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(IAR-Noticias)
24-Jun-05
EEUU

Por
Joseph Hodara - El Corresponsal
El eventual
desmantelamiento de asentamientos judíos en Gaza y
Cisjordania pone a Israel en un momento crucial de su
historia, en el que las fuerzas internas de su sociedad
juegan y maniobran al borde del abismo. El paso del
sionismo laico al religioso -en el que converge la
teología con la política- polariza a los israelíes en
visiones del mundo diametralmente distintas, no sólo en lo
relativo a la salida de los territorios ocupados. En ese
escenario, la posibilidad de enfrentamientos internos no
parece ser una utopía.
En la primera semana de febrero sorprendió a los israelíes
(circunstancia insólita en un país donde lo inédito es
habitual y lo previsible perturba) el dictamen del rabino Mordejai Elihau en torno de la catástrofe ocasionada por
el tsunami. En su ilustrado juicio, las destempladas
razones del maremoto no se derivarían de algún capricho de
la naturaleza que la ciencia -de momento- parcialmente
descifra y previene. Se trata ni más ni menos de un
mensaje de la Voluntad divina que, en esta ocasión,
resolvió castigar a los países del mundo por el apoyo que
dispensan a las "malvadas" intenciones del primer ministro
Ariel Sharón, aparentemente resuelto a evacuar algunos
asentamientos en Gaza y Cisjordania. Elihau, Gran Rabino
de Israel hasta hace un par de años, sustenta su veredicto
en un pasaje equívoco del Talmud: "...cuando Dios bendito
se enfada con las naciones que no ayudan a Israel, o
pretenden disolverlo y desgajarlo fisgoneando
maliciosamente en sus asuntos, El sacude Sus manos y así
dispara un temblor…." Sentencia la de este influyente
rabino que traduce el lenguaje y las propensiones
teopolíticas que modelan hoy el debate público entre los
judíos israelíes.
Para añadir relieve a sus palabras, Eliahu anticipa que en
los días previos a la proyectada desocupación (julio de
este año) se presentará -en unión de miles de acólitos
enfervorizados- en las colonias con el designio de rezar
urgiendo un milagro. Amenaza relativamente menor pues, en
contraste con otras figuras religiosas, el ex gran rabino
se abstiene de mencionar el recurso a la violencia como
complemento de la oración.
En este fantástico y agitado clima, ¿qué le espera al
gobierno israelí y a sus instituciones si pone en marcha
el plan de desmantelar los asentamientos judíos que
bordean a Gaza además de otros cuatro en la Franja
Occidental (o Samaria, si se acepta la geografía
hebraizada)? ¿Cómo conciliar esta efervescencia metafísica
con el retorno de la sobriedad que tomó cuerpo en el
reciente cónclave de Shaarm el Sheikh? ¿Proseguirán las
masivas demostraciones en las que Sharon es señalado como
traidor y converso, enemigo de Dios y de la Tierra de
Israel? ¿Frenarán el repliegue? ¿O choques físicos y
armados entre las fuerzas militares y policiales que
acatan el dictamen democrático, por un lado, y una
multitud afiebrada -que incluirá a mujeres y niños- que
resistirá la decisión presumiblemente nazi de expulsar
judíos de sus tierras, por el otro, cancelarán la voluntad
gubernamental? Y después de estas confrontaciones
reproducidas y magnificadas en los medios, ¿insistirá el
gobierno de Sharon en su impulso en favor de un
entendimiento regional, o cederá convenientemente a los
aullidos del Cielo y de la turba que Lo interpreta? ¿O se
extinguirá el "infame" personaje por mano de algún
fanático antes de que la perversa determinación tome algún
vuelo? ¿Y cuál será entonces la fisonomía de la sociedad
israelí si se propina una tragedia que en el imaginario
colectivo presentaría rasgos afines al Holocausto? ¿El
retorno a la equilibrada racionalidad o el inicio de los
Ultimos Días?
Estos interrogantes ovillan los comentarios y reflexiones
que se expondrán enseguida. Ciertamente, un tema difícil
para el análisis y para el analista. Es complicado y
trastorna la ecuanimidad. Pero es importante abordarlo
aunque conlleva riesgos, especialmente el brusco reproche
que me propinarán algunos lectores por incurrir en un
enfadoso pesimismo.
El sionismo retorna a la metahistoria
La singular
interpretación del rabino no debe pasmar. Desde hace tres
décadas el sionismo -ideología que dispensa legitimidad a
la existencia y las acciones del Estado israelí- ha
perdido amplias porciones de los elementos laicos,
racionales y universalistas que portaba. Lúcido y realista
en sus orígenes, esta corriente nacionalista es hoy
desfigurada por imágenes y fuerzas metafísicas que en
otros tiempos se consideraban meras metáforas y artificios
retóricos que apelaban a estratos primitivos de la memoria
histórica. Se olvida que la secularización de propensiones
y giros lingüísticos mesiánicos constituyó en las primeras
versiones del sionismo una suma de exaltados recursos
encaminados a atizar el entusiasmo de las masas con un
propósito bien definido: apresurar el retorno de los
judíos a la historia, a las parcas y frustrantes
realidades, a través del alcance de la soberanía y de la
responsabilidad políticas. Procuraba el sionismo poner fin
a la postura de "no ser ni estar en el mundo" que Hanna
Arendt caracterizó como la electa y peculiar patología de
los judíos.
Sin embargo, la ironía de la historia se impuso una vez
más. Las metáforas se rebelaron reclamando grave audiencia
y obediente concreción (Guershon Shalom fue uno de pocos
intelectuales que advirtió los peligros de la fervorosa
retórica adoptada por los principales líderes sionistas,
Ben Gurión en particular). Desde los setenta toma cuerpo
una nueva visión en enérgico contrapunto con la original.
La Historia ya no es producto de los humanos sino un
designio de los Cielos. Nada es explicable si excluye al
milagro, decisión misteriosa pero conveniente del Eterno.
Y todo se conjuga en beneficio del "pueblo elegido", al
menos en última instancia y en los plazos determinados por
Él. Pues la alianza triangular entre Dios, el Pueblo judío
y la Tierra de Israel es inviolable. Nada ni nadie podrán
desgajarla. Y en el contexto de esta trinidad sagrada, no
hay lugar para componendas o concesiones. La expansión
infinita del triángulo es previsible e imparable. De aquí
que la calidad del régimen político israelí de hoy -si es
o no justo, liberal o democrático- es irrelevante. Son
atributos extraños, "helénicos". Lo que urge e importa es
asegurar la presencia inmaculada del triángulo. Los que
objetan estas intenciones -judíos o no- son víctimas del
descarrío profano y alevoso. A la larga serán librados del
error merced al clima catequizador de los fieles si no por
algún sabio veredicto celestial.
Claramente, esta nueva versión del sionismo hace converger
la teología con la política. Las presuntas discrepancias
entre ellas se derivan de una humana alucinación. Así,
Flavio y Tito Vespasiano (destructores del Segundo Templo)
y el execrable Hitler no encarnan en rigor figuras
históricas; son los símbolos y los vehículos del Mal; se
transmutan y reproducen constantemente ya sea de manera
manifiesta en Arafat, ya sea solapadamente en Rabin o en
Sharon. Y la "evidencia" ofrecida: Dios ya ajustó cuentas
con los dos primeros.
Orígenes de un vuelco
Es importante
descifrar esta metaformosis esencial en la ideología
sionista que la conduce peligrosamente a una versión
particular de los fundamentalismos contemporáneos. Aquí y
así la racionalidad se disuelve despejando lugar a una
fogosa metafísica y al ascenso de Dios como comisario
político. Mudanza que explica algunos hechos: las
afinidades primordiales entre Bush y Sharon; el uso y la
manipulación de símbolos e imágenes que traen al presente
-banalizándola- la memoria del Holocausto; el asesinato de
Rabin por blasfemo y traidor; la impugnación de la
democracia si ésta no coincide con la presunta Voluntad
divina, y, en las últimas semanas, la exhortación rabínica
a las fuerzas militares y policiales de Israel a fin de
que desobedezcan cualquier orden dirigida a "expulsar" a
los judíos de la Tierra.
Estos nuevos elementos en el imaginario político e
historiosófico judío israelí disponen la escena para una
confrontación violenta que podría rematar -en el muy breve
plazo- ya sea en la disociación irremediable de la
sociedad israelí en dos parcelas culturales apenas unidas
por el odio, ya sea en la escisión territorial y soberana
de Israel que reproduciría la que se verificó en los
tiempos bíblicos, ya sea en fin en un genocidio por propia
mano. Escenarios que contradicen la atmósfera de optimismo
que se perfila en estos días.
Tres encuadres que se esbozarán a continuación al tiempo
que se exploran sus raíces y la lógica interna que los
preside.
El carácter
divino del Estado
La expectativa mesiánica fijó el tráfico histórico e
intelectual del judaísmo y de los judíos. En diversos
hitos brotaron tendencias místicas dirigidas a frenar el
curso de la historia cuando ésta se anunciaba
irremediablemente oscura y opresiva (como en las
Cruzadas), o apresurarlo cuando la Voluntad divina emitía
un benevolente veredicto (por ejemplo, en la creación del
Estado de Israel o en la contundente victoria en la Guerra
de los Seis Días). Esta propensión adquiere hoy un franco
carácter político que inflama el colectivo israelí. Se
manifiesta con claridad en la actual fisonomía del
sionismo religioso que, en tiempos previos, compartió
aspiraciones y destino con el hegemónico sionismo
socialista y liberal. Ya no es así: desde los ochenta este
módulo ideológico absorbe las prescripciones e impulsos de
la agresiva derecha nacionalista. Esta propensión gravita
significativamente en el movimiento Gush Emunim, que en
febrero 2004 cumplió cuatro décadas de existencia, período
durante el cual colonizó y pobló los territorios
conquistados en 1967 convirtiéndose en el grupo de presión
más importante del país. Obviamente, el impulso
fundamentalista alcanza ardiente y agresiva expresión en
el rabino Kahana y en sus partidarios que postulan sin
embozo alguno la limpieza étnica y religiosa de Israel,
incluyendo a judíos "helenizados".
Cabe atribuir a dos figuras rabínicas -padre e hijo- esta
inclinación teo-política. El rabino Abraham Isaac Yehuda
Kook (1865-1935), en abierta oposición a círculos
ortodoxos que consideraron al sionismo y a sus
pretensiones una profanación de la voluntad divina, le
dispensa un halo y una misión mesiánicos. Este personaje,
primer Gran Rabino ashkenazi en Palestina (1921), sostuvo,
con admirable erudición en las fuentes hebraicas y de la
filosofía europea, que el advenimiento del Estado es una
decisión divina, y que con el tiempo se transformará en
una palanca para apurar los Días Mesiánicos. Se verificará
así un salto dialéctico del extremo secularismo inherente
al nacionalismo decimonónico que inspiró los afanes
sionistas a una profunda y total religiosidad.
La visión del rabino Kook padre empujó suavemente al
sionismo religioso a suscribir un entendimiento (casi un
"concordato") con el socialismo democrático, la fuerza
dominante en los primeros años del Estado. Así se
institucionalizó una convenida división de esferas
normativas -conocida desde entonces como status quo- entre
laicos y religiosos en Israel. Ciertamente, ya en aquel
período se escucharon voces discordantes respecto de la
prognosis kookiana que anunciaba el devenir necesariamente
religioso de Israel. El rabino Moshe Tzvi Naria, por
ejemplo, profesó en los cincuenta que, sin apoyos
institucionales, los religiosos no gravitarán en el andar
de los días en los espacios públicos; la modernidad los
empujará a recintos (el hogar, la sinagoga) aislados y, al
cabo, a un gueto no deseado si ellos perseveran en sus
creencias. Hay que oponer a esta propensión el prolijo
estudio de las fuentes y la creación de marcos
institucionales que lo auspicien.
Con esta perspectiva y argumentos, Naria exigió y logró
que los jóvenes religiosos estudiasen en un colegio de
altos estudios religiosos antes de ingresar a las fuerzas
militares, un marco social necesario aunque
inexorablemente secularizador. La institución fue creada
en Jerusalén, bajo el liderazgo de Tzví Yehuda Kook
(1890-1982), hijo y albacea intelectual del venerado Isaac
Yehuda. Cuando por encargo de su padre debió editar y
publicar sus escritos, el joven los reinterpretó conforme
a nuevos horizontes y circunstancias. Y estos alteraron el
contexto y los textos: así germinó un pormenorizado y
violento programa político. Entre sus enunciados: la
diáspora judía es asidero y fuente del Mal: sin embargo,
no cabe impugnarla como un exilio meramente físico que
deforma y desvirtúa los rasgos ontológicos del judío. Las
imperfecciones y fealdades de la existencia diaspórica son
necesarias pues, por afilado contraste, permiten
vislumbrar la santidad y la rectitud de Israel. Al
percibir este perverso contrapunto -agrega Kook- , las
diásporas se autodisolverán re-presentándose en Israel.
Por virtud de la sabia dialéctica, El Mal no existe si
excluye al Bien; así, Israel precisa a la diáspora para
contemplarse y cotejarse con superior transparencia, y la
diáspora necesita a Israel para identificar sus
fragilidades.
Con arreglo a estos juicios, Kook hijo interpretó al
Holocausto como una decisión de Dios para purificar a los
judíos sobrevivientes y con esta nueva textura obligarlos
a abandonar la pérfida sociedad europea. Interpretación
por cierto que contrasta marcadamente con la ortodoxa no
sionista, que explica el Holocausto arguyendo ya sea la
"fuga transitoria" de Dios del mundo envilecido por el
nazismo, ya sea como Su expresión de enfado por la vana
pretensión mesiánica del sionismo.
Por añadidura, Kook puntualizó que la guerra de Yom Kipur
fue prescrita por Dios con el designio de empujar a judíos
israelíes a despojarse de la helenizada cultura
occidental. El vehículo de esta emancipación es Gush
Emunim que con el tiempo dará cuerpo al triángulo sagrado
Dios-Pueblo-Tierra que los gobiernos laicos ni conocen ni
respetan.
"Nosotros no empujamos el Fin (de la Historia) sino el Fin
nos empuja a nosotros", palabras de Kook que traducen su
evangelio de acción directa y exaltada. Postura que
implica la deslegitimación de las instituciones
democráticas que excluyen enfáticamente y por atinadas
razones cualquier inspiración mesiánica. O según Kook:
"Palomas blancas revolotean en torno al Muro de los
Lamentos, y cuervos negros se regodean en la Knesset
(Parlamento)".
El ascendiente del joven rabino Kook en el liderazgo de
Gush Emunim es notable. La conquista y expansión de la
Tierra encomendada por Dios es un mandato superior a
cualquier ley o determinación parlamentaria. La exaltación
de los derechos individuales es una fantasía, una hueca
manifestación de omnipotencia; el colectivo, siendo y
haciendo eco de Dios, dicta las normas genuinas. Así se
configura un género de fascismo teocrático que predica
-por añadidura- un inagotable desprecio al otro, y en
especial a cualquier entidad palestina y musulmana que
obstaculice la plena cristalización del la trinidad
postulada. Sólo se le reconoce una virtud: merced a la
hostilidad del otro y del entorno, Israel se mantiene
unida y beligerante, condición que favorece la llegada de
los Últimos Días. Y cuando este Tiempo despunte no habrá
necesidad de ninguna otredad.
Este nuevo clima ideológico, con sus espesas nubes
metafísicas, me lleva a anticipar -como se insinuó en el
inicio- varios escenarios que oscilan entre un grave
quiebre cultural y una explosión fratricida.
Segregación cultural
El vuelco ideológico apuntado acentúa las distancias entre
laicos, tradicionalistas y religiosos en Israel. Hasta
hace dos décadas se limitaban a estilos de vida y de
normas discrepantes. El descanso sabático representaba la
"gran muralla", que se levantaba semanalmente para indicar
un tiempo-espacio absolutamente divergente entre los
judíos israelíes. Las normas dietéticas, los ritos de
nacimiento, maduración y tránsito existencial a la vida
adulta, el matrimonio, la muerte y el duelo suscitaban
aceptable tolerancia en los laicos, aunque jamás dejaron
de gravitar en los espacios públicos abriendo y
simbolizando distancias entre divergentes segmentos
culturales. El brote y la consolidación de grupos y
corrientes declaradamente seculares, que postulan desde
los setenta, con ánimos postmodernistas, la relatividad de
los valores y la ausencia de brújulas precisas en la
historia y en las creencias, colocan a los grupos
religiosos en la defensiva. El otro -lego o agnóstico-
dejó de ser pasivo. En respuesta, ganó terreno un
neosionismo mesiánico que aquí se intenta dibujar.
En estas nuevas circunstancias, la confrontación se tornó
visible e inesquivable para importantes segmentos de la
población religiosa. Tel Aviv se transformó en el símbolo
de la perversidad y la decadencia, en contraste con
Jerusalén y con las colonias de Gush Emunim. La disparidad
se perfiló agudamente no sólo entre la sinagoga y el club
nocturno, entre el aislamiento hogareño y el bullicio
callejero, y contra la televisión apagada y el automóvil
silencioso la estridencia de los medios y de las
carreteras. La segregación social y metafísica se torna en
este ambiente conspicua y sensorial, para diluirse sólo
con las primeras sombras del sábado. La coexistencia se
configuró difícil y agresiva para la minoría religiosa,
temerosa con buenas razones de que los hijos transiten
hacia la frontera y los mojones del tiempo-espacio
secular.
La escisión adquirió así un agresivo relieve. No se limitó
al acatamiento obligado de la kashrut en las fuerzas
militares, ni al cese del transporte público en sábado, o
al dictamen rabínico inapelable sobre quién es judío y
dónde deben ser enterrados los muertos (incluso soldados).
El secularismo en ascenso y la llegada de más de un millón
de inmigrantes de Europa oriental, indiferentes a las
tradiciones religiosas, empezaron a cuestionar la
legitimidad del status quo convenido desde el advenimiento
del Estado (1948). En esta constelación, al "postsionismo"
que predica el liberalismo y la desmitificación de la
historia nacional se opuso ahora enérgicamente un "neosionismo"
que pretende recuperar la singularidad y la sacralidad del
colectivo judío conforme a las nociones predicadas por
Kook hijo.
La polarización ya presenta rasgos urbanos y ecológicos.
Algunos constructores de viviendas y zonas habitacionales
anuncian sin remilgos que éstas se destinan sólo para
religiosos cuando el mercado así lo aconseja. Si un
secular resuelve morar en ellas, debe respetar las normas
religiosas del edificio y del vecindario. Si no lo hace,
sanciones informales y formales lo obligarán a reubicarse.
Y en últimos tiempos se ha ahondado la segmentación de los
mercados (incluyendo el laboral) conforme al credo -más
que al gusto- de los consumidores. Sorprendente
autodiscriminación en un pueblo como el judío tradicional
y pertinazmente segregado por el otro. Reedición de la
infortunada dialéctica víctima-victimario.
Los juicios sobre esta ascendente escisión varían. Algunos
son benevolentes: la resuelta identidad religiosa
representaría una evidencia alentadora del carácter
multicultural de la sociedad israelí. Se agotaron la fe y
los mitos en torno de la homogeneización de las diásporas
propiciada en los primeros años del Estado. Ahora
corresponde tolerar y propiciar las desigualdades étnicas
y culturales con generoso espíritu antropológico: todas
son legítimas, ninguna supera a otra. A este juicio ligado
de algún modo con el postmodernismo y la tolerancia a la
otredad, se opone el opuesto: la inserción religiosa no es
un equivalente de la identidad étnica, como la de los
marroquíes, rusos o etíopes. Esta es parcial y acaso
transitoria. En contrapunto, los religiosos alimentan una
cultural total: el lenguaje, los códigos, las creencias,
la dieta, las ceremonias, las modalidades del vivir y del
morir son resueltamente distintas y duraderas. Y así las
cosas, la presente segregación no enriquece ni se
transmuta en una forma superior de unidad. Por el
contrario, es manantial de ácidas disputas; se traducirá
en una catastrófica Babel, apresurada por la diabólica
decisión del "converso" Ariel Sharon de expulsar a los
judíos de la Tierra.
Partición o
autonomía territorial
En primera lectura se trata de un escenario fantástico. Es
amplia la convicción -particularmente entre los
antisemitas- de que los judíos muestran una inconmovible
convergencia más allá de pasajeras discordias. Sin
embargo, cabe atender un antecedente y varios hechos
contemporáneos.
Durante algo más de tres siglos, después del reinado de
David y Salomón, Israel se escindió en dos parcelas: Judea
e Israel. Los monarcas respectivos lucharon entre ellos,
suscribieron alianzas independientes con los vecinos,
aunque preservando algunos principios mancomunados de la
fe judía. La destrucción del Primer Templo (586 A.C.) puso
fin a esta división territorial y política. Sin embargo,
el renacimiento ulterior perdió irremisiblemente el
sentido de la unidad que caracterizó el recodo davídico y
profético.
Se trata de un hecho que Israel hoy no quiere ni recordar
ni reiterar. Las fuentes y los historiadores coinciden en
que la dispersión de los judíos y el quebranto del Segundo
Templo no fueron causados por algún factor extraño. Habría
sido el "odio gratuito", la lucha fratricida, el detonante
de la catástrofe. Desde entonces, el imaginario judío
prescribe el imperativo de esquivarlo, acaso porque su
sombra esta demasiado presente.
¿Qué ocurre hoy en los territorios poblados por los 400
mil colonizadores en Gaza, en la Franja occidental
(renombrada como Judea y Samaria por el léxico nacional) y
en los entornos de Jerusalén? Presentan signos
preocupantes de autonomía relativa. Primero, ecológica.
Aglutinados por la ideología nacionalista y religiosa y
favorecidos durante cuatro décadas por directrices
gubernamentales, los colonizadores conviven
sustancialmente aislados del resto de la población. Llegan
a las principales ciudades israelíes localizadas en la
frontera de 1967 con el fin de trabajar para, al caer la
tarde, recogerse en sus urbes y aldeas. Los contactos son
funcionales y progresivamente infrecuentes. En las tierras
colonizadas se han levantado instituciones académicas,
industriales, y agrícolas que suministran oportunidades e
ingresos complementarios a los asentamientos (más de 120
sin considerar a los "ilegales").
Refuerza este aislamiento ecológico una relativa autonomía
jurídica. Las entidades municipales poseen amplios grados
de libertad; líderes de los colonos viajan al extranjero
con el fin de recolectar recursos apenas controlables por
la autoridad central; la creación y la expansión de los
asentamientos infringen constantemente las normas del
catastro y de la planificación física; y se cometen
tropelías contra los palestinos que habitan en el entorno,
actos que a la postre resultan impunes. Las críticas a las
decisiones de la Suprema Corte de Justicia -la institución
que suscita el más alto respeto en la mayoría de los
israelíes- son implacables. Y cualquier ordenamiento
gubernamental es "ilegítimo" si se contrapone a la
normatividad político-religiosa.
Si la desocupación de Gaza tiene lugar en los próximos
meses, a pesar de las masivas protestas y de un número
creciente de soldados y policías que han resuelto
desobedecer las órdenes gubernamentales que se impartan
con esta intención, y si se producen en los días de la
evacuación choques sangrientos entre los judíos, no es
inconcebible que las elites rabínicas aconsejen algún tipo
de desafiliación y desconocimiento respecto de las
entidades centrales del gobierno. La infraestructura que
facilita el alcance de una autonomía relativa ya existe.
Su vigencia y amplitud dependerán de la fuerza y del tino
gubernamentales.
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Entre
una guerra forzada y la guerra civil
El tercer escenario puede asumir dos variantes: la
emergencia de una situación que inflame inconteniblemente
la hostilidad de los palestinos -incluyendo el mundo árabe
y musulmán- hasta traducirse en un ataque violento a
Israel con armas convencionales y no convencionales. Esta
macabra constelación podría haberse verificado en el
pasado, cuando grupos terroristas de Gush Emunim
proyectaron destruir, en los ochenta, las mezquitas que se
ubican en la terraza de lo que fue el Templo de Jerusalén.
Una intento que, al proyectar signos apocalíticos, obliga
desde entonces a los servicios de inteligencia y a la
policía a una estricta vigilancia de los lugares santos
del Islam y del judaísmo. Un cohete lanzado desde
cualquier suburbio de Jerusalén o desde el aire puede
lograr este terrible objetivo. Si esto ocurre, la feroz
reacción árabe y musulmana forzaría a Israel a enredarse
en una guerra total. En la derrota o con la victoria, los
grupos religiosos extremistas ganan. En el primer caso,
sacrificarán sus vidas protegiendo la santidad de Israel,
inclinación que forma parte de de los imperativos de la
fe. En el segundo, el explosivo choque entre judíos y sus
"enemigos", es decir, el Bien en lucha contra el Mal, con
un desenlace triunfal apurará la idea de un fantástico
milagro, evidencia de la justicia divina.
La segunda variante -quiero pensarla inverosímil- es la
guerra civil. Cabe registrar varios hechos que la
apuntalarían. Primero, la juventud que proviene de los
segmentos religiosos, y en especial de Gush Emunim, se ha
empeñado en adquirir altos rangos y eficiente
entrenamiento en las fuerzas militares israelíes. Muchos
de ellos forman parte de unidades de elite. Segundo, la
estructuración de estas fuerzas y el indispensable
despliegue de reservistas para el caso de una guerra de
alta intensidad, aparte de la localización fronteriza de
los asentamientos, conllevan una significativa dispersión
de los depósitos de armas. Por añadidura, en Israel es
significativo el porcentaje de ciudadanos que las poseen
con la debida autorización. Y en fin, pertrechos de
superior calibre desaparecen con frecuencia de bases
militares. Se ha comprobado reiteradamente que algunos
llegan a manos de terroristas palestinos. Hay bases para
suponer que otros se encuentran en los asentamientos.
Círculos gubernamentales y militares anticipan que la
evacuación de las colonias adyacentes a Gaza será
resistida por miles de colonos que llegarán de todo el
país. Cualquier imprudencia o provocación ocasionarán una
confrontación sangrienta que a su turno abrirá una crisis
de amplias repercusiones. Sin embargo, es improbable que
se extienda a menos de que se produzca alguna escisión en
las filas del ejército o una torpe decisión gubernamental.
En todo caso, la tragedia oscurecerá el horizonte.
Debo ahora restringir comentarios pues mis dedos cogen
frío cuando hilvanan este escenario.
En cualquier caso y en suma, 2005 será un año determinante
para Israel. Todas las fuerzas internas juegan y maniobran
en los bordes de un abismo. Si la evacuación de los
asentamientos se frustra debido a las encendidas protestas
de la derecha nacionalista y religiosa o por el desplome
del actual gobierno, las perspectivas de un entendimiento
regional habrán de evaporarse. En estas circunstancias,
las inclinaciones "teodemocráticas" que prevalecen hoy en
el ámbito público ganarán terreno.
Así las cosas, nunca antes un país que alumbró tantas
esperanzas necesita con irrefrenable intensidad el interés
y la empatía del más alto espíritu humano. Es el caso que
se esboza.
La fuente: el autor profesor en el Departamento
Interdisciplinario de Ciencias Sociales, Universidad Bar
Ilan, Israel.
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