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(IAR-Noticias)
29-Jun-05
La preocupación por el enorme y creciente número de personas que sufren
los efectos de un hambre persistente y de la pobreza sin expectativas agita
estos días a grupos sociales de muchos países, ante la reunión prevista en
Escocia para la próxima semana del llamado G-8 (grupo formado por los siete
países más industrializados del mundo y Rusia). Es cada vez más sonoro el clamor
que pide a los países ricos que cobren conciencia de la gravedad del problema y
atiendan a resolverlo con rapidez y eficacia.
Por Alberto Piris - Estrella Digital
No caben ya paliativos ni maniobras dilatorias ante los que están muriendo de
hambre de un día para otro. Ni la jerarquía eclesiástica española, ahora inmersa
en pugnas políticas con el Gobierno, podría ignorar ese clamor. Hoy ya no es
posible recurrir a la teológica disculpa, predicada en tiempos todavía no muy
lejanos, de que Dios ha hecho a los pobres para que pasen hambre, sufran y así
ganen el cielo con facilidad; o, mejor aún, para dar ocasión a los ricos de
practicar la caridad a fin de santificarse y no quedar rezagados respecto a los
pobres en su carrera al Paraíso. No lo tome el lector a broma: algunas recientes
manifestaciones públicas de destacados miembros de la Iglesia española hacen
temer que todavía esté muy a flor de piel la doctrina que formuló el P. Astete
al propugnar que un Gobierno debía mostrar "firme y respetuosa sumisión a la
Iglesia" para ser aceptado por los católicos. (Dicho sea esto teniendo presente
la voz y los esfuerzos de esos otros católicos que viven y comparten las
miserias de los desheredados de la Tierra sin encontrar apenas eco en la
jerarquía oficial.)
Así que, mejor que seguir mirándonos el ombligo en esta España tan encrespada
por el enfrentamiento político fomentado por los que no encajaron su derrota
electoral, es recomendable escuchar a los que saben algo del hambre en el mundo.
A muchos lectores les sonará el proyecto de los Objetivos de Desarrollo del
Milenio, establecido por la ONU. El primero de esos objetivos es “erradicar la
pobreza extrema y el hambre” y se propone reducir a la mitad la población
hambrienta entre 1990 y 2015. Devinder Sharma es un reputado especialista en
problemas de alimentación y comercio, que reside en Nueva Delhi y escribe al
respecto: “Sólo con que la India hubiera intentado alimentar a sus 320 millones
de ciudadanos hambrientos durante 2002-03, una tercera parte del hambre mundial
habría desaparecido”. ¿Por qué no ha sido así?
La imagen que traza el analista indio es desalentadora. Explica cómo a
principios del 2003 se seguía muriendo de hambre en la India mientras se pudrían
45 millones de toneladas de cereales, almacenadas al aire libre. Un informe del
Parlamento estimaba en 62.000 millones de rupias (unos 1.200 millones de €) el
coste anual de su conservación. No se cuestionaba la existencia de tales
recursos a la vez que tantas personas no podían comer; sólo se quejaban de los
gastos ocasionados. Algunos parlamentarios sugirieron arrojar al mar esos
excedentes. Se decidió vender una parte a un precio que los ponía fuera del
alcance de los indigentes locales y se exportó el resto.
Alguna clave de este extraño proceder puede desvelarse si se considera que, por
otro lado, en los cinco primeros años de este siglo se han invertido en el
sector de las telecomunicaciones unos 720.000 millones de rupias (unos 14.000
millones de €). Sucesivos gobiernos han alegado que el coste de alimentar a la
población haría crecer demasiado el déficit fiscal, pero cuando se trata de
apoyar a las nuevas tecnologías, nadie aduce escasez de recursos. Se dice —y
aquí parece estar el meollo del asunto— que cuando llega al mundo rural la
modernización tecnológica, ésta le ayuda a progresar y mejorar sus condiciones
de vida. La biotecnología, aseguran los expertos a los famélicos campesinos, es
la solución del mañana.
La opinión de Sharma es cáustica: “Es usual ver en Bangalore congresos
celebrados en hoteles de cinco estrellas, so pretexto de combatir el hambre.
Ninguno de los delegados asistentes ha pisado la calle fuera del hotel ni ha
conocido a nadie de los que han perdido la vida por culpa de una política
errónea, fascinada por la biotecnología... Para las élites, el hambre consiste,
todo lo más, en perderse una comida un día...”.
En la India se han ensayado otras revoluciones tecnológicas para combatir el
hambre. Se intentó llevar la televisión a las comunidades rurales para
modernizar sus costumbres agrícolas: la pobreza y el hambre siguieron agobiando
a muchos campesinos mientras que los más beneficiados fueron los fabricantes de
equipos de televisión. Lo mismo puede ocurrir ahora con la biotecnología y otras
pericias que ignoran la realidad del país: la extensión media de una propiedad
agrícola es 1,47 hectáreas y sólo entre un 5 y un 10 por ciento de la población
rural posee propiedades de más de 4 ha. ¡Y hay quien propone que, mediante la
comunicación global por Internet, esos campesinos entren en el mercado bursátil
de futuros y se abran camino en las finanzas internacionales!
Concluye Sharma afirmando que la tecnología es muy útil y no se opone a ella;
pero hay que rechazar la tendencia a beneficiar a los fabricantes industriales
con el pretexto de que sus productos van a ayudar a la población rural a salir
de la miseria. Lo que hay que conocer bien, para emprender una lucha sin cuartel
contra el hambre, es el mundo de quienes la padecen: sus circunstancias, sus
formas de vida y los efectos que sobre ellos producen las decisiones económicas,
financieras y comerciales, adoptadas en los países opulentos, concebidas para
atender, sobre todo, a sus propios intereses.
* General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)
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