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NORTEAMERICA  

 

Como deben investigarse los bombazos de Londres

 
 

(IAR-Noticias) 23-Sept 05                                              

La redacción de EIR le envió un memorando el 11 de enero de 2000 a la entonces secretaria de Estado de los Estados Unidos, Madeleine Albright, con copia a otros miembros clave del gabinete del presidente Bill Clinton, y de la Cámara de Representantes y el Senado de los Estados Unidos. El memorando preguntaba: ¿debe incluirse a Gran Bretaña en la lista de Estados que patrocinan el terrorismo?

Por Jeffrey Steinberg - Resumen Ejecutivo

La redacción del documento vino justo después de que el Gobierno británico recibió una ola de protestas diplomáticas formales, por la participación de organizaciones terroristas con sede en Londres en una serie de atentados violentos ocurridos en Chechenia, Cachemira, Israel, Turquía, Egipto y Colombia. Las pruebas que EIR presentó se fundaban exclusivamente en informes de los gobiernos agredidos, sobre la participación de terroristas con sede en Londres, y protegidos por el Gobierno británico, en esos ataques violentos de guerra irregular.

Con la cooperación de funcionarios del Departamento de Estado de los Estados Unidos, EIR obtuvo copias de los informes legales sobre cómo el Gobierno estadounidense determina qué Estados incluir en la lista de patrocinadores de las llamadas “organizaciones terroristas extranjeras”, y el memorando de EIR fue estructurado de conformidad con el criterio del Departamento de Estado.

El memorando de enero de 2000 es ahora, de nuevo, muy pertinente, luego de los bombazos del 7 de julio de 2005 contra el sistema de transporte colectivo de Londres, ataques que mataron a más de 50 personas e hirieron a cientos más; la segunda intentona terrorista frustrada en Londres, cuando 4 bombas supuestamente introducidas por el mismo número de individuos en el transporte subterráneo y en un autobús fallaron en estallar el 21 de julio; y los bombazos en Charm el Cheik, Egipto el 23 de julio, que dejaron un saldo de al menos 90 muertos y 240 heridos.

El terrorismo en Londres

El 9 de julio de 2005, a dos días de los bombazos de Londres, Lyndon LaRouche escribió un breve documento titulado “El atentado terrorista de la ‘bicicleta de montaña’ ”, en el que identificó tres factores estratégicos que establecen el ámbito en que ocurrieron los atentados de Londres, y sentó un marco de referencia para efectuar cualquier investigación competente. Puesto que la investigación oficial de la policía británica seguía en sus etapas preliminares al momento de escribir estas líneas, no hay mucho que decir sobre los resultados todavía. Sin embargo, cabe señalar que Scotland Yard y otras agencias policiales británicas e internacionales responsables estaban horrorizadas por los burdos esfuerzos propagandísticos del primer ministro británico Tony Blair y su secretario de Relaciones Exteriores Jack Straw, quienes declararon “culpable” del crimen a al–Qaeda, antes de que los primeros peritos forenses llegaran siquiera al lugar donde ocurrieron los bombazos.

En contraste, el memorando de LaRouche enfocó en el ambiente estratégico en el que tuvieron lugar los ataques, que incluía:

1. La reunión cumbre de los gobernantes del Grupo de los Ocho que ocurría en ese momento en Escocia, reunión que desbarataron por completo los bombazos de Londres. Uno de los temas de la reunión era el esfuerzo del canciller alemán Gerhard Schröder por abordar la cada vez más aguda crisis financiera internacional, y en particular el asunto de los mercados de derivados financieros desregulados y el alza disparada de los precios del petróleo, para que los gobiernos de los países industrializados adopten medidas de emergencia.

2. La crisis que emerge en Washington en torno al gurú político de Bush, Karl Rove, implicado en revelar la identidad secreta de la agente de la CIA Valerie Plame, esposa del ex embajador Joseph Wilson IV. Y,

3. La intervención colectiva coordinada de los bancos centrales para tapar un hueco —de dimensiones hasta ahora desconocidas— en el sistema financiero mundial creado, quizás, por la quiebra de algún gran fondo especulativo, o por algún trastorno significativo en el mercado británico o estadounidense de bienes raíces, que todo el mundo identifica como una burbuja que está apunto de estallar. Fuentes de la City de Londres y de otras partes han confirmado que el nivel de la intervención coordinada de los bancos centrales norteamericanos, europeos y asiáticos rebasó por mucho los esfuerzos necesarios para aplacar el nerviosismo de los inversionistas tras los bombazos de Londres. Es más, los esfuerzos internacionales de “protección contra hundimientos” para apuntalar los mercados financieros, ya estaban en marcha cuando ocurrieron los atentados.

El sol nunca se pone en el imperio invisible

Aunque la reacción de algunos analistas al memorando original de EIR de enero de 2000 fue atribuirle una motivación “pragmática” a los británicos por ofrecerle refugio a algunos de los insurgentes más radicales del mundo, Lyndon LaRouche ha insistido por años que la guerra irregular moderna siempre ha sido un instrumento de control y manipulación imperialista, y que los británicos son muy duchos en este negocio.

LaRouche remontó los orígenes de esta política a la instauración del Imperio Británico a mediados del siglo 18, al término de la guerra de los Siete Años, cuando el lord Shelburne de la Compañía de las Indias Orientales británica surgió como el “dogo” del reconstituido imperio invisible veneciano, también conocido como el “sistema liberal angloholandés”.

El modelo de todo movimiento terrorista irracional subsiguiente fue el de los jacobinos de la Revolución Francesa, quienes, en muchos casos, eran integrantes de una logia martinista secreta con sede en Lyon. Estas legiones terroristas eran controladas, a prudente distancia, por la Compañía de las Indias Orientales británica y su naciente servicio de inteligencia imperial británico de Jeremías Bentham, Adam Smith, Edward Gibbon, James Stuart Mill, etcétera.

El Terror jacobino francés engendró al aparato sinarquista que puso en el poder y luego desató a Napoleón Bonaparte en contra de la Europa continental. Con el Terror jacobino y la posterior ofensiva mundial fascista napoleónica, los aliados republicanos de la Revolución Americana en Europa, entre ellos los científicos más connotados de la École Polytechnique francesa, fueron llevados a la guillotina o, como en el caso del marqués de Lafayette, a las mazmorras habsburgas.

A estas mismas hordas terroristas irracionales las azuzaron contra los supuestos aliados de Gran Bretaña en el Congreso de Viena, usando al movimiento de terroristas de corte jacobino de la “Joven Europa” de Giuseppe Mazzini, mismo que destruyó a Europa durante las “revoluciones de 1848”. Con el hijo de la reina Victoria, el príncipe Eduardo Alberto (más tarde, rey Eduardo VII), el arte del terror y la guerra oligarca manipulada evolucionó aun más. El resultado fue la Primera Guerra Mundial y su secuela, la Segunda Guerra Mundial.

En todos estos casos, la oligarquía imperial británica, en gran medida aglutinada en torno a las principales casas financieras, aseguradoras y líneas navieras, no tuvo empacho en desencadenar la violencia terrorista contra sus propios súbditos británicos ni contra los de sus centros coloniales, tales como India y África al sur del Sahara. Después de todo, éste es el mismo aparato de la Compañía de las Indias Orientales británica que emprendió las guerras del opio contra China, y que adoptó la estrategia de Narcotráfico, S.A., de lisiar psicológicamente a poblaciones enteras para romper su resistencia.

Estos oligarcas pretenden imponerle al mundo una nueva forma de medievalismo, para borrar de la faz del planeta los últimos vestigios de la Revolución Americana y de la tradición republicana del Estado nacional soberano.

Éste es el rostro de la guerra irregular moderna que el 7 de julio hizo presa de la confiada y brutalizada población londinense. Cualquier investigación que eluda estos hechos crueles y, más bien adopte el método deductivo de indagación, está condenado a fracasar.

 

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