Una de las tácticas más socorridas para impedir el debate intelectual es
plantear en blanco y negro las alternativas para solucionar un problema,
reduciendo al sí o al no las posibilidades del pensamiento práctico.
Por Mario Roberto Morales
- A Fuego Lento
Por
eso, las bipolaridades deben tomarse siempre con saludable sospecha y prudente
alejamiento, tratando de vislumbrar en su aparente contradicción irreconciliable
los innumerables matices de gris que siempre existen entre el blanco y el negro.
Los planteos bipolares simplifican
los problemas hasta falsear su natural complejidad, ofreciendo al espectador
distraído la ilusión de que sus soluciones se reducen a aplicarles un "sentido
común" que suele envolver intereses grupales cuya satisfacción implica lesionar
intereses ajenos.
Es lo que ocurre con la bipolaridad
neoliberal entre individualismo y colectivismo que, para los pensadores
"prácticos" y por ello antiintelectualistas neoliberales, constituyen dos
polaridades opuestas e irreconciliables entre sí, sobre todo en lo referido al
tipo de Estado "liberal" que conviene, según ellos, a los países del tercer
mundo y del mundo entero, independientemente de la experiencia de la Inglaterra
tatcherista y de la de los Estados Unidos de la "reagonomics".
Para ellos, el colectivismo es una ideología que piensa en la colectividad
social cuando piensa en las funciones del Estado y la economía. Mientras que el
individualismo es un "sentido común" que piensa en el individuo cuando piensa en
las funciones del Estado y la economía.
Así, los colectivistas son todos
aquellos que, yendo desde los aborrecibles comunistas y socialistas hasta los
empresarios mercantilistas de derecha que se cobijan en el Estado para lucrar a
costillas de quienes pagan impuestos (pasando por toda suerte de
socialdemócratas) creen que el Estado debe ocuparse de la colectividad.
Por el contrario, los individualistas han descubierto la irrefutable verdad (Smith,
Mises, Hayek, Nozick) de que son las personas individuales y no los colectivos
los que actúan en la sociedad y en la economía y quienes se relacionan entre sí
intercambiando bienes y servicios por dinero.
En este sentido, los colectivos son
"abstractos" y no tienen existencia "real". En otras palabras, el Estado no
existe, sino las personas que trabajan en la administración pública. La nación
no existe, sino sólo las personas que trabajan y viven en un territorio así
llamado por quienes inventaron la abstracción. La economía no existe, sólo las
personas que libremente intercambian bienes y servicios en beneficio mutuo.
De aquí, el antiintelectualista pensamiento libertario neoliberal deduce que la
libertad es propia de las personas, mientras que la autoridad y el autoritarismo
son propios de los colectivos abstractos, en nombre de los cuales se coarta la
libertad individual de las personas concretas, que sí existen en la realidad.
Como vemos, la oposición binaria
entre libertad y autoridad tiene el mismo carácter maniqueo de la
correspondiente entre individualismo y colectivismo. Ambas se plantean como
polaridades cuya existencia no sólo no necesita de la existencia de su
contraparte para existir sino, proponen los neoliberales, de hecho una (la
conveniente) sólo puede existir si se destruye la otra.
La negación de la negación es
desconocida para ellos. De aquí que su planteo y su lucha tengan un carácter
desembozadamente fundamentalista, es decir que su éxito depende de la
desaparición, por todos los medios posibles, de todos aquellos a quienes
perciben como colectivistas que quieren instaurar totalitarismos socialistas
para aplastar la libertad individual, en la que se basa la propiedad privada y
el derecho a practicar la libertad de empresa hasta llegar hasta el monopolio,
siempre y cuando-dicen-no se coarte el derecho de los demás.
Porque eso sí: "el respeto al derecho
ajeno es la paz", como decía Benito Juárez, un indígena mexicano que era liberal
y que soñó para su país una modernidad capitalista como la que soñó Árbenz para
el suyo unos años más tarde. Demasiado tarde, porque ya la guerra fría habría de
impedírselo a sangre y fuego, como se lo impidió a México después de Juárez.
Las oposiciones binarias sirven de base para plantear falsos problemas, como
todos aquellos que se ofrecen en blanco y negro. En el caso que nos ocupa, se
nos olvida que los colectivos están formados por individuos, y que los
individuos sólo pueden ser libres formando parte de colectivos, pues está
probado históricamente por la exitosa lucha de supervivencia librada por los
seres humanos, que el gregarismo fue imprescindible para que la vida individual
floreciera.
Plantear el problema como la
oposición de dos contrarios que no se relacionan entre sí y que no constituyen
cada uno la condición de existencia del otro, es llevar la realidad al
simplismo, evadiendo su carácter dialéctico y la posibilidad de aplicar
soluciones dialécticas a los problemas políticos y económicos de la humanidad.
Lo colectivo no se opone a lo individual de manera irreconciliable. Los
contrarios lo son porque se complementan, no porque se excluyen. Si no, que lo
digan los hombres y las mujeres.
Todo esto, sin embargo, debería discutirse libremente, si de veras se tiene un
espíritu liberal. Lo malo es que los neoliberales sólo responden con un silencio
que pretende ser de autosuficiencia pero que me mucho me temo es de puro y llano
temor.