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(IAR-Noticias)
29-Jun-05
De acuerdo con los cables de las
agencias de noticias, la izquierda ve en esas denuncias un complot de la derecha contra un
gobierno popular, cuando la corruptela que se ha puesto en evidencia no hace más
que traducir los únicos métodos de gobierno posibles de parte de un partido, el PT, que ha decidido gobernar con los representantes del capitalismo
internacional y nacional y con la partitura del FMI.
Por Jorge Altamira -
Prensa Obrera, Argentina
Luego
de transcurridos más de dos años de gobierno Lula, la
izquierda brasileña ha sido tomada de sorpresa por la
crisis política desatada por las denuncias de corrupción.
El Movimiento de Trabajadores sin
Tierra, la Central sindical y la Unión de Estudiantes aseguran que las denuncias
“tienen el objetivo de debilitar al gobierno, aislando del proyecto de
cambio...” (La Nación, 21/6).
Hasta un ciego puede ver, sin embargo, que en
Brasil se encuentra en marcha un ‘proyecto’ de regresión social. El defenestrado
José Dirceu ha sido el verdugo de la izquierda y los luchadores del PT –y no
solamente desde que llegó al gobierno.
Fue, de todos los miembros del equipo de
Lula, el más insidioso enemigo de cualquier expresión revolucionaria o de lucha.
La desacertada reacción de dirigentes como Joao Stédile, del MST, pone de
manifiesto que no basta el fracaso de un gobierno centroizquierdista de entrega
para poner un marco de claridad entre quienes encabezan los movimientos
populares.
Mientras Stédile abogaba por defender el ‘proyecto de cambio’, Lula
reforzaba la presencia de los partidos tradicionales de Brasil en su gabinete y
reforzaba a los ministros que más están jugados al ajuste.
También ha sido
pillada por sorpresa la izquierda política de adentro y de afuera del PT; la
primera reclamando una comisión investigadora del Congreso, que si no encubre la
corruptela sólo logrará agravar la inestabilidad política, y la segunda
apostando su suerte a un voto castigo en las elecciones de 2007.
Algo así como
una renuncia a intervenir en la crisis y una complicidad con sus inevitables
salidas antipopulares.
El fracaso del gobierno capitalista que encabeza Lula es saludable para la causa
popular y aun lo es más que tenga que ver con la corrupción y no con los
principios políticos.
Porque demuestra que la colaboración
con el capital no da espacio ni para gobernar con manos limpias y uñas cortas;
que las elucubraciones de los centroizquierdistas sobre sus propias
posibilidades no llegan a ser una ilusión o un espejismo sino una estafa que se
pretende perpetrar con toda conciencia.
Ha fracasado la colaboración de clase con el imperialismo y han fracasado los
arribistas de centroizquierda y de la burocracia sindical que impusieron esta
ruinosa colaboración al PT.
El planteo que se deriva de esta caracterización
emerge por sí mismo: Que el PT rompa con la burguesía y adopte un plan de
reorganización bajo la dirección de la clase obrera y que los responsables de la
política de colaboración de clases sean expulsados del PT.
La crisis ha demostrado que no existe
un atajo para puentear al Congreso con mayoría de los partidos patronales y que
los intentos de pactar con ellos llevan simplemente a la ruina.
Un gobierno
popular sin ministros capitalistas debe disolver el Congreso y convocar a una
asamblea constituyente, sobre la base de la movilización popular.
La corruptela ha desatado una crisis que replanteó el conjunto de la orientación
del gobierno Lula. Ofrece una oportunidad para los militantes auténticos del PT
y de toda la izquierda brasileña.
Se les ha servido en bandeja una discusión
sobre el poder en las condiciones de un presidente surgido del PT y de la
izquierda. Es necesario que abran la discusión.
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