El más completo directorio en español

HOME| Titulares| Diarios| Radios| TV.| Buscadores| Economía| Mundo| Alternativos| Archivo| Mail

 

Latinoamérica

Argentina

Norteamérica

Europa

Medio Oriente

Irak

Asia

Africa

Medios

Internet

Autores

Especiales

Archivo

TITULARES
del Mundo

I Argentina I Brasil I
I América Latina I
I España I EE.UU. I
I Canadá I Europa I
I Asia I Africa I
I Oceanía I

EN VIVO

Radios del
Mundo


I América Latina I
I España I EE.UU. I
I Canadá I Europa I
I Asia I Africa I
I Oceanía I 
I Medio Oriente I 
I Internacionales I

MEDIOS
ALTERNATIVOS


I Periódicos
 
y Redes
I
I
Agencias
 de Noticias I
I
Publicaciones
 
y Sitios I
I
Prensa
 
de Izquieda I

BUSCADORES

del Mundo


I América del Norte I
I América Central I
I América del Sur I
I Europa I España I
I Africa I Asia I
I Medio Oriente I
I Oceanía I
I Temáticos I
I Internacionales I 

TELEVISION

      del Mundo


I América Latina I
I España I EE.UU. I
I Canadá I Europa I
I Asia I Africa I
I Oceanía I 
I Medio Oriente I

ECONOMIA
MUNDIAL


I América Latina I
I Africa I Asia I
I España I EE.UU. I
I Europa I
I
Oceanía I  
I Canadá I 
I Medio Oriente I 
I Bolsas del Mundo I

MEDIOS

del Mundo


I Agencias
de Noticias I

I Diarios I 
I Revistas I
I Radios I
I Televisión I

 

Agregar 
a favoritos

Recomendar
 este sitio

 
 

AUTORES

MEDIO ORIENTE  

Thursday, 23 de June de 2005

 

Israel:
¿Hacia la guerra civil?

 
 

(IAR-Noticias)  24-Jun-05                                      EEUU

Por Joseph Hodara - El Corresponsal

El eventual desmantelamiento de asentamientos judíos en Gaza y Cisjordania pone a Israel en un momento crucial de su historia, en el que las fuerzas internas de su sociedad juegan y maniobran al borde del abismo. El paso del sionismo laico al religioso -en el que converge la teología con la política- polariza a los israelíes en visiones del mundo diametralmente distintas, no sólo en lo relativo a la salida de los territorios ocupados. En ese escenario, la posibilidad de enfrentamientos internos no parece ser una utopía.

En la primera semana de febrero sorprendió a los israelíes (circunstancia insólita en un país donde lo inédito es habitual y lo previsible perturba) el dictamen del rabino Mordejai Elihau en torno de la catástrofe ocasionada por el tsunami. En su ilustrado juicio, las destempladas razones del maremoto no se derivarían de algún capricho de la naturaleza que la ciencia -de momento- parcialmente descifra y previene. Se trata ni más ni menos de un mensaje de la Voluntad divina que, en esta ocasión, resolvió castigar a los países del mundo por el apoyo que dispensan a las "malvadas" intenciones del primer ministro Ariel Sharón, aparentemente resuelto a evacuar algunos asentamientos en Gaza y Cisjordania. Elihau, Gran Rabino de Israel hasta hace un par de años, sustenta su veredicto en un pasaje equívoco del Talmud: "...cuando Dios bendito se enfada con las naciones que no ayudan a Israel, o pretenden disolverlo y desgajarlo fisgoneando maliciosamente en sus asuntos, El sacude Sus manos y así dispara un temblor…." Sentencia la de este influyente rabino que traduce el lenguaje y las propensiones teopolíticas que modelan hoy el debate público entre los judíos israelíes.

Para añadir relieve a sus palabras, Eliahu anticipa que en los días previos a la proyectada desocupación (julio de este año) se presentará -en unión de miles de acólitos enfervorizados- en las colonias con el designio de rezar urgiendo un milagro. Amenaza relativamente menor pues, en contraste con otras figuras religiosas, el ex gran rabino se abstiene de mencionar el recurso a la violencia como complemento de la oración.

En este fantástico y agitado clima, ¿qué le espera al gobierno israelí y a sus instituciones si pone en marcha el plan de desmantelar los asentamientos judíos que bordean a Gaza además de otros cuatro en la Franja Occidental (o Samaria, si se acepta la geografía hebraizada)? ¿Cómo conciliar esta efervescencia metafísica con el retorno de la sobriedad que tomó cuerpo en el reciente cónclave de Shaarm el Sheikh? ¿Proseguirán las masivas demostraciones en las que Sharon es señalado como traidor y converso, enemigo de Dios y de la Tierra de Israel? ¿Frenarán el repliegue? ¿O choques físicos y armados entre las fuerzas militares y policiales que acatan el dictamen democrático, por un lado, y una multitud afiebrada -que incluirá a mujeres y niños- que resistirá la decisión presumiblemente nazi de expulsar judíos de sus tierras, por el otro, cancelarán la voluntad gubernamental? Y después de estas confrontaciones reproducidas y magnificadas en los medios, ¿insistirá el gobierno de Sharon en su impulso en favor de un entendimiento regional, o cederá convenientemente a los aullidos del Cielo y de la turba que Lo interpreta? ¿O se extinguirá el "infame" personaje por mano de algún fanático antes de que la perversa determinación tome algún vuelo? ¿Y cuál será entonces la fisonomía de la sociedad israelí si se propina una tragedia que en el imaginario colectivo presentaría rasgos afines al Holocausto? ¿El retorno a la equilibrada racionalidad o el inicio de los Ultimos Días?

Estos interrogantes ovillan los comentarios y reflexiones que se expondrán enseguida. Ciertamente, un tema difícil para el análisis y para el analista. Es complicado y trastorna la ecuanimidad. Pero es importante abordarlo aunque conlleva riesgos, especialmente el brusco reproche que me propinarán algunos lectores por incurrir en un enfadoso pesimismo.

El sionismo retorna a la metahistoria

La singular interpretación del rabino no debe pasmar. Desde hace tres décadas el sionismo -ideología que dispensa legitimidad a la existencia y las acciones del Estado israelí- ha perdido amplias porciones de los elementos laicos, racionales y universalistas que portaba. Lúcido y realista en sus orígenes, esta corriente nacionalista es hoy desfigurada por imágenes y fuerzas metafísicas que en otros tiempos se consideraban meras metáforas y artificios retóricos que apelaban a estratos primitivos de la memoria histórica. Se olvida que la secularización de propensiones y giros lingüísticos mesiánicos constituyó en las primeras versiones del sionismo una suma de exaltados recursos encaminados a atizar el entusiasmo de las masas con un propósito bien definido: apresurar el retorno de los judíos a la historia, a las parcas y frustrantes realidades, a través del alcance de la soberanía y de la responsabilidad políticas. Procuraba el sionismo poner fin a la postura de "no ser ni estar en el mundo" que Hanna Arendt caracterizó como la electa y peculiar patología de los judíos.

Sin embargo, la ironía de la historia se impuso una vez más. Las metáforas se rebelaron reclamando grave audiencia y obediente concreción (Guershon Shalom fue uno de pocos intelectuales que advirtió los peligros de la fervorosa retórica adoptada por los principales líderes sionistas, Ben Gurión en particular). Desde los setenta toma cuerpo una nueva visión en enérgico contrapunto con la original. La Historia ya no es producto de los humanos sino un designio de los Cielos. Nada es explicable si excluye al milagro, decisión misteriosa pero conveniente del Eterno. Y todo se conjuga en beneficio del "pueblo elegido", al menos en última instancia y en los plazos determinados por Él. Pues la alianza triangular entre Dios, el Pueblo judío y la Tierra de Israel es inviolable. Nada ni nadie podrán desgajarla. Y en el contexto de esta trinidad sagrada, no hay lugar para componendas o concesiones. La expansión infinita del triángulo es previsible e imparable. De aquí que la calidad del régimen político israelí de hoy -si es o no justo, liberal o democrático- es irrelevante. Son atributos extraños, "helénicos". Lo que urge e importa es asegurar la presencia inmaculada del triángulo. Los que objetan estas intenciones -judíos o no- son víctimas del descarrío profano y alevoso. A la larga serán librados del error merced al clima catequizador de los fieles si no por algún sabio veredicto celestial.

Claramente, esta nueva versión del sionismo hace converger la teología con la política. Las presuntas discrepancias entre ellas se derivan de una humana alucinación. Así, Flavio y Tito Vespasiano (destructores del Segundo Templo) y el execrable Hitler no encarnan en rigor figuras históricas; son los símbolos y los vehículos del Mal; se transmutan y reproducen constantemente ya sea de manera manifiesta en Arafat, ya sea solapadamente en Rabin o en Sharon. Y la "evidencia" ofrecida: Dios ya ajustó cuentas con los dos primeros.

Orígenes de un vuelco

Es importante descifrar esta metaformosis esencial en la ideología sionista que la conduce peligrosamente a una versión particular de los fundamentalismos contemporáneos. Aquí y así la racionalidad se disuelve despejando lugar a una fogosa metafísica y al ascenso de Dios como comisario político. Mudanza que explica algunos hechos: las afinidades primordiales entre Bush y Sharon; el uso y la manipulación de símbolos e imágenes que traen al presente -banalizándola- la memoria del Holocausto; el asesinato de Rabin por blasfemo y traidor; la impugnación de la democracia si ésta no coincide con la presunta Voluntad divina, y, en las últimas semanas, la exhortación rabínica a las fuerzas militares y policiales de Israel a fin de que desobedezcan cualquier orden dirigida a "expulsar" a los judíos de la Tierra.

Estos nuevos elementos en el imaginario político e historiosófico judío israelí disponen la escena para una confrontación violenta que podría rematar -en el muy breve plazo- ya sea en la disociación irremediable de la sociedad israelí en dos parcelas culturales apenas unidas por el odio, ya sea en la escisión territorial y soberana de Israel que reproduciría la que se verificó en los tiempos bíblicos, ya sea en fin en un genocidio por propia mano. Escenarios que contradicen la atmósfera de optimismo que se perfila en estos días.

Tres encuadres que se esbozarán a continuación al tiempo que se exploran sus raíces y la lógica interna que los preside.

El carácter divino del Estado

La expectativa mesiánica fijó el tráfico histórico e intelectual del judaísmo y de los judíos. En diversos hitos brotaron tendencias místicas dirigidas a frenar el curso de la historia cuando ésta se anunciaba irremediablemente oscura y opresiva (como en las Cruzadas), o apresurarlo cuando la Voluntad divina emitía un benevolente veredicto (por ejemplo, en la creación del Estado de Israel o en la contundente victoria en la Guerra de los Seis Días). Esta propensión adquiere hoy un franco carácter político que inflama el colectivo israelí. Se manifiesta con claridad en la actual fisonomía del sionismo religioso que, en tiempos previos, compartió aspiraciones y destino con el hegemónico sionismo socialista y liberal. Ya no es así: desde los ochenta este módulo ideológico absorbe las prescripciones e impulsos de la agresiva derecha nacionalista. Esta propensión gravita significativamente en el movimiento Gush Emunim, que en febrero 2004 cumplió cuatro décadas de existencia, período durante el cual colonizó y pobló los territorios conquistados en 1967 convirtiéndose en el grupo de presión más importante del país. Obviamente, el impulso fundamentalista alcanza ardiente y agresiva expresión en el rabino Kahana y en sus partidarios que postulan sin embozo alguno la limpieza étnica y religiosa de Israel, incluyendo a judíos "helenizados".

Cabe atribuir a dos figuras rabínicas -padre e hijo- esta inclinación teo-política. El rabino Abraham Isaac Yehuda Kook (1865-1935), en abierta oposición a círculos ortodoxos que consideraron al sionismo y a sus pretensiones una profanación de la voluntad divina, le dispensa un halo y una misión mesiánicos. Este personaje, primer Gran Rabino ashkenazi en Palestina (1921), sostuvo, con admirable erudición en las fuentes hebraicas y de la filosofía europea, que el advenimiento del Estado es una decisión divina, y que con el tiempo se transformará en una palanca para apurar los Días Mesiánicos. Se verificará así un salto dialéctico del extremo secularismo inherente al nacionalismo decimonónico que inspiró los afanes sionistas a una profunda y total religiosidad.

La visión del rabino Kook padre empujó suavemente al sionismo religioso a suscribir un entendimiento (casi un "concordato") con el socialismo democrático, la fuerza dominante en los primeros años del Estado. Así se institucionalizó una convenida división de esferas normativas -conocida desde entonces como status quo- entre laicos y religiosos en Israel. Ciertamente, ya en aquel período se escucharon voces discordantes respecto de la prognosis kookiana que anunciaba el devenir necesariamente religioso de Israel. El rabino Moshe Tzvi Naria, por ejemplo, profesó en los cincuenta que, sin apoyos institucionales, los religiosos no gravitarán en el andar de los días en los espacios públicos; la modernidad los empujará a recintos (el hogar, la sinagoga) aislados y, al cabo, a un gueto no deseado si ellos perseveran en sus creencias. Hay que oponer a esta propensión el prolijo estudio de las fuentes y la creación de marcos institucionales que lo auspicien.

Con esta perspectiva y argumentos, Naria exigió y logró que los jóvenes religiosos estudiasen en un colegio de altos estudios religiosos antes de ingresar a las fuerzas militares, un marco social necesario aunque inexorablemente secularizador. La institución fue creada en Jerusalén, bajo el liderazgo de Tzví Yehuda Kook (1890-1982), hijo y albacea intelectual del venerado Isaac Yehuda. Cuando por encargo de su padre debió editar y publicar sus escritos, el joven los reinterpretó conforme a nuevos horizontes y circunstancias. Y estos alteraron el contexto y los textos: así germinó un pormenorizado y violento programa político. Entre sus enunciados: la diáspora judía es asidero y fuente del Mal: sin embargo, no cabe impugnarla como un exilio meramente físico que deforma y desvirtúa los rasgos ontológicos del judío. Las imperfecciones y fealdades de la existencia diaspórica son necesarias pues, por afilado contraste, permiten vislumbrar la santidad y la rectitud de Israel. Al percibir este perverso contrapunto -agrega Kook- , las diásporas se autodisolverán re-presentándose en Israel. Por virtud de la sabia dialéctica, El Mal no existe si excluye al Bien; así, Israel precisa a la diáspora para contemplarse y cotejarse con superior transparencia, y la diáspora necesita a Israel para identificar sus fragilidades.

Con arreglo a estos juicios, Kook hijo interpretó al Holocausto como una decisión de Dios para purificar a los judíos sobrevivientes y con esta nueva textura obligarlos a abandonar la pérfida sociedad europea. Interpretación por cierto que contrasta marcadamente con la ortodoxa no sionista, que explica el Holocausto arguyendo ya sea la "fuga transitoria" de Dios del mundo envilecido por el nazismo, ya sea como Su expresión de enfado por la vana pretensión mesiánica del sionismo.

Por añadidura, Kook puntualizó que la guerra de Yom Kipur fue prescrita por Dios con el designio de empujar a judíos israelíes a despojarse de la helenizada cultura occidental. El vehículo de esta emancipación es Gush Emunim que con el tiempo dará cuerpo al triángulo sagrado Dios-Pueblo-Tierra que los gobiernos laicos ni conocen ni respetan.

"Nosotros no empujamos el Fin (de la Historia) sino el Fin nos empuja a nosotros", palabras de Kook que traducen su evangelio de acción directa y exaltada. Postura que implica la deslegitimación de las instituciones democráticas que excluyen enfáticamente y por atinadas razones cualquier inspiración mesiánica. O según Kook: "Palomas blancas revolotean en torno al Muro de los Lamentos, y cuervos negros se regodean en la Knesset (Parlamento)".

El ascendiente del joven rabino Kook en el liderazgo de Gush Emunim es notable. La conquista y expansión de la Tierra encomendada por Dios es un mandato superior a cualquier ley o determinación parlamentaria. La exaltación de los derechos individuales es una fantasía, una hueca manifestación de omnipotencia; el colectivo, siendo y haciendo eco de Dios, dicta las normas genuinas. Así se configura un género de fascismo teocrático que predica -por añadidura- un inagotable desprecio al otro, y en especial a cualquier entidad palestina y musulmana que obstaculice la plena cristalización del la trinidad postulada. Sólo se le reconoce una virtud: merced a la hostilidad del otro y del entorno, Israel se mantiene unida y beligerante, condición que favorece la llegada de los Últimos Días. Y cuando este Tiempo despunte no habrá necesidad de ninguna otredad.

Este nuevo clima ideológico, con sus espesas nubes metafísicas, me lleva a anticipar -como se insinuó en el inicio- varios escenarios que oscilan entre un grave quiebre cultural y una explosión fratricida.

Segregación cultural

El vuelco ideológico apuntado acentúa las distancias entre laicos, tradicionalistas y religiosos en Israel. Hasta hace dos décadas se limitaban a estilos de vida y de normas discrepantes. El descanso sabático representaba la "gran muralla", que se levantaba semanalmente para indicar un tiempo-espacio absolutamente divergente entre los judíos israelíes. Las normas dietéticas, los ritos de nacimiento, maduración y tránsito existencial a la vida adulta, el matrimonio, la muerte y el duelo suscitaban aceptable tolerancia en los laicos, aunque jamás dejaron de gravitar en los espacios públicos abriendo y simbolizando distancias entre divergentes segmentos culturales. El brote y la consolidación de grupos y corrientes declaradamente seculares, que postulan desde los setenta, con ánimos postmodernistas, la relatividad de los valores y la ausencia de brújulas precisas en la historia y en las creencias, colocan a los grupos religiosos en la defensiva. El otro -lego o agnóstico- dejó de ser pasivo. En respuesta, ganó terreno un neosionismo mesiánico que aquí se intenta dibujar.

En estas nuevas circunstancias, la confrontación se tornó visible e inesquivable para importantes segmentos de la población religiosa. Tel Aviv se transformó en el símbolo de la perversidad y la decadencia, en contraste con Jerusalén y con las colonias de Gush Emunim. La disparidad se perfiló agudamente no sólo entre la sinagoga y el club nocturno, entre el aislamiento hogareño y el bullicio callejero, y contra la televisión apagada y el automóvil silencioso la estridencia de los medios y de las carreteras. La segregación social y metafísica se torna en este ambiente conspicua y sensorial, para diluirse sólo con las primeras sombras del sábado. La coexistencia se configuró difícil y agresiva para la minoría religiosa, temerosa con buenas razones de que los hijos transiten hacia la frontera y los mojones del tiempo-espacio secular.

La escisión adquirió así un agresivo relieve. No se limitó al acatamiento obligado de la kashrut en las fuerzas militares, ni al cese del transporte público en sábado, o al dictamen rabínico inapelable sobre quién es judío y dónde deben ser enterrados los muertos (incluso soldados). El secularismo en ascenso y la llegada de más de un millón de inmigrantes de Europa oriental, indiferentes a las tradiciones religiosas, empezaron a cuestionar la legitimidad del status quo convenido desde el advenimiento del Estado (1948). En esta constelación, al "postsionismo" que predica el liberalismo y la desmitificación de la historia nacional se opuso ahora enérgicamente un "neosionismo" que pretende recuperar la singularidad y la sacralidad del colectivo judío conforme a las nociones predicadas por Kook hijo.

La polarización ya presenta rasgos urbanos y ecológicos. Algunos constructores de viviendas y zonas habitacionales anuncian sin remilgos que éstas se destinan sólo para religiosos cuando el mercado así lo aconseja. Si un secular resuelve morar en ellas, debe respetar las normas religiosas del edificio y del vecindario. Si no lo hace, sanciones informales y formales lo obligarán a reubicarse. Y en últimos tiempos se ha ahondado la segmentación de los mercados (incluyendo el laboral) conforme al credo -más que al gusto- de los consumidores. Sorprendente autodiscriminación en un pueblo como el judío tradicional y pertinazmente segregado por el otro. Reedición de la infortunada dialéctica víctima-victimario.

Los juicios sobre esta ascendente escisión varían. Algunos son benevolentes: la resuelta identidad religiosa representaría una evidencia alentadora del carácter multicultural de la sociedad israelí. Se agotaron la fe y los mitos en torno de la homogeneización de las diásporas propiciada en los primeros años del Estado. Ahora corresponde tolerar y propiciar las desigualdades étnicas y culturales con generoso espíritu antropológico: todas son legítimas, ninguna supera a otra. A este juicio ligado de algún modo con el postmodernismo y la tolerancia a la otredad, se opone el opuesto: la inserción religiosa no es un equivalente de la identidad étnica, como la de los marroquíes, rusos o etíopes. Esta es parcial y acaso transitoria. En contrapunto, los religiosos alimentan una cultural total: el lenguaje, los códigos, las creencias, la dieta, las ceremonias, las modalidades del vivir y del morir son resueltamente distintas y duraderas. Y así las cosas, la presente segregación no enriquece ni se transmuta en una forma superior de unidad. Por el contrario, es manantial de ácidas disputas; se traducirá en una catastrófica Babel, apresurada por la diabólica decisión del "converso" Ariel Sharon de expulsar a los judíos de la Tierra.

Partición o autonomía territorial

En primera lectura se trata de un escenario fantástico. Es amplia la convicción -particularmente entre los antisemitas- de que los judíos muestran una inconmovible convergencia más allá de pasajeras discordias. Sin embargo, cabe atender un antecedente y varios hechos contemporáneos.

Durante algo más de tres siglos, después del reinado de David y Salomón, Israel se escindió en dos parcelas: Judea e Israel. Los monarcas respectivos lucharon entre ellos, suscribieron alianzas independientes con los vecinos, aunque preservando algunos principios mancomunados de la fe judía. La destrucción del Primer Templo (586 A.C.) puso fin a esta división territorial y política. Sin embargo, el renacimiento ulterior perdió irremisiblemente el sentido de la unidad que caracterizó el recodo davídico y profético.

Se trata de un hecho que Israel hoy no quiere ni recordar ni reiterar. Las fuentes y los historiadores coinciden en que la dispersión de los judíos y el quebranto del Segundo Templo no fueron causados por algún factor extraño. Habría sido el "odio gratuito", la lucha fratricida, el detonante de la catástrofe. Desde entonces, el imaginario judío prescribe el imperativo de esquivarlo, acaso porque su sombra esta demasiado presente.
¿Qué ocurre hoy en los territorios poblados por los 400 mil colonizadores en Gaza, en la Franja occidental (renombrada como Judea y Samaria por el léxico nacional) y en los entornos de Jerusalén? Presentan signos preocupantes de autonomía relativa. Primero, ecológica. Aglutinados por la ideología nacionalista y religiosa y favorecidos durante cuatro décadas por directrices gubernamentales, los colonizadores conviven sustancialmente aislados del resto de la población. Llegan a las principales ciudades israelíes localizadas en la frontera de 1967 con el fin de trabajar para, al caer la tarde, recogerse en sus urbes y aldeas. Los contactos son funcionales y progresivamente infrecuentes. En las tierras colonizadas se han levantado instituciones académicas, industriales, y agrícolas que suministran oportunidades e ingresos complementarios a los asentamientos (más de 120 sin considerar a los "ilegales").

Refuerza este aislamiento ecológico una relativa autonomía jurídica. Las entidades municipales poseen amplios grados de libertad; líderes de los colonos viajan al extranjero con el fin de recolectar recursos apenas controlables por la autoridad central; la creación y la expansión de los asentamientos infringen constantemente las normas del catastro y de la planificación física; y se cometen tropelías contra los palestinos que habitan en el entorno, actos que a la postre resultan impunes. Las críticas a las decisiones de la Suprema Corte de Justicia -la institución que suscita el más alto respeto en la mayoría de los israelíes- son implacables. Y cualquier ordenamiento gubernamental es "ilegítimo" si se contrapone a la normatividad político-religiosa.

Si la desocupación de Gaza tiene lugar en los próximos meses, a pesar de las masivas protestas y de un número creciente de soldados y policías que han resuelto desobedecer las órdenes gubernamentales que se impartan con esta intención, y si se producen en los días de la evacuación choques sangrientos entre los judíos, no es inconcebible que las elites rabínicas aconsejen algún tipo de desafiliación y desconocimiento respecto de las entidades centrales del gobierno. La infraestructura que facilita el alcance de una autonomía relativa ya existe. Su vigencia y amplitud dependerán de la fuerza y del tino gubernamentales.
.
Entre una guerra forzada y la guerra civil

El tercer escenario puede asumir dos variantes: la emergencia de una situación que inflame inconteniblemente la hostilidad de los palestinos -incluyendo el mundo árabe y musulmán- hasta traducirse en un ataque violento a Israel con armas convencionales y no convencionales. Esta macabra constelación podría haberse verificado en el pasado, cuando grupos terroristas de Gush Emunim proyectaron destruir, en los ochenta, las mezquitas que se ubican en la terraza de lo que fue el Templo de Jerusalén. Una intento que, al proyectar signos apocalíticos, obliga desde entonces a los servicios de inteligencia y a la policía a una estricta vigilancia de los lugares santos del Islam y del judaísmo. Un cohete lanzado desde cualquier suburbio de Jerusalén o desde el aire puede lograr este terrible objetivo. Si esto ocurre, la feroz reacción árabe y musulmana forzaría a Israel a enredarse en una guerra total. En la derrota o con la victoria, los grupos religiosos extremistas ganan. En el primer caso, sacrificarán sus vidas protegiendo la santidad de Israel, inclinación que forma parte de de los imperativos de la fe. En el segundo, el explosivo choque entre judíos y sus "enemigos", es decir, el Bien en lucha contra el Mal, con un desenlace triunfal apurará la idea de un fantástico milagro, evidencia de la justicia divina.

La segunda variante -quiero pensarla inverosímil- es la guerra civil. Cabe registrar varios hechos que la apuntalarían. Primero, la juventud que proviene de los segmentos religiosos, y en especial de Gush Emunim, se ha empeñado en adquirir altos rangos y eficiente entrenamiento en las fuerzas militares israelíes. Muchos de ellos forman parte de unidades de elite. Segundo, la estructuración de estas fuerzas y el indispensable despliegue de reservistas para el caso de una guerra de alta intensidad, aparte de la localización fronteriza de los asentamientos, conllevan una significativa dispersión de los depósitos de armas. Por añadidura, en Israel es significativo el porcentaje de ciudadanos que las poseen con la debida autorización. Y en fin, pertrechos de superior calibre desaparecen con frecuencia de bases militares. Se ha comprobado reiteradamente que algunos llegan a manos de terroristas palestinos. Hay bases para suponer que otros se encuentran en los asentamientos.

Círculos gubernamentales y militares anticipan que la evacuación de las colonias adyacentes a Gaza será resistida por miles de colonos que llegarán de todo el país. Cualquier imprudencia o provocación ocasionarán una confrontación sangrienta que a su turno abrirá una crisis de amplias repercusiones. Sin embargo, es improbable que se extienda a menos de que se produzca alguna escisión en las filas del ejército o una torpe decisión gubernamental. En todo caso, la tragedia oscurecerá el horizonte.

Debo ahora restringir comentarios pues mis dedos cogen frío cuando hilvanan este escenario.

En cualquier caso y en suma, 2005 será un año determinante para Israel. Todas las fuerzas internas juegan y maniobran en los bordes de un abismo. Si la evacuación de los asentamientos se frustra debido a las encendidas protestas de la derecha nacionalista y religiosa o por el desplome del actual gobierno, las perspectivas de un entendimiento regional habrán de evaporarse. En estas circunstancias, las inclinaciones "teodemocráticas" que prevalecen hoy en el ámbito público ganarán terreno.

Así las cosas, nunca antes un país que alumbró tantas esperanzas necesita con irrefrenable intensidad el interés y la empatía del más alto espíritu humano. Es el caso que se esboza.

La fuente: el autor profesor en el Departamento Interdisciplinario de Ciencias Sociales, Universidad Bar Ilan, Israel.
 

 VOLVER A HOME

comentar esta nota

© Copyright 2003  iarnoticias.com | Derechos reservados | Director Rodrigo Guevara

 

Se autoriza el libre uso, impresión y distribución de toda la información editada, siempre y cuando no sea utilizada para fines comerciales y sea citada la fuente.

contactos@iarnoticias.com