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(IAR-Noticias)
22-Ag-05
En junio de 1943, Niels Bohr abandonó Dinamarca -ocupada por los alemanes desde
1940-, se puso a salvo en Suecia y, unos meses después, se embarcó rumbo a
Inglaterra. Niels Henrik David Bohr, uno de los físicos nucleares más celebres
de su época, nació en Copenhague en 1885; a principios de 1911 trabajó la
dirección académica de Ernest Rutherford, en Manchester, se especializó en
mecánica cuántica y dos años más tarde, en 1913, dio a conocer su modelo
atómico.
Por José María Pérez Gay - La
Jornada
Al introducir la teoría de las
órbitas electrónicas en torno al núcleo atómico, Bohr demostró que las órbitas
exteriores contaban con un número mayor de electrones que las más próximas al
núcleo. En este modelo, al emitir un fotón de energía los electrones caen de una
órbita exterior a otra interior, principio sobre el que se sustenta la mecánica
cuántica. En 1922, Niels Bohr recibió el premio Nobel por su interpretación de
la mecánica cuántica, la llamada Escuela de Copenhague.
Al llegar a Los Alamos, Bohr traía en realidad un informe para J. Robert
Oppenheimer, una suerte de sospecha perturbadora, una inquietud que lo
obsesionaba. Según él, poco antes de escapar del cerco de los nazis en
Dinamarca, Werner Heisenberg -su antiguo alumno y teórico principal de la física
nuclear en Alemania- lo visitó en Copenhague. Bohr le preguntó si los alemanes
estaban fabricando una bomba atómica, y Heisenberg -asegura Bohr- le contestó
con evasivas, rodeos sin sentido y dudas. Las evasivas despertaron en Bohr la
sospecha de que los alemanes se habían adelantado en la construcción de un arma
atómica. En Los Alamos, Oppenheimer habló largo con Niels Bohr y supo que no
había tiempo que perder.
Oppie sabía también lo que pasaba en el Proyecto Manhattan. Los problemas
técnicos eran, al parecer, insuperables. El Servicio Secreto de Los Alamos
conspiraba en su contra; le reportaba a la FBI todo lo que él hacía o dejaba de
hacer, y así llegaron a la conclusión de que Oppenheimer era un espía comunista;
desde entonces lo consideraron un "hombre de enormes riesgos", poco confiable.
En su increíble tontería, los agentes de Hoover nunca se enteraron de que el
peligro se encontraba muy cerca de ellos, y lo encarnaba otra persona que
trataban las 24 horas del día. En el grupo de físicos nucleares británicos que
había llegado con Niels Bohr a Los Alamos, y que además se había sumado al
Proyecto Manhattan, llegó también Klaus Fuchs, uno de los más brillantes y
eficaces espías soviéticos de la época. Fuchs se puso en contacto con su hombre
en Pasadena, un espía húngaro. Todas las semanas viajaba a Santa Fe, tomaba café
con sus amigos y pasaba la información cifrada más minuciosa en torno al
proyecto estadunidense de la bomba atómica.
Si Enrico Fermi no hubiese efectuado en esos días un descubrimiento decisivo, la
fabricación de la bomba atómica habría fracasado. Durante sus experimentos con
el primer reactor nuclear del mundo en Chicago, Fermi había producido pequeñas
cantidades de un elemento recién descubierto: el plutonio, en forma de un
isótopo radiactivo plutonio 239 (Pu 239). Ese descubrimiento significó un avance
inimaginable, porque Pu 239 tenía una "masa crítica" que sólo era un tercio de
la del uranio 235. Más todavía: el plutonio 239 se originaba en el reactor del
uranio 238. Las grandes cantidades del uranio 238 no fisionable, que permanecían
después de haber extraído el uranio 235, captaban neutrones de tal modo que, por
una reacción en cadena, se iban a convertir en partículas pesadas de plutonio
239. A partir de ese momento, el plutonio se convirtió en otro elemento
necesario para fabricar una bomba atómica.
Las grandes instalaciones de Oak Ridge y de Hartford comenzaron a producir
plutonio; pero el llamado a la responsabilidad y a una disciplina vertical no
lograrían nada. Se necesitaba de una gran sensibilidad en general y de un enorme
cuidado en las mismas instalaciones: el plutonio fisionable es mortal a causa de
las radiaciones alfa, la médula ósea absorbe esas partículas y el resultado es
una leucemia incurable. Cantidades de más de 0.13 miligramos, algo más que una
mota de polvo, son mortales para los seres humanos. A pesar de los esfuerzos
descomunales y de la fabricación de plutonio, las cantidades del material
fisionable que se obtenían eran más que insuficientes, no se obtenía nada, o
casi nada. Los enormes generadores de Oak Ridge dejaban de funcionar semanas
enteras y, como si fuese poco, el informe de Niels Bohr les cayó a los físicos
nucleares encima como si fuese una pesada lápida. Oppenheimer se dio cuenta de
que había cometido un error. Se descubrió que los métodos alternativos del cañón
de la bomba no podían aplicarse, porque el plutonio en altas concentraciones
produce una cantidad de neutrones vagabundos, y éstos desencadenan una explosión
siempre prematura. Por esa razón, no existía otro camino que poner a funcionar
el método de la implosión.
Después de haber solucionado las incógnitas en los mecanismos de detonación,
quedaba el camino libre para "experimentar con la bala". ¿Cómo se debía ordenar
la carga explosiva y, al mismo tiempo, garantizar la detonación? Los jóvenes
físicos como Richard Feynman y los antiguos maestros como el matemático von
Neumann se devanaban los sesos para encontrar una respuesta. ¿Qué matemática
podía describir el proceso? ¿Qué formula podía enunciar y resumir esa masa
crítica de números? ¿Qué efecto podía tener una implosión esférica que partiera
de un fragmento de plutonio tan grande como una pelota de futbol? Hasta donde
ellos sabían, la tarea iba a consistir en calcular el avance de una onda
esférica de detonación en un líquido en estado de presión. Bajo una tensión más
fuerte que en el centro de la Tierra, el plutonio debía calentarse en cuestión
de microsegundos a 50 millones de grados celsius. Mientras jugaban al póquer
bajo el sol incandescente de Nuevo México, los científicos más inteligentes y
capaces se rompían la cabeza pensando en las soluciones.
La primera bomba atómica de la historia estalló en Alamogordo, 180 kilómetros al
sur de Alburquerque, en el desierto de Nuevo México, cerca de un lugar llamado
Trinity. Era una bomba de plutonio, que debía detonar a 33 metros de altura en
una torre de acero. A nueve kilómetros del punto cero, J. Robert Oppenheimer y
sus expertos debían supervisar la explosión semiocultos en un búnker construido
para la ocasión. Según Hans Bethe, un físico nuclear alemán exiliado en Los
Angeles, la energía que la bomba iba a desencadenar sería el equivalente a cinco
toneladas de TNT, una cifra más que realista. Todos los presentes se preocupaban
por los efectos de la radiactividad, pero nadie podía asegurar su intensidad ni
sus efectos, ni siquiera los especialistas.
Los observadores y los científicos, Oppenheimer incluido, se enfrentaban a la
fuerza abrumadora de lo desconocido: la única verdad se iba engendrando en lo
que los rebasaba. En las primeras horas de la mañana del 6 de julio de 1945,
Oppenheimer y su equipo se reunieron en el refugio antiaéreo o búnker. Oppie
fumaba un cigarrillo tras otro, derramó una taza de café en su camisa, se
tropezó con una banca y su estólida expresión de Buster Keaton se congeló a las
5:30 horas, al comenzar la cuenta final, el countdown. Un resplandor gigantesco
iluminó el desierto, le siguió una explosión de calor increíble y silenciosa.
Unos instantes después la estampida de la explosión entró a saco en el búnker, y
todos se quedaron atónitos cuando vieron una luz color naranja, más luminosa que
el sol, formar un hongo inmenso de 12 mil metros de altura en el cielo. Los
observadores vieron formarse una enorme esfera de fuego en la distancia, la cara
de Oppenheimer reflejó sólo terror y, al mismo tiempo, repitió una línea del
Bhagavadita: "Yo soy la muerte/ que todo lo consume,/ el verdadero destructor de
los mundos". El general Leslie Groves no entendió lo que Oppie decía, pero
Enrico Fermi hizo un pequeño experimento en el búnker. Cuando las ondas del
impacto alcanzaron el refugio, después de haber recorrido 30 kilómetros a través
del desierto, Fermi dejó caer pedazos de papel al suelo. La onda expansiva llevó
esos pedazos a una enorme distancia, entonces Fermi hizo un cálculo aproximado.
Se trataba de una explosión de 20 mil toneladas de TNT, cuatro veces más de lo
que Hans Bethe había calculado. La era atómica había comenzado.
La noticia de la capitulación de Alemania llegó a Los Alamos antes de la
explosión; al poco tiempo murió el presidente Roosevelt, Harry Truman tomó
después las riendas del mando en estados Unidos, J. Robert Oppenheimer recibió
órdenes muy precisas: nada había cambiado, la bomba atómica no se iba a lanzar
contra Alemania, sino contra Japón. El 6 de agosto de 1945 una bomba de uranio
envolvió a Hiroshima en una tormenta de fuego; tres días después, otra de
plutonio exterminó todo signo de vida en las cercanías de Nagasaki. Oppenheimer
regresó al Caltech; muy consciente de lo que había hecho, sabía que nunca se
quitaría de encima esa maldición y que pasaría a la historia como el padre de
ese terror llamado bomba atómica.
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