l arrollador triunfo del oficialismo en las parlamentarias de ayer parece una
victoria hecha a la medida de los sueños de cualquier gobierno. Pero hay que ver
si en el caso venezolano la cuestión es tan nítida. Detrás del rédito inmediato
que -según muchos- ha logrado Hugo Chávez se ocultan varios interrogantes que es
necesario considerar.
El primer problema que deberán enfrentar el mandatario y sus adherentes es la
obligación de lidiar ahora con la nueva, inquietante realidad: formalmente,
la oposición como tal dejó de existir.
Y ya se sabe que eso es, para
cualquier democracia, algo tan grave como equivalente al drama existencial de
Robinson Crusoe: en la soledad no hay nadie a quien compararse. Y tampoco a
quien rendir cuentas.
Con total justicia, sin embargo, podría decirse que esa situación no será
distinta a la de hoy por la afición del mandatario a manejarse solo, algo que la
oposición se ha cansado de echarle en cara. Pero ese no parece un argumento
sólido ya que hasta ahora siempre había -al menos, en las formas legales propias
de un sistema republicano- alguien a quien tocar el timbre.
Desde anoche la cosa cambia
dramáticamente. El punto que ha de calibrarse en su debida dimensión es que, por
primera vez en toda su historia, el sistema político venezolano quedará rengo,
inválido de cualquier interlocución política formal. De modo que, legitimado por
el voto, el gobierno bien podría mover su juego para cambiar otra vez la
Constitución, introducir una reelección presidencial indefinida -como lo
sospechan opositores- y manejar discrecionalmente los cuantiosos recursos a
partir de un elevadísimo nivel del ingreso petrolero.
Desde otro ángulo, el resultado de ayer plantea otra incógnita, no menos grave
que la anterior. Se sabe que el desalojo de Chávez del poder es un episodio con
el que los antichavistas más furibundos sueñan casi con fe de cruzados. Es
justamente esa persistencia en el intento de defenestrar ilegítimamente al
adversario -ya ensayada dos veces al menos- la que da pie al interrogante de
saber qué harán ahora ¿Contendrá aquella tendencia recién señalada? ¿La
exacerbará? ¿Dará aire a sus elementos más dialoguistas y racionales?
De cualquier manera, toda esta constelación de problemas no debería eclipsar
otros -de igual importancia- que podrán asomar en lo inmediato. Washington
mostró reflejos condicionados en cuestionar todo lo que Caracas haga o se empeñe
en ignorar. No le faltará ahora una ocasión para cuestionar la legitimidad de
la democracia, olvidando todo lo que ya ha hecho —o alentado a hacer- para
torpedearla.
Pero quizás el resultado de ayer
obligue a dar paso a nuevas estrategias en EE.UU.. Porque ¿quién se siente
cómodo con una crisis en el quinto productor mundial del petróleo cuando el
barril frisa los 50 dólares; cuando Irak se hunde en su ciénaga; cuando
Occidente sospecha de Irán —otro productor— y su plan nuclear; y cuando la casa
real saudita tiembla por las amenazas desestabilizadoras de Osama bin Laden?
Todos estos elementos conforman seguramente un escenario de dudas y pocas
certezas. Pero lo que queda fuera de discusión es que ahora se abre una nueva
etapa en Venezuela. Y que marca el umbral de la etapa más problemática del
gobierno de Chávez y de la crisis política en su país.
Con la oposición desarticulada,
podría no restar mucho espacio para que el antichavismo se mueva bajo los marcos
de la ley. El peligro es que la tentación de actuar fuera de ella crezca y quede
consagrada como la estrategia elegida.