todos los diarios están allí. Es
una masa gigantesca de textos, además de jueguitos, pornografía, páginas
bobas, chat-rooms y publicidad. Navegar buscando información es bastante
más difícil que encontrarla en tres estantes de libros, pero si se navega
bien se encuentra infinitamente más.
Un detalle ingrato: para navegar bien es necesario no sólo leer sino saber
orientarse de un modo desconocido hasta hace diez años. Internet no tiene
buenos índices, aunque se pueda acceder a millones de páginas a través de
buscadores veloces y todavía rudimentarios. Sin índices, lo que se
encuentra depende de la formación intelectual, de la rapidez, de la
capacidad para sacar conclusiones, hacer asociaciones, recordar con
precisión: es decir, todos los atributos de un buen lector adiestrado en
los libros y no en la bajada de canciones en formato MP3.
El entrenamiento que se adquiere como público de televisión no sirve para
Internet, aunque quienes la conocen poco piensen que los que se atracan
con miles de imágenes televisivas por día están preparados para pasar de
la velocidad de un videoclip a una página sobre geografía tibetana o
literatura expresionista. Hasta hoy, Internet tiene más que ver con la
posibilidad de entender escritos que con la de deglutir imágenes.
Chabán o la Constitución Europea (elija qué le interesa más) son más
comprensibles por escrito que en la televisión. Los que no leen están en
desventaja frente a los que leen; y los que leen bien tienen ventaja
respecto de los que leen más o menos. Hay toneladas de basura escrita,
publicada todos los días; trillones de gigas comunicando pavadas.
Sin embargo, el peor de los diarios, al que se accede desde el kiosco o la
computadora, permite pensar mejor que la media de los noticieros
televisivos de cable y la totalidad de los noticieros de los canales
abiertos.
Si esto es así, hay que volver a la pregunta ¿cómo se forma un lector?,
que no supe responder la semana pasada cuando me la hicieron. Sigo sin
saber cómo se forma un lector de literatura, alguien preparado para
aceptar la ambigüedad de textos complejos que no entregan fácilmente su
sentido.
Pero tendría que tener algunas ideas sobre cómo se forma un lector para
ser un ciudadano que no se mueva únicamente por lo primero que le llega a
la cabeza desde el depósito de los prejuicios. Aquí está una clave de la
democracia, salvo que se la piense como un régimen que no necesita de
ciudadanos sino solamente de votantes periódicos que, durante el resto del
tiempo, se dedican a ser público audiovisual.
*Beatriz Sarlo:
Escritora y ensayista
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