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(IAR-Noticias)
01-Jul-05
Por Jorge López Ave -
Insurgente
No se trata de pereza, desidia, ni siquiera olvido o vergüenza, pero salir a la
calle a manifestarse contra un gobierno progresista da miedo. No ese miedo
físico de intuir que al doblar la esquina aparecerá el palo, los chorros de agua
o la detención de un ejército, (casi siempre disciplinado con el poder civil si
éste paga con regularidad mensual), se trata de un miedo más profundo, más
íntimo. Ir a esa concentración es necesario por mil motivos, para recordarles a
los políticos progresistas que ese no es el camino, que tengan cuidado con la
seducción que al parecer tiene el coche oficial, las alfombras y los
restaurantes elegantes, para que se guarden de los enemigos de siempre,
disfrazados en estos tiempos de benefactoras oenegés, que traen inversión y
empleo..., pero en el penúltimo instante se queda agarrotado, no puede ir a la
concentración.
Analiza que ese quedarse ahí, es en sí una victoria del gobierno progresista,
que sólo toleraría con agrado que fuese la derecha la que saliese a la calle a
enseñar los dientes y que por el contrario, se vería obligada a decir que los
manifestantes eran cuatro, ultras, radicalizados, intolerantes con olor a
naftalina, si los manifestantes son por su izquierda, y aparecen como la
conciencia que tuvieron esos integrantes del gobierno y que la modernidad parece
ir obligando a olvidar.
Ahora sí, las ganas de salir son enormes, pero da miedo,
miedo a que tantos años de militancia, de asociacionismo, de reuniones, de
discusiones, de convencer a tanta gente para que se pudiera parir este gobierno,
de tantos años de espera, fueran en vano, y que como se cuestione la propia
esperanza se va a convertir uno en un ser vacío, un ser que busca una valija
para irse lejos de cualquier proyecto colectivo, y punto final.
La paciencia es un valor indiscutible, y si es cierto que uno intenta
practicarla en la vida cotidiana, cuánto más con un gobierno que empieza, y que
se va a equivocar mil veces, por la propia inercia de no haber ejercido jamás
como tal. Y además, uno tiene la certeza de que jamás van a meter la mano en
lugar tentador alguno.
Pero no es menos cierto que algunas actitudes, muchas
declaraciones, y no pocas actuaciones, se parecen en exceso a lo que había antes
y tanto se combatió, qué diría sino tal o cual ministro progresista si eso que
él hace lo hubiese hecho un caudillo de la derecha de siempre, es seguro que la
crítica hubiera llegado a todos los medios de comunicación, y todos nos
hubiéramos sentido representados con esos dichos opositores.
Muchos de los que mandan ahora son gente conocida, algunos personas intachables
y gentes de bien, compañeros incluso, pero gobernar es duro, y más si se piensa
que ya no hay clases sociales, y se quiere gobernar para todos, de ese modo,
aflorar descontentos, amarguras e iras, es cosa de tiempo.
Por eso hay que salir
a gritarles a la cara que no y que no, que por ahí ni un paso, que cambien antes
de que nos cambien a todos, y pensemos, cual autómatas hijos del primer programa
de televisión adormecedor, que las calles, las consignas y las concentraciones
han pasado al baúl de la historia.
Que estuvieron bien, que fue necesario, pero
ahora es otro tiempo, más acorde con la actualidad, que no conviene enojar a las
gentes de dinero, que es mejor que cada cual piense en sus cosas, en sus
privacidades, que para llevar lo público ya están los políticos profesionales.
Ese negar la participación lo revela, lo enoja, lo llevan a agarrar la bandera
con ganas de salir y gritar que la historia la hacen los pueblos, que sin gente
en la calle peleando no hay gobierno de izquierda ni nada parecido. Se prepara
para salir a manifestarse pero no puede, esta atenazado, siente miedo.
Lo sabe, se sienta, y les desea
suerte a los que fueron capaces de vencer el pánico al vacío, a la soledad, y a
esa misma hora están saliendo de sus casas y sus trabajos a manifestarse, una
vez más por un futuro más digno.
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