Primero, una respuesta demasiado lenta. Luego, hiperactividad. Dos
tormentas consecutivas ponen a prueba la capacidad de Bush de liderar en una
crisis.
Por Evan Thomas - Newsweek
Esta vez, Bush no iba a ser sorprendido fuera de posición. Había viajado a
Colorado, a la oficina principal del Comando Norte, el centro militar para
proteger la zona continental de EE UU. “Northcom” está a una base aérea de
distancia de Cheyenne Mountain, desde donde el Ejército había vigilado los
posibles ataques de proyectiles nucleares soviéticos durante la Guerra Fría.
Unas horas después de que el
huracán Rita tocó tierra en la frontera entre Texas y Luisiana al amanecer del
sábado, Bush se sentó en la Sala de Situación de Northcom, mirando grandes
pantallas planas con imágenes de satélite de la tormenta, gráficos del
despliegue de las tropas, y los rostros de sus comandantes, incluido el
secretario de Defensa, Donald Rumsfeld.
El Presidente estaba oyendo
noticias principalmente buenas. La tormenta, aunque muy fuerte, no era un
monstruo de categoría 4 o 5. La inmensa red de refinerías y plataformas
petroleras recibiría el impacto de la tormenta. Tomaría semanas reactivar la industria petrolera del
golfo, y era seguro que los precios del combustible aumentarían. Pero la
tormenta no parecía haber arruinado la economía ni cobrado centenares de vidas.
Sin embargo, el Presidente no veía
todo eso con un sentimiento de alivio o felicidad. Sus ojos estaban hinchados
por la falta de sueño (lo habían despertado durante toda la noche con
boletines), y parecía molesto e inquieto. Un grupo de reporteros y fotógrafos
había sido convocado por los responsables de la Casa Blanca para capturar
imágenes del comandante en Jefe en su puesto. Bush los miró ominosamente. Se
meció de un lado a otro en su silla, furiosamente a veces, no hizo ninguna
pregunta ni tomó ningún apunte. Casi parecía como si le molestara tener que
posar para la prensa.
Los federales se prepararon mucho
mejor para Rita que para Katrina. Pero en la difícil empresa de coordinar a los
gobiernos estatales, federales y locales, era un hecho que tenían que ocurrir
errores vergonzosos. Habiendo reaccionado insuficientemente ante Katrina, los
funcionarios gubernamentales —así como el ansioso público— no iban a arriesgarse
con Rita. El resultado fue un atasco de tránsito que parecía una escena de la
película “Impacto profundo”, o, peor aún, la consecuencia de una bomba nuclear
que explota en una ciudad estadounidense.
“Si usted está en el camino de la tormenta, debe irse. Debe ponerse en camino”, dijo el
miércoles Rick Perry, gobernador de Texas, cuando Rita adquirió más potencia en
el golfo. Kathleen Blanco, gobernadora de Luisiana, fue menos optimista.
Advirtió a las personas que se quedaron atrás que escribieran sus números del
seguro social en sus brazos con tinta indeleble. Los habitantes de Texas y
Luisiana, todavía en shock por las imágenes televisivas de la devastación de
Katrina, captaron el mensaje.
Al sur de Houston, a lo largo de
la costa del golfo, el plan contemplaba la evacuación de 1.25 millones de
personas. El doble de ese número salió a las carreteras y quedó atrapado en un
atascamiento infernal. Los automóviles se quedaron sin gasolina y tuvieron que
ser empujados; los bebés y los ancianos sufrieron bajo el calor de 37.3 grados
centígrados; un autobús lleno de refugiados de asilos se incendió y explotó,
probablemente porque muchos de los ancianos llevaban tanques de oxígeno.
Las acusaciones, aunque
refrenadas, empezaron en seguida. Los políticos locales culparon al Departamento
Estatal de Transporte por haber esperado demasiado, antes de aliviar el atasco
canalizando el tráfico de salida hacia los carriles de entrada. Bill White,
alcalde de Houston, calificó de “totalmente inaceptable” el fracaso del Estado
para llevar a cabo un plan para colocar zonas de abastecimiento de combustible
en los acotamientos de las carreteras.
Los funcionarios de la ciudad y
del estado empezaron a preocuparse de que se produjera un enorme atasco cuando
los ciudadanos volvieran después de la tormenta. Bombardearon las ondas
hertzianas con mensajes suplicando a los evacuados que se quedaran donde
estaban, exactamente lo contrario a lo que dijeron antes de que la tormenta
tocara tierra.
Sin importar cuánto y cuán cuidadosamente planifiquen los gobiernos, siempre hay
alguien que no capta el mensaje. El jueves por la noche, los funcionarios de
Harris County (Houston) se apresuraban para abastecer de gasolina a particulares
y vehículos municipales. Lograron que un funcionario de Shell Oil los llevara a
un refinería, pero no pudieron entrar.
“Teníamos el camión. Estábamos en
la refinería. Pero no pudimos encontrar al tipo con las llaves”, se lamenta el
juez Robert Eckels, el principal funcionario del condado que informó a los
medios.
¿Y qué pueden aprender los estadounidenses de este mes de destrucción total o
casi total, de tormentas de categoría 3 y categoría 4, de lentos reflejos
presidenciales y de la hiperactividad presidencial? Las lecciones van más allá
de los desastres naturales, sin restar importancia a éstos ni a sus muchas
víctimas.
En una época en la que los
terroristas han atacado con éxito el territorio de EE UU y esperan hacerlo de
nuevo, la época de huracanes de 2005 ha hecho que una cualidad aparentemente
aburrida del liderazgo vuelva a ser atractiva: la competencia.
Que los Bush no son muy buenos
para manejar los asuntos en el frente doméstico es un estribillo familiar en la
reciente vida política de EE UU. Cuando Michael Dukakis se postuló contra George
H.W. Bush en 1988, el gobernador de Massachusetts declaró que “esta elección no
es sobre la ideología, sino sobre competencia”.
Bush lo venció, en parte al
mostrar a Dukakis como un frío tecnócrata que no entendía lo que Bush padre
llama “el latido del corazón” del país. Cuatro años después, en medio de una
recesión, Bill Clinton dijo que si Bush no iba a recortar al gobierno, entonces
debería usarlo más eficazmente. “Sé como se sentía el presidente Lincoln cuando
el general McClellan no atacó en la Guerra Civil: ‘Si no va a usar a su
Ejército, ¿podría prestármelo?”, dijo Clinton en 1992. Ahora, Bush hijo es
vulnerable —no en una elección, sino en su próxima campaña: obtener un lugar en
la memoria y en la historia— a los mismos ataques, lo que que explica por qué
estaba en Northcom.
La presidencia de Bush tras el
11/9 y su reelección se basaron en la esperanza y la expectativa en su capacidad
para dirigir durante una crisis. No había nada sutil o en modo alguno
ambivalente en la manera en que Bush se presentó como el “Hombre a Cargo”.
Criticado (por las autoridades, por los europeos, e incluso por su esposa) por
fanfarronear, Bush continuó actuando como un vaquero y parecía como si lo
disfrutara.
Cuando llegó el tiempo de la
elección, los republicanos interpretaron el papel del partido “papá” (en
contraste con los demócratas, que eran el partido “mamá”), como la clase de
tipos duros que uno desea tener cerca cuando las cosas se ponen difíciles.
Habiendo elevado tanto las
expectativas, quizás era inevitable que Bush decepcionara. Sobre todo durante el
preámbulo a la guerra en Irak y la campaña de 2004, Bush no dudaba en avivar un
poco el miedo. Ahora intenta, quizás un poco excesivamente, asegurar al público
que su gobierno realmente puede lidiar con el caos. Cuatro años después del
11/9, muchos estadounidenses todavía esperan nerviosamente el próximo ataque.
El huracán Katrina sirvió como una
aterradora vista preliminar, al probar la reacción del gobierno ante la
catástrofe. La semana pasada, Bush y sus asesores trabajaron arduamente para
borrar la imagen, resultado de Katrina, del Presidente ocupándose de
trivialidades (como pretender tocar una guitarra después de una reunión en San
Diego) mientras Nueva Orleans se hundía.
El Presidente no hizo ningún
esfuerzo para intentar minimizar a los huracanes como calamidades naturales que
son inevitables e ingobernables. En cambio, reforzó la relación entre los
huracanes y el terrorismo, sugiriendo que Osama bin Laden debió sentirse
complacido con los estragos causados por Katrina. Cuando Rita amenazó al país,
Bush asumió el control personal de las preparaciones ante el desastre.
Estaba tan interesado en los
detalles que dirigió, a través de una videoconferencia desde su puesto de mando
en Northcom, la evacuación de un solo hospital en Beaumont, Texas, para
asegurarse de que los federales y el estado estaban dando los pasos correctos y
se estaban comunicando entre sí. Cuando su personal de comunicaciones informó
que se estaba enviando por fax a los gobiernos locales las excepciones legales
para apresurar la reconstrucción, el Presidente dijo servicialmente que muchos
funcionarios locales no tenían máquinas de fax activas. (El secretario de
Seguridad Interior, Michael Chertoff lo tranquilizó diciéndole que sus empleados
estaban haciendo llamadas telefónicas de seguimiento.)
Quizás no es realista esperar que
el gobierno crezca por encima de la debilidad humana en una crisis. La prensa
califica a Bush según una norma cambiante: fue criticado por los reporteros por
no acudir directamente a la escena del desastre después de Katrina, pero luego
fue criticado por “estorbar” cuando quería ir a Texas antes de Rita. Bush
canceló el viaje previo al huracán, y posiblemente tuvo razón al no querer
apresurarse después a acudir a la escena.
La tarde del sábado, mientras
reporteros y representantes de Bush se apretujaban en el centro de operaciones
de emergencia de Texas, un trabajador que recibía solicitudes de generadores
gritó: “¿De quién fue la idea? ¡No puedo hacer mi trabajo! ¡De hecho, estoy a
punto de perderlo!” La semana pasada, largas filas de pasajeros que intentaban
huir de Houston se extendían fuera del aeropuerto George H.W. Bush porque casi
la mitad de los empleados federales de seguridad no se presentaron a trabajar.
Probablemente estaban atascados en el tránsito, como todos los demás.
La burocracia es un blanco
conveniente. Incluso Bush la ha culpado, aunque él está a cargo del gobierno. Al
mismo tiempo, durante el mes pasado ha habido innumerables actos de valor humano
y decencia —policías protegiendo casas después de que la suya había sido
destruida, nadadores de la Guardia Costera rescatando a los habitantes
intransigentes de Nueva Orleans que huían o contraatacaban; médicos y enfermeras
que se quedaban con hambre con tal de que sus pacientes pudieran comer.
En una crisis, los recursos
individuales pueden ser una mejor esperanza que la planificación gubernamental.
Los estadounidenses tienen la habilidad de convertir el desastre en oportunidad.
En Nueva Orleans, por ejemplo, Katrina expuso la condición de los negros pobres
que fueron dejados atrás en el interior de la ciudad. Ahora la ciudad está viva,
con planes para una restauración creativa y la reconstrucción de una ciudad más
sana, formada por una mezcla de razas.
Gran parte del ímpetu proviene del
sector privado, que a veces trabaja en conjunción con el gobierno. El filántropo
Eli Broad, por ejemplo, sostiene conversaciones con el sistema de escuelas
públicas de Nueva Orleans referentes a la asignación de fondos a cinco escuelas
que servirían como modelo. (La tecnología sería proporcionada de manera gratuita
por Bill Gates y Microsoft.)
Como conservador, Bush preferiría
que el sector privado llevara tanta carga como fuera posible. La semana pasada,
utilizó su propia experiencia como ex petrolero para entender los detalles
técnicos de las refinerías y oleoductos amenazados. Pero si quiere restaurar su
imagen como líder capaz, necesitará encontrar una manera de preparar
adecuadamente a su propio gobierno para el próximo desastre.
En su libro “Catastrophe”
(Catástrofe), el juez Richard Posner observa que, dado que los sucesos realmente
inconcebibles —digamos, un asteroide que cae sobre una ciudad, o una plaga
global— parecen tan difíciles de comprender y tan remotos, los seres humanos no
nos preparamos para ellos. Sin embargo, como advierte Posner, en un mundo de
cambio climático y proliferación de armas de destrucción masiva, la catástrofe
es un riesgo real y creciente.
Posner pondría a la sociedad en un
camino más activo, al restringir algunas libertades civiles a cambio de
seguridad. Las encuestas de opinión pública sugieren que la fe en la competencia
de Bush está disminuyendo. Pero aún hay muchos sistemas de tormentas por venir
—y tres años son bastante tiempo para que Bush demuestre que su liderazgo
significa más que asumir poses heroicas.
Con Holly Bailey, Richard Wolffe,
Andrew Murr y Keith Naughton