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(IAR-Noticias)
01-Oct-05
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Militantes de Hamas exhiben
sus armas. |
Se equivocan Sharon y sus
partidarios. El Plan de Retirada contiene las semillas de la tercera Intifada
Por Roni Ben Efrat - CSCAweb
Israel está dispuesta a evacuar sus asentamientos de la Franja de Gaza a
mediados de agosto. Hasta no hace mucho, quienes en la derecha se oponían a la
retirada iban arañando apoyos. De acuerdo con una encuesta publicada por el
Yediot Aharonot, la proporción de partidarios del plan había descendido de un
64% en febrero a un 53% a principios de junio. Tres semanas después se invirtió
la tendencia. El apoyo volvió a subir hasta un 62%.
Lo que sucedió fue lo siguiente: una partida de jóvenes kahanistas [ultraortodoxos
racistas y antiárabes] llegó a Gaza procedente de asentamientos ilegales de
Cisjordania y se estableció en un hotel abandonado, al que bautizaron como
"Canción del Mar". Durante todo un mes siguieron allí sin ser molestados,
haciendo pintadas obscenas sobre Mahoma con el fin de provocar a los árabes de
las cercanías. Estaban dispuestos, afirmaron, a seguir en Gaza hasta que se
cancelara la retirada o a morir en el empeño. Los expertos temblaban ante la
perspectiva de guerra civil.
El punto de inflexión se produjo el día en que los demás oponentes a la retirada
bloquearon las carreteras del país. Los kahanistas tuvieron una reyerta con los
árabes a los que habían conseguido provocar. A una distancia mínima apedrearon
-delante de las cámaras- a un joven palesstino que ya había quedado inconsciente.
La opinión pública retrocedió espantada. Sintiéndose con viento en popa a toda
vela, el primer ministro, Sharon, tomó medidas a la mañana siguiente: el
ejército rodeó el "Canción del Mar".
Lo demás acabó en anticlimax. Al no encontrar apoyo entre sus colegas colonos,
los kahanistas entregaron las armas. A continuación, las unidades de élite del
ejército entraron en el hotel y los llevaron a los autobuses. Nada de Masada: la
amenaza de guerra civil se evaporó. Sin armas, los colonos se convirtieron en
corderitos.
Al día siguiente (1 de julio), Gideon Maron y Oded Shalom escribieron en el
Yediot Aharonot: "Los extremistas de derechas que se atrincheraron podían haber
sido detenidos un mes antes. El ejército lo sabía, pero hizo la vista gorda y
sólo actuó después de que se derramara sangre".
Esa espera de un mes sirvió para que prosperase el drama, que es lo que Sharon
necesitaba. Con el fin de que sirviera a su política a largo plazo, la retirada
debía tomar proporciones épicas. Cuanto mayor sea la resistencia, mayor la
imposibilidad de proceder a una segunda parte. Por esa razón se cuidó de
proceder como Charles De Gaulle con los colonos franceses de Argelia, fijando
una fecha para sacar al Ejército y avisando a cualquier colono que quisiera
quedarse de que así lo solicitara a la Autoridad Palestina. Por el contrario, le
hace falta la barahunda para fijar un tope: "Sólo podemos llegar hasta aquí, más
lejos, no. ¡Fijaos en lo traumático que resulta! ¡Solo esto ya nos hace trizas!"
El elemento financiero refuerza nuestras sospechas. Dan Ben David, profesor de
Economía Pública de la Universidad de Tel Aviv, ha calculado que sólo los costes
civiles del Plan de Retirada ascienden a 5.500 millones de shekels, es decir, a
una media de 611.000 dólares por familia. Los 7.000 colonos de Gaza representan
el 3% de la población de colonos (sin contar el Jerusalén ocupado). Con sumas
como éstas, ¿cómo podría permitirse el Estado nuevos traumas? Jamás en la vida.
Los actuales designios de Sharon están destinados a mejorar sus posibilidades en
la siguiente ronda electoral. Con un millón y medio menos de palestinos bajo
responsabilidad de Israel, y como único dirigente capaz de evacuar a los
colonos, puede ofrecer su candidatura al Premio Nobel. Al mismo tiempo, puede
postularse como campeón del ala derecha, como el hombre que salvó los
importantes asentamientos de Cisjordania de la amenaza de desmantelamiento.
Pero estamos en puertas de una nueva fase de lucha. La situación política queda
hoy más clara -y peor para los palestinos- que durante los años de Oslo.
Firmaron entonces un acuerdo con final abierto, que no les garantizaba nada. Un
acuerdo lleno de agujeros que cada parte podía llenar a su gusto. Israel podía
argumentar que no se había cedido en cuestiones como los asentamientos,
Jerusalén o el derecho al retorno. Los palestinos podían argumentar lo
contrario. Siete años se tardó en comprender cómo quedaba el otro bando. Incluso
hoy resulta el Acuerdo de Oslo lo bastante obscuro como para inspirar las más
variadas interpretaciones. El Plan de Retirada no deja, por el contrario, lugar
a dudas: Sharon blande repetidamente la promesa hecha por el Presidente
norteamericano, G.W. Bush, de que los bloques principales de asentamientos
quedan fuera del orden del día. De este modo, adelante cuál es su verdadero
programa: separar Gaza de Cisjordania.
Los partidos de la izquierda presentes en la Knesset se encaminan, entretanto,
al olvido. Esto vale tanto para el Meretz-Yahad, que presta a Sharon su paraguas
parlamentario desde fuera del gobierno como para el laborismo, que está dentro.
El profesor Shlomo Ben Ami, que formó parte del equipo israelí presente en Camp
David en julio de 2000, critica el plan de retirada como un parche que no lleva
a ninguna parte: "Quienes lo respaldan no lo ven como componente de un plan más
amplio para un acuerdo político que lleve a Israel a disponer de fronteras
reconocidas de modo permanente. En última instancia, dos políticos veteranos del
Israel de hoy, Ariel Sharon y Shimon Peres, comparten la concepción según la
cual no hace falta avanzar hacia un acuerdo permanente ni poner fin al
conflicto". (Haaretz, 30 de junio)
A lo laboristas les gusta jactarse de que Sharon está llevando a la práctica su
programa, pero se trata en el mejor de los casos de una ilusión, y en el peor de
puro engaño. El laborismo está preparando simplemente sus carteras en el próximo
gobierno, que espera forme Sharon, y no Binyamin Netanyahu. Ha renunciado al
reto de construir una alternativa al Likud.
La obsesiva preocupación por la desgracia de los colonos evacuados, más las
dificultades que encuentra Sharon, esconden lo que acontece entre bambalinas.
Tras seis meses como presidente de la AP, Abu Mazen ha llegado al tope de la
soga. Nunca llegó a entender que la retirada abrevia sus días. Después de que
Israel abandone Gaza, Abu Mazen ya no le será necesario. Hay muchos,
ciertamente, que aun le apuntan con el dedo, quejándose de que debería confiscar
las armas de Hamas, pero se trata de una pantalla de humo. Desde el comienzo de
la segunda Intifada, Israel ha comprendido que no debe dejar su seguridad en
manos de ninguna autoridad palestina. Por lo que toca a la frontera entre Gaza y
Egipto, por ejemplo, quiere que sea Egipto quien la vigile policialmente, no la
AP, y está ya concluyendo un acuerdo a este fin.
El ejército espera con impaciencia a que caiga el primer cohete Kassam tras la
retirada. Quedará entonces demostrado que al deshacerse de los asentamientos, ha
mejorado su posición militar. Podrá invadir la Franja por tierra, mar y aire sin
tener ya que tomar en cuenta la vulnerabilidad de la población judía que se
encontraba allí.
No será sólo Israel quien mine a Abu Mazen. Hamas ha rechazado su invitación a
entrar en el gobierno. Así ha expresado su irritación por haber retrasado la
elecciones parlamentarias. Hamas entiende por qué Abu Mazen los quiere dentro:
para que pueda evitar el momento de la verdad en las urnas. Hamas sabe también
dónde reside su poder. Espera la retirada para poder recoger los frutos
haciéndose con el control de la Franja de Gaza. Hay una sombra de dialéctica
histórica en ello: a lo que parece, ¡Sharon está fortaleciendo la posición de
Hamas!
Quienes abogan por la retirada se equivocan. Los EE. UU. se equivocan al decirle
a Abu Mazen que se abstenga de poner condiciones y deje simplemente que Israel
se marche. Abu Mazen se equivoca al no hacer nada mientras Israel se asegura las
herramientas que necesita para continuar dominando Cisjordania. Y por último, se
equivocan Sharon y sus partidarios. Su Plan de Retirada contiene las semillas de
la tercera Intifada. El pueblo palestino no aceptará la nueva realidad impuesta
por Israel: el encarcelamiento de millones de personas sin medios de
subsistencia, tras una ficticia frontera de separación aumentada por verjas y
muros de verdad. Las llamas de la tercera Intifada sobrepasarán todas las verjas
y muros.
* Roni Ben Efrat, es editora de la publicación israelí de izquierda 'Challenge'
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