|
(IAR-Noticias)
24-Jun-05
Por
Jorge Asís, desde Argentina
Historia política del independiente Humberto Rosales,
hombre de bien que convalidó la sucesión de catástrofes.
Aunque se
suponga un independiente, de los seres anónimos que
conforman la mayoría silenciosa y deciden las elecciones,
Humberto Rosales mantiene una trayectoria política.
A los cincuenta años, su peripecia sirve de pretexto para
describir una teoría.
La del "mito de la sociedad siempre inocente".
Humberto Rosales tiene la desmesura enfermiza de un hombre
normal. Paga puntualmente los impuestos. Cuida a los
suyos, y es un individualista que apuesta, a veces, por la
solidaridad. Todavía no se separó de su única esposa.
Jamás se afilió a ningún partido político, ni piensa
afiliarse.
Es decente. Aunque tal vez porque nunca tuvo la
oportunidad de ser un corrupto.
Votó, por primera vez, el 25 de mayo de 1973. Votó a
Cámpora, y ganó. Aquella noche del 25 pudo incorporarse,
por el impulso juvenil de un contagioso optimismo, a la
manifestación interminable que, desde la Plaza de Mayo, se
dirigía hacia la cárcel de Villa Devoto.
Tenía 18 años, se esfumaba otro gobierno militar y volvía
el peronismo, que había sido desalojado, violentamente, en
el 55. Justamente en el año de su nacimiento.
Cantó entonces Horacio, como tantos miles, y sin ser
militante, a favor de la liberación de los compañeros. De
Far y Montoneros. Soplaba un aire de redención
generacional.
Trabajaba con su padre. Vendían cinturones, entre los
estampidos de otra violencia rutinaria que cada vez le
espantaba más. Hasta atemorizarlo, sobre todo a mediados
del 74, después de la muerte del general Perón.
En 1975, cuando estaba de novio con Lucrecia Ardanaz y
tenía veinte, sobrevivía literalmente harto del desorden.
Presentía, sin mayor originalidad, que con Isabel Martínez
como presidente todo iba a terminar mal. Coincidía con los
argumentos de su padre. Hacía falta alguien fuerte, en la
Argentina, para poner orden. Mano dura, de militares,
obvio. Porque con las divisiones confrontacionales del
peronismo en el poder no se podía continuar. Y le daba la
razón a su padre cuando le decía que el peronismo era, en
el fondo, el gran culpable del desastre nacional.
Humberto entonces sintió un gran alivio el 24 de marzo de
1976.
Siguió, a los altibajos, con los cinturones. Aunque
percibió, de pronto, que ganaba más dinero con las
acciones de la Bolsa. O con los Valores Nacionales
Ajustables.
Se casó con Lucrecia en el 78, el año del Mundial.
Viajaron hacia Río de Janeiro. Claro que conocieron Miami.
Juntos, se hacían expertos en aeropuertos.
Sentíanse comparativamente superiores, entre las vitrinas
tan baratas del extranjero.
Y Humberto siguió el Mundial de fútbol con un entusiasmo
conmovedor. No se cansaba de ver, por la sorprendente
televisión en colores, aquellos goles de Luque, de Kempes.
Festejó, a los bocinazos, el título, mientras daban
vueltas con Lucrecia en el Peugeot 504, con el techo
embanderado.
Aquel fantástico orgullo, por saberse argentino, sólo pudo
ser superado por Humberto cuatro años después.
Cuando se recuperaron, en el 82, las Malvinas.
Tenía 27 años, y sentía, por su incipiente nacionalismo,
que debía justificarse ante sus amistades, por no
inscribirse como soldado voluntario. Aparte, los motivos
eran sólidos, tenía un hijo de tres, y venía otro en
camino.
La Guerra de Malvinas desencadenó, al fin y al cabo, la
más fuerte decepción. Estaba convencido que ganaban, y de
pronto se sintió engañado como un niño.
Entonces, merced al epílogo degradante, al bochorno que
todos preferían simplificar en el rostro del general
Galtieri, cambió el país. Pudo informarse, en detalle, de
las abominables tropelías que habían cometido los
militares.
Entre finales del 82, y casi todo el 83, Humberto pudo
valorar el insigne significado de la democracia. Sistema
que había, en realidad, tratado con indiferencia. Ocurrían
ahora tiempos ideales para conmoverse, con la refundación
intelectual de los derechos humanos.
La Argentina había perdido la guerra que nunca iba a
asumir. Sin embargo recuperaba, gracias a la derrota, la
democracia.
El 30 de octubre de 1983, Humberto votó por Alfonsín,
porque lo volvía a emocionar. Sobre todo en los finales
emotivos de sus discursos, con el Preámbulo de la
Constitución incluido. Y ganó otra vez. Y supo
reconfortarse cuando, en 1984, se juzgaron las cúpulas
militares que habían producido tantos desatinos.
Era el turno de los militares. Entonces, los militares
eran los culpables exclusivos del desastre nacional.
Humberto ya no vendía cinturones. Se había asociado en una
Inmobiliaria, en San Isidro.
Aunque económicamente, con el alfonsinismo se debilitaba,
mantuvo el ánimo suficiente como para dirigirse, con su
mujer y los chicos, a defender la democracia, en la Plaza
de Mayo.
Transcurría la Semana Santa de 1987. Y permaneció algunas
horas con su familia en la Plaza, legitimado entre la
multitud. Y después frente al televisor, hasta que
Alfonsín les dijo, a decenas de miles como Humberto,
Felices Pascuas.
En setiembre de 1987, para gobernador de Buenos Aires,
contra la opinión de su padre, Humberto votó a Cafiero. Y
volvió a ganar.
Entonces se profundizó la contundente bancarrota del
Alfonsín que oportunamente había apoyado. Entre las
corridas bancarias, las inmanejables convulsiones
financieras, la crisis estructural de un monstruoso estado
deficitario, y los aumentos del verano del 89, Humberto
comprendió que con los radicales era imposible encontrar
una salida.
Porque los radicales no servían para gobernar. Eran
culpables, por incapacidad. Y no los iba a votar más.
Sostenía, a los 34, que sólo los peronistas podían
gobernar la Argentina. Aunque le disgustaban naturalmente
los peronistas, en el 89, votó a Menem. Volvió a ganar.
Sin embargo, le avergonzaría después reconocer, que entre
1991 y 1995, en su plenitud desde los 36 a los 40 años,
vivió el período más positivo de su vida. Aparte, con el
clima de negocios que se había apoderado del país, se las
ingenió para hacer sus diferencias. Y por si no bastara,
se mudó a un country de Pilar. Y regresó, con frecuencia,
a Miami.
Experimentó también una cierta atmósfera de culposidad
cultural. Porque le costaba aceptar que con el menemismo
le iba bien. Se consolidaba con sus negocios
inmobiliarios, aunque ya empezaba a resultarle fascinante
el discurso cautivantemente televisivo del Chacho Álvarez.
Incluso, de la señora Fernández Meijide.
Debía además escandalizarse con la presencia fuertemente
protagónica de la corrupción. Siempre inquilina, en el
primer plano, la corrupción, casi un sinónimo instalado de
menemismo.
Aunque la palabra menemista se había convertido en un
neologismo de descalificación, en el 95, votó igualmente a
Menem. Volvió a ganar, a los 40 y sin euforia. Incluso,
sin decirlo. Se trataba de un voto secretamente culposo,
socialmente discriminatorio.
Cuando Menem lo echó al ministro Cavallo, en el 96,
Humberto había adquirido suficiente experiencia como para
estimular malos presentimientos. Que se confirmaron
después, cuando comenzaron las convulsiones letales entre
Menem y Duhalde.
Por naturaleza, los peronistas, en el poder, eran
conflictivos.
Duhalde quería ser y Menem quería quedarse.
Desde el 98 volvió a olfatear un final, sin grandeza, de
reinado.
Simultáneamente, su encantamiento con la labia envolvente
del Chacho Álvarez se agudizaba. Y aunque había prometido
no votar, nunca más, a los radicales, por apoyarlo al
Chacho Álvarez votó, en el 99, al radical De la Rúa. Y con
la Alianza volvió a ganar. Aunque otra vez padeció
vulnerabilidades en materia económica.
Cuando, por una contundente idiotez, renunció Chacho
Álvarez a la vicepresidencia, en el 2000, sintió que de
nuevo se agigantaba el turno pendiente del fracaso.
Ahora, aunque a las opiniones de su padre envejecido casi
no le prestaba atención, coincidieron en que la economía
sólo la podía encarrilar Domingo Cavallo.
Si hasta su ídolo derrumbado, el Chacho Álvarez, lo decía,
desde su torpe exilio del "Varela Varelita". Entonces
Humberto ansiaba que volviera Cavallo a conducir la
economía, mientras sabiamente, basamentado en la
perspicacia de su desconfianza, se las ingeniaba para
enviar, alguna parte considerable de sus dinerillos, al
Miami que le fascinaba.
Y ganó otra vez, Cavallo fue designado ministro. Pero,
como pronto comprendió, ya no era el mismo Cavallo.
Carecía, con los radicales que lo despreciaban, del
respaldo político que había tenido con los peronistas.
De no estar muy cómodo, ante la televisión de su casa en
el country, en diciembre del 2001 Humberto también hubiera
salido, armado con cucharas y cacerolas, a insultar, con
grotescos pantalones cortos. Hasta que echaran al Cavallo
que lo había defraudado. Y que De la Rúa se trepara al
helicóptero.
Ahora la historia es más reciente. Por ejemplo, aquel
cuartetazo de presidentes lo siguió desde el televisor del
country. Sin embargo, Humberto casi supo emocionarse
cuando Rodríguez Saa anunció la suspensión de pagos de la
deuda externa.
Sin entender mucho, también aprobó, sin otra alternativa,
que Duhalde fuera designado presidente.
Porque el país, está condenado, afirmaba, a ser gobernado
por el peronismo.
Si sólo el peronismo podía imponer la convertibilidad
económica, sólo desde el peronismo se la podía masacrar.
El 30 de abril del 2003, por primera vez, Humberto perdió
una elección. Porque lo votó a López Murphy, porque ya no
era radical. Sin embargo Kirchner, el destapado, aunque no
lo conocía, pudo sorprenderlo. Y hasta pudo convencerlo
que las medidas tomadas en los noventa eran las causas
fundamentales del desastre nacional. Que había que
recuperar el Estado liquidado por la "corrupción del
menemismo".
En definitiva, a Humberto ahora, con Kirchner, le va
mejor. La inmobiliaria vuelve a registrar movimientos,
circula dinero, y se convirtió en otro de los anónimos
potenciales que alimenta las favorables encuestas de
Artemiópolis.
Hasta ahora, los malos presentimientos no le florecen.
Aunque le parece que el presidente se pelea
innecesariamente de más. Tampoco descarta que, en
cualquier momento, puedan surgir los nubarrones. Está
espiritualmente preparado.
Aprendió, a los 50 años, que lo único importante es salvar
siempre lo suyo. Lo de Humberto Rosales. De todos modos,
eternamente será inocente. Ninguna caída podrá
involucrarlo. Y menos aún, decepcionarlo.
Téngase en cuenta que la sociedad siempre es la víctima.
Que la inocencia social está definitivamente asegurada.
|