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(IAR-Noticias)
29Jul-05
En
los medios está avanzando la idea de que la seguridad debe prevalecer sobre la
libertad”, dice el analista belga acerca de la polémica que se actualizó luego
del atentado en Londres. Desde la censura ejercida en la información sobre el
reciente ataque en Londres hasta la amenaza orwelliana de una sociedad cada vez
más controlada bajo el conveniente argumento de la lucha antiterrorista, el
poder que siguen concentrando las comunicaciones es una realidad indudable.
Por Carolina Keve (*) -
Brecha
Sin
embargo, el debate no es nuevo. Los alcances de la gran maquinaria simbólica
fueron denunciados por el politólogo Armand Mattelart hace ya más de treinta
años. De visita en el país –invitado por la UBA para participar del Tercer
Congreso Panamericano de Comunicación–, el especialista belga dialogó sobre los
peligros que encierran estos procesos: “La contracara de la Sociedad de la
Información es la Sociedad del Control”. Frente a este escenario, planteó la
necesidad de promover una “ciudadanización” de los movimientos sociales que
permita avanzar sobre una resignificación del espacio público.
A través de las investigaciones que realizó en Chile, donde vivió varios años
hasta que la dictadura pinochetista lo obligó a irse por su estrecha relación
con Salvador Allende, Mattelart se transformó en uno de los fundadores de las
investigaciones sobre comunicación y cultura en América latina. Cuando la
discusión académica aún no lograba salir del terreno de lo económico, denunció a
los medios como una de las principales formas de colonialismo ideológico. El
ejemplo que eligió fue nada menos que la inofensiva criaturita creada por Carla
Barks en 1934: el Pato Donald. Por ese entonces resultaba casi imposible pensar
que la simpática animación se transformaría en la imagen más cabal sobre la
conquista cultural lograda por Estados Unidos. Sin embargo, cuando Mattelart
publicó junto con Ariel Dorfman en 1972 Para leer al Pato Donald nadie dudó de
la afirmación y el espástico pajarraco de brotes autoritarios se transformó en
una de las metáforas más leídas de esa década. Hoy la célebre imagen parece
cobrar más actualidad que nunca.
–Tras el atentado contra las Torres Gemelas, y ahora con los atentados en
Londres, surgió la pregunta sobre el contenido simbólico de los ataques y el
claro dominio que parece evidenciarse sobre el funcionamiento de los medios de
comunicación...
–Este mismo debate lo tuvimos en los años ’60 y ’70, cuando entraron al espacio
público los grupos de guerrilla urbana. Sin confundir a ninguno de estos
movimientos, es verdad que se puede observar cierta reflexión en los movimientos
insurgentes –llamémoslos así– sobre la necesidad de vincularse con los medios.
Como fue el caso de los Tupamaros, que llegaron a pensarlos para la distribución
de bienes.
–¿Podría decirse que entendieron bien cómo funciona el Pato Donald?
–(Se sonríe.) Indudablemente hubo una ruptura a partir de los ’70, donde se
empezó a pensar en el uso de los medios de comunicación como instrumentos para
las pujas dentro del poder político. La revolución iraní en este sentido fue
importante. Es a partir de ese momento que los movimientos que podríamos llamar
fundamentalistas utilizan y tienen una reflexión por el uso de las tecnologías.
Pero más allá de la utilización de los medios, lo que es sorprendente es la
decisión y la reflexión de la necesidad de elegir símbolos, como fue el caso de
las dos Torres.
–Usted siempre planteó la comunicación como un tema político. En los últimos
años no sólo se reafirmó esta cuestión sino que también aparece el planteo
inverso, que advierte el completo sometimiento de la política a los medios de
comunicación. ¿Está de acuerdo con esta lectura?
–Es evidente que los medios operan como propaganda. El caso más emblemático es
la preparación de la intervención de Estados Unidos en Irak, donde la
información que circulaba se podía considerar prácticamente fabricada por la
oficina de propaganda del Pentágono. Pero esto no solamente se manifiesta en los
períodos de guerra. Tenemos el ejemplo de lo que ocurrió en Francia con el
referéndum sobre la Constitución de la Unión Europea. Fue la primera vez que la
ciudadanía podía votar y dar suopinión sobre una integración que venía
gestándose desde hace 50 años y sobre la que nunca se había consultado a la
opinión pública. Y ahí tuvimos el ochenta por ciento de los medios militando
para el “Sí”, sin ningún tipo de argumentación.
–Pero ganó el “No”. ¿Cómo explica este hecho?
–Justamente, lo interesante es la respuesta de la sociedad contra todas esas
campañas casi propagandísticas. ¿Cómo se explica? Pues porque hubo una toma de
conciencia, un retorno de lo político. Contra todo este aparato, la sociedad lee
el material que le llega, empieza a criticarlo y se genera un nuevo espacio de
discusión pública. Este “No” no hay que interpretarlo como un rechazo hacia la
integración de Europa sino al modelo de Europa que se constituyó como mera
adaptación a una globalización amorfa.
–Usted plantea desde hace un tiempo este resurgimiento de otras voces.
–Sí, si la comparamos con la primera guerra del Golfo, la invasión a Irak
mostró que surgían nuevas voces. Al Jazzeera es un ejemplo. En la primera guerra
había una televisión global, es más, el mito de la “televisión global” se formó
durante esa guerra. Si bien en Estados Unidos hubo poca oferta, en otros países
aparecieron nuevas alternativas. En Francia toda la sociedad rechaza la
intervención. Las fuentes de información se multiplicaron y el hecho de que ya
un país admita que hay que discutir el tema implica una revalorización del
espacio público. Y esto nos conduce a una cuestión fundamental: lo que está
repuntando a duras penas es la reflexión sobre el Estado como mediador, no un
Estado que interviene desde arriba sino un Estado donde la sociedad civil ejerce
sus presiones.
–Pero estamos hablando de un largo proceso...
–La gran dificultad para discutir y fomentar esto es lograr incorporar
determinados temas en la agenda pública, de manera que toda la sociedad sepa lo
que está en juego. El campo de la cultura es un campo difícil de ser apropiado
por ciudadanos que tienen una saturación frente a los medios difícil de encauzar
hacia un proceso de construcción de un contrapoder. El problema hoy es entonces
la construcción de un intelectual colectivo orgánico a partir de la
comunicación. Una de las batallas que el movimiento social ha perdido es la
batalla de las palabras. Por ejemplo, con el concepto de “diversidad cultural”,
que termina siendo utilizado hasta por una empresa que necesita penetrar un
mercado.
–¿Cómo puede aplicarse el concepto de “diversidad cultural” a la lógica del
marketing?
–El marketing implica analizar una distribución en diversos segmentos y es
entonces como aparece la diversidad reivindicada por estos actores que piensan
que es necesario regular el orden cultural y comunicacional. También hay que
tener cuidado cuando se habla de la “Sociedad de la Información”, donde se
anuncia que el saber va a estar en el centro de todas las relaciones sociales.
Sin embargo, termina ocurriendo que las mismas lógicas que encontrabas en la
economía mediática se reformulan a partir del monopolio del saber, y finalmente
se engendra un nuevo tipo de proletariado: el cognitariado. En las universidades
está el núcleo de una posibilidad de respuesta pero, como por ejemplo ocurre en
Europa, se da más importancia al pensamiento profesionalista. Estamos
engendrando así fuerzas antirreflexión cuando en realidad necesitamos una
reflexión de lo político para finalmente engendrar nuevas sociedades.
–¿Qué rol les cabe a los medios comunitarios, como portavoces de los sectores
más marginados, en este escenario?
–En los últimos diez años el pensamiento sobre la comunicación alternativa se ha
ensanchado mucho con el desarrollo de las radios comunitarias. Es verdad que el
movimiento social tiene problemas para integrar alternativas. Pero veo que hay
una maduración en la reflexión. Esto se observa en la evolución de los temas y
la manera de discutirlos en el Foro Social de Porto Alegre. Mientras en el 2001
las demandas aparecían muy dispersas, el año pasado se planteó, por ejemplo, la
cuestión de la comunicación alternativa de una forma mucho más orgánica. Incluso
en Argentina, cuando se piensa en reformar las leyes de radiodifusión
considerando el espacio de los medios comunitarios, se está pensando en términos
estructurales. Se está reclamando el ensanchamiento en el espacio que
corresponde al Tercer Sector. También se está reflexionando en las leyes sobre
concentración. Incluso apareció la necesidad de repensar la noción de servicio
público.
–Justamente tras el atentado en Londres se planteó que el control que hubo
sobre la información estuvo favorecido por la monopolización ejercida por la
BBC, que pertenece al Estado. ¿Cómo se puede evitar que el servicio público de
medios no termine siendo un instrumento funcional al gobierno de turno?
–En el funcionamiento de los medios mundiales está avanzando la idea de que la
seguridad debe prevalecer sobre la libertad. Se vio claramente después de 11 de
septiembre. No podemos construir una “Sociedad de la Información” a partir de
esta obsesión por la seguridad. La contracara de la “Sociedad de la Información”
es la “Sociedad del Control”. Y esto hay que discutirlo como tema público. Es
muy interesante ver cómo ha evolucionado la idea de Consejo de Protección de la
Vida Privada, que aparece en los años ’70. Muchas de estas leyes han
desaparecido. Y eso se hizo a espaldas de la ciudadanía. Lo que es importante es
ver que hay retos en muchas partes del sistema. La virtud del movimiento social
organizado es hacerlas converger.
–¿Esta reivindicación de la sociedad civil se puede vincular con otros
procesos, como por ejemplo un creciente cuestionamiento de las recetas
neoliberales en América latina?
–En primer lugar, estos procesos en la región no significan de ninguna forma que
estemos volviendo a los años ’70, ya que el surgimiento de gobiernos como los de
Hugo Chávez en Venezuela o Tabaré Vázquez en Uruguay son producto de una
rebelión de la sociedad civil. Con todas sus contradicciones, claro, pero si
llegaron al gobierno fue porque finalmente todos los regímenes anteriores no
pudieron subsanar los grandes problemas de esta sociedad. Como dije, la
reivindicación de la sociedad civil organizada está presente.
(*) Periodista (Página 12)
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