ara ello se suprimió la práctica de elección de los diputados en las
circunscripciones mayoritarias, fue elevada del 5 al 7 por 100 de los votos la
barrera de entrada a la Cámara baja del Parlamento y se impuso el veto a la
formación de coaliciones electorales de cara a la votación.
Desde la derecha y desde la izquierda, los críticos de esta reforma electoral
acusan a sus autores de transgredir las normas democráticas. Grigory Yavlinsky,
quien es líder del partido Yabloko, de corte liberal demócrata, opina que el
Parlamento ruso acabará perdiendo lo poco que le queda de autonomía y estará
controlado totalmente por el Poder Ejecutivo.
El
dirigente comunista Guennady Ziuganov afirma, a su vez, que la reforma apunta a
reforzar la posición del partido presidencialista “Rusia Unida”, empeñado en
mantener el liderazgo político en Rusia durante las próximas décadas.
Al mismo tiempo, incluso los oponentes de la reforma se ven obligados a
reconocer que los partidos políticos en Rusia podrán beneficiarse gracias a
ellas de algunos derechos y oportunidades que jamás habían tenido en el pasado.
Tras la
prohibición del PCUS y la desintegración de la Unión Soviética, los flamantes
partidos rusos tuvieron muy poco protagonismo en la política nacional cediendo
por mucho tiempo el liderazgo a las personalidades carismáticas capaces de
entenderse con los electores al margen de cualquier programa a largo plazo y sin
comprometerse con la disciplina partidista.
El
encanto personal y las modernas tecnologías electorales eran el único recurso
que contaba. El exponente más obvio de esta generación es el primer presidente
ruso Boris Yeltsin, quien abandonó las filas del PCUS en 1990 y desde entonces
no quiso vincularse con partido alguno. Al contrario: eran los partidos los que
procuraban la benevolencia del mandatario e intentaban convertirlo en militante
propio.
Los políticos de rango inferior, en cambio, se dedicaron a formar decenas de
partidos y movimientos cuyos nombres y programas recuerda hoy poca gente. Se
dieron a conocer únicamente gracias a los respectivos dirigentes, personajes
famosos en Rusia: “partido de Rutskoi”, “partido de Lebed”, “partido de Shumeiko”,
“partido de Rybkin”, “partido de Chernomyrdin”, y así por el estilo.
En
realidad, eran organizaciones de bolsillo, instituidas por ciertos líderes que
aspiraban a un carisma de proyección nacional. Al primer desliz de esos
personajes, o cuando perdían su alta posición en la jerarquía estatal, no
quedaba siquiera la sombra de tales partidos.
Los actuales críticos de la reforma electoral, Yavlinsky y Ziuganov, también
pertenecen a la categoría de líderes carismáticos aunque tuvieron más suerte que
los demás en la década del 90: sus partidos han logrado sobrevivir y cuentan con
las asignaciones presupuestarias. Los comunistas hasta tienen 50 escaños en la
Duma de Estado, Cámara baja del Parlamento ruso.
Su
rechazo hacia el nuevo procedimiento electoral tiene que ver, probablemente, con
la incertidumbre de que las respectivas organizaciones, formadas durante el
dominio y a la medida de los políticos individuales, puedan asimilar las nuevas
reglas de actuación.
La nueva legislación electoral de Rusia, y es lo más importante, plantea ante
los partidos políticos la necesidad de transformarse en grandes corporaciones
electorales de envergadura nacional que puedan participar constantemente en los
comicios federales y regionales, suministrar candidatos a todos los niveles de
la maquinaria pública y jugar con el Estado sobre la base de reglas únicas. Los
que no quieran o no estén en condiciones de hacerlo, están condenados a la
desaparición. Es algo que reconocen tanto los críticos de la reforma como sus
autores.
Los partidos de la oposición tienen problemas adicionales. El propio Estado ruso
no siempre se muestra dispuesto a colaborar con ellos o tratarles como socios.
Parece muy sintomática en este contexto la reciente declaración de Vladislav
Surkov - auxiliar del presidente ruso y, según algunos, principal ideólogo y
tecnólogo político del Kremlin - a la revista alemana “Spiegel”. Surkov dijo que
no se imagina lo que pueda pasar en Rusia en caso de que suban al poder los
comunistas u otro partido de izquierda nacionalista, “Patria”, que también está
representado en la Duma de Estado. En otra de sus entrevistas anteriores, Surkov
se había pronunciado en términos negativos sobre Yabloko, organización liberal
democrática que, según él, trabaja en perjuicio de los intereses nacionales.
“La plaza del partido de oposición civilizado en Rusia está vacante” – afirma
Gleb Pavlovsky, presidente de la Fundación por la política eficaz. Sin embargo,
todavía quedan dos años para las próximas elecciones legislativas, es decir, hay
tiempo suficiente para estrenar esa posición y afianzarse en ella. Es probable
que los principales partidos de la vieja generación logren incorporarse al nuevo
ciclo político y hacerle la competencia a “Rusia Unida”. La gran interrogante es
cómo van a aprovechar esa oportunidad.