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(IAR-Noticias) 12-Sept-05
El recurso del miedo, empleado por los sistemas de poder para disciplinar a
sus poblaciones ha dejado un horrible rastro de sangre derramada y dolor que,
a nuestra costa, ignoramos. La historia reciente ofrece muchos ejemplos
estremecedores.
Por Noam Chomsky - ZNet
A mediados del siglo veinte se presenciaron crímenes, tal vez los más
terribles desde las invasiones mongólicas. Los más salvajes se cometieron
donde la civilización occidental alcanzó su mayor esplendor. Alemania era el
centro rector de las ciencias, las artes y la literatura, y otros logros
memorables. Previamente a la Primera Guerra Mundial, antes de que la histeria
antigermánica se avivase en el Oeste, los politólogos estadounidenses
consideraban que Alemania era también un modelo de democracia digno de ser
imitado en el Oeste. A mediados de la década del treinta, Alemania fue
arrastrada en pocos años a un nivel de barbarie con escasos parangones
históricos. Lo más notable es que esto ocurrió con el apoyo de los sectores de
la población más educados y civilizados.
En sus extraordinarios diarios de vida como judío durante el nazismo (que
escapó a las cámaras de gas casi por milagro), Victor Klemperer escribe estas
palabras acerca de un profesor alemán amigo suyo al que había admirado mucho,
y que finalmente se unió al montón: "Si un día la situación se invirtiera y el
destino de los derrotados estuviera en mis manos, dejaría en libertad a toda
la gente corriente e incluso a algunos de los líderes que quizás, después de
todo, puede que hayan tenido buenas intenciones y no supieran lo que estaban
haciendo. Pero colgaría a todos los intelectuales y a los profesores tres pies
más alto que a los demás; estarían pendiendo de las farolas tanto tiempo como
lo permitiera la higiene".
La reacción de Klemperer era justificada y generalizada a gran parte del
registro histórico.
Son muchas las causas de los acontecimientos históricos complejos. Un factor
crucial en este caso fue la hábil manipulación del miedo. La “gente común” fue
arrastrada al miedo de una conspiración mundial judío-bolchevique que pondría
en riesgo la mismísima supervivencia del pueblo alemán. Eran necesarias
medidas extremas, en "defensa propia". Venerables intelectuales fueron aún más
lejos.
Cuando las nubes de la tormenta nazi se cirnieron sobre el país en 1935,
Martin Heidegger describió a Alemania como la nación "más amenazada" del
mundo, presa entre las "grandes pinzas" de Rusia y Estados Unidos, en un
ataque que era contra la civilización en sí misma, Alemania no sólo era la
víctima principal de esta fuerza pavorosa y bárbara, sino que además era
responsabilidad de Alemania, "la más metafísica de las naciones", encabezar la
resistencia. Alemania estaba "en el centro del mundo occidental" y tenía que
proteger la gran herencia de la Grecia clásica de la "aniquilación", confiando
en las "nuevas energías espirituales que se desarrollan históricamente desde
el centro". Las "energías espirituales" siguieron desarrollándose de forma muy
evidente cuando Heidegger hizo público ese mensaje, al que él y otros
destacados intelectuales continuaron adhiriéndose.
El paroxismo de la masacre y la aniquilación no terminó con el uso de armas
que bien podrían haber llevado a las especies a un amargo final. No debería
olvidarse que estas armas que extinguen especies las crearon las figuras más
brillantes, humanas y mejor educadas de la civilización moderna, trabajando en
aislamiento, y así la belleza del trabajo en el que estaban extasiados les
encantó tanto que aparentemente prestaron muy poca atención a las
consecuencias: importantes reclamos científicos contra las armas nucleares
comenzaron en los laboratorios de Chicago, después de que hubieron terminado
su rol en la creación de la bomba, no en Los Álamos, donde el trabajo siguió
hasta su inexorable final. Que no es el final definitivo.
La versión oficial de la Fuerza Aérea de EE.UU. relata que tras el bombardeo
de Nagasaki, cuando era seguro que Japón presentaría la capitulación
incondicional, el General Hap Arnold "quería el final más grandioso posible",
una incursión con 1000 aviones a plena luz del día sobre las ciudades
japonesas indefensas. El último bombardero regresó a la base justo cuando se
recibió formalmente el acuerdo de rendición incondicional. El jefe de la
Fuerza Aérea, el general Carl Spaatz, hubiera preferido que el gran final
fuera un tercer ataque nuclear sobre Tokio, pero se le disuadió. Tokio era un
"blanco pobre", que ya había ardido con la tormenta de fuego que se ejecutó
cuidadosamente en marzo y dejó unos 100.000 cadáveres calcinados,
constituyendo uno de los peores crímenes de la historia.
Asuntos así se excluyen de los tribunales penales militares y en gran parte se
borran de la historia. Hoy día apenas se conocen en algunos círculos de
activistas y especialistas. En esa época eran públicamente ensalzados como un
ejercicio legítimo de autodefensa contra un enemigo despiadado que había
alcanzado el máximo nivel de infamia al bombardear las bases militares de
EE.UU. en sus colonias de Hawai y Filipinas.
Vale la pena recordar que los bombardeos de Japón de diciembre de 1941 ("el
día que quedará en la infamia", en palabras de FDR (Franklin D. Roosevelt))
estaban más que justificados según la doctrina de "defensa propia anticipada"
que prevalece hoy entre los líderes de los autodenominados "Estados
ilustrados", EE.UU. y su cliente británico. Los mandatarios japoneses sabían
que Boeing estaba produciendo las Fortalezas Voladoras B-17, y estaban
seguramente enterados de los debates públicos en EE.UU. que explicaban cómo
(los B-17) se usarían para incendiar las ciudades de madera japonesas en una
guerra de exterminio, volando desde las bases de Hawai y Filipinas ("arrasar
el corazón industrial del Imperio mediante ataques con bombas a ese “montón de
hormigueros de bambú", recomendó el General retirado de la Fuerza Aérea
Chennault en 1949, una propuesta que "sencillamente encantó" al Presidente
Roosevelt. Evidentemente, es una justificación mucho más poderosa para
bombardear las bases militares de EE.UU. en las colonias que cualquiera
inventada por Bush, Blair y sus socios cuando ejecutaron su "guerra
preventiva", que fue aceptado, con reservas tácticas, por el grueso de la
opinión establecida.
La comparación, de todas formas, es inoportuna. Los que habitan en un montón
de hormigueros de bambú no tienen derecho a sentir emociones como el miedo.
Tales sentimientos y preocupaciones son privilegios de los "ricos que viven en
paz en sus moradas", según la retórica de Churchill, las "naciones
satisfechas, que no deseaban nada más para ellas que lo que ya tenían", y, a
quienes, por eso, se les “debía confiar el gobierno del mundo" para que haya
paz; un cierto tipo de paz, en la que los ricos se verían libres del miedo.
Cuán libres del miedo deberían sentirse los ricos queda gráficamente revelado
en el altamente valorado aprendizaje de las nuevas doctrinas de "autodefensa
anticipada", artísticamente desarrolladas por los poderosos. La contribución
más importante, con alguna profundidad histórica, la hace un destacado
historiador contemporáneo, John Lewis Gaddis de la Universidad de Yale.
Asegura que la doctrina de Bush viene directamente de su héroe intelectual, el
gran estratega John Quincy Adams. En la paráfrasis que hace The New York
Times, Gaddis "sugiere que el programa de Bush para luchar contra el
terrorismo radica en la noble e idílica tradición de John Quincy Adams y
Woodrow Wilson".
Podemos dejar de lado el vergonzoso historial de Wilson y quedarnos con los
orígenes de la noble e idílica tradición que Adams estableció en un famoso
documento de estado al justificar la conquista de Florida por Andrew Jackson
en la Primera Guerra de los Seminolas, en 1818. Adams argumentó que la guerra
estaba justificada en la defensa propia. Gaddis está de acuerdo en que sus
motivos eran preocupaciones legítimas por la seguridad. Según la versión de
Gaddis, después de que los británicos saquearan Washington en 1814, los
líderes de EE.UU. reconocieron que la "expansión es el camino hacia la
seguridad" y por eso conquistaron Florida, una doctrina que se ha expandido
ahora por todo el mundo gracias a Bush (con toda propiedad, según él).
Gaddis cita las fuentes correctas, principalmente el historiador William Earl
Weeks, pero omite lo que dicen. Se aprende mucho sobre los precedentes de las
doctrinas y el consenso actuales sólo con prestar atención a lo que Gaddis
omite. Weeks describe todos los detalles escabrosos de lo que Jackson hacía en
la "exhibición de asesinatos y saqueos conocida como la Primera Guerra de los
Seminolas", que no era más que otra fase en su proyecto de "alejar o eliminar
a los nativos americanos del sudeste", en proceso mucho antes de 1814. Florida
era un problema, tanto porque aún no había sido incorporada al imperio
estadounidense en expansión, como porque era un "paraíso para los indios y los
esclavos fugitivos ... que huían de la ira de Jackson o de la esclavitud".
De hecho hubo un ataque indio, que Jackson y Adams utilizaron como pretexto:
las fuerzas estadounidenses expulsaron a un grupo de seminolas de sus tierras,
mataron a algunos y quemaron su poblado hasta que no quedó nada. Los seminolas
respondieron atacando un barco de abastecimiento bajo mando militar. Jackson
aprovechó la oportunidad y "se embarcó en una campaña de terror, devastación e
intimidación", destruyendo poblados y "fuentes de alimentación en un esfuerzo
calculado para infligir hambrunas a las tribus, que se refugiaron de su ira en
las ciénagas". Así siguieron las cosas, que desembocaron en el documento de
Estado de Adams, tan elogiado, que apoyó la agresión inmotivada de Jackson
para establecer en Florida "el predominio de esta república por sobre las
odiosas bases de la violencia y el derramamiento de sangre".
Éstas son las palabras del embajador español, una "descripción dolorosamente
precisa", escribe Weeks. Adams "había distorsionado, disfrazado y mentido
conscientemente sobre los objetivos y la conducta de la política exterior
estadounidense ante el Congreso y el pueblo", continúa Weeks, violando
groseramente sus proclamados principios morales, "defendiendo implícitamente
la exterminación india, y la esclavitud". Los crímenes de Jackson y Adams
"probaron ser un preludio de la segunda guerra de exterminación contra los
seminolas", en la que los supervivientes huyeron al oeste, donde más tarde
correrían la misma suerte, "o les asesinarían, o serían forzados a refugiarse
en las densas ciénagas de Florida". Hoy, concluye Weeks, "los seminolas
sobreviven en la conciencia nacional como la mascota de la Universidad Estatal
de Florida", un caso típico e instructivo...
...El marco retórico se sustenta en tres pilares (Weeks): "la suposición de la
virtud moral única de Estados Unidos, la afirmación de su misión de redimir al
mundo" difundiendo sus ideales declarados y el "estilo de vida americano", y
la fe en el "destino manifiesto" de la nación. El marco teológico suprime el
debate razonado y reduce los asuntos políticos a elegir entre el Bien y el
Mal, y por lo tanto reduce la amenaza a la democracia. Se rechaza a los
críticos por "antiamericanos", un concepto interesante que se tomó prestado
del vocabulario totalitarista. Y la población ha de acurrucarse bajo el
paraguas del poder, por miedo a que su forma de vida y su destino estén bajo
peligro inminente.*
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