|
(IAR-Noticias)
25Jul-05
El chico que pide una moneda en el subte a cambio de una estampita obliga a
enfrentarse a diario a un dilema que tal vez no tenga respuesta. Dar o no dar,
esa es la pregunta.
Por Beatriz Sarlo* - Clarín
A veces no se reconoce a sí misma en las preguntas que se hace. Veinte años
atrás, cuando comenzaba la democracia en la Argentina, esas preguntas le
hubieran parecido inapropiadas. Hoy, sin embargo, quien viaje por transporte
público, quien no viva en un barrio cerrado y no llegue por autopista hasta
meterse por un tubo en algún nuevo edificio inteligente de Puerto Madero, quien
siga haciendo un uso intenso de la ciudad, está enfrentado a esas preguntas.
¿Debe darle algo a este chico de las estampitas o hacerle caso a los expertos y
poner ese dinero en alguna institución, ya que ese chico seguramente es un
explotado de su propia familia o de algún otro adulto, o un abandonado que
necesita una protección más sistemática que el impulso caritativo individual? No
se trata de un caso teórico y sería cínico considerarlo una divagación
moralista. El chico está allí, repartiendo sus estampitas, impávido, y cada uno
tiene que decidir qué hace antes de que termine con un vagón de subterráneo y
pase al siguiente.
Se hace otra pregunta: ¿tiene alguna consecuencia lo que yo decida? Si el
escenario en lugar de un subterráneo fuera un pueblo donde todo el mundo se
conoce un poco, la respuesta sería más sencilla. Pero vive en una gran ciudad,
ese chico está pasando ahora, o quizás esté pasando todos los días, pero cada
día será algo así como un chico diferente. Tiene que responder en el momento.
Bertolt Brecht, frente a la advertencia de que los pobres gastaban las limosnas
en juergas de cerveza, afirmó que por eso mismo él consideraba apropiado
dárselas: ellos obtenían un placer que los que no eran pobres podían alcanzar
cuando se les diera la gana.
La respuesta de Brecht tiene su costado magnífico: evita que alguien, para dar
un peso, se enrede en un debate moral desmesurado y quizás hipócrita. Y, sin
embargo, aunque señala un hecho con gran perspicacia crítica, no siempre es
posible adoptar a Brecht como línea de conducta. Quien vacila teme que las cosas
sean más complicadas y que las organizaciones sociales tengan razón cuando
indican otro camino, más institucional y, por supuesto, más separado del impacto
del chico con sus estampitas, relojeando con la cabeza baja si va a recibir o no
su moneda de un peso. El chico ya salió del vagón, pero la perplejidad no se
esfuma. Si las organizaciones tienen razón, la limosna fortalecerá la cadena que
lo une a esos adultos que toleran o impulsan su vida en la calle. Pero si no hay
limosna, también es posible que ese chico sea castigado porque no trajo a la
noche lo que se esperaba de una jornada de trabajo bien hecho. ¿Y si ese peso
tuviera como destino una hamburguesa y, en consecuencia, al negárselo, lo que
está haciendo es privar al chico de una comida? ¿Qué entiende ese chico del
mediano plazo?
El problema tal como se lo plantea carece de solución. No es una solución que la
conducta se ajuste a dos normas: por un lado, darle el peso al chico; por el
otro, mandar un cheque a una organización de bien público. Tampoco es una
solución que la conducta siga sólo una de esas normas, aunque esto sea lo
aconsejado, porque el chico está pidiendo su moneda y no una donación
institucional. Se trata de un dilema: nada que se haga lo soluciona, ni lo
extirpa. Y sin embargo, sabiendo eso, igualmente algo hay que decidir, ya que el
chico está ahí parado y él también sabe que la moneda no podrá solucionarle
nada, sino simplemente, mejorar por un rato su día de mendigo.
Es extraño, además, que haya individuos filantrópicos en una sociedad
despiadada. Aunque, pensándolo mejor, esto es lo único que no es extraño: la
filantropía nació hace varios siglos en sociedades muy injustas, esas mismas
sociedades europeas que, hoy, nos parecen equitativas. Llegaron a ser más
equitativas no por acción de los filántropos, que las volvieron más sensibles
frente a la pobreza, sino por las reformas impulsadas por las víctimas y los
hombres y mujeres que los representaron políticamente. Sin embargo, aquellos
filántropos hicieron que la vida y la muerte de muchos fuera menos indigna.
*Escritora y ensayista
|