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(IAR-Noticias)
18-Jul-05
La corrupción ha diezmado al Directorio nacional del PT: según la crónica,
mientras los principales jefes eran despedidos por la presión de las
circunstancias, sus acólitos lloraban. La escena tiene su miga porque las
consignas del PT en la campaña electoral eran del tipo: Lula, paz y amor, o Sin
miedo de ser feliz. Para la cúpula, el PT era un socialismo alegre.
Por Jorge Altamira -
Prensa
Obrera, Argentina
Hace solamente diez días, el entonces
presidente del PT, José Genoino, publicaba una nota en el sitio de internet del
partido, que caracterizaba que “Brasil está siendo asolado por una ola de
denuncias sin fundamento e irresponsable” (1/7). Hoy el hombre reviste en las
filas de los expulsados de sus cargos por una denuncia que algún fundamento
debía tener, pues su asesor apareció involucrado en los manejos ‘non sanctos’ de
un publicitario que se encargaba de canalizar las coimas a los diputados cuyos
votos se necesitaban.
Método de gobierno
La corrupción ha diezmado al Directorio nacional del PT: según la crónica,
mientras los principales jefes eran despedidos por la presión de las
circunstancias, sus acólitos lloraban. La escena tiene su miga porque las
consignas del PT en la campaña electoral eran del tipo: Lula, paz y amor, o Sin
miedo de ser feliz. Para la cúpula, el PT era un socialismo alegre.
Aunque sólo el tiempo y los vaivenes de la crisis política se encargarán de
esclarecer la amplitud de esta corruptela, lo que queda claro es que era un
método de gobierno. Obligado por su política a pactar con los representantes
parlamentarios de la clase capitalista, los políticos del PT tuvieron que
aceptar su slogan: “Tem que dar pra receber”. Que este procedimiento no les haya
causado repugnancia es un síntoma de que no dejaban de cobrar su parte.
Después de todo, las infladas cuentas
publicitarias que Marco Valerio (el publicitario) ‘repassaba’ a Delubio Soares
(el tesorero) no necesariamente tenían que ir en su totalidad a los bolsillos de
los ‘aliados’. En resumen, la corruptela era el método necesario de gobierno de
un frente de colaboración de clases, en el que el ‘proletariado’ corrompía a la
burguesía que ya había corrompido a ese ‘proletariado’ durante largos años y que
lo corrompía definitivamente al tolerar su acceso formal, condicionado y parcial
al ‘poder’.
Lula, precario pero garante
Lo que importa ahora ya no es la corrupción sino las líneas de salida a la
crisis política que ha provocado. El ex presidente Fernando Henrique Cardoso, un
emblema del ‘progresismo’ criollo, vio en todo esto la oportunidad para hacer la
más deshonesta de las proposiciones: que Lula desestime su propia reelección, en
2006, a cambio de ponerles un freno a las investigaciones. Detrás de la
propuesta, un sector del gobierno de Bush cree ver la posibilidad de provocar un
giro en la política de Brasil con Venezuela y avanzar en la desestabilización de
Hugo Chávez. Pero el conjunto de los capitalistas y del imperialismo no lo ve de
la misma manera y teme que una caída de Lula provoque la desestabilización, sí,
pero de Brasil.
El activo más importante con que
cuenta Lula, frente al capital, es haber tenido éxito hasta ahora en
desmovilizar al movimiento obrero, paralizar al movimiento campesino, fragmentar
a la izquierda y dejar el campo libre para un gigantesco programa de austeridad
contra las masas. El conocido intelectual Emir Sader, un petista, acaba de
enumerar, precisamente, “las derrotas electorales de la izquierda del PT, la
marcada declinación de las movilizaciones sociales, la creciente tendencia a la
fragmentación de la izquierda” (The New Left Review, mayo-junio 2005). Para
reforzar la regimentación popular, Lula acaba de nombrar como ministro de
Trabajo al presidente de la Central Única de Trabajadores. El Tomada de Lula es
Moyano.
Lula ha sido preservado de la crisis por todos los protagonistas, sin excepción,
al punto de que la opinión pública cree que ‘no sabía nada’. Helio Jaguaribe, un
intelectual histórico de la burguesía, es más preciso. En un artículo que
publicó Clarín, destacó que Lula “no quiere saber”, o sea gasta sin preguntar de
donde viene la plata. Habría que agregar que esto ocurre desde hace mucho
tiempo.
La amenaza del default
Los cambios que se ha visto obligado a introducir Lula en el gobierno refuerzan
al ala que representa las posiciones del FMI y de los grandes bancos
internacionales. El gobierno nacional y popular de Brasil es más que un rehén;
además, tiene una camisa de fuerza. El sostenimiento de la deuda pública depende
cada vez más del ingreso de capitales. Brasil no goza de los beneficios de un
default, por eso sigue pagando las viejas tasas de interés, mayores que las que
paga Argentina, que crecen todavía más en dólares como consecuencia de la
revaluación de la moneda brasileña.
Precisamente por esto, el Cavallo de
nuestro vecino, Delfim Neto, le acaba de proponer a Lula la misma solución que
el argentino le propuso, en su momento, a De la Rúa: “el déficit cero”, o sea
más austeridad y más deflación. La Bolsa de Sao Paulo ha saludado la propuesta
con sucesivas subas. La burguesía abandonará a Lula del mismo modo como dejó a
De la Rúa en Argentina: cuando el colapso sea inminente. Claro que esto puede no
demorar mucho.
A corto plazo, entonces, Lula gobernará con la neutralidad de todos los bloques
del parlamento, mientras su gabinete refleje el vaciamiento de la participación
del PT y el vaciamiento del propio PT, pues los ministros de este origen
responden a otras órdenes de mando. Un botín que será objeto de crecientes
disputas es el Ministerio de Minas y Energía, que tiene la responsabilidad sobre
Petrobrás y sobre la gigantesca minera Vale do Rio Doce.
Qué plantea la izquierda
En este cuadro, la izquierda del PT, la burocracia de la CUT y la dirección del
Movimiento Sin Tierra se han lanzado a reforzar el apoyo a Lula, con el pretexto
de que la corrupción esconde un golpe derechista. Reclaman la modificación de la
política económica con la certeza de que pregonan en el vacío; de todos modos
sólo apuntan a bajar la tasa de interés. La farsa de toda esta movida quedó de
manifiesto con el ingreso del jefe de la CUT al Ministerio de Trabajo.
A la izquierda del PT se encuentra el Psol, dirigido por parlamentarios que
fueron expulsados del PT, para más datos por parte de quienes hoy son acusados
de corrupción. El Psol se define como un partido “de ruptura democrática con
este (sic) orden actual” (declaración del 26/6/05), que levanta “banderas que...aument(en)
el control de la población sobre la política” (o sea, nada que no haya dicho
Carrió). En la crisis, el Psol plantea “unificar las luchas que están en curso
en este momento con la necesaria lucha por la investigación criteriosa
(portugués textual) de las denuncias y el castigo de los culpables”.
El patrimonio del Psol es el carisma
de su principal dirigente, Heloisa Helena, a quien las encuestas le acreditan el
5% de la intención de votos para Presidente. Según el ya citado Emir Sader, para
concurrir a elecciones Heloisa deberá dejar su banca, con lo que el Psol se
quedaría sin su principal expresión parlamentaria. Agrega que las luchas
internas en este partido han debilitado su poder de atracción y que no ha
desarrollado una alternativa al PT, más allá de reclamar el retorno a sus
posiciones originales.
Crisis de poder: caracterización y
salida
Lo principal, de todos modos, es la orfandad de la izquierda frente a la crisis
política. El desmoronamiento del PT no puede reducirse a una caracterización
institucional o ideológica, puesto que plantea una amenaza al desarrollo de todo
el movimiento obrero, campesino y popular de los últimos veinte años. Es
necesario ofrecer una salida en función de esta amenaza, no, claro, en función
de un rescate hipotético del PT. El PT capituló mucho antes de gobernar, frente
a los límites insalvables del Estado burgués. Pero esos límites no se superan
con ‘un giro en la política económica’, como postula la izquierda del PT, que en
la práctica significaría devaluación y default, o sea una catástrofe para las
masas.
Tampoco lo supera una “apuraçao
criteriosa”, a cargo de un parlamento de ladrones, combinada con ‘las luchas’.
Para gobernar, la clase obrera debe romper, primero, cualquier sometimiento a la
burguesía y, segundo, quebrar el aparato de Estado que se opone a la dominación
de los trabajadores. En la situación concreta que enfrentan hoy los trabajadores
en Brasil, esto significa, primero, expulsar a los ministros capitalistas del
gobierno, lo que incluye a todos los que se han transformado, en estos dos años,
en sus agentes directos, y segundo, disolver el Congreso, el cual no representa
el mandato popular que llevó a Lula a la presidencia y es un obstáculo a
cualquier gobierno popular.
En oposición al Congreso corrupto no
hay que plantear la ‘apuraçao criteriosa’ sino la convocatoria a una
Constituyente soberana, arrancada por la movilización popular. Estas dos
consignas ofrecen una salida popular a la crisis política y ponen de manifiesto
una estrategia, a saber, que el agotamiento de las ilusiones en el PT debe
llevar a un gobierno obrero y campesino.
Las corrientes políticas que hicieron de furgón de cola del fraude petista
durante un montón de tiempo, negándose por ejemplo a caracterizar el frente de
colaboración de clases que había armado con la patronal y el imperialismo, y que
sólo dejaron el partido cuando fueron echados, no consiguen trazar una línea de
acción concreta frente a la crisis que la burguesía quiere hacer desembocar en
una definitiva desmoralización de las masas y de sus organizaciones.
En Brasil se está creando una crisis
de poder, frente a la cual sólo se está movilizando la burguesía. De lo que se
trata es de convertir la crisis en una herramienta de ataque al conjunto del
régimen burgués, planteando medidas concretas de poder: fuera los ministros
capitalistas y corruptos; disolución del Congreso capitalista y corrupto;
convocatoria a una Constituyente soberana, arrancada por la movilización
política popular.
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