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(IAR-Noticias)
28-Nov-05
¿La política estadounidense propicia un nuevo militarismo? Las tensiones
por el posible desplazamiento de Estados Unidos como única potencia en el
subcontinente, merced la fuerza brasileña y la reconfiguración del mapa
geopolítico regional, podrían desembocar en "una escalada armamentista y
disparar el militarismo".
Por Raúl Zibechi (*) - La
Fogata
Este artículo trata de los
factores –gobiernos y ejércitos que no aceptan dócilmente los planes de Wáshington, sociedades que resienten los efectos del neoliberalismo y resisten–
que podrían evitar que la guerra colombiana se "derrame" a toda la región
suramericana.
Hace pocos meses militares brasileños viajaron oficialmente a Vietnam. La
comitiva, integrada por coroneles y tenientes coroneles, visitó Hanoi, Ho Chi
Min –antigua Saigón– y la provincia de Cu Chi, donde se conservan 250 kilómetros
de túneles construidos durante la guerra con Estados Unidos, con el objetivo de
hacer "intercambios sobre doctrina de resistencia". En la página web del
ejército brasileño, el general Claudio Barbosa Figueiredo, jefe del Comando
Militar de la Amazonia, asegura que Brasil va a enfrentar acciones similares a
las que sucedieron en Vietnam, y ahora en Iraq, en caso de un conflicto que
involucre a la Amazonia.
"La estrategia de la resistencia no difiere mucho de la guerra de guerrillas y
es un recurso que el ejército no dudará en adoptar ante una posible
confrontación con un país o grupo de países con potencial económico y bélico
mayor que Brasil". Añadió que "se deberá contar con la propia selva tropical
como aliada para combatir al invasor"(1). La noticia tuvo escaso impacto, pero
pone de relieve que las fuerzas armadas de Brasil tienen planes estratégicos
propios y que vislumbran a Estados Unidos como enemigo militar potencial.
En diciembre pasado Venezuela firmó un acuerdo con Rusia para la compra de
110.000 fusiles Kalashnikov, 33 helicópteros de asalto, ataque y transporte
pesado y 50 cazabombarderos; otro con España para adquirir material naval
aeronáutico, que incluye cuatro corbetas, y 50 aviones de combate y
entrenamiento a Brasil. Las compras forman parte de la "constante actualización
de las fuerzas armadas venezolanas, su buen nivel de mantenimiento y la
permanente puesta al día de sus planes de modernización y adquisición de
armamentos", afirma el Balance Militar de América del Sur(2). La noticia fue
recibida con fuertes críticas por el secretario de Defensa de la Casa Blanca, Donald Rumsfeld, y el Departamento de Estado aseguró que se trata del "inicio de
una carrera armamentista".
En paralelo, la nación suramericana activó a mediados de abril su comando de
reserva, "que debe alcanzar dos millones de miembros y se incluye en la nueva
doctrina de defensa de Venezuela"(3). La decisión se tomó el 13 de abril, tercer
aniversario del golpe de Estado que apartó a Hugo Chávez durante unas horas del
gobierno.
Fuentes de prensa aseguran que Peter Goss, director de la CIA, denunció a fines
de febrero ante una comisión del Senado de Estados Unidos, que la agencia cuenta
con "evidencias" de reuniones entre las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia) y la red islámica de Ben Laden, para coordinar ataques terroristas en
la región(4). Según esta versión, la "amenaza terrorista" sería inminente en
América Latina, poniendo como ejemplo y modelo los atentados en Buenos Aires a
la embajada de Israel y a la AMIA (institución judía de solidaridad), en los 90,
en los que murieron cientos de personas.
Sacadas de su contexto, esas tres noticias –y otras muchas que se pueden sumar–
pueden dar la impresión de que Sudamérica se encamina hacia confrontaciones
militares inminentes y que la militarización avanza a pasos de gigante. La
realidad, sin embargo, va por otro camino. Venezuela, pese al reforzamiento de
sus fuerzas armadas, está situada en sexto lugar en el ranking continental de
poder militar en América del Sur, elaborado por la revista Military Power Review
en 2004. El primer lugar lo ocupa Brasil (653 puntos), el segundo Perú (423), el
tercero Argentina (419), y le siguen Chile (387), Colombia (314) y Venezuela
(282).
Por otro lado, América Latina es una de las zonas de menor tensión en el mundo y
una de las que menos recursos de su Producto Interno Bruto (PIB) dedica al
presupuesto militar, apenas el 1.5%. Esta cifra contrasta con 4% del PIB que
dedica la Unión Europea a gastos militares, 3% de Estados Unidos (47% de los
gastos militares del planeta) y 12% de Medio Oriente. Buena parte de las compras
e inversiones en armamento que están realizando países suramericanos, sólo se
proponen renovar el material bélico de los sesenta, que ha finalizado ya su vida
útil y se encuentra anticuado.
Pese a ello, y aunque parezca contradictorio, puede hablarse de una creciente
militarización del continente. Pero ahora transita por caminos nuevos, que poco
tienen que ver con las estrategias militares anteriores.
A grandes rasgos, pueden establecerse cuatro razones para el ascenso de un nuevo
militarismo: el Plan Colombia como emergente de la nueva estrategia regional de
Washington, que incluye el combate al narcotráfico y la guerrilla, y el control
de la biodiversidad de la región andina, desde Venezuela hasta Bolivia; las
nuevas formas que adopta la guerra en el período neoliberal –la privatización de
la guerra–; y el nuevo papel de Brasil en el continente, única nación del Sur
pobre que tiene autonomía estratégica militar. El cuarto factor proviene de los
intentos de las elites de cada país, impulsadas por Washington, para contener la
protesta social a través de la militarización de las sociedades y la
criminalización de los movimientos sociales.
Viejo militarismo, nuevos
controles
Con el objetivo de mantener la supremacía mundial, el empresariado
estadounidense
pretende controlar las nuevas fuentes de poder económico –vinculadas a la
diversidad biológica– a la vez que busca no perder el control de las viejas –en
particular los hidrocarburos–. Sobre este último tema existe una amplia
bibliografía y decenas de artículos periodísticos. Basta recordar las palabras
de George W. Bush, pronunciadas en 2000: "Nunca antes en su historia Estados
Unidos había sido más dependiente del petróleo extranjero. En 1973, el país
importó el 36% de sus necesidades petroleras. Hoy en día, Estados Unidos importa
56% de su petróleo crudo". Asegurar el control sobre los recursos petroleros
sudamericanos (Venezuela es el cuarto proveedor de petróleo de Estados Unidos,
al que abastece 15% de sus necesidades, y Colombia es su quinto proveedor),
requiere un control territorial de enclave –control intenso en áreas reducidas–
en aquellos sitios donde se producen riquezas.
Por otro lado, la supremacía económica requiere mantener la delantera en las
nuevas áreas que pueden llegar a permitir un relanzamiento de la economía, y por
lo tanto de las ganancias. Este objetivo implica el control y posesión de los
llamados "territorios complejos", aquellas zonas de elevada biodiversidad
generadora de endemismos, cuyo control puede permitirle a la superpotencia
enfrentar los desafíos que provienen del Este –China, India y Japón–. Pero
aprovechar y monopolizar la biodiversidad exige una presencia sobre el amplio
terreno que abarque de la región del Amazonia hasta el sur de México, la región
más rica en biodiversidad de todo el planeta(5). Para afrontar estas tareas la
Casa Blanca parece haber dado prioridad al Southern Command (Comando Sur) con
base en Miami. Su creciente importancia hace visible el grado de centralidad
adquirido por la dimensión militar en el reordenamiento mundial post 11 de
septiembre. Lo que Brian Loveman denomina "full spectrum threat dominance"
(dominio del amplio espectro de amenazas)(6) , que implica enfocar los principales
asuntos de la sociedad –desde la salud y la inmigración hasta la agricultura y
la economía– como cuestiones de seguridad. Según algunos analistas, el Comando
Sur se ha convertido en el principal interlocutor de los gobiernos
latinoamericanos y en el articulador de la política exterior y de defensa
estadounidense en la región(7). El Comando Sur tiene más empleados trabajando
sobre América Latina que la suma de los Departamentos de Estado, Agricultura,
Comercio, Tesoro y Defensa.
La presencia militar directa en la región se ha incrementado y diversificado
desde la desactivación de la base Howard en Panamá en 1999. El Comando Sur tiene
ahora responsabilidad sobre las bases de Guantánamo (Cuba), Fort Buchanan y
Roosevelt Roads (Puerto Rico), Soto Cano (Honduras) y Comalapa (El Salvador); y
las bases aéreas recientemente creadas de Manta (Ecuador), Reina Beatriz (Aruba)
y Hato Rey (Curaçao). Además maneja una red de 17 guarniciones terrestre de
radares: tres fijos en Perú, cuatro fijos en Colombia, y el resto móviles y
secretos en países andinos y del Caribe(8). Colombia es ya el cuarto receptor de
ayuda militar de Estados Unidos en el mundo, detrás de Israel, Egipto e Iraq; y
la embajada en Bogotá es la segunda más grande en el mundo luego de la de Iraq.
Varios analistas sostienen que Washington persigue la creación de una "fuerza
militar suramericana" o bien una "fuerza armada única" comandada desde el
Pentágono, para enfrentar los nuevos desafíos(9). Según esta lectura, ya no es
suficiente con entrenar militares en la Escuela de las Américas, como sucedía en
los sesentas y setentas, ni crear grupos de mercenarios como la contra
nicaragüense en los ochenta, sino que se hace necesario crear un dispositivo
bélico continental con mando unificado. Este ambicioso proyecto puede ser
interpretado como la versión militar del "mercado único" de Alaska a la
Patagonia que es el ALCA.
Esta militarización de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina,
tendría además el objetivo de combatir los desafíos presentes y futuros en la
región. Debe recordarse que algunos sectores conservadores del establishment
estadounidense consideran que existe un "eje del mal" regional compuesto por
Brasil, Venezuela y Cuba(10).
Este proyecto de fuerza armada única se encontraba avanzado antes del 11 de
septiembre de 2001. Los cambios mundiales, la atención prestada por Estados
Unidos a Afganistán e Iraq, y la nueva situación en América Latina, parecen
haber aplazado su concreción. En efecto, en agosto de 2001 se realizaron las
maniobras Cabañas 2001 en la norteña provincia de Salta, Argentina. El operativo
Cabañas se realizó en la misma provincia donde se registraban los cortes de
rutas más importantes del movimiento piquetero.
Más de mil 200 efectivos de nueve países (Argentina, Estados Unidos, Bolivia,
Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú y Uruguay) realizaron maniobras durante
varios días, enteramente financiadas por Washington, que aportó hasta las
raciones de comida. Las tropas ingresaron al país sin autorización del Congreso,
como exige la Constitución. Según medios de prensa, las maniobras tenían por
objetivo "entrenar a militares latinoamericanos en situaciones de conmoción
urbana". Pero lo más interesante es que las maniobras dieron pie a un debate
nacional en el que surgieron evidencias de que "Estados Unidos tiene
planificadas tres bases en territorio argentino: la Antártica en el Sur, el
Delta en el Centro y Salta en el Norte"(11). Una de las novedades es que en el
estratégico delta del río Paraná –a muy escasa distancia del estratégico puente
Zárate-Brazo Largo y del principal centro industrial argentino, el complejo
Zárate-Campana–, podría estar operando un contingente militar permanente. Más
aún, en esos momentos críticos para Argentina, la brasileña Agencia Estado
confirmó que el gobierno de Fernando de la Rúa estaba negociando la deuda total
del país a cambio de bases militares(12). En esas mismas fechas Estados Unidos
negociaba con Brasil la cesión de la base militar de Alcántara en plena Amazonia,
cerca de la frontera con Ecuador y de la cordillera andina.
Pero los cambios políticos sucedidos en esos años en Argentina, Brasil, Bolivia
y Venezuela frustraron parcialmente esos planes. La renuncia de Lucio Gutiérrez
en Ecuador puede implicar un cambio de rumbo adverso a Bush.
La privatización de
la guerra
De alguna manera la evolución de la guerra sigue el modelo de la industria.
Hacia los sesentas la producción fabril en cadena entró en crisis cuando los
trabajadores se rebelaron contra la alienación de un trabajo monótono, y contra
el excesivo control de los capataces y la gerencia. Los empresarios consiguieron
recuperar la iniciativa en el taller mediante formas de trabajo flexible,
introduciendo nuevas tecnologías como los robots informatizados, reduciendo el
personal fabril, externalizando (outsourcing) todas las funciones que en
adelante harían "terceros" y fortaleciendo la gerencia. A nivel de la sociedad,
estas nuevas formas de organizar la producción se tradujeron en la reducción de
los Estados, y la privatización de áreas enteras de la producción y los
servicios. Estas son las políticas impulsadas por el Consenso de Washington a
las que se denominó como neoliberalismo.
Una de las características más destacadas del nuevo modelo de producción es que
sacar fuera de la fábrica buena parte de las tareas, convierte todas las
funciones sociales en parte de la cadena productiva. De esa manera, se puede
decir que toda la sociedad comienza a funcionar con la lógica fabril, ya que el
nuevo modelo productivo se derrama hacia el conjunto de la sociedad.
Algo similar sucede con la guerra. En 2002 había 43 conflictos en el mundo, de
los cuales apenas uno era una guerra entre estados soberanos, o sea una guerra
"clásica" interestatal. La realidad indica que "las 'viejas guerras' conducidas
por estados nacionales soberanos y reguladas por el derecho internacional
público, están siendo sustituidas por las 'nuevas guerras', que son conducidas
por diversos actores no estatales sin ningún tipo de regulación legal"(13). En
muchos países africanos, la guerra dejó de ser la interrupción violenta de la
vida cotidiana para convertirse "en una economía regulada según sus propias
leyes y orientada hacia su reproducción"(14). La idea de fondo, según Robert Kurz,
es mantener a distancia a las enormes masas de "superfluos" para que no
interfieran en la reproducción del sistema. Esa población excedente debe ser
controlada y mantenida a raya, y la forma de hacerlo es la militarización de los
flujos migratorios y de los sectores sociales considerados marginales.
Según otro especialista en privatización de la guerra, Darío Azzellini, este
proceso comenzó con la derrota de Estados Unidos en Vietnam. "Estamos volviendo
a algo similar a las economías de enclave del período colonial. Ya no se trata
del control territorial ni de la imposición de un modelo de sociedad, ahora las
fuerzas militares controlan sólo los puntos económicamente interesantes. En Iraq
es muy claro, sólo les interesa controlar los pozos petroleros, como antes
controlaban los ingenios azucareros, las minas y otros enclaves coloniales"(15).
Existe una relación cada vez más estrecha entre los ejércitos estatales y las
empresas multinacionales, ya que los ejércitos privados trabajan para ambos.
Algunas empresas, como la célebre Halliburton, son dueñas de ejércitos, y hay
empresas militares que tienen acciones en empresas privadas, como el caso de la
minería en países de África. Uno de los objetivos que llevó a la creación de
Corporaciones Militares Privadas (CMP) consiste en eludir cualquier control
democrático. "Si Estados Unidos envía 600 soldados a Colombia, esa decisión debe
pasar por el Congreso. Pero si quien envía esos soldados es una empresa privada,
a raíz de un contrato firmado por el Pentágono, el parlamento no tiene nada que
decir y ni siquiera se entera de lo que está sucediendo", señala Azzellini.
Según expertos, habría tres tipos diferentes de CMP: las que intervienen
directamente en el campo de batalla, las que brindan asesoría militar y
capacitación pero no combaten, y finalmente las que sólo ofrecen logística,
apoyo técnico y transporte. En Iraq existen los tres tipos.
En América Latina existen sólo las de los tipos dos y tres, por ahora. Pero en
este continente todos los programas antinarcóticos están manejados por empresas
militares y las estaciones de radares que controla el Comando Sur son manejadas
también por empleados de empresas privadas. En Colombia han muerto en los
últimos años ocho estadounidenses, pero como pertenecen a empresas privadas el
Pentágono elude toda responsabilidad.
Colombia es el laboratorio de las nuevas guerras en América Latina. El Congreso
de los Estados Unidos autorizó, en octubre pasado, aumentar de 400 a 800 los
militares en suelo colombiano, en tanto hay otros 600 civiles empleados por
empresas militares privadas, que algunas fuentes elevan hasta mil. Sólo la
DynCorp maneja 88 helicópteros y avionetas del gobierno estadounidense y tendría
entre 100 y 355 empleados, un tercio de ellos ciudadanos de los Estados
Unidos(16).
El Plan Colombia, para no repetir el fracaso de Vietnam, se apoya de manera
decisiva en las CMP. Desde que Clinton puso en marcha el plan, el resultado es
alarmante: "Cuadruplicó el número de soldados profesionales y multiplicó por
veinte los helicópteros del ejército, aviones de inspección y consejeros
militares, mientras el número total de los paramilitares que acogían
satisfactoriamente al plan aumentó de 5 mil a 12 mil 500"(17). En este punto
aparece una notable confluencia entre la actividad de las CMP y la del
Pentágono. James Petras la resume así: "La verdadera preocupación del Comando
Sur (USSOUTHCOM, por sus siglas en inglés) es que los países vecinos de
Colombia, que están sufriendo los mismos efectos adversos de las políticas
neoliberales, se movilicen políticamente contra la dominación militar y los
intereses económicos de los Estados Unidos"(18). En su opinión, se trata de
militarizar una región estratégica.
El caso Brasil
Brasil es el único país latinoamericano que tiene un plan estratégico de
defensa. También es el único que tiene un empresariado nacional con intereses
diferenciados respecto del resto del empresariado mundial. Fue este sector,
apoyado en el gobierno de Lula, el que logró diferir la puesta en marcha del
ALCA. Brasil como nación tiene un peso propio en el mundo –es la décima potencia
industrial– y logró diseñar una estrategia militar de defensa autónoma, en torno
al control de la Amazonia –la principal reserva natural del mundo y la primer
reserva de agua dulce–. En suma, estamos ante un gran país con intereses
estratégicos definidos, con un empresariado y unas fuerzas armadas con vocación
nacionalista que no parecen dispuestos a dejarse someter por ninguna potencia.
En buena medida, esa estrategia se apoya en una industria militar importante;
dicho de otro modo: el país desarrolló una industria militar de punta para
asegurar la defensa de sus intereses. Brasil es el quinto exportador de armas
del mundo, si se considera a la Unión Europea como una unidad. La empresa
aeronáutica Embraer es la cuarta en importancia en el mundo, proporciona a la
fuerza aérea la mitad de su material aeronáutico, fabrica aviones de combate,
vigilancia, entrenamiento y guerra antisubmarina(19). La industria militar
brasileña ha construido naves de guerra y actualmente está construyendo un
submarino nuclear.
Brasil se opone al Plan Colombia. Esta oposición no depende del actual gobierno,
sino de la posición estratégica de Brasil en el continente. Durante la IV
Conferencia de ministros de Defensa de las Américas, celebrada en Manaos en
octubre de 2000, el entonces presidente Fernando Henrique Cardoso rechazó la
posibilidad de involucrar al ejército brasileño en el combate contra las drogas,
tal como proponía la administración Clinton. En respuesta al Plan Colombia,
Brasil puso en marcha el Plan Cobra (de las iniciales de Colombia y Brasil) para
evitar que la guerra en ese país involucre a la Amazonia brasileña, y el Plan
Calha Norte para evitar que guerrilleros y narcotraficantes crucen la
frontera(20).
Durante el gobierno de Cardoso hubo frecuentes disputas con los militares.
Algunas fueron por los bajos salarios que perciben, pero en el 2000 el
presidente hizo dimitir al comandante de la Fuerza Aérea porque el arma estaba
en contra de la asociación de la Embraer con capitales franceses, lo que ponía
en peligro la autonomía de la principal fábrica de armas de Brasil. Pero hay
mucho más. En 2002 entró en operaciones el Sivam (Sistema de Vigilancia de la
Amazonia) anunciado por Brasil en la ECO-92, una década antes. El sistema
monitorea toda la región de cinco millones de kilómetros cuadrados, que
representa 61% del territorio nacional, 30% de la biodiversidad del planeta y
alberga 12% de la población brasileña. En 1994 el proceso de licitación del
Sivam fue ganado por el grupo Raytheon de Estados Unidos, en un proceso
denunciado por fraudulento.
En estos momentos las fuerzas armadas y el gobierno de Lula están empeñados en
fortalecer el control del Estado sobre la Amazonia, y la tendencia es que se
realice con material bélico (sobre todo aeronaves) construidas en Brasil.
Un amplio reportaje aparecido en el diario conservador Zero Hora de Porto
Alegre, en marzo de 2001, ilustra la voluntad de Brasil de fortalecer su
autonomía militar. La visión que trasmite el informe es que Estados Unidos está
cercando a Brasil: "Los Estados Unidos montaron en territorio sudamericano y en
islas próximas, en los dos últimos años, un 'cordón sanitario' de 20
guarniciones militares, divididas entre bases aéreas y de radar"(21). Según el
informe, la relación entre las fuerzas armadas de Brasil y Estados Unidos es de
"no cooperación", ya que no permite bases estadounidenses en su territorio, no
participa en maniobras conjuntas con Estados Unidos y casi no recibe fondos para
combatir el narcotráfico. Recuerda que durante la dictadura militar brasileña
(1964-1985), Estados Unidos bloqueó la venta de armas a Brasil, pero que el
desarrollo de la industria militar le proporciona una "relativa autonomía". De
hecho, hoy Brasil tiene "la única fuerza militar de América del Sur con real
capacidad de intervención en otros países, con divisiones aerotransportadas".
Según el boletín electrónico Defesanet, en el hemisferio Sur el único país que
supera militarmente a Brasil es Australia(22). Fernando Sampaio, rector de la
Escuela Superior de Geopolítica y Estrategia, dedicada al estudio de cuestiones
militares, resume en pocas palabras la visión que domina en Brasil respecto del
Plan Colombia y el despliegue militar del Pentágono en la región: "Es una
disputa por la hegemonía regional. Brasil no quiere ser más un satélite en esta
constelación bélica patrocinada por los americanos"(23). En este empeño parece
contar con aliados nada despreciables. Un reciente informe del brigadier general
argentino Rubén Montenegro destaca la "profundidad y alcance que han alcanzado
actualmente las relaciones entre las fuerzas aéreas de Brasil y Argentina", que
están desarrollando "sistemas de seguridad cooperativa en la región",
privilegiando el área del Mercosur(24). Los ejercicios Lazo Fuerte entre ambos
países, iniciados en 2001, pretenden reforzar "una alianza defensiva para hacer
frente a una invasión al territorio soberano de uno de ellos", en tanto las
fuerzas armadas argentinas han hecho una "firme apuesta al proceso de
integración con los países de la región, colaborando decididamente a crear un
espacio de paz duradero"(25).
Finalmente, cabe consignar que la presencia de una potencia como Brasil está
teniendo dos efectos aparentemente contradictorios: por un lado es un escollo a
la hegemonía militar y política de Estados Unidos en la región; pero, para
frenar el despliegue de Wáshington, Brasil debe fortalecer su aparato militar y
sus alianzas en la región y en el resto del mundo. Una situación ciertamente
paradójica, que puede resultar en una escalada armamentista y militarista en
todo el continente, más allá de la voluntad de los gobiernos suramericanos.
América Latina, espacio en
disputa
Desde que se diseñó el Plan Colombia y se fijó el nuevo despliegue militar de
Estados Unidos desde el cierre de la base Howard en 1999, muchas cosas han
cambiado en el continente. La estrategia de "derramar" la guerra colombiana
sobre los países vecinos (Venezuela, Ecuador y Brasil), buscando
desestabilizarlos si no se adaptan a la estrategia trazada por el Plan Colombia,
encuentra crecientes dificultades.
A grandes rasgos, los cambios en el escenario político regional tienen cuatro
causas: insurrecciones y levantamientos populares, nuevos gobiernos en varios
países, alianzas estratégicas entre países de la región y nuevas realidades en
los ejércitos nacionales.
Estos cambios, que aún se están procesando como lo demuestra el reciente cambio
de presidente en Ecuador, conforman un mapa regional fluido, en permanente
cambio, pero con una tendencia que no favorece los planes de Washington para la
región.
Desde el año 2000 se han registrado levantamientos que han derribado gobiernos
en Argentina (diciembre de 2001), Bolivia (octubre 2003) y Ecuador (abril 2005),
además de la movilización popular que frenó el golpe de Estado contra Chávez en
Venezuela (abril de 2002), y le permitió ganar el referendo de su mandato
(agosto 2004). Además del caso venezolano, los nuevos gobiernos de Lula en
Brasil, Néstor Kirchner en Argentina, Tabaré Vázquez en Uruguay y Alfredo
Palacio en Ecuador, están poniendo distancias con los planes del Pentágono.
A estos cambios, ya de por sí muy importantes, deben sumarse los "acuerdos
estratégicos" establecidos por varios países de la región. El más significativo,
pero no el único, es el firmado en febrero de este año entre Brasil y Venezuela.
Algunos analistas sostienen que se trata de un "nuevo eje geopolítico en el
continente, un severo revés para George W. Bush y el mayor aislamiento histórico
de Wáshington" en la región(26). Los acuerdos firmados por Lula y Chávez abarcan
una amplia gama de asuntos: desde la integración económica hasta la cooperación
militar, pasando por emprendimientos conjuntos en materia de energía y petróleo,
y la construcción de carreteras y puentes. En todo caso, Chávez ya no está
aislado ante Estados Unidos y Colombia, y Brasil tiene en estos momentos la
iniciativa en la región. Un tercer aspecto a destacar está relacionado con los
cambios en el "mapa" interno de las fuerzas armadas. Rosendo Fraga, director del
argentino Centro de Estudios para una Nueva Mayoría, destaca que la
globalización "ha significado una profunda crisis para los militares, ya que la
existencia y razón de ser de las fuerzas armadas se referencia estrechamente con
la existencia del Estado nacional"(27). A partir de ahí establece algunos cambios,
pensando en los militares argentinos, pero que pueden incluir al resto de los
ejércitos del continente. "El nacionalismo y el patriotismo, que en el pasado
eran patrimonio simbólico de las derechas y las oligarquías, ahora están más
representados por los sectores populares e incluso por las izquierdas", asegura
Fraga.
Por otro lado, el deterioro salarial hace que la carrera militar ya no sea
atractiva para sectores de clase media alta, lo que hace que las fuerzas armadas
se recluten cada vez más en estratos más bajos de la sociedad. "Los militares
han perdido las relaciones sociales que históricamente tenían con las elites
dominantes", añade. Además, la distancia intelectual entre oficiales y
suboficiales se ha reducido, ya que los últimos suelen tener estudios
secundarios que antes eran apenas patrimonio de los primeros. Además 70% de los
oficiales argentinos tiene otro empleo, y muchas esposas de militares obtienen
ingresos superiores a sus maridos. A todo ello deben sumarse los cambios
culturales: "En la familia militar el marido también está colaborando en las
tareas del hogar", como sucede en las familias de clases medias, "un fenómeno
que se repite en otras fuerzas armadas del mundo", asegura Fraga. El resultado
es que gran parte de los militares tiene hoy en América Latina "ingresos muy
bajos, que los asemejan en sus necesidades sociales a los sectores más
postergados de la sociedad".
A la luz de este análisis, podemos concluir que las fuerzas armadas
latinoamericanas ya no son cuerpos dóciles que pueden ser utilizados ni por las
elites locales ni por Wáshington. Por el contrario, los cambios apuntados las
empujan a buscar caminos propios, a tantear formas de obtener autonomía
estratégica y recuperar el respeto de las sociedades en las que están insertas,
a tener cada vez mayor autonomía. Ya no son sólo las fuerzas armadas de Brasil
las que ensayan ese camino. Los militares de Ecuador y Venezuela, y tal vez de
Argentina, parecen estar buscando su lugar en el mundo. En Venezuela está
cobrando forma una nueva doctrina de defensa, en la que la población está
llamada a jugar un papel destacado, al incorporarse a la reserva activa.
En los años venideros, la crisis del unilateralismo, que ya se insinúa en todo
el mundo, tendrá efectos importantes en Suramérica. El desplazamiento de Estados
Unidos como la única potencia regional está provocando tensiones que pueden
redundar en una escalada armamentista y disparar el militarismo. Pero más
adelante, cuando se consolide la recomposición geopolítica en curso, tal vez
pueda demostrarse que el multilateralismo es una mejor garantía para una paz
duradera.
Notas
1. Mario Augusto Jakobskind, "Aprendiendo de Vietnam", en Brecha, Montevideo, 18
de febrero de 2005. 2. Centro de Estudios Nueva Mayoría, octubre de 2004, en
www.nuevamayoria.com . "Venezuela activa su comando de reserva militar", Prensa
Latina, 13 de abril de 2005. 4. "La nueva estrategia regional", en IARNoticias,
15 de marzo de 2005.
. 5. Ana Esther Ceceña, "La territorialidad de la dominación. Estados Unidos y
América Latina", Chiapas No. 12, México, ERA, 2001; y Andrés Barreda,
"Corredores mexicanos", en Paradigmas y Utopías No. 3, México, diciembre de
2002.
6. Brian Loveman, Strategies for Empire: U. S. Regional Security Policies in the
Post-Cold War Era, citado por Juan Gabriel Tokatlian, Le Monde Diplomatique,
diciembre 2004.
7. Juan Gabriel Tokatlian, Le Monde Diplomatique, diciembre 2004.
8. Idem, con base en www.ciponline.org/facts/bases.htm y www.ciponline.org/facts/radar.htm
9. María Luisa Mendonza, "La presencia militar de Estados Unidos en América
Latina", Alainet, 20 de julio de 2004, www.alainet.org ; y Luis Bilbao, "Estados
Unidos alista un ejército para el ALCA", en Le Monde Diplomatique, septiembre
2001.
10. Declaraciones del senador republicano Henry Hide, en octubre de 2002.
11. Le Monde Diplomatique, septiembre de 2001, y los diarios El Argentino (Gualeguaychú),
El Diario (Paraná) y El Heraldo (Concordia) del 22 y 23 de agosto de 2001.
12. Luis Bilbao, "Estados Unidos alista un ejército para el ALCA, Le Monde
Diplomatique, septiembre de 2001.
13. Thomas Seibert, "El nuevo orden de la guerra".
14. Idem.
15. Raúl Zibechi, entrevista con Darío Azzellini, Brecha, 29 de abril de 2005.
16. Darío Azzellini, "Colombia. Laboratorio experimental para el manejo privado
de la guerra", en La privatización de la guerra.
17. Idem.
18. James Petras, "La estrategia militar de Estados Unidos en América Latina",
en América Libre No. 20, Buenos Aires, enero 2003, p. 94.
19. Ver www.embraer.com.br.
20. “Os militares, o governo neoliberal e o pé americano na Amazonia", en
revista Reportagem, www.oficinainforma.com.br
21. Humberto Trezzi, "Guerra ao narcrotráfico", Zero Hora, 25 de marzo de 2001.
22. www.defesanet.com.br 23. Humberto Trezzi, Zero Hora, 25 de marzo de 2001.
24. "Los intercambios de experiencias y cooperación entre las Fuerzas Aéreas de
Brasil y Argentina", Centro de Estudios Nueva Mayoría, 22 de diciembre de 2004.
25. "Ejercicio Lazo Fuerte II, un ejemplo de integración de los Ejércitos
argentinos y brasileños", Centro de Estudios Nueva Mayoría, 1 de noviembre de
2004.
26. Luis Bilbao, "Alianza estratégica Brasil-Venezuela", Le Monde Diplomatique,
marzo de 2005.
27. Rosendo Fraga, "Cambios sociales y función militar", Le Monde Diplomatique,
septiembre de 2001.
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