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(IAR-Noticias)
16-Ag-05
La
participación en las elecciones batió récords; los votos blancos y nulos fueron
mínimos y todos los grupos de la izquierda y la ultraizquierda (sumando desde
los comunistas hasta los socialistas y desde los varios grupúsculos seudo
trotskistas hasta Autodeterminación y Libertad) sólo alcanzaron menos del 5% o
sea, menos de la mitad de lo que habían obtenido en octubre del 2001, en las
legislativas. ¿Qué pasó con la “insurrección ciudadana” por algunos pregonada?
Por
Guillermo Almeyra - Revista Herramienta
¿Qué
sucedió con la “situación revolucionaria” (o
“prerrevolucionaria”) que otros veían ocupar las calles?
¿Qué sucedió con el “¡Que se vayan todos!” que John
Holloway y el subcomandante Marcos calificaban de consigna
revolucionaria? ¿Cuál fue la suerte de las asambleas
populares surgidas de los cacerolazos que derribaron –con
la ayuda de la conspiración peronista- al gobierno de la
Alianza presidido por el ultraconservador Fernando de la
Rúa? ¿Nada cambió? ¿Todo fue inútil y el país conservador
renace apenas mejora algo la situación económica y premia
con casi el 40 por ciento de los votos al hombre del gran
capital, Ricardo López Murphy, agente de Estados Unidos,
represivo y al delincuente Carlos S. Menem, socio de
George Bush?
En primer lugar, la ultraizquierda confundió
“insurrección” con “insubordinación”. La primera no
existió ni podía existir, mientras que la segunda, muy
importante porque afecta gravemente el sistema de
dominación, abarcó –todavía, esperamos- sólo a una parte
minoritaria de la población, sobre todo en la
pequeñoburguesía urbana media y pobre de la Capital
Federal, Córdoba y Rosario, con algunas manifestaciones
menores en otras ciudades capitales en las provincias.
Para que haya una situación revolucionaria, según la
famosa frase de Rosa Luxemburgo, los de arriba no deben
poder gobernar como antes y los de abajo no deben querer
ser gobernados como antes. Pues bien: “los de arriba” (en
este caso los diferentes clanes peronistas en lucha entre
sí) tenían respaldo para gobernar en lo fundamental como
antes (colaboraron para echarlo a de la Rúa y canalizaron
a su favor la acción popular sin dirección ni objetivo);
por su parte, “los de abajo” estaban dispuestos a
repudiar, a protestar, pero no a echar a nadie como lo
revelaba, para quien supiera leer, la consigna desesperada
e impotente, pero rabiosa, “¡Que se vayan todos!”, que
dejaba en manos de los políticos repudiados el tener un
gesto final de dignidad o en manos del Destino el hacerlos
desaparecer.
En cuanto a las asambleas populares, en su mejor momento
llegaron a ser cerca de dos mil. Si se les atribuye, con
generosidad, una asistencia media militante de 200
personas por asamblea, se llega a la cifra muy importante
de 400 000 personas movilizadas permanentemente, las
cuales, con simpatizantes y familias, podrían representar
dos millones de personas. Pero el país tiene una población
de 37 millones y de esa diferencia salió el 40% de votos
ultraconservadores por Menem o López Murphy, que la
ultraizquierda ignoraba. La importantísima minoría que
pasó por las asambleas tenía y tiene la tarea de convencer
y ganar a la mayoría, desilusionada, despolitizada o
conservadora. Ahora bien, por un lado los grupúsculos de
la izquierda tradicional y la funesta ultraizquierda, que
no habían creado las asambleas, que fueron fruto de la
iniciativa popular anónima, se lanzaron a coparlas, a
sectarizarlas, no escucharon a la gente común que las
componían, la ahuyentaron. Además, no se puede mantener
indefinidamente, reuniéndose al aire libre, en calles y
plazas, en pleno invierno y bajo la lluvia, una
movilización cotidiana nocturna que es posible en verano y
hasta en otoño. Sobre todo cuando no hay un proyecto
alternativo que movilice y una y la mitad del tiempo hay
que dedicarlo a parar las desgastantes maniobras de la
ultraizquierda y cuando, por odio a la política
institucional, la mayoría de los asambleístas cree que la
política debe ser evitada, justamente cuando las asambleas
son el hecho político más prometedor y cuando hay que
reconquistar la política para los trabajadores, en el
sentido lato de la palabra. Las asambleas, por lo tanto,
se redujeron en número y en concurrencia y militancia.
Pero subsisten y la gente que pasó por ellas ya no es la
misma, pues recuperó el espacio público, escuchó y se
escuchó, creó organismos que son germen de doble poder a
nivel local, barrial. Lejos de reproducir simplemente el
poder, como dice Holloway, el doble poder al mismo tiempo
lo reproduce y lo combate, cambia al que lo ejerce y
cambia la relación de fuerzas en la sociedad, crear poder
de abajo debilitando al poder de arriba y prepara en la
cabeza de la gente y en la sociedad las condiciones
revolucionarias, cambiando el peso relativo del poder,
debilitando la dominación, construyendo alianzas al
mantener un hospital bajo autogestión de enfermos,
parientes, médicos, trabajadores, asamblea barrial o al
crear granjas comunitarias que dan de comer a los
desocupados.
En la Argentina de hoy subsisten más de 130 empresas,
chicas y medianas por lo general, que trabajan ocupadas
por sus obreros, que las administran en autogestión. Es
muy importante, por supuesto, que en vez de resignarse al
cierre y al despido, o de simplemente protestar desde
afuera, muchos desafíen la sacrosanta propiedad privada,
ocupen, mantengan la producción y el medio de trabajo.
Pero esa ocupación jamás es preventiva o política: se da
sólo ante un cierre, es defensiva. Y, además, en muchos
casos los trabajadores piden la estatización o
municipalización de las empresas ocupadas, para garantizar
sus salarios y tener un respaldo legal que impida que se
les desaloje, como en el caso emblemático de la textil
Brukman, en Buenos Aires. Estas fábricas ocupadas que
resisten a veces lo hacen con dinero de los proveedores,
que no quieren quedarse sin clientes, y muchas veces
reduciendo los salarios para capitalizar la empresa. La
idea de autogestión sin duda se refuerza y demuestra su
viabilidad a nivel de toda la sociedad, pero la medida no
deja de ser defensiva y la conciencia de quienes la
aplican está lejos de ser revolucionaria, como pretenden
algunos portavoces ultraizquierdistas de los opcupantes
que sólo los aíslan y les quitan aliados.
Por lo que respecta a los piquetes (grupos de desocupados
organizados) ni siquiera se ha llegado a la unidad. Cada
organización de izquierda tiene “su” piquete. Y la
conquista de una cuota de planes de trabajo pagados por el
gobierno facilita el surgimiento de un clientelismo
nefasto porque no se puede trabajar si no se es afiliado y
no se acata la línea de la dirección que negocia dichos
planes de trabajo.
El fracaso estruendoso de la izquierda se debe a su
incomprensión del nivel alcanzado por la conciencia de los
trabajadores a nivel nacional (por ejemplo, los obreros de
los grandes gremios están ausentes, como tales, de una
lucha en la que algunos participan como individuos). Se
debe a sus saltos mortales políticos (el Partido Obrero,
por ejemplo, vociferó contra las elecciones oponiéndoles
una fantasmal Asamblea Constituyente Popular de asambleas
y piqueteros hasta que, de golpe, presentó un candidato a
presidente propio en las elecciones que tanto había
condenado) y a su incapacidad total para encarar acciones
político-programáticas viables, capaces de movilizar y de
elevar la conciencia de los movilizados. Pero se debe
también a su incapacidad de pensar que el protagonista de
las revoluciones, su sujeto, es la gente común
trabajadora, no una raquítica organización partidaria
supuestamente poseedora, de una vez para siempre, de la
Verdad y la Línea Correcta. Sus actos, su comportamiento,
su lenguaje, su sectarismo son el obstáculo mayor para la
construcción de un polo unitario de izquierda, pluralista,
democrático, que tanto hace falta.
Entonces ¿no pasó nada? ¿Se quedaron todos los que se
debían ir y todo sigue como antes de diciembre del 2001?.
No. Las elecciones demostraron una fragmentación de la
burguesía que no tiene precedentes. La Unión Cívica
Radical, que tiene 113 años de antigüedad como partido
liberal con base popular de masas, virtualmente
desapareció. El peronismo, lejos de resolver su conflicto
interno, se fragmentó aún más. Menem, el hombre del
imperialismo, fue repudiado por el 80 por ciento del
electorado (antes lo habían elegido dos veces con
amplísima mayoría). Néstor Kirchner no representa al
peronismo aunque sea peronista (y la mitad de sus votos en
realidad fueron contra Menem). Uno de los errores
constantes de los analistas superficiales consiste en que
idealizan la realidad: el “que se vayan todos” es para
ellos sinónimo de un no al capitalismo cuando incluye la
ilusión en un capitalismo limpio y sano, las asambleas y
los piquetes son anticapitalistas (aunque junto a unos
cuantos revolucionarios existan y militen muchos que sólo
quieran protestar, esperen reformas y no estén contra el
sistema ) y el voto a candidatos peronistas es un voto
consciente, duro, peronista, aunque en realidad es un voto
al mal menor (tipo Kirchner) contra el mal mayor (la
derecha clásica, esa sí dura, que sigue a López Murphy) o
la banda de Menem.
La movilización, desde diciembre del 2001, debilitó al
establishment, dio márgenes para la autoorganización y,
sobre todo, confianza y moral a los movilizados. A falta
de una alternativa tuvieron que ir a votar o sea, combatir
en un terreno ajeno, y tuvieron que elegir, sin
esperanzas, entre los diversos males. Pero el hecho de que
no se espere nada de un líder burgués y se tenga
conciencia de por qué se ha votado por otro no pudiendo
votar por un programa y un candidato propio implica que se
ha recorrido ya casi la mitad del camino hacia la
independencia política y la organización de una
alternativa anticapitalista. El voto masivo demuestra,
paradójicamente, un buen nivel de conciencia política,
porque buscó, con buen sentido, utilizar las urnas, ya que
no se podía hacer otra cosa, para evitar el regreso de la
ultraderecha.
Pasadas las elecciones habrá que responder a los problemas
cotidianos. O sea, pelear en el terreno de la lucha de
clases directa y no en el electoral, que es simbólico y
desfavorable. El voto popular fue esencialmente
antimperialista y antineoliberal. Eso se expresó en la
recepción multitudinaria a Fidel Castro y a Hugo Chávez.
Kirchner podría utilizar ese factor para tratar de
construirse una base de apoyo para una política
nacionalista burguesa moderada que frene el camino a la
creación de una real izquierda y a una alternativa
anticapitalista en el país. Los intelectuales que, como
Miguel Bonasso, le dan patente de combatiente
antimperialista, o los elogios de Fidel Castro,
desgraciadamente le ayudan en esa tarea. Pero la
reanimación, aunque pequeña y relativa, de la economía
argentina, abrirá el camino nuevamente al gran ausente, el
proletariado organizado, hoy paralizado por la
desocupación y la miseria (la desocupación llega al 24% y
ésta supera el 75%, lo que indica que buena parte de los
ocupados son pobres o miserables). Los avances no siguen
nunca en línea recta ascendente. Hay pausas, retrocesos
parciales, desvíos temporarios: pero nadie le puede quitar
a quienes la vivieron la experiencia de la
autoorganización, de la democracia directa, de la
autogestión. Todo eso, pasado este invierno, electoral y
político, reflorecerá en la próxima primavera.
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