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(IAR-Noticias)
09Ag-05
Hace unos sesenta años, la Segunda Guerra Mundial concluyó con la rendición de
la Alemania Nazi primero y, unos meses más tarde, de Japón. Durante todos estos
años, los sionistas estuvieron acumulando numerosas “victorias” al compás de la
celebración del aniversario del “Holocausto”, llegando a establecer su estado y
a ampliarlo a expensas de los derechos del pueblo palestino a su suelo patrio, a
la existencia y a la vida.
Por Nayef Hawatmeh (*)
- fdlpalestina.org
Sesenta años de matanzas y desastres cometidos por Tel Aviv en detrimento de los
derechos del pueblo palestino y aún así, Israel y el Sionismo Mundial, son
capaces de aprovechar hasta la saciedad “los dolores del holocausto” en aras de
encubrir sus posteriores prácticas criminales.
Los sionistas repiten usualmente que mediante la creación de “generaciones de
aguerridos combatientes israelíes” se ha erigido “un Israel fuerte y respetado”
con vista a evitar la repetición del “desastre” (cuando fueron conducidos como
corderos a los mataderos y hornos de gas en la Alemania Hitleriana).
No es de extrañar entonces que el discurso israelo-sionista siempre se remonte a
lo que aconteció hace unos sesenta años para justificar todo lo que ocurre
después. ¿Acaso hace sesenta años llegó a su fin un capítulo de la historia con
el desmoronamiento moral de la Europa Colonialista y de toda la humanidad y
comenzó otra etapa basada en la justificación constante de las acciones de los
guerreros israelíes que pisotean todas las normas morales, éticas, derechos y
principios de la legalidad internacional?
Sesenta años han pasado desde que llegó a su fin la II Guerra Mundial y fueron
liberados los prisioneros de los campos de concentración; sin embargo, aún se
mantiene el discurso israelí basado en la narración sionista que presenta “el
desastre de los judíos de Europa” como un caso singular en la historia y la
convierte en el único barómetro de la moralidad de la humanidad rehusando toda
comparación con otras matanzas similares anteriores o posteriores, o incluso
contemporáneas.
A criterio de los sionistas, todas las masacres cometidas a lo largo de la
historia contra los indios de América del Norte, los pueblos aborígenes de las
colonias europeas, los armenios, gitanos, rusos, vietnamitas, kampucheanos,
etc., son actos de “magnicidio”, pero contra pueblos sojuzgados por la ocupación
y las minorías étnicas tal como ha ocurrido a lo largo de la historia de la
humanidad hasta nuestros días, como señaló la historiadora israelí Anat Peri y
lo que es considerado por el historiador norteamericano David Steinard como
“expresión de la ideología racista blanca euro-americana”. Sobra decir que el
esbozo histórico brindado por Peri es esgrimido por muchos historiadores
israelíes y aplicado para justificar las matanzas que se cometen contra el
pueblo palestino.
El tratamiento israelo-sionista de ese tema constituye uno de los mayores
fraudes intencionales y premeditados de la historia moderna. La narrativa
histórica ya ha sido escrita y presentada en numerosas ocasiones y de forma
contradictoria sin que coincida una vez con la otra o al menos carezca de
carácter movilizativo.
En el discurso político israelo-sionista dirigido hacia Europa se destaca en
gran medida la responsabilidad moral de dicho continente con respecto a las
masacres cometidas por los nazis contra los judíos, al tiempo que se pasan por
alto, hasta menoscabarlas, las perpetradas contra los diferentes pueblos
europeos cuyas víctimas han sido varias veces mayores, sin pretender con ello
despreciar el valor de las pérdidas humanas judías.
A pesar de todo lo anterior, culpar a la Europa capitalista de la
responsabilidad moral, no impide que el discurso israelo-sionista se presente
como parte del discurso europeo central en aras de alcanzar una serie de
objetivos. Lo que pretende el discurso israelo-sionista al culpar a Europa de la
responsabilidad moral es obligarla a seguir desempeñando el papel del Pastor
Colonialista de Israel sobre la base de sus alegatos de ser una muestra en
miniatura de la Democracia Capitalista Occidental.
Esto le permite a Israel justificar todas las políticas sangrientas y racistas
contra los palestinos al presentarlos como “un pueblo atrasado” al margen de la
modernidad y necesitado de un proceso de “civilización” a manos de la ocupación
israelí, tal como lo fue el papel colonialista protagonizado por las potencias
colonialistas europeas y que constituyó el cimiento de la Cultura Europea
Centralizada.
A partir de ahí se presenta la resistencia del pueblo palestino como una
expresión práctica de “una cultura salvaje desarrollada sobre un suelo
abandonado, como una de las culturas nacionales alimentada por la moral y los
conceptos de la vida del desierto y de la ideología de la guerra y de la
venganza”.
Por tanto, la literatura política israelí nunca presentó de forma decisiva el
conflicto palestino-israelí como una lucha antagónica entre “dos nacionalidades”
hasta etapas muy tardías y precisamente ante las puertas de la Era de Oslo, sin
que ello implique en modo alguno el reconocimiento, ni implícito ni explícito,
de los derechos nacionales palestinos.
No obstante, el discurso israelí en relación con el “Holocausto” dirigido al
propio público israelí está basado en una tesis totalmente diferente desde el
punto de vista de la esencia del discurso empleado en el caso de los europeos.
El discurso interior acusa a los judíos alemanes de la “responsabilidad
histórica” de haber creado las condiciones para un caldo de cultivo de las
tendencias nacionales extremistas alemanas en su contra. Al respecto, el
periódico Haboel Hatzair, vocero del Movimiento Revisionista de Jabotinsky,
planteó como ejemplo que “la opresión ejercida contra los judíos alemanes es un
castigo para aquellos que trataron de fusionarse en una sociedad a la cual no
pertenecían”, y, por tanto, pagaron por su rechazo a ser trasladados como
emigrantes hacia Palestina, para contribuir a la construcción del Estado de
Israel.
La moraleja que se debe deducir es la necesidad de pertenecer única y
exclusivamente al Estado de Israel.
La contradicción que conlleva implícitamente el discurso político israelo-sionista
al ser presentado como parte de la cultura de las expresiones extremistas
nacionales totalitarias fue resuelta de forma oportunista y descubre sin titubeo
la inmoralidad de las verdaderas posiciones sionistas e israelíes.
Al plantear que “Israel es el único punto de apoyo que pertenece y pertenecerá
siempre a Europa”, unido al discurso israelí interno para explicar la
persecución a los judíos en Europa hace que la condena moral al Viejo Continente
no sea una censura desde el punto de vista de principios, porque se ha enfilado
de “manera errónea” contra los judíos europeos que forman el grueso de los
judíos incorporados orgánicamente a la cultura central europea y por tanto la
rectificación de ese craso error histórico será mediante la continuidad del
apoyo europeo al Estado Judío de Israel. Es eso precisamente parte de la
revisión y auto reevaluación que hizo Europa como conclusión de las amargas
experiencias de la conflagración mundial.
El discurso político sionista se percató muy prematuramente que debería de estar
del lado de la triunfante Europa independientemente de su identidad cultural o
ideológica.
Lo anterior fue bien expresado en los años cuarenta del siglo pasado por Abraham
Stern, fundador de la organización terrorista de igual nombre, al distinguir
entre enemigo y opresor. Según él, los palestinos son un enemigo salvaje,
mientras Hitler es un opresor fuerte. Para evitar toda confusión al interpretar
lo dicho anteriormente, el Programa de la Organización Stern plantea
textualmente: “No es necesario que haya mayoría y que el mundo esté dividido
entre razas guerreras y dominantes por una parte, y razas degradadas por la
otra”.
Muchos documentos históricos demuestran que los destacamentos sionistas
reflejaron una posición abierta en contra del Nazismo, sobre todo aquellos que
se basan en el principio del revisionismo como Jabotensky, al confirmarse la
futura derrota de la Alemania Hitleriana.
En 1941, los líderes de la organización terrorista Stern propusieron a los
dirigentes nacionalsocialistas alemanes (Nazis) entablar una alianza con ellos
con el objetivo de derrotar a los británicos, propuesta trasladada por el
terrorista Yitsaac Shamir. Ese hecho histórico fue revelado por Emmanuel Ritey
en su libro Los Guerreros de Israel.
Es más, la propia propuesta hecha llegar en aquel entonces mediante el Documento
de Ankara, como se conoce vulgarmente a la propuesta llevada en 1941 a Alemania
por el enviado secreto de la organización terrorista Stern, el terrorista
Naftali Loubentchik, aboga por una alianza entre Stern y el III Reich alemán y
determina los tres puntos de encuentro entre ambas partes:
1- “Existen intereses comunes entre un nuevo sistema europeo basado en la
concepción alemana y las aspiraciones nacionales del pueblo judío, tal como son
defendidas por Stern.
2- “Existen grandes posibilidades de colaboración entre la Nueva Alemania y un
grupo judío de constante renovación y capacidades financieras.
3- “El establecimiento de un Estado Judío sobre bases nacionales totalitarias y
su participación mediante un tratado con el Reich alemán ayudaría a fortalecer
la presencia alemana en el Medio Oriente”.
Por otra parte la organización terrorista Haganah mantuvo una relación
permanente y organizada con la inteligencia alemana que le permitió mantener el
flujo de emigrantes judíos alemanes a Palestina.
La mayoría de las corrientes del movimiento sionista compartían la misma
posición de Stern y Haganah, incluyendo aquellas llamadas moderadas. En 1933, el
Congreso Sionista Mundial rechazó una propuesta de trabajar en contra de Hitler
con 240 votos frente a solo 43, y en virtud de esa posición Hitler firmó un
acuerdo con el Banco Anglo-Palestino que financiaba toda la actividad
colonialista en Palestina, lo que llevó al Movimiento Sionista a congelar su
boicot al régimen nazi.
Una detallada y perspicaz mirada al actual discurso político israelo-sionista
demuestra que no sufrió ninguna alteración luego de 57 años del establecimiento
del Estado de Israel, demostrando la constancia de las bases ideológicas
racistas del movimiento sionista, a pesar de todas las turbulencias y
tortuosidades por las cuales atravesó la lucha palestino árabe-israelí y los
grandes cambios que tuvieron lugar en el orden internacional.
La estructura social israelí sigue sujeta a un sistema combinado de opresión que
se reproduce: opresión de la ocupación colonialista y colonización que se aplica
contra los palestinos y abarca, con sus ambiciones y tendencias hegemónicas, a
todos los árabes en general; opresión de carácter nacional contra los palestinos
de los territorios de 1948 sobre bases raciales, nacionales y religiosas; y al
mismo tiempo una discriminación étnica, racial y cultural que practican los
asquenazí (judíos occidentales) contra los sefarditas (judíos orientales),
porque a estos se les mira igual que a los palestinos como atrasados y ajenos a
la modernidad, quienes deben ser civilizados de acuerdo con el discurso central
europeo, en el cual se basa el discurso sionista. Mientras, por otra parte, los
sefarditas constituyen la punta de la lanza para la opresión contra los
palestinos.
La espiral de la opresión israelí es generada por la propia naturaleza de la
sociedad sionista debido a su afanoso empeño por consagrarse como una sociedad
colonial-racial, tal como aboga la ideología sionista que dio y da lugar a las
concepciones nacionalistas chovinistas esgrimidas por los racistas en el mundo
para justificar sus crímenes de lesa humanidad y que practica Israel hoy día
contra los palestinos.
Esta realidad cierra las puertas por completo a una necesaria y radical revisión
de la literatura histórica sionista y su discurso tergiversador de la verdad.
Por tanto, todo indica que está muy lejos de lograrse el reconocimiento por el
sionismo de su responsabilidad en relación con los padecimientos de los judíos
europeos durante la II Guerra Mundial y de los que sufren los palestinos en la
actualidad, ya que mantiene cabalmente la función por la cual ha sido creada:
causar los desastres y no evitarlos.
(*) Secretario General del Frente
Democrático para la Liberación de Palestina
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