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(IAR-Noticias)
25Jul-05
El magnífico historiador francés del conflicto mundial ocurrido entre 1914
y 1918, Stephane Audoin-Rouzeau, sugirió no hace mucho que "Occidente es
heredero de una modalidad de la guerra extremadamente violenta ".
Por
Robert Fisk - La Jornada
Después
de 1945, Occidente la exteriorizó en Corea, en Argelia, en Vietnam, en Irak;
dejamos de pensar en la experiencia de la guerra y no comprendemos que ésta
volverá a nosotros en distintas formas, como el terrorismo... No queremos
admitir que ahora existe un tipo diferente de confrontación..."
Pudo haber agregado que los políticos -y con esto me refiero a lord Blair de Kut
al Amara- se niegan deliberadamente a reconocer esto. Estamos luchando contra el
mal. No tiene nada que ver con la ocupación de la tierra palestina, la ocupación
de Afganistán, la ocupación de Irak, con las torturas en Abu Ghraib, Bagram y
Guantánamo. ¡Oh, no, desde luego que no! "Una ideología maligna", una fuerza
oscura, nebulosa y no especificada", ese es el problema.
Existen dos errores en esta lógica. El primero es que cuando uno empieza a
hablar del "mal", se está hablando de religión. Bien y mal, Dios y el Diablo.
Los atacantes de Londres eran musulmanes (o se piensa que lo eran), por tanto,
toda esa comunidad en Gran Bretaña debe ponerse en posición de firme y, como
musulmanes, condenar los atentados.
No fue requerido que nosotros los "cristianos" condenáramos la matanza cristiana
de 8 mil musulmanes en Srebrenica, ocurrida hace apenas 10 años. Lo único que
tuvimos que hacer fue disculparnos por no haber hecho nada en ese momento. Pero
los musulmanes, por el sólo hecho de serlo, tienen que emitir una condena ritual
contra algo con lo que no tienen nada que ver.
Pero sospecho que ese es el punto. Me pregunto si en el fondo no pensamos que su
religión sí tiene algo que ver con todo esto: ese Islam que es una religión
retrógada, no tocada por el Renacimiento y potencialmente violenta. Esto no es
verdad, pero nuestra herencia orientalista sugiere lo contrario.
Es extraña la forma en que despreciamos y envidiamos simultáneamente al "otro".
Muchos de los antiguos orientalistas estaban al mismo tiempo asqueados y
fascinados por Oriente. Despreciaban los castigos y a los pashás, pero en cierta
forma les gustaban sus mujeres y estaban obsesionados con los harenes. A los
occidentales les parecía bastante atractiva la idea de tener más de una esposa.
De manera similar, me da la impresión de que hay aspectos de la "decadencia"
occidental que despiertan algún interés en los musulmanes, aun si ritualmente la
condenan.
Hace unos años me impactó el hijo de un amigo mío, libanés, que se fue a
estudiar por tres años a una universidad del sur de Inglaterra. Cuando yo pasaba
por Londres, viniendo de Beirut, a veces le llevaba cintas de audio y cartas de
sus padres; esto ocurrió en los gloriosos días anteriores al Internet.
El estudiante normalmente se encontraba conmigo en un pub de Bloomsbury.
Invariablemente aparecía con una muchacha y se bebía varias cervezas antes de
irse con ella a parrandear durante toda la noche. En su último semestre en la
universidad, llamó a casa y le pidió a su madre que le buscara novia. Sus días
de juegos y diversión se habían terminado. Quería que su mami le encontrara una
virgen para casarse con ella.
Pensé en él mucho tiempo. Era -y es- un hombre de lo más respetable y honorable,
quien ha rechazado oportunidades de empleos lucrativos en el extranjero y
optado, en cambio, por ser maestro universitario en Beirut. De haber sido un
hombre más débil, me imagino que hubiera tenido muchos problemas con su vida.
¿Qué estaba haciendo en Inglaterra? ¿Por qué se divertía como "nosotros" si
después iba a darle la espalda a toda esa diversión para elegir una vida más
conservadora?
Tomemos otro ejemplo, aunque aclaro que ambos hombres nada tienen en común. Ziad
Jarrah vivía en Alemania con su novia turca. No salía nada más con ella;
cohabitaban. Pero el 11 de septiembre de 2001 llamó a la muchacha para decirle:
"Te amo". La joven le preguntó si le pasaba algo malo. "Te amo", dijo él,
simplemente, y colgó el teléfono. Poco después abordó un avión, donde degolló a
los pasajeros para después estrellar la nave en el suelo de Pennsilvania.
¿Qué pasaba por su cerebro cuando escuchó la voz de la novia a la que decía
amar? Su padre, a quien conozco muy bien, estaba tan sorprendido como los padres
de los atacantes suicidas de Londres. Hasta la fecha, no puede creer lo que hizo
Ziad Jarrah. Todavía espera que él regrese a casa.
No es difícil volverse cínico ante la forma en que los árabes pueden odiar y
amar a Occidente al mismo tiempo. En las capitales árabes puedo leer la furia
contra el presidente George W. Bush expresada en las páginas de los periódicos
locales y después paso por enfrente de la embajada estadunidense donde a veces
hay cientos de árabes haciendo una fila que rodea los muros de la
representación, con la esperanza de conseguir visas. El Corán es un documento de
valor inestimable. La Green Card también.
Pero de las muchas cartas que recibo de musulmanes, especialmente provenientes
de Gran Bretaña, puedo entender algo de la furia que se genera entre ellos.
Muchos llegaron de países de gran represión y de tierras donde las más estrictas
reglas familiares y religiosas gobernaban sus vidas. Ustedes ya conocen el resto
de esta historia.
Por tanto, en Gran Bretaña, inclusive los musulmanes que nacieron en el país,
crecen en familias tradicionales y puede haber una feroz dicotomía entre sus
vidas y la sociedad que los rodea. Las libertades británicas, tantos sociales
como políticas, pueden ser muy atractivas. Saber que su gobierno electo envía a
sus soldados a invadir Irak y a asesinar a muchísimos musulmanes puede convertir
dicha "dicotomía" en algo más peligroso.
He aquí una tierra -Gran Bretaña- en la que se puede llevar una buena vida. Hay
muchachas bonitas con las que se puede salir (estamos hablando de los hombres),
o casarse con ellas o vivir con ellas. Hay películas para ver -nadie corta los
desnudos de nuestras cintas-, y si se desea puede uno beberse una o dos cervezas
en el cine. Estas cosas son, desde luego, haram, es decir, malas, pero
disfrutables y son parte de "nuestras" vidas. La mayoría de los hombres
musulmanes que conozco no beben alcohol y se comportan honorablemente con las
mujeres de cualquier religión (por tanto, y por favor, no me manden cartas
iracundas). Otros disfrutan de nuestras libertades con absoluta tranquilidad.
Pero aquellos que no pueden, los que disfrutan de nuestras libertades pero se
sienten culpables por hacerlo, aquellos que están asombrados por los placeres
que han obtenido de "nuestra sociedad" pero están igualmente apabullados por la
forma en que se sienten corrompidos (especialmente después de un viaje a
Pakistán, en que recibieron una dosis de religión ritualizada a la antigua),
tienen un problema especial.
Palestina, Afganistán o Irak vuelven incendiario este problema. Quieren al mismo
tiempo liberarse de este mundo y expresar su furia moral y su impotencia
política cuando lo hacen. Desean, creo, destruirse a sí mismos por sus propios
sentimientos de culpabilidad y a otros por el crimen de "corromperlos".
Aun cuando signifique asesinar a algunos de sus correligionarios, además de
decenas de inocentes. Ahí van las mochilas -quien las haya proporcionado es un
asunto distinto- y las bombas estallan. Algo ocurre, algo que toma sólo un
segundo, entre decir "te amo" y colgar el teléfono.
© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca
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