“Los
actos políticos de hoy cumplen una función escenográfica para
su pariente más poderosa, la comunicación televisiva. El
verdadero destinatario no es el que concurre al acto, sino el
que lo mira en directo por televisión. Los candidatos ya no
compiten entre sí; ahora deben competir con Madonna".
Por Gabriel
Cocimano
En
la era hipermediática, el marketing político ha ido adoptando
cada vez más las técnicas y estrategias propias de la
maquinaria publicitaria.
La cuestión no es ya convertir
ideológicamente a los ciudadanos: si desde fines de los años setenta comenzaron
a desvanecerse -a instancias del nuevo mundo material y tecnologizado- las ideas
de progreso, razón y revolución asociadas a la modernidad, ¿han asistido las
sociedades plurales contemporáneas al fin de las ideologías?.
Entendida como la decadencia de los
sistemas sociales estructurados alrededor de metalenguajes como patria, honor,
civismo, familia y progreso, la ideología del fin de las ideologías es funcional
al orden capitalista y consumista imperante ya que, como afirma Gilles
Lipovetzky, si ninguna ideología política es capaz de entusiasmar a ningún
electorado en una era en que reina la indiferencia de masas, “el capitalismo
encuentra en esa indiferencia una condición ideal para su experimentación”.
Así como la publicidad intenta generar en un producto una personalidad de marca,
un estilo particular, y no ya enumerar las cualidades objetivas de dicho
producto, el marketing político apela, con los mass media como instrumentos de
alta performance, a todos los recursos posibles para lograr la mejor imagen del
candidato. En la era post-verbal, donde la palabra política se ha eclipsado en
aquella indiferencia social, los publicistas y gurúes electorales de los
candidatos en las campañas políticas son llamados a su juego.
“Los candidatos ya no compiten
entre sí; ahora deben competir con Madonna”, postula el publicista ecuatoriano
Jaime Durán, gurú del marketing político y asesor de algunos candidatos
argentinos a las elecciones por la renovación de las cámaras legislativas (Young
2005).
La reutilización de ciertos métodos tradicionales de la política -mitines,
caminatas, comunicación interpersonal, caravanas- están pensados solo para el
impacto mediático. Los candidatos realizan actos -aunque ya no multitudinarios-
apostando a que tengan trascendencia en los medios.
“Los actos políticos de hoy -explica
el especialista en comunicación Gustavo Martínez Pandiani- cumplen una función
escenográfica para su pariente más poderosa, la comunicación televisiva.
El verdadero destinatario no es el
que concurre al acto, sino el que lo mira en directo por televisión” (Ibid). En
efecto, lo óptico, la puesta en escena de la imagen, “tiene un destino de
agigantamiento”, según palabras de Gastón Bachelard.
Esa imagen articula una tecnología de
gran escala que tiende a olvidar lo real y lo pequeño, y a desestimar la
ideología. Así como en la guerra, según Paul Virilio, “se trata de contar con la
logística mediática, que alimenta a la población de violencia”, en el campo
político la imagen alimenta la ilusión, el vacío de sentido y la anulación del
elector, que ha quedado reducido a mero consumidor.
Las campañas electorales han prostituido a sus candidatos: una nube de asesores
de imagen, de vestuario, estrategas, semiólogos, analistas de prensa,
encuestadores y comunicólogos los rodean. Son los encargados de elaborar el book
de los políticos, a semejanza del de las modelos y prostitutas.
Cada uno de ellos mostrará su mejor
look: agresividad, ternura, informalidad, sensibilidad y hasta algún rasgo de
inteligencia en una batalla de estilos, formas y efectos. En suma, el triunfo de
lo superficial en un mundo en que lo político agoniza, aturdido por la
hipocresía y la evidencia de su voracidad.
“La campaña presidencial batía todos
los récords de participación -escribía con amarga certeza un columnista del
diario Liberation de París (Avignolo 2002)-. Era el gran torneo inicial de una
república presidencial. Francia había hecho la religión de la política. Hoy todo
está dado vuelta, caduco. La política francesa se banaliza, la campaña
presidencial se americaniza”.
En su libro “Cómo se gana el poder”, el consultor político español José Luis
Sanchis analizó herramientas y técnicas de marketing político comúnmente
utilizadas en los procesos electorales: desde las encuestas y sondeos hasta
matrices de transferencia (de votos de un candidato a otro), tracking
(entrevistas pequeñas y selectas en todos y cada uno de los días de la campaña
para predecir resultados finales), cluster (análisis de tipologías de la
población) y path análisis (para verificar las relaciones de causalidad
existentes en el conjunto de variables explicativas de la intención del voto
(Castillo Rivas 2001).
La técnica conocida como Focus Group
provoca fascinación: son encuestas cualitativas en las que los consultores
reúnen a grupos de personas para que -mediante una charla informal- exploren las
bondades y debilidades de los candidatos. Este método se utiliza antes de
diseñar encuestas o cuantificar un mercado: heredados de las campañas
estadounidenses, los Focus Group son interpretados por los gurúes de campaña,
los estrategas que definen junto al candidato el contenido de sus discursos (Young
2005).
Toda una maquinaria puesta en marcha para generar un impacto en el
elector-consumidor, y posicionar la imagen pública de cada candidato. “Ingéniese
para que en sus acciones se advierta grandeza, valor, gravedad y fortaleza”,
postulaba Nicolás Maquiavelo en su obra “El Príncipe”, acaso el primer tratado
moderno sobre la imagen pública.
Para el escritor florentino, un
príncipe debe evitar todo aquello que le pueda hacer odioso o despreciable;
quizá no necesite poseer todas las cualidades que el autor menciona, pero sí
debe parecer que las posee. De esta manera, la imagen se forma sustancialmente
por la apariencia externa: acciones, gestos, manifestaciones, simbología (Abreu
Sojo 2001).
Vivimos en una realidad política disociada: por un lado, la clase dirigente; por
otro, una sociedad cada vez más desconectada de la esfera política. Baudrillard
afirma que las decisiones circularán, como siempre, entre las elites, los
expertos y los estrategas, sin consideración para con ninguna opinión pública.
Si “la mayoría de las decisiones
importantes se toman en una suerte de espacio privado de lo político o
transpolítico” (Baudrillard 1997), y los escándalos, la corrupción y la
desgracia general no tienen consecuencias decisivas en una sociedad disociada,
donde la responsabilidad ya no forma parte del juego, acaso no tenga sentido la
discusión ideológica en el corazón mismo de toda campaña electoral.
En tanto la indiferencia de masas contribuya a la disociación de la realidad,
los estrategas del marketing político seguirán diseñando a discreción sus
mejores productos para consumo masivo: los candidatos políticos.
Con todos los recursos técnicos y
metodológicos de la ingeniería electoral, Maquiavelo hubiera hecho las delicias
de cualquier príncipe. “El fin justifica los medios”, la sentencia inmortal del
florentino, resuena más que nunca en las alfombradas oficinas de los publicistas
y gurúes del marketing político.
Gabriel Cocimano
http://personales.ciudad.com.ar/gcocimano
Fuentes:
ABREU SOJO, Iván: El estudio de la imagen pública: ¿la clave del éxito?, Revista
Latina de Comunicación Social, Nº 39, La Laguna (Tenerife), Marzo 2001.
AVIGNOLO, María Laura: Los candidatos franceses cambian ideología por modistos y
marketing, en “Clarín”, Buenos Aires, 06/03/2002, pág.30.
BAUDRILLARD, Jean: El espectáculo de la corrupción nos complace a todos, en
“Clarín”, Sección “A Fondo”, Buenos Aires, 19/10/1997. Entrevista de Jorge
Halperín.
CASTILLO RIVAS, Donald: Cómo se gana el poder, en Confidencial, Nº 254 Año 6,
Nicaragua Agosto 2001 - www.confidencial.com.ni
YOUNG, Gerardo: La campaña arranca al ritmo del marketing y las encuestas, en
“Clarín”, Suplemento “Zona”, 14/08/2005, págs.32-34.