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(IAR-Noticias)
04-Jul-05
Al rechazo del Tratado
constitucional europeo en Francia y Holanda y al fracaso de la última
cumbre celebrada en Bruselas (una consecuencia de las exigencias
británicas y del repentino desconcierto y división de los dirigentes de la
visión neoliberal de la Unión Europea), se ha añadido una grave disputa
entre los gobiernos que dirigen los países centrales de la Unión
Por Higinio Polo - La Insignia
Los
problemas proliferan y la confusión se apodera de las instituciones europeas:
baste señalar el despropósito enunciado por el presidente del Parlamento
europeo, Josep Borrell, al defender el mantenimiento del
proceso de ratificación constitucional y que, para negar la muerte de la
Constitución, esgrime que ningún país ha dicho aún que no va a ratificar
el Proyecto. Borrell estaba hablando de los gobiernos, como es obvio,
intentando, sin incomodarse lo más mínimo, pasar por encima de la voluntad
popular expresada por franceses y holandeses. Ahora, al tradicional eje
franco-alemán se ha opuesto un todavía embrionario bloque, dirigido por
Londres, pero que encuentra apoyos en Holanda, en Italia, y en algunos
países que se incorporaron a la Unión en la última ampliación.
El déficit democrático de la Unión Europea es una realidad
insoslayable: el Tratado ha sido aprobado hasta ahora exclusivamente por
los parlamentos nacionales de cada país, sin debate democrático, y, muchas
veces, con la oposición mayoritaria de la población, y el único referéndum
celebrado (en España) fue un ejercicio de despotismo, por la evidente
desigualdad con que los grandes medios de comunicación trataron a los
partidarios del sí y del no al Tratado, y fue, también, una muestra de
desinterés ciudadano que no puede separarse de ese déficit democrático con
que se está construyendo la Unión Europea desde sus inicios. Sin embargo,
la hipocresía y la mentira sigue siendo un recurso de quienes dirigen la
Unión: se ha llegado a afirmar desde la Comisión Europea que, pese al
rechazo de la Constitución hecho por franceses y holandeses, casi la mitad
de la Unión había aprobado ya ese texto. Enfáticamente, la Comisión
Europea afirmaba en un comunicado oficial: "La voz de casi la mitad de la
Unión Europea no puede ser ignorada", sin reparar, interesadamente, en que
casi todos los países que han ratificado el texto lo han hecho en trámites
parlamentarios, sin consulta popular, hurtando el debate público y
despreciando la voz de la calle. Algunos gobernantes todavía pretenden
seguir con esa elitista gestión europea, alejada de las preocupaciones
populares: la desfachatez ha llegado tan lejos que el propio presidente de
la Convención que redactó el proyecto constitucional, Giscard d'Estaing,
defiende sin rubor la conveniencia de una nueva consulta, para ignorar, en
la práctica, el resultado de los referéndums francés y holandés.
En la mayoría de los países europeos, la manipulación informativa llegó
al extremo de presentar a los partidarios del sí como un ejemplo acabado
de responsabilidad democrática, de confianza en el futuro, de sensibilidad
social, y a los partidarios del no como una agrupación heterogénea donde
se mezclaba la irresponsabilidad, la falta de madurez democrática, la
ausencia de una visión de futuro y de propuestas viables para la Unión e,
incluso, el maridaje de los resabios fascistas de Le Pen con la izquierda
comunista, anarquista y extraparlamentaria, ocultando que, en un
referéndum que limita por definición a dos las opciones políticas, siempre
se produce extrañas coincidencias. También se han dado en la derecha. No
hay que insistir, por evidentes, en las razones opuestas que llevaban a la
izquierda o a la derecha xenófoba a coincidir en sus llamamientos al voto
contrario al Tratado constitucional. Desde el campo del sí, se llegó a
acusar a quienes rechazaban la Constitución de ser "incapaces de gestionar
el no", remedando la trampa de tahúr que utilizó el viejo presidente
español, Felipe González, para forzar la permanencia de España en la OTAN,
hace casi veinte años. De paso, los partidarios del sí, negaban la
evidencia de la limitación de derechos sociales y laborales que pretendía
impulsarse con ese texto y apenas hacían referencia a la imposición
jurídica de la economía capitalista que comportaba.
El ejército de comentaristas que en estas semanas alecciona a los
ciudadanos desde los medios de comunicación insiste ahora en una lectura
equivocada de las consecuencias del rechazo francés y holandés a la
Constitución y del fracaso de la cumbre de Bruselas. Tony Blair, el
socialdemócrata convertido en ariete neoliberal, afirma que hacen falta
"dirigentes que conecten con los ciudadanos", en un desvergonzado
ejercicio de equilibrista que oculta que él mismo desoyó la unánime
opinión de los británicos que se oponían a la guerra e invasión de Irak,
por ejemplo. Como ha ignorado hasta ahora los justificados temores de los
ciudadanos británicos ante la degradación de sus condiciones de vida. Por
su parte, Chirac y Schröder, intentan resistir la acometida de Blair
diciéndonos las verdades del porquero: que el primer ministro británico
apenas desea algo más que un gran mercado europeo, lejos de las propuestas
unificadoras que han sido alimentados en los últimos años desde París o
Berlín.
Pero todos los protagonistas de la disputa procuraban ignorar la
evidencia que recorre Europa: el desencanto, la frustración, el rechazo
por los ciudadanos a la deriva neoliberal de la Unión Europea, tanto en la
versión más moderada de Chirac y Schröder como en la más descarnada de
Tony Blair. Esa realidad ya se puso de manifiesto cuando Blair exigió a
sus socios europeos, y obtuvo, la reducción de derechos sociales
contemplados en el texto del Tratado. Sin embargo, la desfachatez de Blair
ha llegado tan lejos que ha utilizado precisamente las consecuencias de la
política neoliberal impulsada hasta ahora en Europa (hay más de veinte
millones de parados en la Unión) para reclamar ¡más medidas neoliberales!
Esa flagrante contradicción no arredra a un curtido político experto en
mentir con soltura ante las cámaras de televisión. El demagógico recurso
de Blair a la necesidad de mayores inversiones en investigación y
desarrollo, en nuevas tecnologías, es apenas el velo con que pretende
ocultar su apuesta por una Europa mercantil, con sindicatos cautivos, con
condiciones de trabajo precarias, con facilidades para las empresas y
grilletes para los trabajadores. No es una frase retórica: el mismo Blair,
que tras el referéndum francés y holandés ha paralizado el debate sobre el
Tratado constitucional sin contar con la opinión de sus colegas europeos,
está siendo ayudado en ese empeño por los reclamos neoliberales de los
sectores más conservadores de Europa: desde The Times y la Liga
Norte italiana, que especulan con la desaparición del euro, hasta los que
llegan de círculos empresariales que reclaman un gran mercado y una dura
regresión de los derechos sociales y de los salarios de los trabajadores
europeos para, supuestamente, "hacer frente a la globalización". No es
ninguna casualidad que Blair haya sido elogiado por su propia oposición,
el Partido Conservador británico, heredera del monetarismo y de la mano
dura de Margaret Tatcher.
Tampoco Chirac y Schröder se apartan de la receta neoliberal, aunque su
visión contenga matices menos duros y una apuesta por la construcción de
un fuerte Estado europeo. Pero todas esas luchas entre dirigentes, algunas
abiertas y otras secretas e intestinas, no pueden ocultar la cuestión
central: en los países donde se ha producido un verdadero debate y se ha
celebrado un referéndum consultivo, la población ha rechazado la
Constitución. Las discusiones sobre el carácter político de la Unión,
sobre sus límites territoriales, sobre la incorporación de nuevos países,
sobre la cuestión turca, o sobre la geometría de los acuerdos por arriba
que escapan al control democrático de los ciudadanos; sobre los fondos
estructurales o la Política Agraria Común, así como las retóricas
apelaciones a la solidaridad, son cuestiones muy importantes pero
secundarias ante la cuestión central: el modelo social y económico
capitalista que está detrás del incompleto proceso de construcción de la
Unión Europea se encuentra en un callejón sin salida.
En la larga década transcurrida desde la desaparición de la URSS (que
ha supuesto, entre otras cosas, la incorporación a la Unión Europea de
casi tantos países como la formaban anteriormente), se ha producido un
claro deterioro de las condiciones de vida de la población: en el Este y
en el Oeste, y las élites europeas pretenden continuar con ese proceso en
aras de una peculiar modernización y de la construcción de una fuerte
Unión, capaz de hacer frente, supuestamente, a los riesgos de la
globalización mercantil del planeta. Sin embargo, el discurso de la
burguesía europea, partidaria con diversos matices de esa globalización y,
también, del proteccionismo comercial, hace aguas por todas partes. Los
gobiernos europeos y las grandes empresas han colaborado en la destrucción
de la economía y de los derechos sociales de la antigua Europa socialista,
degradando (con la complicidad de las nuevas élites corruptas que
gobiernan esos países) hasta límites difíciles de soportar las condiciones
de vida y los salarios de la población. Y, en nuestros días, una parte de
esa población de la Europa central y oriental, forzada a emigrar por la
miseria y el desempleo, está siendo utilizada por los poderes económicos
de la Unión Europea para reducir drásticamente salarios y derechos
sociales y sindicales en todos los países: para trabajadores autóctonos y
para obreros inmigrantes. La metáfora del fontanero polaco que hizo
fortuna en Francia no puede ocultar que no son los trabajadores
inmigrantes quienes amenazan a la clase obrera del resto del continente,
sino la desmesurada voracidad de empresarios sin escrúpulos que están
imponiendo por la fuerza salarios de miseria y aumentos inhumanos de
jornadas laborales. La hipocresía empresarial llega tan lejos que,
mientras sus portavoces acusan a China de competencia desleal por la
diferencia salarial entre ese país y Europa, no dudan, al mismo tiempo, en
exigir mayores sacrificios a los trabajadores europeos y salarios cada vez
más bajos para competir, para vender sus productos al resto del mundo.
Se ha producido, así, un claro rechazo popular a una Constitución que
suponía graves peligros para los derechos sociales de los trabajadores y
ciudadanos europeos, como habían denunciado los partidarios del no. Porque
la distancia entre los ciudadanos y los gobernantes va más allá de
desacuerdos circunstanciales: la construcción de la Unión está suponiendo
mayor precariedad, menores derechos laborales, aumento del desempleo. Con
el santo grial de las promesas sobre una modernización que consolide la
Europa social y el Estado del bienestar (señuelo que, en realidad,
favorece a los grandes poderes económicos, a costa de los trabajadores
autóctonos o inmigrados), los gobiernos europeos han construido hasta
ahora un nuevo espacio económico que ignora a los trabajadores y a la
mayoría de la población. Pese a las cifras oficiales, la pobreza y la
precariedad crecen en Europa, al Este y al Oeste. Y los gobernantes no han
podido ocultar ese malestar ciudadano, que les ha estallado entre las
manos. Es obvio que Chirac y Schröder no tienen ningún proyecto
progresista, pero tampoco lo tiene Blair, que, al margen de su retórica
populista, no puede ocultar que es un curtido político que ha mentido a
sus compatriotas y que debería ser juzgado por la Corte Penal
Internacional como un criminal de guerra por la agresión y ocupación de
Irak. Ahora, las diferencias entre el eje francoalemán y el que intenta
organizar Blair para dirigir la Unión estriban apenas en que París y
Berlín pretenden construir un espacio económico europeo de orientación
neoliberal y un gran Estado multinacional que compita con Washington,
mientras que Londres sólo busca un gran mercado neoliberal europeo sin
dañar los lazos entre ambas orillas del Atlántico, aceptando una tácita
subordinación de la Unión Europea ante los Estados Unidos. Esos rasgos
definen la actualidad política, planteando un claro desafío a la capacidad
de la izquierda política. De hecho, es el momento de que la izquierda
europea, en una amplia coalición que englobe a los representantes
políticos de los sectores populares, desde la socialdemocracia hasta la
izquierda extraparlamentaria, defina una alternativa propia, opuesta a
Londres, pero también a París y Berlín. No va a ser fácil.
Pese a todo, un hecho resulta evidente: la Constitución europea está
muerta. Seis países han detenido el proceso de ratificación: Gran Bretaña,
Portugal, Dinamarca, Irlanda, Suecia y la República Checa, y la pausa
decidida en el Consejo Europeo de Bruselas dedicando un año a la
"reflexión" es sólo un mal remedio para ganar tiempo. No se ha producido
sólo un enfrentamiento entre quienes desean un gran mercado y quienes,
además, defienden una Europa política integrada: ambos, con matices
diversos, están en el mismo campo y eran partidarios del sí, aunque las
consecuencias del predominio de unos u otros impliquen más o menos
severidad en la aplicación de las recetas neoliberales. El enfrentamiento
real está situado entre quienes se han estrellado con un proyecto liberal
que ha fracasado y quienes mantienen que otra Europa (y otro mundo) es
posible, pero que no han conseguido (todavía) la articulación de sus
propuestas políticas a escala continental y la construcción de un bloque
político capaz de defenderlas, en las calles y en los Parlamentos
nacionales.
Junto a ello, no hay que olvidar que las consecuencias estratégicas de
este pulso político pueden ser importantes: de su conclusión depende desde
la vigencia del euro como moneda de referencia internacional ante el
dólar, pasando por la atención o el olvido hacia los más peligrosos
conflictos europeos (los Balcanes, la cuestión turca, la segregación de la
población rusa en los países bálticos y la inmigración, entre otros), y
por el peligro de un reforzamiento de los populismos reaccionarios,
xenófobos y, en ocasiones, abiertamente fascistas, llegando hasta la
clarificación de las fronteras de la Unión (¿ante Odessa o ante Rostov?
¿en el Bósforo o en el Cáucaso?) y la redefinición del papel político que
deben jugar Europa en el mundo que se avecina, entre la previsible
decadencia norteamericana, la pujanza china, y la emergencia de nuevos
actores como Rusia, India o Brasil. Otra Europa es posible, pero la
izquierda sabe que hay que pasar del enunciado a la acción. La gran estafa
de la construcción europea diseñada hasta ahora ha fracasado, pero hay que
organizar la alternativa. Y el tiempo apremia.
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