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Tuesday, 05 de April de 2005

Conclusión de una época

Con Wojtyla cesa la última huella de la Guerra Fría

 

(IAR-Noticias)  05-Abr-05    

Por Lisandro Otero - La Jiribilla - Cuba                      

Juan Pablo II falleció tras una larga agonía de un par de meses. El desenlace estuvo cubierto por un desbordamiento mediático similar al que acompañó al Pontífice durante su vida. Desde su primer internamiento en el hospital Gemelli las cámaras de televisión siguieron las variaciones de su estado de salud declinante.

El aluvión de ditirambos ha sido avasallador. Las alabanzas, exaltaciones y loas no han conocido ningún límite. Igual que durante la guerra en Irak las cadenas de televisión faltaron a su más elemental deber: informar. Editorializaron todo el tiempo sin respeto por el público. Sólo en ciertos medios de poco alcance se abordó con cierta objetividad la obra de Wojtyla y se hizo el juicio crítico que merece la obra de un Papa singular.

Sin lugar a ninguna duda Wojtyla fue un pensador poderoso, un intelectual de alto calibre. Se sabe que era un ávido lector de marxismo y en su biblioteca del arzobispado de Cracovia mantenía obras de Marx, Lenin y Stalin.

Fue un filósofo ducho en teología. Sus estudios sacerdotales se basaron en la obra de Tomás de Aquino y los místicos españoles. La publicación, en 1979 de su estudio sobre fenomenología, Persona y acción, (en inglés The acting person) le dio a Wojtyla una presencia digna entre los filósofos europeos. Los cardenales que lo eligieron estaban convencidos del alto coeficiente de inteligencia de este sacerdote.

Otra de las características del Pontífice fue su inmenso dinamismo mediático. Fue el primer Papa que comprendió el valor de los medios masivos en la difusión de la doctrina y en el proselitismo.

El papel que antaño estaba reservado a las misiones evangelizadores, bajo su reinado lo asumió la divulgación electrónica. Sus giras mundiales eran preparadas con gran esmero, cuidando propiciar el mayor contacto del dirigente con sus seguidores.

Fue, también, un Papa que animó un combate político frontal, de gran envergadura, contra las fuerzas del socialismo.

Su estímulo al movimiento contrarrevolucionario Solidaridad, en Polonia, fue causante de una importante resquebrajadura en el campo de los estados marxistas. Pero no fue, en absoluto, como algunos de sus enaltecedores han declarado, el Papa que derrotó al comunismo.

La caricatura de socialismo que existió en la Unión Soviética, y en los países de Europa del este, cayó por sus propias debilidades internas.

Por la separación de la dirigencia de las aspiraciones de las masas, por su ineficacia administrativa, su excesiva centralización, su apego a los dogmas, su falta de flexibilidad, su excesiva reglamentación de todos los aspectos de la vida, su autoritarismo despótico.

No fue derrotada por la economía de mercado ni por la Iglesia, murió por sus propias imperfecciones.

Es cierto que la alianza del Vaticano con Reagan, y el papel de brazo espiritual de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, contribuyó a inclinar la victoria en la Guerra Fría del lado del capitalismo.

En la biografía Su Santidad, de Carl Bernstein y Marco Polliti, se afirma: "El Papa era depositario de algunos de los secretos mejor guardados de los Estados Unidos y de sofisticados análisis políticos: información de satélites, de agentes de inteligencia, de escuchas electrónicas, de discusiones políticas en la Casa Blanca, el departamento de Estado y la CIA".

 Ahí también se sostiene que el subdirector de la CIA, el general Walters se reunía regularmente con el Papa para ofrecerle evaluaciones políticas de la situación mundial. William Casey, director de la CIA en aquél tiempo, era un ferviente católico que asistía a misa diariamente.

La Guerra Fría que se inició tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial por la pugna entre las dos principales potencias por establecer su ascendencia geopolítica tuvo en el Vaticano, durante el reinado de Wojtyla, uno de los escenarios principales del conflicto.

El advenimiento de ese Pontífice trajo una parálisis en el proceso renovador iniciado por Juan XXIII. Vino un período inmovilizante durante el cual se detuvieron las respuestas que se incubaban, más orientadas al humanismo contemporáneo.

La iglesia, al morir Wojtyla, se encuentra en crisis. La asistencia a las misas dominicales ha disminuido, millones de católicos ignoran las prohibiciones sobre el aborto y la anticoncepción, hay una grave escasez de sacerdotes y los escándalos sexuales del clero perturban a los fieles.

La libertad filosófica de los teólogos se ha visto reducida a una obediencia total. Estas, y otras muchas inconformidades se mueven en los corrillos episcopales pero ninguno, siguiendo la discreción necesaria, se atreve a alzar la voz, pero ello pudiera emerger tras la elección de un sucesor.

Algunos estiman que las condiciones están maduras, en la base, para una revolución interna. Pero en el actual colegio cardenalicio están en mayoría los conservadores designados abrumadoramente por Wojtyla. Está por ver si el difunto Papa fue o no el último absolutista, dadas las exigencias de modernidad que reclama el nuevo siglo.

 

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