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(IAR-Noticias)
18-Jul-05
Cuando hablamos de enfrentarnos al imperio, lo primero que tenemos que hacer es
especificar a qué imperio nos referimos. ¿Se trata del gobierno estadounidense
(y sus satélites europeos), del Banco Mundial, del Fondo Monetario
Internacional, de la Organización Mundial del Comercio y de las grandes empresas
multinacionales? ¿O se trata de algo más que todo eso?
Por Arundhati Roy - La
Insignia
Me han pedido que hable acerca de
cómo enfrentarse al imperio. Es una pregunta difícil, y no se me ocurre ninguna
respuesta sencilla para contestarla.
Cuando hablamos de enfrentarnos al imperio, lo primero que tenemos que hacer es
especificar a qué imperio nos referimos. ¿Se trata del gobierno estadounidense
(y sus satélites europeos), del Banco Mundial, del Fondo Monetario
Internacional, de la Organización Mundial del Comercio y de las grandes empresas
multinacionales? ¿O se trata de algo más que todo eso?
El imperio ha propiciado la aparición, en muchos países, de entidades
subsidiarias y de peligrosos subproductos, como el nacionalismo, la hipocresía
religiosa, el fascismo y, evidentemente, el terrorismo.
Permítanme aclarar lo que quiero decir. La India -la democracia más grande del
mundo- es en estos momentos uno de los objetivos primordiales de la
globalización promovida por las grandes multinacionales. La Organización Mundial
del Comercio trata de abrir como sea su "mercado", con más de mil millones de
potenciales clientes. La privatización de los bienes públicos y la creación de
grandes empresas son favorecidas tanto por el gobierno indio como por las clases
dirigentes del país.
No es mera coincidencia que el primer ministro, el ministro del Interior y el
ministro de Privatización de Bienes Públicos de la India -los hombres que
firmaron el acuerdo entre el gobierno indio y la empresa Enron, los hombres que
están vendiendo la infraestructura del país a las grandes multinacionales, los
hombres quieren privatizar el agua, la electricidad, el petróleo, el carbón, el
acero, la sanidad, la educación y las telecomunicaciones- sean miembros o
simpatizantes del Rashtriya Swayamsevak Sangh, una asociación cultural hindú
nacionalista y de extrema derecha que ha alabado públicamente a Hitler y sus
métodos.
En la India el desmantelamiento de la democracia se está llevando a cabo con la
rapidez y la eficiencia de un programa de ajuste estructural. Por un lado, el
proyecto de globalización promovido por las grandes multinacionales desgarra las
vidas de los indios, y, por otro, las privatizaciones en masa y las "reformas"
laborales dejan a la gente sin tierra y sin empleo. Cientos de agricultores
arruinados se suicidan ingiriendo plaguicidas. De todas las regiones del país
llegan informes que hablan de muertes a causa del hambre.
Mientras las clases dirigentes indias viajan hacia su destino imaginario,
situado en un lugar muy cercano a la cima del mundo, los pobres se hunden,
arrastrados por una espiral descendente de delincuencia y caos. Y la historia
nos enseña que un clima semejante de frustración y desilusión de ámbito nacional
es el campo abonado para la aparición del fascismo.
Los dos brazos del gobierno indio evolucionan al unísono para realizar lo que en
términos militares se denomina "un perfecto movimiento de tenazas". Mientras que
uno de los brazos se ocupa de vender la India por lotes, el otro, para desviar
la atención, dirige un coro desafinado y vocinglero de nacionalismo hindú y
fascismo religioso. Lleva a cabo pruebas nucleares, reescribe los libros de
historia, quema iglesias y derriba mezquitas. La censura, la vigilancia
policial, la suspensión de libertades civiles y los derechos humanos, así como
la negativa a considerar ciudadanos indios a los miembros de las comunidades no
hindúes que viven en la India, se están convirtiendo en prácticas habituales hoy
día.
En marzo de 2002, en el estado de Gujarat, murieron unos dos mil musulmanes en
un pogromo apoyado por las autoridades estatales. Las mujeres musulmanas se
convirtieron en objetivo especial de las turbas. Muchas fueron desnudadas y
violadas en serie antes de ser quemadas vivas. Los revoltosos robaron y quemaron
tiendas, casas, fábricas y mezquitas. Más de ciento cincuenta mil musulmanes han
tenido que abandonar sus hogares. La base económica de la comunidad musulmana ha
sido destruida. Mientras Gujarat ardía, el primer ministro indio, que además de
político es poeta, aparecía en la televisión para promocionar su último casete
de poemas. En diciembre de 2002 el gobierno que había orquestado la matanza fue
refrendado al conseguir una cómoda mayoría en las elecciones estatales. Nadie ha
sido castigado por el genocidio. Narendra Modi, artífice del pogromo y que tiene
a mucha honra ser miembro del Rashtriya Swayamsevak Sangh, ha iniciado su
segundo mandato como jefe del gobierno de Gujarat. Seguramente, si fuera Sadam
Husein, cada una de sus atrocidades sería noticia en la CNN. Pero como no lo es
-y como el "mercado" indio está aabierto a los inversores globales-, la matanza
ni siquiera constituye un embarazoso inconveniente. Hay más de cien millones de
musulmanes en la India. Una bomba de relojería hace tic tac en nuestro país.
He expuesto todo lo que antecede para demostrar que es un camelo decir que el
mercado libre hace caer las barreras entre las naciones. No representa una
amenaza para la soberanía nacional, sino para la democracia. A medida que crecen
las disparidades entre ricos y pobres, la lucha por monopolizar toda clase de
recursos se intensifica. A fin de realizar sus "provechosos negocios" y
adueñarse de las plantas que cultivamos, del agua que bebemos, del aire que
respiramos y hasta de los sueños que soñamos, las grandes multinacionales que
promueven la globalización necesitan disponer de una confederación internacional
de gobiernos leales, corruptos y autoritarios en los países pobres, los cuales
se encargarán de implantar las reformas impopulares y de acallar los movimientos
de protesta. La globalización promovida por las grandes multinacionales -¿no
sería mejor, quizá, llamarla de una vez por su verdadero nombre, es decir, el
imperialismo?- necesita una prensa que pretenda ser libre. Y necesita tribunales
que pretendan administrar justicia.
Mientras tanto, los países del Norte endurecen las condiciones para entrar en
ellos y acumulan armas de destrucción masiva. Después de todo, tienen que
asegurarse de que sólo se globalizan el dinero, los bienes industriales y de
consumo, las patentes y los servicios. No la libre circulación de personas. No
el respeto por los derechos humanos. No los tratados que prohíben la
discriminación racial, o las armas químicas y nucleares, o las emisiones de
gases que provocan el efecto invernadero. Ni, sobre todo, la justicia.
Eso, pues -todo eso-, es el imperio. Esa leal confederación de gobiernos, esa
repugnante acumulación de poder, esa distancia cada vez mayor entre los que
toman las decisiones y los que han de padecer sus consecuencias.
La lucha por conseguir nuestro objetivo, es decir, por implantar nuestra idea de
que otro mundo es posible, debe basarse en eliminar esa distancia. ¿Qué tal es,
pues, la resistencia que oponemos al imperio?
Voy a daros una noticia que os animará: es bastante buena. Se han conseguido
algunas victorias importantes. Aquí, en América Latina, ha habido varias. En
Bolivia tenemos el caso de Cochabamba. En Perú, los sucesos de Arequipa. En
Venezuela el presidente Hugo Chávez se mantiene firme, a pesar de los intentos
estadounidenses por derrocarlo. Y el mundo observa con atención al pueblo
argentino, que intenta hacer renacer a un país de las cenizas de la catástrofe
provocada por el Fondo Monetario Internacional.
En la India el movimiento contra la globalización promovida por las
multinacionales adquiere cada vez más impulso, y parece que va a convertirse en
la única fuerza política capaz de oponerse de un modo real al fascismo
religioso.
Por otra parte, ¿dónde estaban el año pasado los brillantes embajadores de la
globalización promovida por las grandes multinacionales -Enron, Bechtel,
WorldCom, Arthur Andersen-, y dónde están ahora?
Y, evidentemente, aquí, en Brasil, debemos preguntarnos quién era su presidente
el año pasado, y quién lo es ahora.
No obstante, somos muchos los que tenemos momentos en los que lo vemos todo
negro, momentos de tristeza y desesperación. Sabemos que, protegidos por el
dosel cada vez más amplio de la Guerra contra el Terrorismo, los hombres que
llevan trajes oscuros trabajan a destajo. Sabemos que, mientras las bombas
llueven sobre nosotros y los misiles de largo alcance surcan el cielo, se firman
contratos, se registran patentes, se construyen oleoductos, se saquean los
recursos naturales, se privatiza el agua y George Bush hijo planea declararle la
guerra a Irak.
Si vemos el conflicto como una confrontación cara a cara entre el imperio y
quienes nos resistimos a él, podríamos considerar que estamos perdiendo la
partida.
Pero hay otra manera de ver las cosas. Cada uno de nosotros, cada uno de los que
estamos aquí, a su manera, le ha puesto sitio al imperio.
Todavía no hemos detenido su marcha, ciertamente, pero le hemos quitado el
disfraz. Le hemos arrancado la careta. Lo hemos obligado a mostrarse con toda
claridad. Ahora está de pie delante de nosotros, en medio del escenario mundial,
y podemos ver su bestial e inicua desnudez. El imperio puede ir a la guerra,
pero ahora tiene que hacerlo abiertamente, y es demasiado feo para soportar su
propio reflejo en el espejo. Demasiado feo, incluso, para que sus propios
partidarios acudan en su defensa. No creo que pase mucho tiempo antes de que la
mayor parte del pueblo estadounidense se alíe con nosotros.
En Washington se manifestaron doscientas cincuenta mil personas para oponerse a
la guerra contra Irak. El movimiento de protesta crece sin cesar. Antes del 11
de septiembre de 2001 los Estados Unidos tenían una historia secreta. Secreta,
sobre todo, para su propio pueblo. Pero ahora los secretos estadounidenses se
han convertido en parte de su historia, y ésta es de dominio público. Se habla
de ella incluso en la calle.
Hoy día sabemos que todos los argumentos que se utilizan para convencernos de la
necesidad de declararle la guerra a Irak son falsos. Y la mentira más grande de
todas es que el gobierno de los Estados Unidos obra impulsado por el deseo de
llevar la democracia a ese país. Sabemos muy bien que matar a la gente para
salvarla de la dictadura o la corrupción ideológica es un deporte que el
gobierno estadounidense practica desde hace muchos años. Aquí, en América
Latina, lo sabéis mejor que nadie. Es muy cierto que Sadam Husein es un cruel
dictador y un implacable asesino (cuyos peores excesos, por cierto, fueron
apoyados por los gobiernos de los Estados Unidos y Gran Bretaña). Y es muy
cierto que los iraquíes estarían mucho mejor si se vieran libres de él.
Pero no es menos cierto que el mundo estaría mucho mejor si se viera libre de un
tal señor Bush. De hecho, es mucho más peligroso que Sadam Husein.
¿Deberíamos, por lo tanto, bombardear la Casa Blanca para echar de ella al señor
Bush?
Es evidente que el señor Bush ha decidido declararle la guerra a Irak, sin hacer
caso de los hechos ni de la opinión pública internacional. Y, en su esfuerzo por
conseguir aliados, los Estados Unidos están dispuestos a inventarse los hechos
que sea. La confusa y desconcertante intervención de los inspectores de
armamento, que tantos dimes y diretes ha originado, es una concesión ofensiva e
insultante del gobierno estadounidense a una forma retorcida de etiqueta
internacional. Es como dejar abierta la puerta de la perrera para que algún
"aliado" de última hora, o incluso las Naciones Unidas, entre arrastrándose por
ella. Pero, a todos los efectos, la nueva guerra contra Irak ya ha comenzado.
¿Qué podemos hacer?
Podemos aguzar la memoria y aprender de nuestra historia. Podemos seguir
explicando los hechos hasta que la opinión pública contraria a la guerra se
convierta en un clamor ensordecedor.
Podemos convertir la guerra contra Irak en un escaparate de los excesos del
gobierno estadounidense.
Podemos desenmascarar a George Bush hijo y a Tony Blair -así como a sus aliados-
y demostrarle al mundo que no son más que unos cobardes que matan a niños,
envenenan el agua y envían a sus bombarderos a realizar misiones de largo
alcance. Podemos reinventar la resistencia pasiva y la desobediencia civil de un
millón de maneras diferentes. En otras palabras, tenemos a nuestra disposición
un abanico casi infinito de posibilidades para convertirnos en un incordio
colectivo para el imperio.
Cuando George Bush hijo dice: "O estáis con nosotros o con los terroristas",
podemos responderle: "No, gracias." Podemos hacerle saber que los pueblos del
mundo no necesitan escoger entre un Mickey Mouse malevolente y unos ulemas que
se han vuelto locos.
Nuestra estrategia debería consistir no sólo en enfrentarnos al imperio, sino
también en asediarlo. Privarlo de oxígeno. Avergonzarlo. Burlarnos de él. Con
nuestro arte, nuestra música, nuestra literatura, nuestra obstinada porfía,
nuestra alegría, nuestra mente, nuestra inflexible oposición y, sobre todo,
nuestra capacidad para contar nuestras propias historias. Unas historias que son
diferentes de las que tratan de hacernos creer para lavarnos el cerebro. La
revolución que promueven las grandes multinacionales fracasará si rehusamos
comprar lo que nos quieren vender: su manera de pensar, su versión de la
historia, sus guerras, sus armas, la idea que tratan de imbuirnos de que es
inevitable que su visión del mundo se haga realidad. Hay algo que no debemos
olvidar: somos muchos, y ellos, pocos. Nosotros no los necesitamos, y ellos nos
necesitan.
(*) Capítulo del libro de la autora
Retórica bélica. Traducción de Francesc Roca. Barcelona, Anagrama, 2005. 200 p.
Este fragmento es un discurso pronunciado en enero de 2003 en el Foro Social
Mundial, realizado en Porto Alegre (Brasil). Reproducido con permiso de la
editorial en México.
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