|
(IAR-Noticias)
26-Dic-05
El gobierno argentino presentó la cancelación anticipada de la
deuda con el FMI como un acto soberano de alcance histórico.
Kirchner afirmó que el país recupera autonomía y se desembaraza de
las inspecciones del Fondo.
Por Claudio Katz
-
Socialismo o Barbarie
Pero en los hechos
bendice a un acreedor privilegiado. Primero eximió al FMI de la
quita aplicada con el canje al resto de los bonistas y ahora le
asegura el cobro total y adelantado de la deuda. Kirchner implementa
un postulado de la derecha -cumplir con el Fondo- redoblando el
discurso progresista. ¿Su iniciativa incrementará la independencia
económica del país? ¿Comienza la etapa de la redistribución?
Soberanía y autonomía
En los últimos tres años y medio el FMI cobró 45.000 millones de
dólares de sus grandes deudores. Rusia saldó sus compromisos,
Turquía pagó el 40%, México transfirió grandes sumas y Brasil
resolvió cancelar todos sus pasivos. Argentina no adopta, por lo
tanto, una decisión exclusiva ni sorprendente.
Kirchner insinúa que su acción fue coordinada con Lula, pero no
puede explicar la coincidencia de ímpetus soberanos de tantos países
y gobiernos diferentes. Esta simultaneidad obedece a la presión
ejercida por el FMI para reducir su elevada exposición financiera.
Las últimas crisis lo indujeron a sustituir la promoción del
endeudamiento por medidas de protección de su capital. Por eso Bush
le negó a Kirchner una mediación para establecer negociaciones con
el organismo y retomó la tradicional dureza hacia el defaulteador
argentino.
Quiénes presentan la cancelación con el FMI como una jugada original
de Kirchner olvidan que un alto funcionario de ese organismo (A.
Singh) propuso el año pasado un plan para instrumentar la misma
decisión. La decisión adoptada es por eso coincidente con los
propósitos explícitos del Fondo.
No era necesario pagarle a los banqueros para liberar la política
económica de sus controles. Las supervisiones del FMI estaban
suspendidas desde que hace dos años el organismo comenzó a cobrar
los vencimientos. La simple continuidad de estos pagos garantizaba
la misma autonomía que se logra adelantado las cuotas. Pero los
funcionarios argumentan que ahora existe mayor grado de libertad en
tres terrenos: el manejo de las cuentas públicas, la estrategia
macroeconómica y la redistribución del ingreso.
Solvencia fiscal y ajuste
Para sostener el pago anticipado de 9.810 millones de dólares el
estado argentino deberá aumentar su solvencia fiscal. Nadie ha
puesto en duda esta necesidad, pero los oficialistas ocultan su
relación con la operación de cancelación. Sugieren que el ahorro
público forzoso que rige en el país es un dato natural de la
economía o un remedio para curar la indisciplina de los argentinos.
El sobrante fiscal se engrosará con los nuevos aportes del fondo
anticíclico que gestó el conservador Lavagna y consolida la
progresista Micelli. Este superávit servirá para compensar la
disminución de reservas utilizadas para pagarle al Fondo. Los
efectos monetarios inmediatos de la reducción del respaldo en
divisas que tiene la moneda nacional son inciertos. Pero es evidente
que se buscará un mayor sostén fiscal para contrarrestar la menor
cobertura en dólares de los pesos en circulación.
Seguramente el Banco Central recibirá un nuevo título público a
cambio de las reservas aportadas para concretar el mega-pago. Cuándo
ese papel sea volcado al mercado le brindará a los banqueros locales
otra oportunidad de beneficios especulativos. Sus negocios con
títulos pesificados alientan el aumento de la tasa de interés y
fueron la inversión financiera más rentable del año 2005.
Los pasivos que se cancelan con el FMI representan apenas el 9% de
la deuda total y excluyen compromisos semejantes con el BID y el BM.
La hipoteca que el país afronta luego de la nueva operación supera
los 116.000 millones de dólares (o 139.000 millones de acuerdo al
cálculo). Estas obligaciones imponen la continuidad del ahogo
fiscal, con o sin auditoria del FMI.
El ahorro que realiza el estado sobre las espaldas de la población
se mantendrá también para recomponer las reservas con la adquisición
de las divisas que genera el excedente comercial. El mismo ajuste
será necesario para brindar respaldo a los créditos externos que se
negocian con Venezuela, España u otros prestamistas internacionales.
Habrá que ver si el costo de estos compromisos es inferior a los
créditos que se le abonaba al Fondo. Por lo pronto, el ahorro de
1000 millones de dólares que publicita el gobierno como resultado de
la operación, es muy dudoso. Algunas estimaciones reducen ese monto
a 300 millones y otras lo cuestionan por completo.
Capitalistas ganadores y perdedores
La decisión del gobierno
beneficia a un sector capitalista contra otro. La precancelación de
la deuda con el FMI favorece a los exportadores, industriales y
banqueros locales en su conflicto con los acreedores externos y las
empresas privatizadas. El Fondo actuaba como lobbista del segundo
grupo contra el primero.
El choque entre ambas fracciones ha dominado el escenario económico
desde la devaluación. El FMI exigía reducir el tipo de cambio para
aumentar el excedente en divisas girado al exterior, en
contraposición a los exportadores que prefieren mantener alta la
cotización del dólar, para recibir más pesos por los bienes que
venden fuera del país. El Fondo también operaba como vocero de las
empresas privatizadas extranjeras, que reclaman incrementos de
tarifas inmediatos, en oposición a los grupos industriales que han
lucrado con el abaratamiento relativo de los servicios públicos. El
FMI exigía, además, negociar y pagarle a los acreedores foráneos que
no ingresaron al canje (holdouts), contra las conveniencias de los
bancos locales que acaparan los grandes pagos del Tesoro.
Kirchner resolvió bloquear las presiones revaluacionistas que
canalizaba el FMI porque defiende los intereses de la burguesía
local. Pero su decisión no elimina el horizonte de aumentos
tarifarios, ni tampoco cierra las tratativas futuras con los
holdouts. Apuesta con fuerza al sostén del tipo de cambio alto,
olvidando las presiones inflacionarias que genera ese pilar del
modelo exportador.
En el conflicto que opone a los capitalistas favorecidos con los
afectados por la cotización del dólar no está en juego ningún
interés popular. El discurso oficial identifica “autonomía nacional”
con las conveniencias de los banqueros, industriales y
agroexportadores, como si el grueso de la sociedad perteneciera a
ese grupo. Al quedar eliminadas las supervisiones periódicas del FMI
este sector tendrá más poder para ajustar las decisiones del
Ministerio de Economía a sus necesidades. ¿Pero en algún terreno
aumentará la influencia de los trabajadores, la clase media o los
desempleados?
El bloqueo a la redistribución
El pago al FMI no inicia una etapa redistributiva. Los propios
centroizquierdistas siempre afirmaron que ese rumbo contradecía la
mejora del ingreso popular (“se cumple con el Fondo o con el
pueblo”, “se paga la deuda externa o la interna”). Además, no existe
un solo indicio de mejoras para el grueso de la población.
El momento de iniciar la redistribución es cuándo existen fondos
disponibles. Estos recursos abundan en la actualidad como resultado
de la reactivación y los altos precios internacionales de las
exportaciones argentinas. Si las sumas generadas en este marco son
utilizadas para cancelar pasivos con el Fondo, no queda dinero para
los oprimidos. Hasta ahora el gobierno retaceaba los gastos
sociales, argumentado que necesitaba reservas para confrontar con el
FMI. Pero ha utilizado esos recursos para pagarle al Fondo.
Con esta medida inaugura de hecho su gestión la ministra Micelli.
Ese curso confirma que a pesar de sus diferencias de estilo y pasado
que la separan de Lavanga profundiza la gestión de su antecesor. Ese
camino impide la redistribución porque exige reforzar la solvencia
fiscal, que en Argentina es sinónimo de ajuste. Felisa ha eliminado
ese término de su vocabulario, pero no de su acción práctica.
La continuidad del ajuste se verifica en el congelamiento de los
salarios. Han desaparecido las mejoras, que a cuentagotas se
disponían por medio de los decretos oficiales. En pleno rebrote
inflacionario, no hay tampoco incrementos para el 63% de los
jubilados que cobran haberes de indigencia, ni aguinaldo para los
desempleados que perciben 150 pesos. Esta convalidación de la
miseria fue justificada en las últimas semanas como una acción
tendiente a frenar la escalada de los precios, como si el ingreso
popular fuera el causante de la inflación. Ningún funcionario
reconoce públicamente que los pagos al Fondo consolidan la miseria.
Todos ocultan ese nexo y difunden la impresión que será gratuito
cancelar ese pasivo.
Los 9.810 millones de dólares que el gobierno destina al FMI son
sustraídos de los salarios, la educación, la salud y la obra
pública. Este importe fue precedido por tres años de pagos al
organismo, que superaron ampliamente lo desembolsado durante los
gobiernos de Duhalde, De la Rúa, Menen y Alfonsín. Si se suma lo
abonado al BID y al Banco Mundial, Kirchner terminará girando a esas
entidades unos 25.000 millones de dólares. ¿Cuántas mejoras
populares, gastos sociales y emprendimientos de inversión pública se
podrían haber concretado con esa monumental cifra?
El pago al FMI repite la norma inequitativa que prevaleció durante
el canje. Se relega a los pequeños acreedores (bonistas, jubilados,
ahorristas) a favor de los grandes banqueros. Como esta elección es
insostenible con argumentos progresistas, el oficialismo ha
comenzado a resucitar los viejos planteos neoliberales. Varios
ministros hablan de “mostrar al mundo que Argentina es un país
creíble” y “respetuoso de sus contratos”. El mismo mensaje que
aturdió a la población durante los 90 (“recuperar la confianza
externa”) reaparece subrepticiamente, junto a nueva versión de la
teoría del derrame (“con inversiones llegará el empleo y la mejoras
del salario”). Todos parecen olvidar que cumpliendo con los
banqueros no hay redistribución.
Legitimidad, solidaridad y maniobras
El gobierno siempre consideró perniciosa la deuda que ahora le paga
el FMI. La legitimidad de ese pasivo fue abrumadoramente cuestionada
porque una parte de los préstamos sostuvieron el blindaje y el
megacanje que negoció Cavallo. Es sabido que con ese dinero se
financió la fuga de capitales que precipitó el derrumbe del 2001y
que otros créditos del organismo encubrieron las bicicletas de los
financistas locales.
En lugar de borrar las huellas de estos delitos cancelando un pasivo
tan dudoso, el gobierno debería investigar cómo fueron gestados y
distribuidos esos préstamos. Kirchner afirma que el FMI es
corresponsable del modelo regresivo de los 90, pero premia al
acusado. Su actitud es complemente esquizofrénica. Denuncia y
beneficia al principal artífice del desastre financiero que padeció
el país.
Lo que permite sostener esa hipocresía es la duplicidad de los
políticos justicialistas, que aplaudieron el default y ahora
ensalzan la precancelación. Pero más relevante es la cobertura que
brindan muchos progresistas a las maniobras del presidente. Antes
objetaban la actitud de los gobiernos que prometían “pagar la deuda
con dignidad”, pero luego se convirtieron en abogados del
“desendeudamiento con dignidad”. Ahora explicarán que la cancelación
de los pasivos del FMI es un acto supremo de patriotismo.
La decisión de Kirchner recibió los esperados elogios de Lula que
está embarcado en la misma operación. También Chávez ha proclamado
su apoyo y prometió adquirir más títulos públicos de Argentina. Ya
absorbió 1000 millones de dólares y podría suscribir otros 3000
millones. La compra de estos bonos no es un acto de solidaridad con
el pueblo argentino, porque contribuye a la acción de un gobierno
que utiliza esos recursos para compensar el dinero girado al FMI.
Venezuela participa de hecho en una triangulación que recicla el
endeudamiento general del país.
El FMI solía prestar con garantías de ajuste fiscal antipopular que
Venezuela no exige, pero tampoco objeta. El valor de mercado de los
bonos que compra implícitamente depende de la continuidad del
superávit. Estos préstamos no facilitan ninguna medida de
redistribución en Argentina y abren serios interrogantes para
Venezuela. ¿Son acaso la inversión más acertada y prioritaria?
¿Favorecen las transformaciones sociales que requiere la
profundización del proceso bolivariano?
La triangulación financiera en marcha no guarda ninguna coincidencia
con el proyecto de conformar un frente de deudores contra el FMI.
Chávez igualmente considera que se avanza hacia la formación de un
banco regional (Bansur) que aglutinaría todas las reservas de
Sudamérica. Propone por ese camino disputarle al FMI el rol de
prestamista estratégico en la zona. Pero estos propósitos
contradicen un pago que legitima el mayor fraude del Fondo.
La decisión de adelantar los pagos al FMI tiene más significado
político que económico. Apunta a fortalecer la autoridad de Kirchner
y a reforzar su estilo de gestión ejecutivo y prescindente del
Congreso. La medida se implementará a través de una sesión de
emergencia en ambas cámaras, que recuerda los ultimátum de fin de
año que presentaba Cavallo.
Los legisladores que acaban de aprobar el presupuesto ahora deberán
modificarlo. Además, votarán entre gallos y medianoche varios
cambios muy delicados en las atribuciones del Banco Central. Estas
modificaciones reinstauran los aspectos normativos de la
convertibilidad que se requieren para concretar el pago al FMI. Una
decisión trascendente para el país se materializa sin realizar
ninguna popular.
La derecha local ha quedado desconcertada frente a un gobierno
centroizquierdista que le sustrae su bandera de cumplir con los
acreedores. Por eso trata de disfrazar con críticas superficiales su
aprobación de la medida. En cambio los progresistas -que siempre
cuestionaron las transferencias de fondos al FMI- enfrentan la
disyuntiva de preservar sus convicciones o sumarse a la maniobra
oficial. Ya se vislumbra una división entre ambas actitudes, aunque
muchos evitan tomar partido y sugieren que “ahora se verá si hay
redistribución”.
Los prescindentes omiten que el pago al Fondo no es tan neutral, ni
indefinible. Existen elementos suficientes para caracterizar si la
medida facilita o bloquea el camino redistributivo. Kirchner tomó
distancia de la política económica promovida por el FMI para
sostener el proyecto de la burguesía local. Y este sector
capitalista se opone a cualquier mejora social favorable a los
trabajadores, los desocupados y la clase media.
No hay que disimular las conclusiones. Los efectos de pagarle al
Fondo son negativos para la mayoría popular. Y el gobierno cuenta
con expectativas favorables hay que decir la verdad, sin eludir
pronunciamientos, ni atemperar el tono de los cuestionamientos. Con
temores y complicidades no se construye la igualdad social y el
bienestar popular.
|