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(IAR-Noticias)
28-Jun-05
Por Max J. Castro - Progreso
Semanal
Lentamente, de mala gana, el pueblo norteamericano está siendo obligado por la
realidad a aceptar la verdad: la administración Bush ha llevado a este país
hacia un pantano en Irak. El resultado: en la última encuesta sólo 42 por ciento
aprueba la forma en que Bush está manejando su cargo.
Acerca del tema de Irak, la mayoría de los norteamericanos ha pasado del delirio
a la negación y luego a la conciencia, que ahora empieza a surgir, de que fueron
engañados y de que la guerra es un trágico error. La razón principal para esta
nueva y aún emergente conciencia es que esta guerra, al inicio rechazada por
casi todo el mundo pero apoyada abrumadoramente por los norteamericanos, ha
costado más vidas y dinero de lo que imaginaron sus entusiastas promotores de
entre las masas ciegamente patrióticas y los astutos políticos.
Una cosa es observar alegremente, a la manera de un juego de video, cómo decenas
de miles de soldados iraquíes con armamento inferior huyen mientras son
masacrados al dispararles con toda seguridad desde los cielos y desde lejos.
Pero esto no es la Guerra del Golfo, y es algo muy diferente, a pesar de la
prohibición oficial de las imágenes fotográficas, el creciente costo de los
propios muertos y heridos, mutilados por primitivos pero letales armas. Una cosa
es ir a la guerra bajo la legitimidad de las Naciones Unidas, una coalición
militar real, y el apoyo financiero de muchos países –y con el justificable
propósito de derrotar y expulsar a un invasor. Es otra cosa realizar una guerra
ilegal bajo falsos pretextos, lanzarla casi en solitario –moral, financiera y
militarmente– sólo para convertirse en una fuerza ocupante que existe en
constante temor y bajo ataque permanente. Y, lo más significativo y ominoso para
Bush y el país, no es lo mismo ganar y salir que verse atrapado en un prolongado
punto muerto al que no se le ve fin, un hueco negro que traga eternamente carne
y fondos.
Demasiado tarde para Kerry, demasiado tarde para decenas de miles de muertos
norteamericanos e iraquíes, y quizás demasiado tarde para evitar otras
tragedias, el pueblo de este país está despertando de su largo estupor. Todas
las encuestas lo demuestran: la mayoría de los norteamericanos dice ahora que la
guerra no ha valido la pena y que el país no está más seguro. Una encuesta
Gallup de mediados de junio arrojó que una franca mayoría (59 por ciento) de
norteamericanos quiere que se retiren todos o una parte de los soldados
norteamericanos. En cuanto a la comparación con Viet Nam, a pesar de los
furiosos esfuerzos de la administración por negar cualquier similitud, casi dos
terceras partes (65 por ciento) de los norteamericanos creen que Estados Unidos
está empantanado en Irak.
A muchos norteamericanos que apoyaron la guerra les ha tomado un largo tiempo
admitir que estaban equivocados –errados, engañados o manipulados. Ciertamente
muchos se aferran testarudamente a sus creencias originales, a pesar de toda la
evidencia; una tercera parte de los norteamericanos continúa afirmando que había
armas de destrucción masiva en Irak. Pero las cifras más recientes implican que
un porcentaje significativo del público ha cruzado ya la barrera psicológica que
les impedía admitir que se habían equivocado.
En su última investigación, una encuesta conjunta de The New York Times y
Noticias CBS, realizada del 10 al 15 de junio, 51 por ciento del público dijo
que, visto en retrospectiva, Estados Unidos no debía haber intervenido en Irak.
Sólo 45 por ciento aún cree que era correcta la acción militar.
En cuanto al presente, la visión del público es cada vez más sombría. Una fuerte
mayoría de norteamericanos dice que el esfuerzo de Estados Unidos por
estabilizar Irak va muy mal –60 por ciento, mientras que en febrero era 47 por
ciento. Y los datos implican que Bush no es inocente del fracaso de Irak; sólo
37 por ciento cree que Bush está manejando bien el conflicto.
Con la victoria en Irak bien lejana y la campaña de Bush para engañar al público
norteamericano acerca de la seguridad social casi muerta, la tasa de aprobación
del presidente ha sufrido una abrupta caída. No es de extrañar: en la encuesta
de The New York Times y Noticias CBS, el número de norteamericanos que cree que
el país va en la dirección inadecuada es mayor que el que cree que el país está
en el camino correcto, en una proporción de dos a uno.
Los medios al fin –y cuidadosamente– están comenzando a darse cuenta. La semana
pasada un corresponsal de una cadena en la Casa Blanca señaló que hay que
remontarse a Richard Nixon y Watergate para encontrar tan baja tasa de
aprobación de un presidente recién reelecto –sólo para subrayar rápida y
enfáticamente de que nadie espera que la presidencia de Bush tenga el mismo fin
que la de Nixon.
Otro indicador importante es la defección de algunos antiguos y firmes
seguidores, el más conocido de los cuales es el Representante Walter B. Jones,
el conservador de Carolina del Norte que una vez pidió a la cafetería de la
Cámara de Representantes que rebautizara las papas a la francesa como “papas
fritas de la libertad”, y ahora pide a la administración que fije una fecha para
la retirada de Irak. Otros influyentes miembros del Partido Republicano, como
los senadores Chuck Hagel y John McCain, aunque no han pedido la retirada han
sido muy críticos del optimismo nada realista de la administración y han pedido
a Bush que diga la verdad acerca del Irak al pueblo norteamericano. Esa verdad,
dijo McCain, es que las tropas norteamericanas tendrán que permanecer –y sufrir
bajas–al menos dos años.
Hasta ahora la administración sigue apegada a su exageración positiva, mientras
jura que se mantendrá firme y argumenta que fijar una fecha de retirada
alentaría a los insurgentes, disgustaría a los aliados de EEUU y posiblemente
provocaría el colapso del gobierno iraquí.
Esta es una de esas raras ocasiones en la que el análisis de Bush, aunque no su
política, puede ser totalmente correcta. La arrogancia de la administración Bush
ha colocado a Estados Unidos en una clásica situación perdedora. El costo de la
retirada sería alto, especialmente para el legado a Bush, y para el dominante y
dominador papel global que los neoconservadores desean para Estados Unidos. Pero
la permanencia también tendría un costo –un enorme precio humano, militar,
económico, político y moral–, un costo que recaería fundamentalmente sobre la
población iraquí, los militares de EEUU y el pueblo norteamericano. Las
encuestas sugieren que un creciente porcentaje de este último lo comprende y no
está contento con ello.
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