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(IAR-Noticias)
08-Jul-05
El
Plan Colombia/IRA/Plan Patriota tiene una raíz poco explorada que se relaciona
con el creciente vigor del capitalismo mafioso a escala planetaria.
Por René Báez - ALAI
El
fenómeno alude a la expansión de negocios negros controlados por lo que Michel
Chossudovsky ha denominado organización transnacional del crimen (OTC), negocios
entre los que se cuentan el narcotráfico, el comercio clandestino de armas, la
trata internacional de prostitutas y travestis, la compraventa de órganos
vitales, la industria de la “protección” y el secuestro, el juego clandestino,
el contrabando de materiales nucleares, el mercado clandestino de divisas, la
provisión de mercenarios, el coyotismo.
Se estima que la OTC percibe
ingresos anuales que se sitúan entre l.5 y 2 billones de
dólares –aproximadamente la décima parte del PIB mundial-
que se “blanquean” sustantivamente en la banca
metropolitana y en sus agencias instaladas en los
“paraísos fiscales”.
Un producto de la financierización de la economía-mundo
El capitalismo gansteril es producto del crecimiento
desenfrenado del capital financiero, cuya avidez de
ganancias le ha llevado a desbordar todos los diques
legales y morales. Su evolución exponencial ha venido
asociada a la desregulación de los flujos de capital, a la
decadencia de los estados y a la ruptura de las formas
tradicionales de funcionamiento y acumulación de las
empresas.
El investigador argentino Jorge Beinstein, en su ensayo
titulado La gran mutación del capitalismo (ALAI, 2000), ha
rastreado el surgimiento y diseminación de ese
lumpencapitalismo, particularmente en lo que concierne al
rubro de las drogas psicoactivas. En su estudio escribe:
“La expansión mafiosa de los años 90 constituye un dato
decisivo del proceso de globalización neoliberal. Un
indicador claro de la misma es el tráfico de drogas cuyo
ingreso anual mundial era evaluado a mediados de esa
década en unos 500 mil millones de dólares, dicho monto ha
estado aumentando de manera acelerada. Una estimación
conservadora situaría el nivel actual de ventas mundiales
de drogas en torno de los 700 mil millones de dólares”.
Los países periféricos participan marginalmente del
negocio. Colombia, conocida como la principal nación
proveedora de cocaína a nivel mundial, percibe únicamente
un 2-3 por ciento del gran pastel del tráfico de
estupefacientes; ingreso que, sin embargo, ha permitido a
la dirigencia de la hermana república sustentar una poco
presentable “narcodemocracia”.
¿Cómo explicar la dinámica de la narcoeconomía? En cuanto
a la demanda, raíz íntima del narcotráfico, la cuestión es
inequívoca: se sustenta medularmente en las calles y bares
de las megápolis primermundistas (Los Angeles, Londres,
Tokio, etc.).
El control de la oferta, en cambio, es más complejo,
aunque resulta incuestionable que la cabeza del Leviatán
se encuentra en las metrópolis y, específicamente, en el
“planeta financiero”. En su libro Drogas y narcotráfico en
Colombia (Planeta, Bogotá, 200l), Alonso Salazar abunda en
informaciones sobre el rol de los poderosos e intocables
sistemas bancarios de los países del G-8 en el tráfico
internacional de narcóticos de origen natural.
Dados estos antecedentes, ¿cómo explicar que la cruzada
contra las drogas naturales se libre en países como los
andinos y no en sus verdaderos santuarios?
Plan Patriota: máscara para el control social y
territorial
Tres aproximaciones no excluyentes sirven para responder a
esa interrogación.
La primera, referida a la necesidad del capitalismo
mafioso de preservar los siderales precios de las drogas
restringiendo la oferta. El Plan Colombia/IRA/Plan
Patriota –o como quiera denominársele- tendría esa
teleología.
La segunda tiene que ver con la confluencia de intereses
–algunos investigadores hablan de metástasis- del
capitalismo delincuencial con las gigantes corporaciones
transnacionales y con el poder político metropolitano. Una
simbiosis que apunta a profundizarse a la sombra de los
TLCs que con tanta fruición impulsan Washington y Wall
Street en nuestro subcontinente para el logro de
inconfesables metas geopolíticas.
La tercera se relacionaría con cierto pudor del
establecimiento político mundial que le conduce a
exorcizar sus culpas en el protervo negocio endosando la
responsabilidad de las mismas a carteles tercermundistas
caídos en desgracia o a los náufragos de la mundialización
del capitalismo, como los campesinos e indígenas de los
Andes. Sectores sociales estos últimos tipificados por el
Gran Hermano y sus acólitos nativos como
“criptoterroristas” después del memorable 11 de septiembre
del 2001.
- René Báez, International
Writers Association
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