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(IAR-Noticias)
09-Ag-05
La gran difusión que ha tenido el diferendo entre los gobiernos de Uruguay
y Argentina por la posible instalación de dos grandes fábricas papeleras en Fray
Bentos no significa que la población obtenga toda la información que el tema
exige: existe un deliberado silencio cómplice entre ambos gobiernos sobre el
nudo de la polémica.
Por Juan Ferro - Prensa
Obrera, Argentina
La inmensa mayoría de las empresas papeleras están consideradas como grandes
depredadoras del planeta. Las grandes empresas papeleras cargan con la
responsabilidad de haber provocado, en todos los lugares del mundo donde actúan,
un desequilibrio ecológico terrible para la humanidad: el de la deforestación
indiscriminada sólo dictada por su propia voracidad.
La tala de árboles siempre produce un escurrimiento de las aguas de lluvia,
causa de grandes inundaciones, con pérdidas millonarias de bienes,
fundamentalmente en los sectores más marginados que viven a la vera de los ríos.
En el proceso de la elaboración del papel, más del 85% del trabajo se realiza
con agua, por eso no por casualidad todas las papeleras del mundo están al borde
de los ríos. Los ríos y los lagos cumplen para estos grandes depredadores tres
funciones fundamentales: minimizan el costo del agua utilizada; sirven para el
transporte de sus productos (tienen hasta puertos propios); y, a la vez, los
ríos y lagos constituyen la gran cloaca de los residuos tóxicos provenientes del
proceso de fabricación del papel.
El gobierno argentino, ¿defensor de la ecología?
Desde hace añares, una gran parte de las papeleras argentinas se han ubicado
sobre el Paraná. Celulosa Campana, Papelera del Plata, Wixel, Campanita, Papel
Prensa de San Pedro, Iby en Entre Ríos, Andino sobre Santa Fe, Celulosa de
Capitán Bermúdez, y tres grandes papeleras de Misiones arrojan a este río los
efluentes tóxicos derivados de una gigantesca producción de más de 850.000
toneladas anuales de pasta de celulosa.
Los quimicos básicos para la producción de papel son el cloro y el ácido
sulfhídrico. Todas esas papeleras han cosechado centenares de denuncias sobre la
contaminación del agua. Algunas de estas empresas han llevado su depredación al
extremo de no mantener ni los más mínimos recaudos en materia de contaminación,
bajo el silencio cómplice de los gobiernos nacionales, provinciales y de la
propia burocracia sindical.
La contaminación de las papeleras es sólo uno de los aspectos de la gigantesca
cloaca de más de 1.500 kilómetros en que se ha transformado el Paraná, pues el
mismo procedimiento de las papeleras lo aplican las fábricas de los cordones
industriales de Campana, Zárate, Villa Constitución, San Lorenzo, el norte de
Santa Fe y Misiones. Con estos antecedentes, la “preocupación” del gobierno
argentino sobre “el impacto ambiental en el río Uruguay y en el Río de la Plata”
suena a cargada.
El gobernador Bussi, de Entre Ríos, también se ha hecho “ecologista”; ha llegado
a la desfachatez de pedir “permiso” al gobierno nacional para llevar el caso de
la instalación de las papeleras frente a Gualeguaychú hasta el Tribunal de La
Haya, mientras que la papelera Iby, ubicada en su provincia, fabrica 18.000
toneladas anuales de pasta de celulosa, para lo cual, además de violar
sistemáticamente las normas ambientales, viola todo tipo de norma laboral y de
producción, con trabajadores en negro o con contratos basura, impidiendo la
sindicalización y sin tener ningún tipo de seguridad industrial.
El gobierno argentino tiene aún mayor desfachatez pues ha pedido que se mida el
impacto ambiental sobre el Río Uruguay, omitiendo el desastre ecológico que se
produce en el Paraná.
Uruguay, ¿y por casa cómo andamos?
Las papeleras Fanapel y Parner, de Juan Lacaze, arrojan desde hace muchos años
al Uruguay la misma basura tóxica que las papeleras argentinas, pero con un
agravante: Fanapel, la pomposamente llamada “Fábrica Nacional de Papel”
uruguaya, ha sido comprada por una multinacional inglesa, la Investment
Corporation, desplazada de Europa por prácticas de contaminación ambiental.
Fanapel no sólo ha trabajado activamente estos años en Uruguay, ¡sino que ha
comprado Celulosa Argentina de Zárate y de Capitán Bermúdez!
Las dos plantas papeleras que pretenden establecerse en Fray Bentos, la Botnia
(finlandesa) y la Ence (española), tienen también una negra historia detrás. La
conducta de la Botnia, que opera sobre el Lago Saimaa (el más importante de
Finlandia), la ha dejado casi fuera de la producción europea a raíz de un grave
incidente ambiental que aniquiló toda la pesca en el verano de 2003.
Botnia está armando su retiro de la producción finlandesa hacia tierras donde
hay menor control. La cuestión de fondo es que las normas ambientales europeas
exigen un tratamiento antitóxico libre totalmente de cloro, y Botnia trabaja hoy
con el sistema llamado ECF (libre de cloro elemental), arrojando efluentes de
dioxinas (sustancias altamente tóxicas de propiedades cancerígenas). A partir de
2006, el sistema ECF va a ser prohibido en toda Europa.
La diferencia entre el sistema que arroja cloro a las aguas y el que no arroja
cloro es una cuantiosa inversión industrial. En la Argentina y el Uruguay de hoy
el sistema es más simple: tiran directamente “todo al río”, casi sin inversión
tecnológica que evite la contaminación.
La Ence española, que se instalará junto a Botnia en Uruguay, tiene el mismo
sistema ECF, con el agravante de que además se dedica a la compra de tierras
para forestar y luego las desforesta indiscriminadamente para vender a escala
mundial la madera para fabricación de pasta de celulosa. ¡Lo llamativo es que la
Ence ya vende madera a muchas empresas de celulosa en Argentina!
El presidente de Ence, José Luis Méndez, en declaraciones que llaman la atención
por su absoluto descaro, señaló para “Proyecto Uruguay”: “El objetivo de la
compañía es expandirse donde se den las condiciones propicias, y hoy por hoy el
asentamiento de Ence en Uruguay cuenta con un enorme potencial de crecimiento.
Ence posee en Uruguay 62.000 hectáreas de bosque y cuenta con la estructura
logística en un marco fiscal y legal oportuno” (fuente: página web de la Ence
española).
En resumen: la historia de que ambos gobiernos se preocupan por evitar la
contaminación ambiental es, como se dice en la jerga popular, “para la gilada”.
La única realidad es que se trata de una lucha entre las multinacionales
desplazadas de Europa y las actuales empresas de celulosa rioplatenses, donde
estas últimas llevan las de perder por dos razones: 1) a pesar de que todas
ellas son depredadoras por igual, las europeas tienen mayor tecnología y
utilizan el sistema CFE, que es un poco menos contaminante que el bárbaro que se
usa por estas costas; 2) no menos importante, las multinacionales van a producir
la quiebra de los sectores papeleros más rezagados. Ejemplo, ya estuvo cerrada
Celulosa Argentina de Zárate hasta que la compró la “uruguaya”, ahora inglesa,
Fanapel. Está en una seria crisis económica la planta de celulosa de Puerto
Piray.
Las dos plantas a instalar en Fray Bentos tienen un proyecto de producción de
1.500.000 toneladas de pulpa de celulosa, casi el doble de lo que se produce en
toda la Argentina, y cinco veces más de lo que necesita Uruguay. La producción
se hará en condiciones óptimas para la exportación, casi en la puerta del Río de
la Plata. Este es el corazón de la guerra de las papeleras.
Entregados es poco
Kichnner y Tabaré Vázquez son peones de esta lucha de las multinacionales.
Vázquez auspicia descaradamente el ingreso de las dos multinacionales. “La
solución que han planteado las empresas es que ellas mismas financien los
controles y formen a los especialistas, un mecanismo que claramente no ofrece
garantías, aunque en principio sería aceptado por el gobierno” (Brecha, 22/7).
Es poner al zorro al cuidado del gallinero.
Por su parte, Mujica y los dirigentes del MLN se han pasado de matar al
imperialista Dan Mitrione, a ser los adalides del ingreso de las multinacionales
en Uruguay, como lo demuestran Fanapel, Botnia, Ence, los que se llevarán Pluna...
y el último que apague la luz. Los uruguayos, que realizaron decenas de campañas
contra las privatizaciones, ahora ven que el gobierno de “izquierda tan soñado”
las hace entrar en masa.
El “ecologista” Kichner es el único pingüino del mundo que auspicia la
contaminación. Su defensa “nacional y popular” consiste en que la única forma de
competir de las empresas “nacionales” es haciendo la vista gorda a la
contaminación de las empresas de los ríos y las explotaciones mineras, y
permitiendo el trabajo en negro y los contratos basura, como lo demuestran las
empresas del río Paraná, Esquel, Río Turbio, entre otras. El gobierno argentino
entiende la defensa de la “empresa nacional” permitiendo todo tipo de atropellos
de ellas contra la propia población y contra los trabajadores argentinos.
La lucha de las papeleras va a concluir, inevitablemente, con muchos cambios de
dueños en las dos veredas rioplatenses, a favor de las multinacionales
desplazadas de Europa.
Corresponde denunciar a las direcciones burocráticas de los sindicatos
papeleros, que salvo honrosas excepciones aceptan ser la variable de ajuste de
las contiendas patronales. Si para muestra basta un botón, reproducimos una
exquisita declaración de un dirigente papelero argentino (Alberto Chávez,
representante de la Federación del Papel) ante manifestaciones populares contra
la contaminación de una de las empresas más depredadoras del país, Pasta
Celulósica Piray: “Hace medio siglo que la fábrica funciona en las mismas
condiciones y ahora que el país está envuelto en crisis y faltan fuentes de
trabajo no se puede pretender frenar la ocupación de cientos de familias
papeleras”. “Aunque todos conocen de la contaminación que la fábrica produce”
(Territorio Digital.com, 10/4/04).
Es necesario defender un programa que combine la defensa de las condiciones de
trabajo en las papeleras (ya que la contaminación también va para los de
adentro) y la lucha contra la contaminación ambiental que produce un
desequilibrio del medio ambiente y destruye la vida de los más vulnerables, que
son los pobres.
Tanto europeas como rioplatenses, las patronales viven de la explotación de los
trabajadores y de la complicidad de los gobiernos títeres al servicio de los
distintos intereses patronales.
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