El presidente norteamericano George W. Bush ha pronunciado en la base militar de
Fort Bragg un discurso hecho coincidir con el primer aniversario del traspaso
formal del poder al nuevo Gobierno de Irak.
Por Vladimir Simonov - RIA "Novosti"
La
alocución del jefe de la Casa Blanca ha puesto en evidencia que el Estado más
poderoso del mundo no sabe cómo desenredarse del atolladero iraquí.
Bush se ha
negado a presentar el cronograma de la retirada del
contingente de 135 mil efectivos norteamericanos
acantonado en Irak, alegando que ello alentaría al enemigo
y desmoralizaría a los iraquíes y a los soldados
estadounidenses. Los pronósticos que hace Bush son poco
alentadores y todo indica que la violencia y las muertes
continuarán. Simplemente porque "es un asunto que merece
la pena".
En realidad, ni Bush ni sus
colaboradores más cercanos tienen idea de cuándo y cómo terminarán los
ignominiosos intentos de implantar la democracia a la norteamericana en Irak.
A este respecto, en Washington reina
un caos de ideas. El vicepresidente Dick Cheney, por ejemplo, se cree que los
insurrectos ya "están agonizando". La secretaria de Estado, Condoleezza Rice,
también reboza optimismo y considera que Irak "avanza por el camino de la
libertad".
Al mismo tiempo, el secretario de
Defensa, Donald Rumsfeld, ha dejado pasmados a sus colegas cuando les dijo que
la resistencia armada en Irak podría durar 12 años. Nadie le ha preguntado por
qué 12 años, pues se sabe que esa cifra la ha sacado de su caletre para
disimular que la Administración Bush desconoce dónde buscar la salida a la
situación.
Hasta ahora, la estrategia iraquí de
la Casa Blanca seguía dos vertientes: la de desarrollo en Irak de lo que suele
llamarse proceso político, y la de los tímidos contactos con los insurrectos
sunitas con la esperanza de dividir la resistencia armada.
En cuanto al proceso político, éste
avanza a ritmo acelerado pero... sin ningún resultado. Washington cumple
formalmente una tarea y pasa a la otra: celebrar elecciones, formar el Gobierno,
debatir el proyecto de constitución en agosto, convocar un referéndum en
octubre, realizar otras elecciones en diciembre, etc. Sin embargo, la oleada de
violencia en el país no decrece. Incluso pronto se elevará por las nubes.
Desde que Paul Bremer transfiriera
hace un año la soberanía a las autoridades iraquíes, en Irak se han registrado
470 explosiones perpetradas por suicidas, mientras que el número de víctimas en
los dos últimos meses ya alcanza 1.330 personas.
Es más, la CIA reconoce en un informe
secreto filtrado a la prensa que Irak se ha convertido en un centro para
entrenar a terroristas. Los comandos iraquíes y los islamistas foráneos
perfeccionan allí sus técnicas subversivas y establecen contactos que luego
pueden resultar provechosos en países como Arabia Saudí, Jordania, Gran Bretaña
e incluso EE UU.
"Esos combatientes de la yihad
abandonan Irak ya preparados para llevar el terrorismo urbano a otros países",
hace constar tristemente el director de la CIA, Porter Goss.
De manera que el objetivo fundamental
de la guerra lanzada contra Irak –castigar la cohorte de Ben Laden– se ha
convertido en lo contrario y la amenaza terrorista se ha propagado en escala
nunca antes vista.
Entretanto, Rusia sigue atenta la
segunda vertiente de la estrategia iraquí trazada por la Casa Blanca: incorporar
al proceso negociador aunque sea una parte de los sunitas, que forman el núcleo
de la resistencia.
Durante largo tiempo, el Occidente
había estado insistiendo en que Moscú entablara negociaciones con los
terroristas chechenos, por ejemplo, con el ya extinto Aslan Masjadov. Pues ahora
sería muy interesante observar cómo harían lo mismo en Irak los autores de esa
idea. Por cierto, el paralelo hecho es bastante convencional, pero ya se sabe de
antemano que los contactos entre los norteamericanos y los comandos iraquíes
resultarán infructuosos. Incluso podrían convencer a los insurrectos de que los
ocupantes van perdiendo terreno.
Washington procura mantenerse
apartado de los líderes de la resistencia, que son los que realmente gozan de
prestigio y tienen el poder. Los comandos con los que contactan los
norteamericanos no están muy interesados en que cese el fuego: prefieren
preparar las condiciones para una guerra civil entre los sunitas y chiítas.
Esa guerra será inminente si EE UU
decide marcharse de Irak. Con ello rebajará su estatuto de Estado más poderoso
el mundo que, además, ha sufrido otra gran derrota después de Vietnam.
También hay otra opción, que consiste
en poner a los estadounidenses ante el hecho de que las tropas de EE UU
permanecerán en Irak "hasta no dar más", o sea, por decenas de años.
Una tercera opción ya no existe, y
George W. Bush no tiene la menor idea de cuál de las dos elegir.