Más
que nunca, Europa parece hoy una mezcla contradictoria de éxito económico
relativo y fracaso político.
Por Alain Touraine*
Por
supuesto, la máquina sigue funcionando y son muy pocos los que quieren
destruirla. Pero no es más que una máquina y la política europea no parece tener
ninguna finalidad salvo tornar las naciones europeas compatibles con la
organización de la economía mundial, a la vez que habla de la voluntad europea
de resistir a la dominación estadounidense.
Algunos países, sobre todo España, están tan contentos de haberse librado de su
modelo nacional arcaico que funcionan de una manera muy abierta, muy favorable a
la libre expresión de los sentimientos privados, la transformación de las
costumbres y las demandas de la socialdemocracia.
Pero los países más grandes están paralizados por la inadaptación de su sistema
de gestión. No se han convencido todavía de que el liberalismo un poco social a
lo Blair sea la solución que les conviene; lo hemos visto con la victoria del No
francés que se ha basado en una reacción clásica de la izquierda de defensa de
los salarios y del empleo.
Del lado italiano, la capacidad de movilización popular sigue siendo muy grande,
aunque Sergio Cofferati ya no es el líder carismático de la CGIL (Confederación
General Italiana del Trabajo), sino el alcalde de Bolonia, ciudad que ha vuelto
a su tradición comunista.
Y si Alemania está sumida en la confusión, se cree que incluso en los medios
obreros los democristianos realizan grandes avances.
En todos estos países se ve un cambio de tendencias, un parate que los pequeños
asalariados dan a la degradación de su situación. Y la tercera vía de Blair, que
tantos europeos han considerado demasiado a la derecha, ¿está lo más a la
izquierda posible?
El planteamiento de estas dudas proporciona en gran parte la respuesta a
nuestros interrogantes. Un movimiento de opinión de izquierda socialista, como
existe en Francia, sólo puede transformarse en fuerza política si un partido de
tipo socialdemócrata toma un giro hacia la izquierda.
Pero un giro así significaría la
vuelta de la vieja izquierda (el Partido Comunista, la extrema izquierda o los
Verdes fundamentalistas). Lo que muestra lo difícil que resulta mantener unidas
a las clases medias socialdemócratas y a las categorías amenazadas, asalariadas
o no, que tienen miedo a Europa, al futuro de la economía mundial y a las
deslocalizaciones.
Este renacimiento de un socialismo de
izquierdas significaría la vuelta al mitterrandismo, es decir, al tema de todos
juntos contra la dominación del capitalismo mundial y la hegemonía
estadounidense.
Lo que las dificultades de la construcción de la Europa política han demostrado
es precisamente el agotamiento de las socialdemocracias que triunfaron en la
segunda mitad del siglo XX.
La presencia de un fuerte movimiento
de izquierda socialista indica la desconfianza hacia esta Europa entre las
categorías que son también las más débiles o las más amenazadas. Estas
categorías no piden una revisión política e intelectual, como es el caso de la
izquierda liberal; piden una mayor seguridad del trabajo y del empleo y un mejor
nivel de vida.
¿Y cómo no realizar la comparación de estos países europeos con los de América
del Sur, donde Chile y Uruguay han elegido el camino de una izquierda muy
moderada, camino que va a retomar, al parecer, el Brasil de Lula tras el doble
fracaso de la izquierda radical, incapaz de elaborar un programa de reformas y
más tarde destruida por su propia corrupción?
Desde luego, los vientos, cuando
soplan a la derecha, lo hacen muy fuerte, como en los EE. UU. de Bush, mientras
que, cuando el viento sopla hacia la izquierda, es tan débil que sólo puede dar
fuerza a un centro más próximo a la derecha que a la izquierda, como es el caso
del Partido Laborista de Tony Blair en Gran Bretaña.
Copyright Clarín y Alain Touraine, 2005.
*Sociólogo. Director Instituto de Estudios Superiores, Paris